Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 1 0
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Capítulo 1 0

Mi tío y yo nos pasamos buena parte del día conociendo las instalaciones de North Star y practicando, pero a media tarde me quedo sola porque él tiene que irse a hacer cosas. Suele pasar. No me importa. No, porque… ¿qué palabra se queda en mi mente mientras hago mi rutina de velocista?

Condiciones.

Me pregunto qué clase de peticiones habrá en ese apartado de nuestro contrato. Me doy una ducha y… *Condiciones*. Salgo de la universidad y… Condiciones.

Sigo con mi vida y…

—¿En qué piensas? —pregunta Monique, trayéndome de vuelta a la sesión de terapia a la que nadie sabe que vengo.

Hoy el despacho huele a vela de canela, pero no me reconforta en absoluto.

—Me siento culpable —admito para sorpresa de ambas.

Sus ojos son incapaces de ocultar la alegría, por mucho que se esfuerce. Se acerca colocándose en el borde de la silla. Un día de estos se cae.

—¿Te alegras?

—Por malas que sean, cualquier emoción es mejor que ninguna. Cuéntame, ¿por qué te sientes culpable? —juega nerviosa con el tubular rímel de su hermana.

Me gusta más cuando hablamos de ella, así que no sé por qué se me va la lengua sola.

—A los quince tenía una competición estatal importante…

«Estoy en la cama, con las piernas abrazadas al pecho. Me duelen mucho las rodillas, las dos. El fisio dice que puedo competir, pero tengo miedo. Arnau no ha parado de repetirme toda esta semana la pésima idea que sería competir, lesionarme y echar a perder toda mi carrera.

Ha estado a punto de despedir a mi fisio cuando le ha oído darme el visto bueno. Cambio mucho de fisio, no le gusta ninguno.

—¿Qué piensas hacer? —pregunta mamá cruzada de brazos desde el marco de la puerta.

Parece cansada. Cansada de tener que lidiar con una hija problemática que se lesiona tanto solo para ganar algunas veces. Me parecen demasiadas complicaciones para tan poca recompensa.

—Quiero competir. El tío y yo hemos trabajado muy duro.

—Ya sabes que no le gusta que le llames así, Keira.

Sí, es de los que dicen “no por ser familia te lo voy a poner más fácil, al contrario”.

—Perdón, Arnau —me corrijo—, hemos trabajado mucho. Y me gustaría darte otra medalla de oro, hace tiempo que no te doy una.

Mamá viene hasta mí y se sienta en el borde de la cama.

—Sabes que tu hermana no ha tenido una semana fácil en la universidad, ¿verdad?

Asiento. La he oído llorar por videollamada con mamá porque un profesor injusto le había puntuado bajísimo en el examen.

Mamá me aparta el pelo de la cara con mimo.

—Ahora tu hermana necesita mucho apoyo, está a punto de graduarse y la familia está para apoyarse en momentos difíciles.

Entiendo lo que mamá quiere decirme.

No debería acaparar la atención del tío, ni la suya, una tarde como hoy.

—La verdad es que me duelen mucho las rodillas. Preferiría no competir.

Por primera vez, mamá sonríe y me planta un sonoro beso en la frente. Solo entonces sé que he tomado la decisión correcta».

Termino de contárselo todo y el silencio me trae de vuelta a la realidad, despacio.

—No fue ni la primera ni la última vez que lo hice, pero hubo una competición…

fue un par de años después, yo tenía dieciocho y…

existían motivos familiares para saltármela, pero fui.

A escondidas. Ahora mismo, después de firmar el contrato con Sant Delphi, me siento igual que en aquel entonces. Una egoísta.

—¡No estás siendo egoísta, Keira! ¡Tu familia es ODIOSA! —la voz de Monique suena distinta.

Tan distinta, que no es la suya.

Las puertas del pequeño armario de Monique se abren y de él sale… una chica. Madre mía. Me aferro a los brazos de mi asiento mientras la que tiene pinta de universitaria empieza a despotricar.

—¡Nunca debiste saltarte una competición! ¿Me tomas el pelo? ¡¿Qué clase de…?!

—¡Darcy! —el grito de Monique me aplasta contra el asiento porque nunca la he visto tan enfadada.

Ni siquiera un poco molesta. Ahora arde en cólera y la que parece una Bratz, una Monster High y un Labubu, todo en uno, también se ha cagado encima de miedo. Junta las manos en señal de disculpa.

—Perdona, quería darte una sorpresa —la que tiene pinta de ser su hermana, se agacha hacia la base del armario y recoge algo. Unos bombones—. Te había traído esto y quería gritar «sorpresa» cuando estuvieras enfrascada en tus notas. No tenía ni idea de que tenías una sesión.

—¿Y no se te ha ocurrido decir algo cuando has visto que así era? —pone los brazos en jarra.

—Sí, pero es que oír su historia me ha dejado tonta. Incluso ha hecho que se me ponga la piel de gallina, pero de dentro del estómago. No podía interrumpir. De hecho, mi intención era pasar desapercibida y largarme cuando acabarais, sin ser vista, pero no he podido contenerme.

—N-no pasa nada —musito, pero ninguna me oye.

—¿Qué voy a hacer contigo?

—¿Quererme mucho? Jo, lo siento. No te enfades conmigo. Mañana es tu cumple —pone morros—. Sabes que siempre hago estas cosas por tu cumple.

—En mi trabajo no. Nunca. Acabas de violar el secreto profesional de… —Monique se lleva las manos a la cabeza y se gira hacia mí con el rostro descompuesto—. Keira, me sabe fatal. No tengo palabras.

—Tranquila.

—Si quieres dejar de trabajar conmigo por esto, lo entenderé. No ha sido profesional en lo más mínimo y…

—¡Por favor, no despidas a mi hermana por mi culpa!

—la Bratz-MonsterHigh-Labubu-Universitaria clava las rodillas al suelo frente a mi asiento y me coge la mano con las dos suyas.

Todas las pulseras que lleva en las muñecas tintinean—.

¡Le encanta su trabajo y nunca cuenta nada de sus pacientes, pero sé que los quiere mucho!

¡Por favor! ¡Es tan compasiva que ni siquiera te ha dicho que todos los que llevan tu apellido, menos tú, apestan a saco!

—¡Darcy!

La hermana pequeña de Monique me suelta, se levanta del suelo y agacha la cabeza en señal de disculpa. Lleva clips en el pelo con purpurina que tienen forma de labio y sus botas tienen luces en la suela.

—No pasa nada, Monique. No te enfades con ella —intento de nuevo, poniéndome en pie como ellas—. La familia es lo primero.

—No siempre —rebate Darcy—. Si mi hermana fuera una arpía como la tuya, te aseguro que los lazos de sangre me importarían un comino, dos pimientos y tres cuartos de «una puta mierda». ¡Au! ¡No a la violencia, Monique!

Se aleja para no llevarse otro tortazo en el brazo.

—No quiero dejar de venir a verte —comento.

—Exacto, no quiere —Darcy se pone a mi lado y ancla su brazo con el mío—.

Además, esto ni siquiera sería una violación del secreto profesional con el paciente si Keira y yo fuéramos mejores amigas, porque las mejores amigas se lo cuentan todo —Darcy gira el cuerpo hacia mí para mirarme—.

Es evidente que necesitas a alguien que te zarandee un poquito.

O que te haga reír, por lo menos. Estaría encantada de ser tu amiga. ¿Quieres ser la mía?

El corazón me hace algo raro. Esta chica, *probablemente la chica más guay que he visto en mi vida*, se preocupa tanto por su hermana que estaría dispuesta a llegar hasta donde hiciera falta por ella. Es bonito.

—Sí, claro. Lo mismo digo.

Monique se queda en shock ante mis palabras y cuando ambas nos giramos hacia ella, desvía la mirada de una a otra mientras alza la ceja muy despacio. Como cuando tienes un momento de «¡eureka!».

No le doy tiempo a soltar lo que sea que tuviera intención de decir.

—Se hace tarde, he quedado con mi entrenador y tengo que irme ya —miento.

Monique sabe que miento, pero asiente de todas formas.

—Sí, y yo… yo me voy también porque… tengo mucho que charlar con mi nueva mejor amiga…

—Darcy.

—Te veo mañana, hermanita. Feliz pre-cumpleaños. ¡Te quiero!

Salimos de la consulta agarradas y Darcy sigue metida en el personaje incluso al llegar a la calle.

—No hace falta que sigas con eso —le suelto el brazo—. Le diré a Monique que nos hemos hecho buenas amigas, no te preocupes. Hasta otra.

—Ehhhh —vuelve a cogerme—, ¿me estás dando plantón? Guau —echa la cabeza hacia atrás—. Así que esto es lo que se siente cuando te rechazan. Pues no me ha gustado nada la experiencia, le doy una estrella.

—¿C-cómo? —frunzo el ceño sin entender.

—Que quiero ser tu amiga de verdad.

La miro ojiplática parpadeando unas cuantas veces, pero por mucho que lo haga, sigo sin entenderla.

—¿Por qué?

Vuelve a anclar nuestros brazos.

—Cuando has entrado en el despacho he buscado tu nombre en internet y he visto quién eres. Una atleta de narices. Una que se merece toda la suerte que pueda conseguir y yo, amiga, soy todo pura suerte. ¿Te gusta el matcha? Dame tu teléfono, necesito apuntarte mi número.

Tira de mí hacia una cafetería cercana sin darme mucha opción a negarme.

Estoy bastante segura de que me está secuestrando, pero en peores me he visto.