Capítulo 7
Sant Delphi
No he podido dejar de pensar en ella en toda la noche. No digo que cabrearme sea algo difícil, cualquiera que haya tratado conmigo en la universidad sabe que es fácil de cojones. Pero joder.
Jo-der. Su puta familia. ¿Y ella? Joder, se me llevan los demonios.
—¿Puedes dejar de dar vueltas? —pregunto ajustando el proyector del laboratorio, que se empeña en estar torcido, pese a mi TOC con las paralelas.
—Perdón, es que estoy nerviosa. ¿Vas a despedirme? Mi sistema nervioso no está preparado para eso, aunque podría hacerme a la idea si me avisaras con un par de años de antelación. ¿Ha colado?
—Isabella.
—Me callo. —Se reajusta las gafas—. Debe ser que merodear por los pasillos de North Star, acostumbrada a hincar los codos en tu laboratorio, me tiene un poco alterada.
Solo una cosa más, antes de que te vayas a por la chica a la que vamos a salvarle la vida.
Ya sabes que me chifla trabajar con pacientes reales, pero esto me interesa que no veas.
Un programa experimental de neurorendimiento centrado en atletas con bloqueo emocional que les impide ganar carreras suena fascinante —dice con énfasis—, y te estoy muy agradecida por darme esta oportunidad.
—¿Quieres que te la quite?
—Me callo. Si es que ya estoy calladísima. Voy a ir a buscar a Damon a la sala de al lado, *en silencio*, para asegurarme de que todo está listo para nuestra invitada.
Se va, gracias a dios, y centro mi atención en el ordenador y en todos los archivos que tengo abiertos.
Me he pasado la noche en vela enfrascado en todo este mundo. Atletas que rinden muy por debajo de su potencial. No por falta de talento, sino por voluntad propia o de su subconsciente.
Como científico me podría interesar el tema, sí. Pero personalmente me daría igual de no haber sido por la cena. La puta cena de ayer.
Cierro el ordenador cinco minutos después, y me voy a mi despacho.
Mis alumnos saben que no es buena idea pararme por el pasillo para preguntarme nada, así que no lo hacen.
Todos parecen críos de guardería y me sorprende mucho que la chica a la que espero aún no haya cumplido veinticinco y ya la vea como una mujer.
—Cállate, ¿quieres? —le pido a mi cabeza en cuanto entro en el despacho y suelto las cosas.
—Aún no he dicho nada.
Un latigazo de electricidad chisporrotea por mi columna vertebral cuando reconozco su olor incluso antes de girarme hacia ella.