Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 2 1
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Capítulo 2 1

A. Su. Casa.

El estómago se me encoge y se me contrae con tanta fuerza que casi se me va hacia delante. Alek no me permite deshacerme de esa sensación porque se acerca a mí con lo que ha sacado de su mochila y su olor único a cuero, cedro y sándalo me atonta. Esto no tiene sentido. Es la hora de la verdad.

Me ata un peso a la cintura, un lastre que cae al suelo.

—Podemos hablar claro si quieres. Los dos.

—¿Hablar claro? —pregunta distraído con el cierre del peso que voy a tener que arrastrar cuando quiera moverme.

—Quieres follarme.

Mueve la cabeza despacio, alzándola hasta que nuestros ojos se encuentran. Dejo de respirar, como si estuviera bajo el agua.

Es posible que sea el hombre más guapo que he visto en toda mi vida.

—Por eso me has traído aquí —sigo, como puedo—. ¿Vas a dejar de ser tan intensito si lo hacemos? Porque los Nacionales son en verano y no quiero pasarme todos estos meses escuchando indirectas o lidiando con lo que sea que… —nos señalo.

No parpadea. Ni se mueve. Si no estuviéramos tan cerca, ni siquiera estaría segura de que sigue respirando.

—No quiero follarte.

—¿Porque no soy una mujer, solo un problema?

Alza una mano hacia mi mejilla y la acaricia. Su pulgar viaja hasta mi labio inferior y el roce es suave, pero letal como pocas cosas. Tragar saliva me cuesta un imperio y lo que quiero… madre mía, lo que quiero son sus labios. Su lengua explorando mi boca. O mi cuerpo.

—Deja que fantasee con que todavía tengo una pizca de control sobre algo de lo que… —susurra y no termina la frase, se limita a sacudir la cabeza y dejarme con la duda.

Aunque la hubiera terminado, mis ensordecedores latidos desbocados tampoco me habrían dejado escucharle. Sant Delphi se da la vuelta y solo veo la montaña de músculos que tiene por espalda.

—Te he citado aquí para entrenar. —Se saca un cronómetro del bolsillo—. Y eso es lo que vamos a hacer. Empieza a correr.

—¿Y el calentamiento?

Me mira como diciendo «ambos sabemos que ya has calentado», pero él no estaba en el parque cuando lo he hecho. ¿Acaso esta es su forma…? Sí. De hecho, sí. Me está admitiendo a la cara que ha estado espiándome, probablemente desde su coche. Quizá haya llegado incluso antes que yo.

¡¿POR QUÉ ME ARDEN TANTO LAS MEJILLAS?!

—¿Sueles hacer esto con todos tus problemas? ¿Espiarlas de esa manera?

Desvía la mirada como si estuviera avergonzado, pero no mucho.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—No paras de hacerme una tras otra.

—¿Con cuántas de tus alumnas te has acostado?

Esta vez cuando me mira, su mirada es fría y distante. Ya no estamos a un par de metros de distancia, sino a veinte mil kilómetros. En otro país. Quizá incluso en otro continente.

—Con ninguna.

—Ya, claro —resoplo, pero él me mantiene la mirada.

Es… es tan… insoportable que me crea todo lo que dice. Que saque la peor versión de mí, la más rebelde e inaguantable.

—Empieza a correr.

—Creo que sería mejor que lo dejáramos —llevo la mano al cinturón—, que me limite a entrenar con Arnau. Él ha sido siempre el encargado de mis ejercicios. No es más que lógico que continúe hasta el final de mi carrera.

Alek llega hasta mí y me aparta la mano del cinturón.

—¿Tengo que hacer que todo sea una condición para que hagas lo que te digo?

—¿Qué es lo que quieres de mí?

—Ya lo sabes.

Hinco las rodillas al suelo sin apartar la mirada de la suya. Se paraliza.

—Tienes razón —alargo la mano hasta alcanzar su cinturón—, lo sé bien. —Le rozo la polla con la otra mano cuando intento bajarle la cremallera, pero él me sujeta ambas muñecas con fuerza.

Cierra los ojos y exhala, parece muy cabreado y suelta un airado «joder, Lauren» que me deja la ropa interior empapada. Casi quiero decirle que me llame Keira, que odio mi segundo nombre, pero no es cierto.

De repente dudo si soy yo la que ha estado viendo lo que no es. La que ha estado deseando lo que no debería. Alek se agacha frente a mí y me coge de la nuca.

—Eso sería más fácil, ¿no?

—¿Más fácil que qué?

—Que admitirte a ti misma el miedo que te da que alguien te vea cuando incluso tú misma te niegas a hacerlo. —Se acerca más a mi boca, respirando el oxígeno de mis labios—. Mala suerte. No voy a dejar que vuelvas a ser una cobarde.

Me aterra. Y también tiemblo de deseo. Todo en mí chilla que tengo que largarme de aquí, alejarme de él.

—Empieza a correr.

—¿Por qué con un lastre?

—Porque lo llevas siempre que corres. La única diferencia es que ahora lo ves y puedes tocarlo. No te lo repetiré otra vez —dice y echo a correr.

No puedo con mi vida. Es agotador. Alek Sant Delphi ha buscado el peso máximo que puedo mover, pero que me deja al borde del desmayo en la primera vuelta.

—Otra.

—¿Quieres que me lesione? —pregunto con la garganta ardiendo, pero él se limita a mover la barbilla hacia delante y obedezco.

La segunda vuelta… dios, es tremenda. Espantosa. Mortal. Un asco de remate.

—Ahora no puedes ganar, ¿verdad? —pregunta acercándose a mí.

Quiero apuñalar su tonito con un cuchillo jamonero y no lo entiendo porque mi tío me ha dicho cosas mucho peores, igual de ciertas.

—No.

—Justo lo que querías. —Coge un largo mechón de pelo y juega con él entre sus dedos—. Qué bien, ¿eh? ¿Estás contenta?

Lo maldigo con una mirada y aprieto los dientes.

Cretino.