Capítulo 2 0
«—Debes estar hasta el hipotálamo de que la gente te diga cómo solucionar tu bloqueo —dice Isabella—, pero voy a intentar darte indicaciones sin ser una pelmaza de cuidado, ¿vale?
—Claro».
Isabella me cae bien. No he conocido nunca a nadie como ella.
Es listísima y dice que soy monosilábica “como alguien que yo me sé”, pero lo cierto es que las horas que hemos trabajado juntas no han sido espantosas.
Sus comentarios irónicos, inteligentes y graciosos no cesaban cuando entraba su jefe y eso me sorprende, la verdad.
Alek parece estricto como profesor, como jefe y como ser humano.
«—Tiene voz de villano reformado, ¿a que sí?
Para mí su voz es como el infierno. Huele a fuego del que no se apaga y me vibra dentro como un bidón de gasolina a punto de estallar.
—Nunca me he fijado —miento».
Me he dado cuenta de que las escasas sonrisas que he visto a Alek iban dirigidas a mí. Y eso hace que una maraña de nervios desconocidos baile en mi pecho. Las horas en el laboratorio son cada vez más difíciles.
—Estamos listas —dice Darcy pasándome mi bebida.
He insistido en invitarla yo, ya que soy mayor que ella, pero no ha querido.
—Puedo pagarte por…
—No seas tonta. Aunque ojalá tomes esta pequeña ofrenda como una petición amigable de que no despidas a mi hermana.
—No lo haré.
Vamos de camino a la librería local porque le encanta leer romance y va a salir la nueva entrega de no sé qué saga de dragones. Ella está muy entusiasmada.
Una cosa lleva a la otra y termino por contarle lo ocurrido con Mr-voy-a-llamarte-extraña-de-ahora-en-adelante.
—¿No te deja ir a tu casa? —pregunta Darcy sorbiendo de su pumpkin spice latte de forma sonora.
—Básicamente.
—Pues me parece genial.
Le lanzo una mirada poco amistosa.
Se detiene en mitad de la acera, haciendo que los transeúntes tengan que esquivarnos. Antes de que pueda preguntarle si va todo bien o si se ha cansado ya de ser mi amiga, ella dice:
—Nuestra madre tuvo a Monique con solo dieciséis años.
Yo soy hija de otro hombre, pero nunca me ha tratado como su hermanastra, sino como su hermana.
Mi padre se desentendió de mí al poco de nacer, igual que le pasó a Monique.
Eso hizo que cuando perdimos a nuestra madre, nos convertimos en la única familia de la otra. La quiero a morir, ¿sabes?
—Oh, dios —digo, como una idiota, incapaz de responder nada mejor.
Darcy ha tenido una vida difícil y es una adulta mucho más funcional que yo.
—Ya, la historia suele surtir ese efecto.
—¿P-por qué me…? Es decir, yo…
—¿Por qué te lo he contado? —sonríe y me coge del brazo—. Porque yo ya sabía buena parte de tu historia y para que una buena amistad florezca, la balanza de secretos debe estar equilibrada. Y porque, aunque no quiero ser entrometida, me gustaría que me hablaras más de tu familia.
La suelto del brazo y aguardo unos segundos con la vista al suelo. Dudando si echar a correr o no.
—No quiero hacer eso. Ni siquiera sé por qué voy a ver a Monique.
—No, Keira… —musita abriendo los ojos con puro terror, como si hubiera roto mi jarrón favorito.
—Tengo una buena familia. A mí no me abandonaron como a ti —no quería que mis palabras sonaran hirientes, pero es eso lo que pasa—. Lo siento.
—No te disculpes —sonríe, pero parece forzado. Me coge la mano y tira de mí—. ¿Y si mejor hablamos de libros?
Asiento y la sigo.
Ceno algo rápido con Darcy y nadie de casa me llama para preguntar por qué no he llegado todavía, así que no tengo que poner excusa alguna.
Llego al parque vacío a eso de las once menos cuarto. Mi preciado santuario es un parque comunitario de esos que parecen hechos para que nadie se quede sin su rincón. Ni familias, ni abuelos, ni adolescentes, ni por supuesto, los más pequeños.
Nada más entrar hay un paseo ancho que recorre todo el parque circular que es perfecto para correr.
Además está rodeado de árboles y cuando estás dentro, parece que te transporta a un lugar lejano.
En el centro hay una fuente, una zona con toboganes y a mano derecha de donde me encuentro, las barras.
El espacio de calistenia está bastante nuevo, lo cual es una suerte con todo lo que lo uso.
Empiezo a calentar a las once menos diez y no me pongo los cascos para oír el sonido de las patas contra la tierra. Hago un par de series cortas de dominadas, doy un par de vueltas trotando suave y espero. El problema es que ese sonido nunca llega.
—Hola, extraña —su voz reverbera por mi piel como mini-pirañas eléctricas mordiéndome a traición y sin la más mínima misericordia.
Y dale con el apodo.
—Hola, doctor.
—¿Esperabas a alguien más?
Ahí está el tonito irritante.
—He quedado contigo, ¿para qué iba a…?
Deja caer la mochila que llevaba colgada al hombro con un estruendo seco.
—No me mientas.
—¿Dónde están Kobra y Dante? —no sé por qué soy sincera, es como si no pudiera retener esas palabras dentro de mi boca, como si confesarlo hubiera sido inevitable.
—En casa.
—Ahhhhh. —Soy bastante nueva en esto de sentir emociones, al menos, esa es la sensación que tengo. La apatía ya se había instalado hasta en mi ADN, pero lo cierto es que me siento terriblemente decepcionada—. Vale.
Sonríe con dulzura, desbloqueando un nuevo tipo de belleza que nunca había visto en él.
—Kobra también te echa de menos.
—Yo no… —carraspeo—. ¿Te lo ha dicho él?
—Sí, a su manera. Si quieres verlos tendrás que venir a mi casa.
¿A…? ¿Su…? ¡¿Casa…?!