Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 2 5
25%

Capítulo 2 5

La carrera va mal. Lidero la competición de los cien metros buena parte del recorrido, pero acabo cuarta.

«Lógico» ha dicho Arnau. «Un par de cables no iban a cambiar nada. Qué pérdida de tiempo y dinero». Se va a fumar un cigarro y me quedo en el banquillo mientras las ganadoras se suben al podio. No he visto a Sant Delphi, al final no ha venido.

Isabella aparece de la nada a buscar lo que me ha traído antes. Es pequeña, pero impone que no veas. Creo que tiene que ver con lo inteligente que es. Siempre he admirado a la gente así de segura de sí misma, así de a gusto en su propia piel.

—Lo siento.

—Nada de eso —sacude la cabeza—. Prueba y error hasta que demos con la solución. De eso va la ciencia.

Hago una mueca. Su positividad me hace sentir un poco más culpable, como si el porrazo de realidad que fuera a darse cuando se dé cuenta de que no valgo la pena fuera todavía más fuerte.

—¿Cuánto crees que va a tardar Sant Delphi en enterarse de que he fracasado?

—Primero de todo, no has fracasado, y segundo —señala un lateral de las gradas y ahí está.

El corazón me da un vuelco. De verdad ha venido a verme. A mí.

Sé que soy su pequeña ratita de laboratorio, su proyecto, y que no es personal. ¡Pero alguien ha venido a verme!

—Él siempre cumple sus promesas. En una hora ven al laboratorio y comentamos los resultados, ¿vale?

Miro a Isabella marcharse y pienso en la suerte que tiene. Es una tía genial y tiene todo cuanto alguien podría desear. Supongo que hay gente que nace predestinada a conseguir las cosas que más quiere. Alzo la vista de nuevo hacia las gradas y Sant Delphi tiene los ojos clavados en mí.

Incluso a esta distancia siento cómo me ancla al suelo.

Su aura pesa tanto que apenas puedo respirar.

«Ven» vocalizo. No tengo ninguna esperanza de que haga lo que quiero, pero lo hace.

Desciende sin romper el contacto visual, como si fuera un ente superior, un humano premium que desconoce lo de tropezarse por las escaleras.

Me mira desde las alturas cuando lo único que nos separa son un par de escalones. No me pregunta «¿qué?», ni por qué le hago perder el tiempo. Trago saliva y empujo las palabras hacia fuera como puedo.

—¿Vas a rescindir el contrato?

Reduce la distancia y está a punto de cogerme de las mejillas, pero se aguanta las ganas. Supongo que toda la gente que nos rodea tiene algo que ver.

—No me has dado motivos para que tire la toalla, no.

—No deberías decirlo muy alto. Espera un par de competiciones y ya verás.

Su perpetuo ceño fruncido se relaja y casi parece que quiera sonreír. Sus ojos lo hacen. Me sostiene la mirada y sé que espera que le diga algo sobre lo de esta mañana, pero no lo hago. Vuelvo a mirar al suelo.

—Tu entrenador viene hacia aquí.

—Isabella me ha dicho que vaya a veros en una hora.

—¿Quieres que te necesite ya? Puedes serme de utilidad en el laboratorio.

Sé que me está lanzando un salvavidas. Quizá no sea del todo consciente porque no conoce bien a mi tío, pero me espera una buena bronca. Es curioso, pero quiero ser fuerte por Alek. No soy alguien que necesite que la salven.

Sacudo la cabeza.

—Te veré en una hora —digo y el roce de su mano con la mía cuando me marcho me hace dudar de si he calculado mal la distancia o si acaso él se ha acercado en el último momento, pero me da un calambrazo que zumba directo a mi corazón.

En cuanto me ve, Arnau dice:

—Tu madre dijo que en el supermercado buscaban a gente. Puedes ir a cambiarte, si quieres te llevo, no me cuesta nada.

—¿C-cómo?

—Algo tendrás que hacer, no esperarás ser una mantenida durante el resto de tu vida —comenta molesto.

—En una hora el equipo me necesita en el laboratorio para estudiar los resultados de las pruebas.

—¿Qué más dará ya eso? Sant Delphi ha roto el contrato, ¿no?

—No.

—¿No? —Arnau parece más sorprendido de lo que lo he visto nunca.

Apuesto a que cualquiera le ofendería, pero yo conozco a mi tío. Sacudo la cabeza, para ver si surge un mayor efecto que las palabras.

—Pues sí que tienen tiempo para perder. En fin, tienes que dar unas entrevistas.

—¿No puedo saltármelas? ¿Comentar los errores contigo?

—¿Qué hay que comentar, Keira? No vales para esto, estás bloqueada y vas a seguir estándolo, corres rápido un tiempo demasiado breve como para ser relevante. Vamos —mueve la cabeza y me da la espalda mientras yo me muerdo la lengua con fuerza para no llorar.

Era mejor cuando no sentía nada. Cuando me dedicaba a corroborar lo que él decía sin opinar realmente de nada. Echo a andar. Acabemos cuanto antes.

Nunca me han dado una paliza, pero subo las escaleras como me imagino que lo haría tras haber recibido tres seguidas. Me planto frente a la puerta cerrada del laboratorio, pero no llego a abrir la puerta.

—Las cosas están bastante claras —oigo decir a Isabella en voz baja, lejos del jaleo del resto de los integrantes del laboratorio—. No va al máximo de sus capacidades. Y, lo más importante, se pone nerviosa mucho antes de fallar, no durante.

—Lo he visto —dice la voz ruda, masculina y de barítono que tiene el dueño de Dante y Kobra.

—¿Vas a romper el contrato?

—No.

—¿No? —pregunta Isabella algo más entusiasmada.

—No me ha dado motivos para tirar la toalla. Acabamos de empezar y tengo plena fe en ella.

No lo entiendo. Las conexiones de mi cerebro empiezan a fallar. Saltan chispas. *Cortocircuito*. *Error de lectura*.

Sant Delphi está diciendo a mis espaldas lo mismo que me ha dicho a la cara. Incluso cosas mejores.

No.

Lo.

Entiendo.

—Genial, porque yo también. Y me encantan los retos, jefe, ya lo sabes. Y además, es bastante maja, y eso que a mí no me cae bien mucha gente.

—¿Isabella?

—¿Señor?

—Vuelve al trabajo. Y prepara lo necesario, yo voy a buscarla.

—Señor, sí, señor.

La puerta se abre demasiado rápido. Me doy la vuelta rauda y veloz, resbalo, pero no pierdo el equilibrio del todo. Echo a correr, pero oigo un carraspeo.

Me petrifico en el sitio.