Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 9
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Capítulo 9

Sant Delphi

Miro su largo pelo paliducho. Igual que ayer cuando se asomó a la ventanilla de mi coche, me pican los dedos de las ganas de enrollármelo en el puño y atraerla hacia mí.

Tecleo en el ordenador pensando en tirar de ella, subirla a mi regazo y hacerle entender todo lo que está mal en su vida.

Cierro los ojos, cabreado conmigo mismo, intentando recuperar el control. Todo apunta a que esto es una puta mala idea. A una putísima mala idea. Debería dejar que Isabella se encargase de esta parte, es brillante y confío en ella. O, a malas, encargárselo a cualquier otro de mis empleados.

Cualquiera que no sea yo.

Pero por más que empujo esas palabras más allá de mi boca, no salen de ella.

Abro los ojos y me topo con el lapislázuli más intenso y triste de la faz de la tierra. Es como si toda esa vida que Keira ha enjaulado dentro de sí, me gritara que la ayudara a salir.

La atleta desvía la mirada hacia sus manos y se encoge en el asiento. No importa lo pequeña que se haga, lo mucho que se encierre en sí misma. No deja de ser un puto faro cegador. Por eso su familia la trata como la trata, porque lo ven y les jode.

Más les jodería que los enterrara vivos en una zanja. Fíjate, diez minutos con ella y ya estoy replanteándome volverme un asesino. Mi terapeuta está empeñado en que no necesito medicación para lo que me pasa, pero yo ya no estoy tan seguro.

Algo en mi interior me asegura que, si me quedara mirándola durante una hora sin decir nada, Keira no se quejaría, aunque lo odiara. No diría ni una palabra. Me aterra imaginar que se ha pasado la vida sin emitir ni una sola queja. Siento rechazo por la parte de su personalidad que la empequeñece.

No. Es. Ella.

Suelto el montón de hojas del contrato de golpe sobre la mesa y ella da un respingo, tal y como quería.

—El proyecto tendrá cuatro ramas. La observación invasiva, las entrevistas, los deberes de autonomía y la evaluación emocional.

—¿En qué consisten?

—La observación invasiva consiste en estudiarte a ti y a tu comportamiento.

—¿En mi casa? —echa la cabeza hacia atrás.

—No me refiero a observarte mientras te duchas, Keira. Entrenando. No solo en directo, también haremos uso de grabaciones, de competiciones y demás. Pero lo de «invasivas» hace referencia a que sí, invadiremos tu día a día.

Se revuelve en la silla.

—De acuerdo.

Quiero decirle que me colaré en su horario cuando me dé la gana porque me da rabia que no empiece a ponerme límites. Pero no puedo.

—Valoro mucho la puntualidad. Mucho.

—Entendido.

—Pero en cuanto al horario, tendrás voz y voto. Nos amoldaremos el uno al otro —mi voz suena tan dulce que no la reconozco.

Sus ojos azules se vuelven más claros. Tiene… joder, tiene miedo. No es la primera vez que veo esa emoción en su mirada, pero ahora viene acompañada de pánico y terror. Más incluso que cuando en la cena dije que quería estudiarla.

—Las entrevistas serán conversaciones que favorezcan la investigación.

—¿Contigo?

—Sí, conmigo —digo territorial y posesivo.

Podría hacérselas cualquiera, pero una vez más, me niego.

—¿Qué son los deberes de autonomía?

—Condiciones. Cosas que tendrás que hacer.

—No lo entiendo. ¿Qué significa eso?

—Iremos haciendo todo tipo de descubrimientos sobre ti, Keira. Vamos a estudiarte para que puedas ser la mejor deportista que eres capaz de ser. Eso vendrá de la mano de cambios. Cosas que tendrás que dejar de hacer y otras que tendrás que empezar a hacer.

—¿Y no puedes darme más detalles? Suenas bastante ambiguo.

—No, no puedo. —Le sostengo la mirada esperando a que se levante y se vaya, a que el fuego que vi arder ayer en su mirada cuando me gritó en el coche que aceptaba el trato, no dé señales de seguir existiendo.

Espero que me demuestre que me estoy equivocando con ella y que esto no va a ir a ninguna parte. Lo espero porque esa posibilidad daría menos miedo.

—Acepto.

—Todavía no he terminado de explicártelo todo.

—«Evaluación emocional en competición» no deja mucho margen a la imaginación.

Asiento y aprieto los dientes. Siento que me voy a romper la mandíbula.

—¿Aceptas? —pregunto en un intento de que se lo replantee, intentando hacer dudar a quien vive en un mar de dudas.

Para mi sorpresa responde:

—Ya me has oído.

Paso las páginas hasta las últimas hojas del contrato y le ofrezco uno de mis bolis negros, esos que al parecer no me ha robado. Keira se inclina hacia mí obligándome a inhalar el puñado de flores que manan de su pelo blanco.

Firma el contrato y de paso, mi sentencia.

—¿Qué tengo que hacer ahora?

Irte.

—Eso es todo por hoy. El entrenador de atletismo de North Star os espera en la pista a ti y a tu entrenador. —Arnau, ayer no dijo mucho, pero según las tres decenas de vídeos que he visto esta noche, es un poco gilipollas.

Keira se levanta con gracilidad. Debe moverse así por lo fuerte que está.

—Te veré mañana, entonces.

¿Mañana? Casi sonrío.

No voy a volver a quitarte la vista de encima .