Capítulo 8
Sant Delphi entra en el laboratorio y lo hace con un ceño fruncido de narices, dejando claro que esa es su expresión habitual.
Su despacho, meticulosamente ordenado y decorado con el arte minimalista de alguien bastante sosaina y eficiente, tiene un olor a cuero que no es en absoluto repulsivo.
La camisa blanca que lleva parece que va a reventar de tantos músculos que enjaula, pero mucho me temo que le seguiría pasando con un puñado de tallas más. No hay tela suficiente en este mundo para abrazar semejantes hombros. Bíceps. Trapecios.
Dios, cállate.
Me pregunto si mi insufrible charla interna se asemeja a la suya y por eso se ha mandado a callar a sí mismo. O si quizá ha sido a mí.
—Aún no he dicho nada —me excuso por si acaso.
El tío no se sobresalta, estoy bastante segura de que biológicamente no es capaz de algo tan mundano, pero me mira por encima del hombro como si fuera un poltergeist que ha venido a North Star a tirar por tierra todos sus conocimientos de científico ateo.
—¿Qué haces aquí? —pregunta, su voz reverberando por cada centímetro de mi piel.
Una vez más, el chándal que llevo me demuestra que no va a protegerme de nada que tenga que ver con él.
—Me has citado tú.
—¿Y te ha parecido bien colarte en mi despacho porque te haya citado? —reprocha.
De repente, un calor desconocido me inunda el pecho. Brasas. Siento brasas calentitas zumbando bajo la superficie.
—La puerta estaba abierta.
—No cuando yo he llegado.
—No, me refiero a que no estaba cerrada con llave.
—¿Y eso te ha parecido una invitación?
—¿Temes que te haya robado los bolis negros, doc? —alzo una ceja y una vez más, no me reconozco.
¿Por qué no puedo cerrar la boca? Es lo que hago siempre.
Se sienta en el borde de su mesa de caoba, tan ordenada como sus estanterías, y me mira desde las alturas. No recuerdo haberme sentado en una de las sillas. Hasta hace un segundo estaba apoyada en un rincón, intentando no molestar a la nada más absoluta.
Pero ahora tengo que forzar mucho el cuello para mirarle, tanto que parece excesivo.
Este hombre debe tener problemas en su vida cotidiana. Para entrar en el autobús, para ocupar un asiento en el avión, para lograr comunicarse con sus alumnos sin hacer que se meen en los pantalones…
—No vuelvas a entrar aquí sin permiso.
—Claro, Alek.
El uso de su nombre de pila nos pilla desprevenidos a ambos. La claridad de su mirada se vuelve plata líquida derramándose por mi garganta, asfixiándome.
Es extraño que el hecho de que sea profesor y mayor que yo, haga que quiera bajarme las bragas. A mí nada me produce ese efecto. Ni de bajármelas, ni de subírmelas, ni de ponérmelas. Mis bragas han vivido al margen de mi vida, siendo casi ignoradas por completo. Pero ahora…
—¿A qué has venido, Keira?
De repente me siento tonta. Como si hubiera pasado algo por alto. Como si, evidentemente, este científico ocupado no planeara malgastar ni media gota de oxígeno conmigo. ¿Era una broma? ¿Le malinterpreté?
—Yo… Creía… —Me levanto, roja, con las rodillas débiles. Tengo unos buenos cuádriceps, nada debería hacerme sentir que el siguiente paso no es certero, pero es algo que me pasa a diario—. Me voy.
—De acuerdo —dice complaciente, expectante, mirándome mientras rodeo el pomo de la puerta de su despacho con los dedos.
Me doy la vuelta, con el rostro lleno de interrogación.
¿Quiere que lo haga? ¿O que me quede? ¿Por qué no estoy segura de ninguna de las dos? ¿Y por qué me late tan deprisa el corazón?
—¿O no? —pregunto.
Despacio, tanto que el cambio resulta casi imperceptible, sonríe. Otra vez. Mi estómago se contrae en un nudo que se retuerce y me lleva a las profundidades de un infierno lujurioso.
—¿Por qué no te sientas, Keira?
Le odio. Vamos, creo que le odio.
De lo que estoy segura es que odio la percepción que tengo de que está jugando conmigo. Y una vez más, el odio es una emoción que yo no acostumbro a sentir.
Pero ocupo la silla.
—¿Todo es tan difícil contigo, MaKena?
—Justo iba a preguntarte lo mismo, Sant Delphi —estrecho la mirada, algo triste.
Se me ha ido la fuerza por la boca y lo cierto es que se me caen los hombros bastante rápido.
—¿Vas a quedarte? —pregunta y asiento.
No uso palabras porque tengo ganas de llorar. Ni puta idea de por qué mierda las tengo, pero las tengo.
—Bien —dice en tono dulce.
Se baja de su mesa, me da la espalda y camina hasta su silla de rey de las ciencias.
—¿Eras tú?
Ladea la cabeza en mi dirección, como si las capacidades motoras de su cuerpo no funcionaran del todo bien si no mantiene el contacto visual conmigo. Vuelve a fruncir el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—Esta mañana estaba entrenando en un parque cerca de mi casa. Solo había un coche y me ha llamado la atención… —¿qué, Keira? ¿Ver que era oscuro? ¿Qué narices estás diciendo? ¿Que te espía? “Oye, doc, ¿vas a convertirte en mi acosador?”. Sacude la cabeza—. Da igual.
—Si te da igual, entonces dejamos el tema —dice complaciente.
Salvo que no es en absoluto complaciente. Me está tocando los ovarios. Está irritándome y no entiendo por qué.
—Te voy a explicar en qué va a consistir el estudio y cuáles serán tus labores como sujeto. Si al acabar te parecen bien, firmamos el contrato y empezamos a trabajar.
Es ridículo que crea que algo de esto está en mi mano cuando North Star, mi familia y él han tenido mucho más poder que yo a la hora de decidir.
—Me gustaría oírte responder cuando te hago una pregunta.
—Sí, de acuerdo.
Un pensamiento intrusivo hace que me imagine… cosas.
Me imagino cogiendo su mano y llevándola a mi garganta. Me imagino que aprieta con fuerza hasta dejarme casi sin respiración.
—Bien —Sant Delphi desvía la mirada hacia uno de los cajones de su mesa lleno de papeles al tiempo que con la otra mano sube la tapa de su portátil.
Sus manos son grandes, inmensas, tan gigantes que podrían abarcar un país entero. Están llenas de venas, algo de lo que ya me percaté ayer, pero su «bien», ese premio verbal es lo que se queda con toda mi atención.
Me ha dejado decidir, y no ha habido castigo después, de ningún tipo. Para mí eso es… muy extraño.