Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 1 1
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Capítulo 1 1

Sant Delphi

Salgo de mi despacho en el que me he pasado las últimas dos horas revisando documentos legales que vienen de la mano de tener tu propio laboratorio fuera del campus. Además, he terminado de planificar todo lo que mi equipo y yo vamos a hacer con Keira.

Cada vez que pienso en su familia, en que es allí a donde vuelve cada día, donde cena, donde duerme… Deja de pensar en ella, joder.

Voy al laboratorio, que está en la misma planta que mi despacho, y cómo no, no lo encuentro vacío. Si Kásian Snow tiene una pasión desmedida por el hockey, Isabella la tiene por esto.

—¿Todavía estás aquí?

—Me has dicho que recopilara información sobre nuestra paciente y me he distraído un poco mirando sus mejores momentos. Está internet lleno de vídeos de esta chica, tiene un fandom monumental.

—Ajá, ¿y ahora qué haces exactamente? —pregunto al encontrarme a mi ex-alumna de plasticidad cerebral haciendo cosas raras con los ojos.

—Ya sabe lo que hago, señor Sant Delphi.

Exhalo y sujeto el pomo de la puerta con la mano. El problema es que sí, de hecho, sí lo sé.

—Isabella, ya sabes que no vas a curarte la miopía forzando la vista, ya lo hemos hablado.

—Mi ojo ha cogido una forma determinada por el excesivo uso de pantallas, pero puedo remodelarlo con esfuerzo.

En realidad no. Y ella lo sabe. Y yo también lo sé. Incluso Internet lo sabe.

—Creía que te gustaban tus gafas.

—Y así es, lo que no me gusta es depender de ellas.

—¿Y por qué no te operas la vista?

—¿Quiere dejarme ciega, señor Sant Delphi?

Reprimo una sonrisa.

—¿Vas a despedirme por ingenua?

—Voy a pensármelo. ¿Cuándo vuelve Kásian a Indiana?

—Mañana por la noche. Verás, a mi marido le han adelantado un partido a la semana que viene y quería saber si…

—Sí —la interrumpo.

No me gusta prescindir de una de mis mejores empleadas, pero a estas alturas de la película ya sé que nadie puede luchar contra sus ganas de verse.

Lo que vivieron Isabella y Kásian fue muy jodido, y encima les tocó vivirlo siendo unos críos, cuando ni siquiera se habían graduado. No soy tan capullo como para interponerme entre ellos y su felicidad ahora que la han conseguido.

—Eres un gran jefe, ¿te lo he dicho alguna vez?

—Hasta mañana, Snow. Y vete a casa ya.

—Sí, señor.

—Y ponte tus dichosas gafas.

Cierro la puerta antes de oír sus explicaciones.

Al terminar de entrenar, tengo los brazos y la espalda reventados.

No podría ni sujetar un matraz Erlenmeyer.

El año pasado, después de hacer un Iron Man, Isabella y Damon estuvieron riéndose de mí largo y tendido porque no podía hacer cosas basiquísimas de laboratorio, ni siquiera ponerme la bata, sin morirme de dolor.

Debería despedirlos a los dos.

—¿Cuáles son tus planes para esta noche, profesor? —pregunta Koven Alasdair con retintín cuando salimos de los vestuarios del gimnasio.

Ese gimnasio pijo al que iba él y al que me convenció para apuntarme. He estado a punto de soltar una mancuerna de treinta kilos en mi pie cuando ha dicho que están haciendo obras en el ala oeste para poner una pista de atletismo.

—¿Me estás invitando a cenar, tío? —le doy un codazo.

—Ni de coña, una hora y media fuera de casa es más que suficiente para mí —dice soltando una risita.

El problema es que no va en coña.

Conocí a Koven a través de Irith y llevamos meses siendo colegas.

También conoce a Beckham, pero de eso nos dimos cuenta después.

Koven está jodido y desde que sé por qué, siento como si llevara un ancla rodeándome el cuello, ralentizando mis pasos.

He intentado ayudarlo, pero no se deja. El tío es un terco de cojones. Creo que por eso nos llevamos bien.

—Vaya cara. ¿No sabes pillar las bromas? —pregunta cuando me lo quedo mirando.

—No hay nada que pillar, porque no estás de broma.

—No te pongas en plan hermano mayor, que no tenemos el mismo apellido.

—¿Has hablado con…?

No termino la pregunta y ya se le endurece el rostro.

—Maldigo el día que te conté la verdad, Sant Delphi. —Salimos al exterior y yo alzo las manos en son de paz.

Juraría que soy su único amigo y no quiero que me cierre la puerta. No solo porque le convenga, sino porque me cae bien y yo tampoco tengo más amigos.

—¿Mañana nos tomamos unas cervezas?

—Veré si puedo hacerte un hueco en mi apretada agenda —responde, me da un par de golpes en el hombro a modo de despedida y se larga.

Hora de cazar.