Capítulo 1 7
Dios santo, es guapísima. Con todas las letras.
Es alta, tiene una melena corta y rubia, y es de esa clase de mujer que derrocha seguridad. Es una versión más madura y elegante del aura de Darcy, pero igual de molona que mi nueva amiga.
Y ha salido del despacho de Alek.
Y ahora sostiene la correa de su dóberman.
¿Son pareja? Pues claro que lo son, ¿tú los has visto? Ambos parecen modelos atléticos e inteligentísimos sacados de alguna revista.
Les saldrán unos hijos guapísimos.
¿Y si ya los tienen?
Debo tener el proceso digestivo más lento de la historia porque juraría que la cena de anoche me está sentando mal. No encuentro otra razón lógica para el dolor de barriga que me está entrando.
—Ya me parecía que oía jaleo —dice la chica con una voz dulce y acaramelada, acariciando a Kobra—. ¿De verdad me lo puedo llevar?
—A mi casa, no a la tuya —dice Sant Delphi con una recriminación alegre en la voz.
Familiar. Serán amigos desde hace siglos, seguro. De amigos a amigos con derecho, a novios y a marido y mujer. Sí, seguro que fue así.
Entonces caigo en lo que han dicho.
—¿Llevárselo? ¿Hoy Kobra no estará conmigo mientras entreno?
—Kobra no va a dormir más en tu casa, Keira —dice Sant Delphi en tono transaccional, como si fuera lo más evidente del mundo.
La prueba ha acabado. Eso es bueno. Muy bueno.
¿Y si es algo bueno, por qué siento que este capullo me acaba de apuñalar?
Sant Delphi me quita la correa y bien podría haberme metido los dedos en el pecho y haberme arrancado el órgano que latía ahí dentro.
—Hola, soy Irith —la chica de largas uñas negras extiende su delicada y esbelta mano hacia mí, sonriéndome mientras siento que el próximo retortijón me va a dejar de rodillas—. Tú debes de ser Keira. He oído hablar mucho de ti.
—Ho-hola, encantada. Lo mismo digo —miento, por los nervios.
—¿De verdad?
—No —dice Sant Delphi, mirándome con el ceño fruncido—. ¿Por qué has dicho eso?
Ambos me miran, incluso Kobra, y me siento ridícula. Pequeña.
—Y-yo… no lo sé. Era una forma de hablar. Imagino que lo que ella ha dicho también… —me callo.
Irith suelta una carcajada risueña y comprensiva. No parece que se ría de mí, sino conmigo, y eso que yo no me río.
—Ya podías dejar que duerma conmigo unos días —pide ronroneándole al dueño.
—No —responde Sant Delphi tajante.
Como una tonta rematada, me siento especial porque a mí sí me lo haya dejado. Dios, estoy fatal de la cabeza. Y soy una cría estúpida.
—Ha sido un placer conocerte, cielo. Espero que nos volvamos a ver muy pronto —Irith se marcha y se lleva a Kobra consigo.
No me doy cuenta de que me he quedado mirando al dóberman mientras desaparecía por el pasillo hasta que Alek carraspea y lo veo sujetando la puerta de su despacho.
—Podrías haberme avisado —le recrimino como si tuviera derecho.
—¿De?
Sigue.
Oliendo.
Muy.
Bien.
—De que ya no iba a quedarse más conmigo.
—¿Y por qué iba a hacer eso, a ver? —ladea la cabeza, casi divertido.
Me pican las palmas de las manos con irritación y me niego a cruzar la puerta del todo, para que no pueda cerrarla y rezo porque eso le moleste.
—He discutido otra vez con mi familia esta mañana. Podría haberles tranquilizado diciendo que Kobra ya no volvería.
Se acerca hacia mí, de nuevo mucho más de lo necesario.
—Entonces me alegro de no habértelo dicho. ¿Lo has protegido? ¿O has dejado que lo trataran mal?
—No le han puesto un dedo encima. Nunca lo habría permitido.
—¿Es eso lo que he preguntado? —se mueve a mi alrededor, conquistando cada gota de oxígeno, aprisionándome contra el suelo con su presencia.
—Me gustaría pensar que no.
—¿Estás triste?
—Un poco.
—Si pretendes que te consuele, no has entendido bien nuestra dinámica.
—¿Eres tan cruel con todas las personas a las que tratas? Porque si es así, no entiendo cómo te aguanta tu novia —no hago más que soltar veneno por la boca y no sé de dónde me sale.
—¿Novia? —sonríe de manera lateral como si la conclusión a la que he llegado fuera adorable.
Casados, Keira, claro que están casados. ¿Y ya tienen hijos?
Oímos pasos y antes de que pueda decir nada, Isabella viene a por mí.
—Ya estamos listos, jefe —comenta y me mira—. Buenos días.
—B-buenos días —carraspeo intentando salir del agujero oscuro y sádico en el que me ha metido Sant Delphi.
—Hoy vamos a entrenar primero. Arnau ya está aquí —dice Alek para sorpresa de ambas.
—De acuerdo, jefe —Isabella desaparece.
Volvemos a quedarnos solos. ¿Me ha hecho subir aquí para que conociera a su mujer?
—¿Has hablado con mi tío a mis espaldas?
—¿Por qué, te molesta?
—Sí.
Sonríe de lado. OTRA VEZ. Dios, ¿qué me está haciendo? Pone las manos en sus cuádriceps y se inclina hacia delante, hacia mí. Sigue siendo inmenso.
—Bien.
—¿Bien? —escupo enfadada.
—Sí, eso quiere decir que Kobra ha hecho bien su trabajo. Vámonos.
Y dale con las putas órdenes.