Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 1 2
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Capítulo 1 2

Estoy hambrienta. Encuentro a Arnau y a mi madre en la cocina, ambos con una mueca de preocupación en la cara.

—¿Has estado entrenando? Te tengo dicho que no puedes exigir tanto al músculo si no quieres lesionarte —se queja mi entrenador.

—No estaba entrenando, solo viendo las instalaciones de North Star —miento, porque no quiero que nadie sepa que voy a terapia.

Ni siquiera sé por qué voy.

Me siento en la mesa de la cocina y me como las galletas que me ofrece mamá.

—He pensado en algo, cielo —dice ella.

—¿En qué? —le hinco el diente a una, pero, rápidamente Arnau me la quita de la mano.

Tiene cacahuetes.

Escupo el trozo y voy al lavamanos a enjuagarme la boca, que ya me pica. Me digo que es normal que mi madre no recuerde que soy alérgica a todos los frutos secos. Hay montones y ella no puede acordarse de todos.

Además, siempre tiene la cabeza ocupada con sus casos y sus juicios. Es una persona importante. Como todos los abogados, supongo.

—No podemos darle el dinero que merece tu hermana, porque no tenemos forma de conseguirlo. Es una cantidad demasiado grande. Así que hemos pensado que lo justo es…

—Que le cedas tu dormitorio —dice mi entrenador.

—¿Mi dormitorio? —Frunzo el ceño.

No es posible que Saorise quiera mi cuarto. Es mucho más pequeño que el suyo, por lo menos cinco veces más pequeño. Y apenas tiene luz. No me estoy quejando, pero…

—Saorise siempre ha querido una habitación más grande y sería un gesto bonito que se la cedieras. Podríamos invertir cierto dinero en hacer una pequeña obra en casa que conectara el piso de arriba con el de abajo.

Quiere mi habitación como una extensión de la suya.

No acepto, ni me niego. Sé que ya han decidido por mí, aunque parezca que me están pidiendo opinión, estoy segura de que ya tienen fecha para empezar la obra.

—¿Dónde voy a dormir yo a partir de ahora?

—Vamos a reorganizar mi antiguo vestidor para ti. Por el momento, tu padre ya ha llevado tu cama allí, para que te vayas instalando. Hay unos cuantos trastos que sacar para que quepan tus cosas, pero una parte de tu habitación tendrá que seguir siendo para mi ropa. ¿Vale? Tendrás que compartir.

Mi madre sigue dándome los detalles y una voz, una que nunca había oído, suena en mi cabeza diciendo: desearía poder irme.

Dejar de estorbar. Ojalá quedara algo del dinero que he ganado compitiendo todos estos años, así podría utilizarlo para alquilar un pequeño apartamento en el que dormir sin molestar a nadie.

Sé que se fue todo en facturas médicas familiares y que no queda nada, pero… ojalá.

Voy a mi nueva habitación y siento un retortijón en el estómago.

Quizá esto es bueno. Quizá sí, porque yo antes de la dichosa cena con Sant Delphi no sentía nada y según Monique, esto es mejor. Aunque no lo parezca.

Me pongo la ropa de entrenar y salgo a correr.

Un buen rato después, cuando ya estoy empapada en sudor bajo la camiseta de deporte, me quito los cascos y vacío la mitad de la botella de agua. Me freno antes de bebérmela entera para no encontrarme mal, pero ganas no me faltan.

He hecho un circuito largo, uno de mis favoritos, y estoy des-tro-za-da.

Entonces lo oigo, un ruido, algo detrás de mí. Me doy la vuelta y veo a un dóberman corriendo en mi dirección. Es grande y tiene la boca abierta llena de dientes afilados, está jadeando y viene directo hacia mí.

Me encantan los perros, pero reconozco que me siento un poco intimidada cuando sus dientes son potencialmente capaces de arrancarme una extremidad y luego ponerse a retozar en el barro quedándose tan pancho.

Se detiene delante de mí y si es verdad eso de que huelen el miedo, yo debo estar asfixiándolo sin piedad.

Retrocedo un paso y él se acerca otro. Repito el intento y él me imita.

Todos los vídeos en internet que he visto sobre mordeduras de perros vuelan a mi mente. Voy a morir y va a doler una barbaridad. Qué curioso, siempre pensé que mi muerte sería algo mucho más cutre y mundano, como que moriría atropellada por un coche que se pareciera mucho al de mi hermana.

No eches a correr, Keira.

Retrocedo una vez más, intentando obtener algo diferente haciendo exactamente lo mismo, como haría una demente. Esta vez mis deportivas resbalan por la tierra del parque y caigo de culo. El dóberman aprovecha para acercarse a mí, para colarse entre mis piernas y acercar su hocico a mi cara y… y…