Sprint en tu dirección (North Star 8) Capítulo 5
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Capítulo 5

No pregunto «¿a mí?» porque no me sale la voz, pero me dan ganas.

—Al principio de mi carrera en North Star estudié el neurorendimiento de un atleta, pero no era tan bueno como Keira, ni yo tampoco lo era en mi ámbito —explica a toda la mesa, sin desviar sus ojos de los míos, con esa voz más profunda que el infierno.

Entonces su boca hace algo apocalíptico, épico y fascinante. Sonríe. Pero de verdad. Los nervios de mi pecho descienden a la parte baja de mi estómago y lo retuercen, pero no es como cuando tengo la regla, esto es mejor. Es agradable.

—¿P-por qué? —grazna Saorise, estupefacta.

—Teníamos entendido que el programa de investigación que estaba llevando a cabo su departamento era algo de mayor peso —comenta mi padre, incapaz de ocultar su desagrado.

—Este estudio sería mucho más que investigación de campo, brindaría luz a otros proyectos que tenemos en curso y además, sería muy bueno para Keira.

Es la manera que tiene la universidad de agradecer su donativo.

Además, si ella gana, North Star también.

—Ladea la cabeza—. Imagino que no se opondrán a algo que mejorará el rendimiento de su propia hija.

Que ustedes, más que nadie, querrán que gane la medalla de oro en los próximos Juegos Olímpicos.

Se vuelve a hacer silencio. Este es peor que tres pesadísimas toneladas de cemento aplastándome la tráquea.

Durante unos segundos me pregunto si oigo bombear el corazón frenético de Sant Delphi y entonces caigo en que es el mío.

—Por supuesto —dice mamá soltando una de sus carcajadas amables—, nosotros solo queremos lo mejor para la pequeña de la casa. Es nuestro tesoro.

—Enhorabuena, Keira —me dice James, un segundo antes de que mi hermana gire la cabeza en su dirección bruscamente.

Sant Delphi se limpia los labios con la servilleta y se yergue sobre las torres que tiene por piernas.

—En ese caso, está todo dicho. Gracias por la cena, familia MaKena, ha sido… esclarecedora. —Me lanza una última mirada y mi cuerpo emite un ligero temblor, quizá de miedo.

A lo desconocido.

A lo que sea que esté pasando.

Mi madre se apresura a acompañarlo a la puerta y a terminar la velada como una buena anfitriona.

Saorise también se levanta, pero no pasa de la puerta del salón, se queda junto a esta, de brazos cruzados, esperando a mi madre.

En cuanto la puerta de entrada se cierra, el suelo bajo mis pies se abre y empiezo a caer a medida que los ojos se dirigen en mi dirección.

Saorise es quien rompe el silencio espetando:

—Eres un poco egoísta, ¿no te parece?

—¿Cómo?

—Te encanta que todo gire a tu alrededor.

Sant Delphi no te quitaba la mirada de encima y además, se suponía que el dinero de nuestro tío iba a ir destinado a una investigación, no a ti.

—Me mira de arriba abajo con desprecio—.

Podrías haber dicho algo. Podrías haberte negado.

Haber intentado que todo el dinero del tío no se fuera por la cloaca.

Me hundo un poco en el asiento.

No entiendo en qué realidad vive, yo solo soy una sombra. A veces, incluso yo me olvido de que estoy presente con el resto, que no soy solo una espectadora.

—Saorise —la regaña mi madre en tono poco convincente.

—Lo justo sería que, si la familia va a invertir en Keira, también invirtiera la misma cantidad en Saorise —comenta James apoyándose en el respaldo de su silla.

—No podemos pedirle eso al tío Frank —salta mi padre, quien no tenía suficiente para sacar el donativo de su bolsillo—. Es mucho dinero.

—¡Pues es injusto! —chilla Saorise en pleno berrinche—. ¡Yo también soy vuestra hija! ¡¿Por qué nunca me tenéis en cuenta?!

Mi hermana mayor sale del salón como un huracán seguida por James y mi madre.

Ella me lanza una última mirada recriminatoria que me hace sentir muy culpable.

Mi padre murmura algo sobre llamar al tío Frank mientras se enciende otro cigarrillo, se lleva el teléfono a la oreja y se marcha lejos de mí, seguido por mi entrenador.

Miro hacia fuera y veo que el eléctrico oscuro con pinta de caro, el que antes de esta noche nunca había visto aparcado por aquí, sigue ahí fuera.

Me levanto a toda prisa.

Mi familia tiene razón, toda esa inversión debería ir destinada a algo que valiera más la pena. Tiro de la puerta de casa y echo a correr. Se ha hecho de noche, pero espero que mi sudadera blanca evite que me atropellen. Me acerco al coche oscuro de llantas nuevas.

El aire frío me seca la garganta y eso que ni estamos en octubre.

Me acerco a la ventana del copiloto que tiene bajada, *lo cual demuestra que el conocimiento científico y el calor corporal están estrechamente relacionados*.

—Señor Sant Delphi, necesito…

—Sube.

No es una petición, es una orden y me deja un tanto atontada. Pero como me he pasado la vida siguiendo órdenes, obedezco.

El sutil olor a cedro, sándalo y cuero que había llegado hasta mí durante la cena impregna las paredes del coche y se atasca en mi pecho. Por algún motivo, me gustaría decir que lo odio, pero no siento eso para nada.

Me aguanta la mirada esperando a que diga algo, pero sin meterme presión. Es una sensación tan extraña. Creo que nadie ha hecho eso conmigo, a menos que le pague.

—No puedes hacer eso.

—¿El qué?

—Estudiarme.

—¿Por qué no?

Pienso en Saorise, en lo disgustada que estaba, en la mirada de decepción de mi madre, en el esfuerzo y cariño que todos habían puesto en esa cena y en cómo la he cagado, metiendo la pata al final.

Aun así, apenas siento la culpa que ha impregnado todas las páginas de mi vida. De nuevo, estoy bastante vacía.

—No me gusta hacer daño a nadie —me oigo decir.

Sant Delphi frunce el ceño, como si no hubiera hablado su mismo idioma. Se acerca a mí y veo las vetas claras de su iris de color de la antimonita. De la galena. La hematita. La plata.

Es espeluznante.

Una preciosidad.

Y qué bien huele.

—¿Y por qué te lo haces?

Retrocedo, pegando el cuerpo a la puerta del copiloto. Hay algo en el ambiente, una energía, una electricidad que evidencia que, aunque estuviéramos a mil kilómetros de distancia, seguiría sintiendo que este hombre invade mi espacio personal solo con una mirada.

—¿Q-qué?

—Me has oído. —Ladea la cabeza, como si ya hubiera empezado a estudiarme—. Es gracioso.

—¿El qué?

Me sostiene la mirada, empeñado en hablar sin decir una sola palabra. Será insoportable el doctor monosilábico este. Si fuera otra persona, juraría que me estoy cabreando. Pero eso en mí es imposible.

—Señor Sant Delphi…

—Tengo doce años más que tú, no treinta, no hace falta que me llames señor.

—De acuerdo, doctor Sant Delphi.

Aprieta los labios y no sé si quiere soltar una exhalación frustrada o si acaso está reprimiendo una sonrisa. Luego asiente, rindiéndose.

—Entristecerá a mi familia si otros deportistas pierden la oportunidad de que estudie sus rendimientos.

—Ten la decencia de no mentirme a la cara, Keira, hazme el favor —su tono es severo, pero sus ojos siguen divertidos.

—Es muy probable que yo nunca llegue a clasificarme en los Nacionales.

Mucho menos que llegue a los Juegos Olímpicos.

Aunque no sean este año y tenga muchos meses de práctica hasta entonces.

De hecho, lo lógico sería que mi carrera ya hubiera acabado.

No sé por qué North Star ha decidido patrocinar a alguien como yo cuando es evidente que…

—Bájate del coche —interrumpe con sequedad.

Aguardo a ver si el silencio me ayuda a entender lo que acaba de decir. No funciona.

—¿Cómo?

—Los miembros de tu familia son unos fracasados narcisistas de mucho cuidado. Personas muy pequeñas incapaces de aceptar su mediocridad, empeñados en eclipsar a los que no son como ellos. Si vas a fingir ser una más, ya puedes ir saliendo de mi puto coche, Keira.

Estoy tan enfadada que no puedo ni moverme.

—¿Cómo te atreves?

—¿Cómo te atreves tú a dejar que te traten como si fueras la vergüenza de la familia cuando les das mil patadas a todos en tu peor día? —sus ojos grises y peculiares me atrapan con una luz única, brillante y a la vez blanquecina—. Te desprecian. Y tú se lo permites.

Otra vez.

Otra vez las lágrimas. No lo entiendo.

Cabreo. Frustración extrema. Furia máxima. Profunda tristeza. ¿Qué me está pasando?

—No nos conoces de nada.

—Te he pedido que salgas de mi coche, ¿o no lo he hecho?

Siento que si salgo del coche ahora y cierro de un portazo tal y como quiero hacer, habré perdido. Que en el retorcido pulso que me está echando, tengo las mismas posibilidades de ganar que de perder.

Aprieto los labios, cabreada de cojones.

—Bien, estúdiame, sabelotodo. Comprueba por ti mismo cómo North Star no sabe una mierda sobre fichar talentos. Pero cuando llegue el día, te retractarás de todo lo que has dicho sobre mi familia.

Entonces me largo dando un buen portazo. Estoy tan furiosa que casi no veo cómo se le alzan las cejas y cómo se le curva una comisura de los labios de manera sutil.

Casi.

El huracán de rabia que burbujea en mi pecho se desinfla como un globo de feria en el momento en que entro en casa y oigo a mis padres hablar de dinero. De cómo van a tener que apretarse el cinturón para dar a Saorise el mismo trato que a mí.

Al cerrar la puerta de mi habitación, todavía oigo los gritos desolados y el llanto de mi hermana mayor. Es lo que escucho hasta quedarme dormida.