Capítulo 1 9
Sant Delphi
«Casi pareces una atleta de verdad cuando te concentras», oigo la voz de Arnau en mi cabeza. Tiene la misma actitud con ella tanto en los vídeos que encuentro en internet como en persona.
Que Keira haya llegado tan lejos con un entrenador como él, ya dice mucho. Miro la foto de los últimos Nacionales, esa en la que muerde la medalla de bronce, y solo siento rabia.
—¿Vas a ponerte en plan kamikaze y a cargarte mi consulta?
«¿Me has llamado extraña dos veces?», pregunta sorprendida. Eres tú la empeñada en decir que no te conozco.
Alzo la vista y miro a Beckham. Luego sigo la dirección de sus ojos, hasta mi mano izquierda, que aprieta el brazo de su presuntuoso sillón. Lo suelto.
—Sabes que no soy un tío violento.
—Ya. Eres estoico, calmado y sereno. Salvo cuando se trata de Keira.
Miro la cicatriz de mi mano. Hace meses un accidente en el laboratorio me llevó a urgencias.
«La mano me sangra desde hace un rato, pero no es como que vaya a perderla, así que los de urgencias se lo toman con calma.
Me curan, me cosen y cuando salgo encuentro a alguien en la sala de espera.
Un chico y una chica. Están discutiendo, él parece estar borracho y se coge el hombro como si le doliera.
Acaban de tener un accidente. ¿Adivinamos quién conducía? Joder, será…
De repente, lo oigo.
El bofetón.
Le pega tan fuerte que la tira al suelo. Intento reaccionar rápido, pero no me da tiempo a cogerla antes de que se caiga de espaldas. Entro en su campo de visión y hago la pregunta más tonta posible, mientras mi mundo empieza a volverse rojo de rabia.
—¿Estás bien?
Sus ojos están llenos de lágrimas y no responde, solo se levanta tan deprisa como puede. Creo que ni siquiera me ve.
Cojo al cabrón que la ha abofeteado y lo estampo contra la pared. La chica sale corriendo en cuanto se da cuenta de que mi cuerpo bloquea el del agresor y desaparece sin mirar atrás.
—¿Tú de qué vas? ¡Apártate! No te metas en lo que no te puto incumbe, viejales.
Sonrío de lado. Que de qué voy, dice.
Debe tener unos veinticinco años, pero cuando lo cojo por la camiseta dudo que vaya a cumplir veintiséis.
Lo saco de allí ignorando las quejas sobre su hombro, con ganas de hacerle llorar por el otro. Lo arrastro por el aparcamiento con la mano buena.
Conduce borracho y pega a mujeres, el gilipollas es una verdadera joya.
Por eso lo llevo hasta su coche y rompo la ventanilla de una de las puertas traseras de su coche. Ah, ¿no lo he dicho? Lo hago con su cabeza. Total, estamos en urgencias. Habrá que aprovechar la situación».
—No es una actitud recomendable si quieres mantener tu trabajo como profesor en North Star. Si se corriera la voz, podría ser fatal para ti.
—No se correrá la voz. Ese energúmeno ni siquiera era de la zona y solo entendió la situación porque le hablé en un idioma que él pudiera entender.
—Le dejé sin coche y con una factura médica de cojones, pero no quiso vengarse porque amenacé con matarlo.
Sería la primera vez que mato a alguien, pero le hice pensar que no era así—. Solo lo hice porque…
—¿Por qué, Alek?
—Supongo que soy de la clase de hombre que no puede soportar cómo otro pega a una mujer. Hay gente que se limitaría a intervenir, alejar a la chica y luego…
—Luego estás tú.
Debería sentirme mal conmigo mismo, avergonzado de no haber llevado las cosas de una manera más serena y madura. Llamar a la policía y mandar a tomar por culo a ese energúmeno, pero de la manera correcta: legalmente.
—Fue la primera vez que hice algo así. También es la primera vez que yo…
—¿Qué?
—La sigo.
Beckham cierra su libreta y me mira por encima de las gafas.
—¿Sigues a Keira?
—A Lauren, sí. A los lugares en los que entrena, a donde sea que vaya. Mi tiempo libre es todo suyo y me encantaría hacérselo saber —sonrío como un psicópata—. Aunque ya tiene alguna idea.
—Sabes que si alguien está en peligro, tengo que saltarme mi confidencialidad profesional y alertar a las autoridades, ¿verdad? —pregunta socarrón, para que le cuente más y no me calle ahora.
Sabe la clase de persona que soy y aunque me guste jugar con los límites, nunca haría daño a una buena persona.
—Ya lo hice entonces —comento—. Después de que saliera por patas de urgencias sin mirar atrás, me subí al coche y… la busqué. Encontré su casa y vi a su familia. Malinterpreté la cantidad de personas que había en esa casa con la cantidad de personas que estaban de su parte. Y me fui.
—¿Te arrepientes?
—Sí, claro. Debería haber visto más allá de las apariencias y haber intervenido de alguna forma.
—Me refería a si te arrepientes de haber sacudido al…
—Por favor —alzo las cejas y él sonríe con disimulo.
Nos llevamos tan bien porque en el fondo somos parecidos, aunque nuestras vidas no se parezcan en nada. Él es viudo, tiene un hijo que lo adora, y es más viejo que un roble centenario. Pero a pesar de que es muy civilizado, sé hasta donde estaría dispuesto a llegar por su familia.
Pensar en la cara que se le quedó a Lauren, justo después de que el energúmeno ese le diera la bofetada, me pone enfermo. Estoy seguro de que no se acuerda de mí, que su cerebro ni siquiera registró mi cara, mi voz. Debía estar tan asustada, joder. Debería haberle hecho más daño a ese gilipollas.
—Has cambiado desde que ella entró en tu vida. Desde que empezasteis a trabajar juntos.
—¿En qué sentido?
—Desde que te conozco, nunca habías dejado a nadie entrar. Pero a ella sí la dejas.
—Te equivocas.
—¿Eso crees? —Se sube las gafas y me mira con interés—. ¿Acaso su presencia no altera tu comportamiento y concentración? Me has dicho que rindes menos que nunca, por no hablar de la violencia que te…
—Te equivocas al decir que la he dejado entrar. Ella vive dentro de mí.
Recibo un montón de mensajes de repente y como todavía tengo el móvil en la mano, los leo sin desbloquearlo.
Es de Irith. Se trata de Koven. Es urgente así que tengo que largarme de inmediato.
Me despido de Beckham y en un abrir y cerrar de ojos ya estoy en la carretera, pisando fuerte el acelerador.
No tardo mucho en llegar a casa de Alasdair.
—Alek, menos mal —dice Irith en cuanto me abre la puerta.
—¿Dónde está?
—En el salón —angustiada y asustada, echa a andar a zancadas para que la siga—. Dios, he venido de pura casualidad. ¿Por qué es tan cabezón, joder?
Irith es médica deportiva. Ha tratado con muchos deportistas profesionales, pero sobre todo, con corredores de F1. Así conoció a Koven Alasdair. Él no era de los que competía, su labor era otra muy distinta, pero estaba en ese mundo aunque ya… ya no.
Y ese es el quid.
Esa es la razón por la que mi hermana lo ha encontrado como lo ha encontrado. La culpa puede ser un lastre demasiado pesado con el que cargar.
Lo encuentro frente al sofá del que es evidente que se acaba de caer. Lo siento en el sofá, pero no se queda derecho. Está tan borracho que no puede hacer otra cosa que desplomarse, pero con la cara hundida en los cojines terminará por ahogarse.
—Eh, colega. —Lo pongo de lado, por si acaso—. ¿Me oyes, tío?
—¿Llamo a una ambulancia? —pregunta mi hermana con el móvil en la mano.
Koven suelta una risita.
—Nada podría curar la adicción al trabajo de este, Irith, tira la toalla.
—Eh, colega, ¿qué has bebido? —pregunto y rebusco con la mirada en la sala—. Irith mira el resto de habitaciones.
—Ron. Me gusta el ron. ¿Quieres ron, Sant Delphi? —balbucea adormilado.
—Tío, tienes que soltarlo de una puta vez o te matará —le digo cogiéndole la cara en un intento de que mis palabras lo alcancen—. Tienes que soltar a Marcus de una vez.
Es pronunciar su nombre y Koven se pone enfermo. Literalmente. Siempre me ha parecido curiosa la reacción de su cuerpo a ese nombre, cuando es evidente que Alasdair no piensa en otra cosa.
Irith me ayuda a limpiar el desastre y luego a adecentar un poco al borracho con aspecto de comatoso.
Más de una hora después, lo dejo en la cama de lado y abrazado a un cubo que espero que el cabrón use.
—Todavía estamos a tiempo de llamar a una ambulancia —dice Irith susurrando en el pasillo.
—¿Para qué? ¿Para que nos ayuden a limpiar?
—Puede haberse tomado algo. Pastillas raras.
—Koven no se droga —confirmo cien por cien seguro de mis palabras.
No lo hizo cuando todo ocurrió, no va a hacerlo ahora. Encuentro periódicos en el salón. Viejos, de aquel entonces. Al tío le gusta flagelarse, es evidente.
—Vamos a tirar todo esto.
Irith no se opone.
Al acabar, le pregunto si puede irse a mi casa y dormir allí. Odio la idea de dejar a Dante y Kobra solos.
—¿Tú te quedas con él? —pregunta y joder, sí, ni de coña voy a dejarlo solo ahora.
Puede que no se drogue, pero está mal de cojones.
—Si me voy no podré echarle la bronca como se merece. Voy a cobrarme todo lo que hemos tenido que limpiar.
Mi hermana agradece el intento, pero su rostro no deja de estar menos contraído.
En cuanto me tumbo en el sofá, pongo uno de los vídeos de Lauren. Me relaja verla, aunque también me enfurece. Es una combinación peligrosa.
Siempre te frenas cuando ya has ganado. Eres la única que se disculpa por respirar. Cuando cierro los ojos, lo último que siento son las esperanzas que tengo puestas en ella.