Capítulo 2 4
—¿Puedes dejar que nos vayamos? —musito, agradecida por su interés, pero abrumada por la situación.
Solo soy una extraña para ti.
—No hasta que hables conmigo. Sube a mi coche. Lauren, ven conmigo, yo te llevo. —Su voz es una intoxicante súplica a la que quiero aferrarme con mi vida, un precioso ruego.
—Se ha subido a mi coche, podrías pillar la indir… —Arnau deja de hablar y la verdad, no me importa el motivo.
—No quiero causar problemas —susurro encogiéndome en el asiento al sentir todos los ojos sobre mí.
—Un poco tarde para eso —murmura mi entrenador y es el detonante que necesito para centrarme y recuperar las riendas.
Tiene razón, estoy causando un espectáculo. Miro hacia la entrada de casa y veo a mis padres. La explosión final. Empiezo a sudar. A odiar mi pegajosa piel que tanto se parece a una cárcel. Entonces Alek se marcha y mi entrenador sube la ventanilla.
Comparto una mirada con mi madre antes de que salgamos del aparcamiento y nos perdamos en la carretera. Mi cabeza me lleva a lugares que preferiría no recordar.
«—Yo he ganado todas las pruebas físicas del colegio —comparto emocionada cuando, en la cena, mi padre pregunta de forma genérica cómo nos ha ido la semana.
—Menuda chorrada, ni que fueras olímpica. ¿Por esa tontería estás tan orgullosa? Qué penoso —Saorise alza una ceja pinchando el brócoli con rabia.
Se hace el silencio y todos me miran expectantes. Siento cómo el calor me sube por el cuerpo y no para hasta las mejillas, pero sobre todo siento la garganta ardiéndome de pena.
—Lo que he conseguido está muy bien. Es impresionante —repito las palabras de varias de mis profesoras, del director cuando me ha dado la medalla, deseando que estuvieran aquí para poder decírselo a todos.
—No, qué va y por favor, deja de ponerte en evidencia, me estás dando mucha vergüenza ajena.
Aparto la silla de la mesa de golpe y salgo corriendo a mi habitación. Ya no puedo contener las lágrimas, son demasiadas y la garganta me duele mucho. ¿Por qué todo lo bueno tiene que convertirse en algo malo?
—Hija… —mamá entra en mi habitación para consolarme y la rodeo con los brazos sin dejar de llorar.
Nos lleva a la cama y lloro con fuerza.
—Algunas de mis compañeras de clase tienen hermanas mayores que las adoran, que las quieren y las cuidan, ¡pero Saorise nunca dice nada bueno de mí!
—Qué susceptible eres, mi niña —mamá me abraza con mimo y aunque no entiendo lo que significa esa palabra, creo que es algo bueno.
Lloro hasta quedarme a gusto, más o menos cuando ella me separa de su hombro.
—Contéstame a algo, tesoro. ¿Por qué no te has defendido? ¿Por qué has salido corriendo?
No respondo.
Mi cabeza es una jungla complicada que no siempre entiendo. Todavía soy pequeña por eso, supongo.
—¿Quieres que te lo diga yo? No te has defendido porque en el fondo sabes que tu hermana tenía razón, tu mérito ha sido muy tonto, hija —me acaricia la mejilla—. Cualquiera podría haberlo conseguido.
—¿Sí? —dudo.
—Pues sí, solo competías contra diez escuelas, es bastante chorra. Y para ser olímpica hace falta mucho más que eso. Es un nivel demasiado exigente que tu cuerpecín no aguantaría.
—¿No? —dudo todavía más.
—No. Y no tienes que enfadarte así, tienes la piel demasiado fina. Eres demasiado sensible y eso molesta. Piénsalo, has estropeado una cena la mar de agradable con esta pataleta.
Mamá me convence para volver y pedir perdón a todos, en especial a Saorise.
Y es lo que hago».
Al llegar a North Star tengo claro lo que debo decirle a Alek cuando me encuentra en el aparcamiento.
—Estoy bien, solo eran los nervios.
—Creí que había quedado claro que no me gustan las mentiras.
Por alguna razón me cuesta mirarle. Esta es quien soy, no sé por qué me obliga a ser de otra manera, a decir que miento o lo que sea. Me coge de la barbilla y me obliga a mirarle con la fiereza de su contacto que tan sumisa me vuelve.
Le aguanto la mirada con total normalidad porque yo ya estoy perfectamente y él… él aguarda unos segundos. Pocos. Luego dice:
—Te veré en la pista.
Y me alegra que por una vez, alguien vaya a venir a verme correr. Será la primera vez.
Isabella Snow
—Bella —gruñe.
—Entonces, ¿sexo telefónico? —propongo al jugador de la NHL, a ese buenorro al otro lado de la línea al que tengo la suerte de llamar maridito.
—Salgo al hielo dentro de nada, no puedo —hace una mueca dolorosa, pero dolorosa de verdad. Mirando lo que tiene detrás, deduzco que está en un armario y yo creo que si somos rápidos…—. Dios, nos vimos hace cuarenta y ocho horas.
—¿Y ya estás harto de mí? —me subo las gafas, para ver mejor lo guapo que es.
—No, joder, te necesito aquí, sabionda.
—Y yo te necesito dentro de mí, pero la distancia es la que es.
—Isabestia…
—Te deseo, Kásian, más que a la neurociencia computacional.
—Sí, tú dime guarradas y ya verás lo duro que salgo en las grabaciones del partido —se ríe y maldice, y está TODAVÍA MÁS GUAPO.
—Gracias a Dios, así tendré algo con lo que poder masturbarme en tu ausencia.
Se le corta la risa y yo sonrío mientras me muerdo el labio inferior.
A veces me veo tan dispuesta a renunciar a la ciencia por estar a su lado, que me asusto. Pero como digo siempre, un campo electromagnético ocupa un espacio, aunque no lo veas. Es constante, envolvente y siempre está ahí.
Pues lo mismo ocurre con la química y el amor salvaje y lujurioso que nos une. Nada la romperá, ni siquiera la distancia temporal que nos tortura permanentemente.
—Te quiero.
—Luego quiero que me comentes el partido punto por punto y cuando vuelvas a casa quiero ver todas las grabaciones. Hasta el último minuto.
—He dicho que te quiero.
—Y yo te lo he dicho a mi manera. ¿Acaso darte todo mi tiempo y anhelarte no es más bonito incluso que…?
Unos golpes en la puerta llamando a «Snow» me advierten de que tiene que irse.
—¡Te quiero! —chillo por si la llamada se corta.
Tengo unos segundos para oír su risa y ver su amplia sonrisa complacida.
Dios, soy una pardilla total por este hombre. Cuelgo, me guardo el móvil en el bolsillo de la bata y me llevo un susto de muerte al ver que hay alguien más en el laboratorio. Mi jefe, nada menos.
—¿Cuánto has oído?
No dice nada, solo entra en la sala, deja sus cosas y va hasta su mesa. Me da que la cara de mala hostia no tiene que ver con que estemos trabajando en North Star y no en su lujoso laboratorio fuera de las paredes de la universidad.
—Prepara todo lo que tiene que llevar Keira en la competición.
—¿Por quién me toma, jefe? Ya está preparado.
—Bien, entonces baja a ponérselo, quiero que lo lleve en el calentamiento. —Su tono suena incluso más áspero.
Oh-oh.
He tratado a Keira casi todos los días de estas últimas semanas. Es tímida, de ese tipo de personas que están hechas “hacia dentro”. Ya, ya, que lo diga yo tiene delito, pero es lo que hay.
Me apuesto lo que sea a que ella es la causa de este malhumor, aunque la pobre no haya hecho nada.
El doctor Sant Delphi tiene todo mi respeto académico, pero también el personal.
El tío tiene un gran corazón debajo de esos músculos.
Y no lo digo por todo lo que ha hecho por mí, ni todos esos donativos que cree que son anónimos, pero que no lo son para una cotilla como yo. Lo digo porque es verdad.
—¿Tienes algún problema en el oído?
—No, señor, ninguno —contengo la sonrisa porque no quiero perder la vida, pero es la primera vez que veo que a este tío le importe tanto una mujer.
Sin contar a su hermana, claro. Una vez le pregunté si salía con Koven. No se ofendió, le hizo gracia, y luego dijo que no.
Solo espero que Keira sea un diamante en bruto, como parece, y lo trate bien.
—Buenos días a todos —Damon y el resto del equipo entran en la sala justo a tiempo para que pueda doblar la mano, llevarme la punta de los dedos al cuello y hacer un gesto horizontal bien rápido a modo de «cortad el rollo, ¡no está el horno para bollos!».
Damon lo pilla al vuelo, pero Stefanía entra la última limpiándose las gafas, así que no se calla. Quince segundos después, la pobre va a tener que hacer horas extra con tal de no perder el trabajo.
¿Ves? ¡Y por esto no quiero depender de las gafas!