Capítulo 1 8
La gente que nos cruzamos por el pasillo mira a Alek como si fuera Thor y Belcebú al mismo tiempo. Le temen, le respetan y también resulta bastante evidente que un buen montón de ellos creen que está más bueno que el pan.
Lo está, lo cual hace que todo esto sea un millón de veces peor.
Me froto la muñeca al llegar a las escaleras y él me mira frunciendo el ceño como si hubiera pisado sus petunias favoritas. Empieza a bajar las escaleras, pero en uno de los descansillos me pilla con la guardia baja, tira de mí, me remanga la sudadera y me expone el antebrazo.
Me arde el cuerpo entero y me quedo petrificada. No saber qué narices va a hacer es lo que hace que estar con él sea tan condenadamente excitante.
—¿Quién te ha hecho esto?
—¿Crees que alguien me zurra?
Mi espalda da contra la pared cuando me enjaula entre sus brazos, cortándome la respiración con su cercanía.
—Te he hecho una pregunta.
—Vuel-vuelves a estar muy cerca.
—Te. He. Hecho…
—Alek —le corto—. Tu esposa no estaría muy contenta de saber que te acercas tanto a otras mujeres.
—Tú no cuentas como mujer.
¿Acaba de…?
—¿Pero tú de qué vas? —Se me dilatan las fosas nasales de la rabia.
Alek me coge la mano con brusca delicadeza, si es que eso tiene el más mínimo sentido.
—Habla —ordena.
¿Por qué tiene que tocarme tanto?
Y sobre todo, ¿POR QUÉ tiene que gustarme tantísimo?
—Hace unos días estaba en el parque con Kobra y… no le vi. Estaba concentrada en la carrera, y de repente… salió de la nada —exhalo—. ¿Me sueltas ya?
—No. No hasta que me expliques algo que entienda —hay fuego en su mirada.
—Iba a caerme encima suyo y no quería, ¿vale? Maniobré para librarle de mi peso muerto y caí mal. Nada más.
—¿Ha empeorado? No lo tenías así hace unos días. Te he visto en manga corta y… —resopla, más cabreado—. Pasó ayer, ¿verdad? No «hace unos días», ayer por la noche. Joder, serás mentirosa. Te llevo a la enfermería.
Un relámpago me recorre la columna como un latigazo de placer absolutamente desconocido, aterrador y cargado de la adrenalina más adictiva que haya probado.
Le doy un tirón a mi brazo y alzo la barbilla, desafiante.
—No.
—¿Disculpa?
—No me conoces, deja de comportarte como si lo hicieras, es irritante. Ahora rompe el contrato por esto si tienes narices —digo desafiante.
«Tú no cuentas como mujer», parece que todo lo que dice, lo dice con la intención de cabrearme. De ponerme furiosa. De hacerme estallar. Parece querer que le grite. Pero yo no soy así. ¡Quiero volver a mi origen! *dijo ella, a gritos*.
—Señor Sant Delphi —dice una voz femenina, dulce y risueña.
Me doy la vuelta y veo a dos alumnas dirigirse a él.
—¿Ocurre algo? —pregunta con el rostro inexpresivo y ni rastro de las chispas que hasta hace un momento me estaban quemando viva.
—Teníamos algunas dudas sobre la clase.
—Ufff, sí, ya lo creo. La plasticidad cerebral es de lo más complicada.
—Nos preguntábamos si podríamos verle unos minutos antes de clase.
—A solas.
—Sí, juntas o separadas. Con diez minutos cada una tendríamos suficiente.
Ambas alumnas se deshacen en risitas monas, tironcitos coquetos de pelo y yo… creo que no sabría ligar así ni aunque lo intentara. Un regusto amargo me inunda el paladar.
—¿Sabéis entrar en el campus virtual? —pregunta con gélida y letal indiferencia.
—Sí —responden al unísono sin pillar el tono.
—Allí tenéis mis horas de visita. El resto del tiempo estoy ocupado.
Se aleja de ellas como si fueran dos motas de polvo que hace ya por lo menos cinco semanas alguien tendría que haber limpiado de una estantería llena de libros de su querido abuelo, quien ha fallecido recientemente. Su mirada cambia en cuanto cae sobre mí, se vuelve más cálida y fiera.
Este hombre es un cóctel peligrosísimo.
Una hora y media después, estoy empapada en sudor, con la piel ardiendo, y avergonzada bajo la atenta mirada de Sant Delphi.
No ha dicho mucho desde que hemos encontrado a Arnau en la pista.
El resto de atletas de North Star han llegado poco después que nosotros, pero no interfieren en nuestro entrenamiento.
Me duele el estómago un poco más que de costumbre cuando mi tío me hace un gesto para que me acerque. Salgo del pequeño circuito y troto hasta él. Lo del dolor viene de la mano de ser deportista, así que en otra vida, prefiero especializarme en el ganchillo.
—¿Ocurre algo? —le pregunto a Arnau mientras miro a Alek, que está de brazos cruzados a un par de metros de nosotros taladrándome con la mirada.
—¿Cuándo dices que compites?
Sé que es raro que mi entrenador no sepa las fechas de mis competiciones, ni mis obligaciones como becada de North Star, pero supongo que tiene que ver con la novedad. No hace mucho que entreno aquí.
Entre mis deberes se encuentran los de competir en las carreras que ellos dicen, incluidos los Nacionales, por supuesto, y en llevar la camiseta de la universidad pase lo que pase.
—En dos semanas. —Y la siguiente es tan solo unos días después, ¿quién dijo «miedo»?
—¿En dos semanas?
—Sí.
—Llevas con un bloqueo mental meses, ¿qué te hace pensar que va a cambiar nada en dos semanas?
Es cierto, no cambiará nada. Seré siempre la chica de las grandes salidas y malas finalizaciones.
Siempre soy de las primeras durante los cincuenta metros de la carrera, pero acabo en una posición muy mala al llegar los cien.
Todos en internet me consideran un fracaso, un «lo que podría haber sido y no fue».
Algunos expertos se han dedicado a decir que yo misma me freno, que tengo potencial de sobra, pero que no me da la gana de hacerlo.
Otros mencionan un brutal bloqueo mental y se suman a la teoría de que en el fondo, no quiero ganar. Están locos. ¿Quién no querría ganar?
Desde que esos artículos se hicieron famosos, mi tío se ha subido al carro del bloqueo. Y también al de ponerme ejemplos de todos los deportistas profesionales cuyas carreras acabaron en el vertedero por culpa de su mala gestión emocional, mental y de ansiedad.
Ahora mismo lo único que quiero hacer es irme a casa.
—Seamos realistas —dice Arnau, acercándose a mí—, en las últimas semanas no has mejorado nada. ¿De verdad quieres ir a hacer el ridículo?
—Tengo que hacerlo —respondo—, es parte del contrato.
—Yo podría hablar por ti, dejarles claro que no quieres…
—¿Hay algún problema?
La voz de Sant Delphi me alivia como agua en plena sequía.
—No está lista para participar en la carrera de aquí a dos semanas.
—Pues tendrá que ir sin estar lista, es parte del juego. No solo participan los que ganan, sino la prensa no tendría a nadie a quien decirle «lo importante es participar».
¿Acaba…? ¡¿Eso ha sido un chiste?!
—Voy a hacer una llamada —resopla mi tío, que es lo mismo que decir «voy a fumar un cigarro para perderte de vista».
Sant Delphi recoge una bolsa deportiva del suelo y empieza a sacar cables. Los conozco, son los mismos del resto de días. Empiezo a odiarlos.
—Vas a ser una gran perdedora —promete Sant Delphi en un susurro, pero no me hiere porque parece estar diciendo justo lo contrario.
Me inclina la cabeza y empieza a colocarme electrodos adhesivos por el cuello, detrás de las orejas, en la nuca…
—Vete al cuerno —estrecho la mirada mordiendo las palabras.
Todos los electrodos van conectados a un módulo pequeño que suelo llevar en la cintura. Un cacharro de aspecto similar a un walkie talkie que recauda y almacena toda la información que recoge de mi cerebro.
—Venga, danos unos buenos informes con los que trabajar, extraña.
—¿Extraña? —¿Es mi nuevo mote por lo de antes?
Mueve la barbilla para que me dé el piro. Quiero darle una patada en la espinilla, pero echo a correr de todas formas.
Varios días después, estamos en las mismas.
Hago una serie de carreras de prueba junto a las atletas de North Star y, bueno,… las pierdo todas. Voy en cabeza al recorrer los cincuenta primeros metros, pero acabo la última.
Todas. Las. Malditas. Veces.
Sant Delphi me mira con el ceño fruncido, pero no enfadado. Casi parece infinitamente cargado de paciencia, pero estoy segura de que me lo estoy imaginando. El tío que he conocido es bastante borde y rancio. No le pegaría ser paciente.
Alek se cuelga la mochila al hombro y viene hacia mí. Para entonces ya llevaba veinte minutos haciendo un circuito para ganar velocidad y mi tío va por el sexto cigarrillo de la mañana.
Empieza a quitarme los electrodos en cuanto me alcanza y siento el peso de su mirada recorriéndome la piel como si me acariciara. Eso me llena el pecho de una electricidad sofocante de la que me gustaría librarme.
—¿Siempre pareces así de cabreado?
—¿Tu tío y tú siempre entrenáis así?
Ninguno de los dos responde a la pregunta del otro, ni hace comentarios al respecto.
—Mañana por la noche espérame en el parque a las once.
Y dale con quemar los límites entre nosotros.
—Tu mujer no estará…
—Irith es mi hermana. No estoy casado. Y tampoco importaría.
—¿Porque yo no cuento como mujer? —reconozco que esa espina se me ha quedado clavada estos días.
—No.
—¿Y entonces qué soy para ti? ¿Un hombre?
Sonríe como si fuera lo más gracioso que le han dicho nunca. De repente noto sus manos, sus dedos, hundiéndose en mis caderas. Me corta la respiración mientras me pega a su pecho.
—Tú eres mi puto problema, Lauren.
Durante un instante casi parece que respiremos el aire del otro. Entonces me quita el maldito cacharro y se aleja de mí.
—¿Si te hago una pregunta me la responderás con honestidad?
—Tal vez. —Se encoge de hombros.
Me muerdo el labio inferior mientras él guarda lo que me ha arrebatado.
—¿Por qué me has hecho pasar todo el calvario de cuidar a un animal muy querido para ti? ¿Por qué lo dejarías a mi cargo? ¿Y si le hubiera pasado algo?
—No le habría pasado nada.
—Eso no lo sabes.
—Sí, sí lo sé —afirma con más seguridad de la que puede acumular un ser humano corriente—. ¿Estás lista para la segunda condición?
—¿Vas a pedirme que cuide de Dante?
—Es un detalle que te acuerdes de su nombre, pero no. Ni de coña.
—¿Eres uno de esos padres que tiene favorito? ¿Con Kobra sí, pero con Dante «ni de coña»?
—¿Quieres oír la segunda condición o no?
—Veamos —me cruzo de brazos y alzo la barbilla porque soy buenísima fingiendo normalidad.
—No puedes pasar más tiempo en tu casa del que necesites para dormir.
Frunzo el ceño intentando buscarle el sentido a sus palabras.
—¿Y qué pretendes que haga?
Ladea la cabeza mientras me aguanta la mirada. Luego, cuando está seguro de que estoy temblando, se larga.
Capullo.