Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 1 3
13%

Capítulo 1 3

—Dante, no. —Una orden clara proveniente de una voz gutural retumba por las barras de calistenia del parque y también por mi pecho.

Alzo la vista y ahí está. Alek Sant Delphi luchando por la atención de otro dóberman, juraría que el tal Dante. Lleva una chaqueta negra con capucha y no viste con los pantalones habituales de traje, sino con un mero chándal gris. Y todo mientras se cuela en mi territorio.

¿Ya estaba aquí? ¿Acaso me estaba espiando? ¿Otra vez acosándome, doc?

—¡Kobra! —su voz se vuelve más severa, pero me llevo un lengüetazo en la cara de todas formas, con firma de la bestia que tengo delante.

Es curioso, porque casi parece un signo de aprobación, no una muestra de rebeldía. El dóberman gigante procede a sentarse sobre sus patas traseras y a esperar a que su dueño nos alcance.

De repente, el otro dóberman, más chiquitín corretea a mi alrededor y se choca conmigo, estampando su cabeza contra mi cuerpo, espero que jugando.

Ay, madre, que no me conviertan en su comida, por favor.

Menudo momento de mierda para dejar sentir apatía, maldita sea.

El chiquitín se sube a mi regazo, me pisotea a su gusto y hace lo que quiere conmigo. Pero del que tengo más miedo es el inmenso que no nos quita ojo. Kobra, por lo visto, sigue inmóvil.

Sé que me estoy quedando blanca, porque siento cómo voy perdiendo toda la sangre del cuerpo.

Sant Delphi no vuelve a llamar a Dante. Esta vez quien toma cartas en el asunto es el dóberman grandullón. Lo embiste y juntos se vuelven una bola de patas, orejas y dientes.

—Perdona, ¿estás bien?

Estoy tan enfrascada en los animales y en el susto que me han dado que mi cerebro no registra la voz de Sant Delphi hasta que su mano llega hasta la mía y de un solo tirón me pone en pie. Mi cuerpo choca contra el suyo y por poco le clavo la barbilla en el pecho.

Ese olor… ese masculino, intoxicante y deliciosísimo olor, dios.

—¿Q-qué…? —balbuceo—. ¿Qué crees que est…?

Me coge ambas mejillas, me inclina la cabeza y me obliga a mirarle a los ojos.

—¿Estás bien?

—Antimonita. Galena. Hematita. Plata —murmuro ahogándome en su iris mientras sus dedos se tensan, quemándome viva con la electricidad a la que no puedo resistirme.

—No pretendía asustarte. Por favor, dime algo.

—¿Son tuyos?

—Sí —responde escandalosamente cerca de mi cara, algo que, por algún motivo, le sigo permitiendo.

La química que flota en el ambiente cada vez que estamos cerca me está atrofiando las neuronas.

—¿Estabas siguiéndome?

Ladea la cabeza, su mirada brillante acabando con mi resistencia.

—Te he hecho una pregunta.

—Sí, estoy bien —sacudo la cabeza fingiendo seguridad, una que desde luego no siento—. Ahora tú…

—Sí.

Me quedo helada mientras mi cuerpo arde.

Reacciono, tarde, pero lo hago. Me aparto de él y mi piel no añora su contacto. ¡¡En absoluto!!

—¿Disculpa? —alzo la voz—. ¿Estabas siguiéndome? ¿Pero tú de qué vas?

Ni siquiera me reconozco. Lo mío no es la confrontación.

—Estaba preocupado por ti. Sabía que ibas a volver a venir aquí sin tu entrenador y no es una zona segura.

—¿Lo dices por los acosadores?

—Son las once de la noche, Keira.

—He venido aquí sola montones de veces, no te necesito.

—No he venido para darte tranquilidad a ti —reduce la distancia que he ganado.

El calor me sube por el estómago, sigue por mi pecho, el cuello, y llega hasta mis mejillas. Él lo ve y curva la sonrisa en una mueca torcida que, si en el diccionario aparecieran fotos, la suya saldría al lado de «arrebatador».

Cuando quiero retroceder me topo con el cuerpo de uno de sus perros. El gigante, cómo no.

—Has alzado la voz, no les gusta mucho eso.

—¿Qué…? ¿Qué quieres decir? ¿Que ahora van a morderme?

Tira de mi brazo y me vuelve a acercar a él. Es curioso que lo considere un hombre respetuoso, correcto y distante cuando no deja de tocarme sin permiso.

Quizá sea por las zonas de nuestros cuerpos que aún no se han rozado. Quizá sea porque la mano que ha puesto en mi espalda está a kilómetros de mi culo. O tal vez sea porque mis hormonas me están jugando una mala pasada.

—Lo tienen prohibido.

¿Cómo van a tenerlo prohibido? ¿Me…? ¿Me conocen? ¿Acaso pueden entrar mascotas a North Star? ¿Si grito auxilio, vendrá alguien a salvarme de esta situación?

—¿No deberías saber de sobra cuándo un animal está listo para atacar? Según tengo entendido, solías pasarte muchas horas en la tienda de mascotas local.

Se me abren los ojos con horror. ¿Cómo sabe eso? ¿Cómo sabe que, como una pirada, compré todo tipo de juguetes para perros de uno o dos dólares, que luego regalaba a desconocidos, porque no me atrevía a adentrarme en el edificio junto a ese dichoso local?

Monique.

Tardé lo mío en dar el paso.

Qué curioso que cuando me decidí a entrar, ya no sentía ni vergüenza, ni absolutamente nada.

—¿Sueles invadir el espacio personal de todas las mujeres a las que no conoces?

—Nunca.

—¿Y por qué a mí…?

—Me cabreas.

—¿Qué? —¡pero si apenas he dicho algo!

No sé de dónde sale esa réplica interna, ni siquiera estoy segura de haberla oído al fondo de mi cabeza. Yo no soy contestona.

Sant Delphi se aleja de mí y me deja jadeante. Del shock, imagino.

Endurece la mandíbula e hinca la rodilla en el suelo para acariciar al perro grande.

—…de su lado, ¿vale? —le habla en voz baja, así que no alcanzo a oír todo el mensaje, pero el animal enorme se coloca a mi lado y se sienta sobre sus patas traseras—. Dante, vamos. —Alek llama al otro dóberman y luego se dan la vuelta y se alejan.

Miro al perro que se está olvidando. El que están dejando atrás. Está tan quieto a mi lado que casi parece una estatua.

—¡Eh! —chillo, aunque no soy más que un susurro. Lo de alzar la voz no va con mi personalidad. Viene de la mano con que nadie te escuche, a la larga las palabras dejan de parecer útiles herramientas—. ¡Espera! —lo alcanzo y veo que el otro perro ha trotado a mi lado.

Dios, qué miedo da, ¡auxilio!

—¿Qué? —gruñe y por un momento, no sé quién me resulta más intimidante.

—Te olvidas de este grandullón.

Exhala como si lo que está a punto de decir le doliera horrores.

—Ahora es tuyo —aprieta los dientes—. Al menos, por un tiempo.

—¿Has perdido la cabeza?

—Tercer apartado del contrato, deberes de autonomía, condiciones —señala a la bestia, otra vez petrificada a mi lado—. Condición número uno, cuidar de Kobra.

—Yo no puedo cuidar a tu perro.

—Lo vas a hacer, porque has firmado un contrato.

Se vuelve a ir el pedazo de insolente empeñado en dejarme con la palabra en la boca. Me planto delante suyo y tengo la osadía de alzar el índice hasta su pecho y clavárselo. Entonces dos ladridos guturales me roban diez años de vida dándome un susto de muerte.

—Son muy territoriales.

—Apenas te he tocado.

—¿Y eso quieres? ¿Tocarme?

—¿Todos los profesores de North Star son tan invasivos e inapropiados con sus alumnas como usted, señor Sant Delphi?

—Tú no eres alumna de North Star, mucho menos mía. Y creo conveniente aprovechar este momento para remarcar que yo ya me iba, que me has parado tú y que eres tú la que está empeñada en tocarme.

Exhalo sintiendo una nube oscura de electricidad peligrosa totalmente desconocida revolviéndose en mi bajo, *bajo* vientre.

—No puedo cuidar a tu perro.

—Tiene nombre, se llama Kobra. Empieza a usarlo.

Y dale con las órdenes.

—Valoras mucho la puntualidad. Bien, pues yo valoro que no me conviertas en niñera.

—Tarde.

Dejo caer los hombros y me revuelvo, sin escapatoria.

—¿Por qué me haces esto?

—Porque no sabes cuidar de nadie, pero vas a aprender —estrecha la mirada y se acerca hasta que nuestras caras están a dos escasos palmos de distancia—. Por las buenas o por las malas.

—¿Lo estás abandonando?

—No.

—¿Quieres que lo lleve a una perrera? ¿Es de lo que…? —dejo de hablar cuando tira de mi barbilla y se asegura de que no voy a ninguna parte.

—Es mi familia, ¿entiendes? Te estoy dando la responsabilidad temporal de que lo cuides, para que aprendas lo que significa eso.

Está loco. Como una cabra.

Y no sé por qué no soy capaz de alzar la vista de sus labios.

—¿Y si digo que no?

—No puedes decir que no. Tus únicas dos opciones son acatar las órdenes o romper el contrato. ¿Cuál eliges?

No puedo pensar con claridad. Su cuerpo es tan grande que abarca todo el espacio, incluso el que le pertenece al mío. Sus ojos me dan un ultimátum y sus labios un lugar en el que perder mi atención.

—Lauren, te he hecho una pregunta.

—¿Lauren…?

Es ridículo que el hecho de que conozca mi segundo nombre haga que mi corazón dé un triple mortal.

—¿Qué decides?

—Acatar órdenes —digo en una maldición.

Mira a su dóberman como si estuviera dejándome uno de sus riñones y luego se marcha.

—Dante —llama la atención del pequeño cuando no se quiere despegar de Kobra.

Me rompe el corazón. Sant Delphi se sube al coche y me quedo a solas con mis pulsaciones aceleradas y un perro gigantesco que, poco a poco, gira la cabeza en mi dirección.

Pasan los días…