Capítulo 4
«Salgo del colegio con un trofeo en las manos. Hoy hemos tenido un campeonato importante con otras tres escuelas rivales, ¡y he sido la más rápida en todas las carreras!
Estoy bastante contenta y cuando mamá viene a buscarme con el coche y lo ve, también se alegra.
—Lo has hecho muy bien, Keira. Estoy orgullosa de ti.
—¡Ojalá hubieras podido verme, ha sido brutal! —explico sonriente, con el corazón creciéndome en el pecho con algo que se parece mucho a la felicidad.
—Sí, me habría encantado, tesoro —me besa el pelo—, pero sabes que tenía cita en la peluquería y no podía cancelarla. Llevaba cuatro semanas esperándola.
—Lo sé, mamá. Tranquila. Estás muy guapa.
—Lo sé, anda, sube. —Dejo la mochila en el asiento de atrás y ocupo el asiento del centro para ver a mamá a través del espejo retrovisor.
—También me han dado esto —le doy el vale de cien dólares—, es para el centro comercial de por aquí.
—¿Quién es la chica más rápida de todas?
—¡Yo!
Nos reímos y conducimos hacia el instituto para recoger a mi hermana. De camino allí, mamá me deja escoger una canción en la radio y creo que es el mejor día de mi vida.
Al aparcar en el instituto, mamá se gira hacia el asiento de atrás y me guarda el trofeo en la mochila.
—No lo comentes, ¿vale?
Asiento. Mamá siempre me ha enseñado a ser humilde, a no fardar de mis logros. A esconderlos para que no hieran los sentimientos de los demás.
—Oh-oh —dice mamá poniendo una mueca al ver a Saorise.
—¿Qué? —me aferro al asiento vacío del copiloto desde detrás.
—Viene con mala cara.
Escondo la mochila entre las piernas cuando mi hermana entra y, de un portazo, cierra la puerta del copiloto.
—Vámonos.
—Te he traído un batido, cielo —dice mamá, ofreciéndoselo—. ¿Qué tal el día?
—James ha invitado a otra al baile, ¿vale? No quiero hablar del tema. —Da un sorbo al batido—. Arranca ya, joder.
—No, todavía no. Todo el mundo tiene que saber que una de mis hijas ha hecho algo increíble.
—¿De qué estás hablando?
No puede ser.
¿Se lo va a decir?
¿Y si Saorise se enfada?
—Me ha llamado la madre de Brittany al mediodía. Me ha dicho que mi hija ha sacado un notable en clase de arte.
—Felicidades, Saorise —digo y me lanza una mirada extrañada, como si acabara de darse cuenta de que estoy allí.
—Toma, hija, te lo has ganado —mamá le ofrece el vale de cien dólares como regalo y siento una punzada de dolor en el pecho.
La reprimo. La entierro tan hondo como puedo mientras mi hermana mayor coge el vale entre sus largas uñas rosas y no hace comentario alguno al respecto.
Me muerdo el labio cuando me dan ganas de llorar.
—¿Podemos irnos ya? —Saorise enciende la radio, conecta su móvil y pone la música a todo volumen.
Y nos vamos».
—¿Qué tal si traigo el postre? —pregunta mi madre y al servirlo, evita ponerme un plato.
Mi padre y Arnau se van a fumar un cigarro rápido al tiempo que James se excusa para ir al baño y Saorise sube a su habitación, a por el examen de mejor nota que le ha mencionado al inicio de la cena al profesor.
Hablando de menciones, ¿recuerdas lo que he dicho sobre las miradas intensas de las que se me acusa? Es evidente que la familia del Dr. Sant Delphi no le ha dicho ni mu de las suyas, porque no deja de taladrarme la mejilla con total desparpajo.
Lo habitual es que nada me ponga nerviosa, que no sienta ni frío ni calor, pero la «nada» de esta noche me pica en las palmas de las manos y juraría que se parece un poco a los nervios comunes.
¿Estoy nerviosa?
Durante la cena, ha habido dos ocasiones en las que he alargado el brazo en busca de agua y, James y mi padre se me han adelantado.
He desistido en mi intento porque han acabado el agua llenándose los vasos hasta arriba, pero tampoco tenía tanta sed.
Aun así, Sant Delphi me ha seguido estudiando como si esperase alguna reacción por mi parte.
De repente, me doy cuenta de que estamos solos en el salón. Soy tan consciente de que la habitación se hace más pequeña, que juraría que siento cómo me aplasta contra la mesa impidiendo que me levante.
No digas nada fuera de lugar, Keira.
No digas nada fuera de lugar.
Mejor, no digas nada en absoluto.
Evito mirarle, así que no entiendo por qué lo único que veo son hombros. Será porque sí estoy mirándolo.
«¿Eres feliz, Keira?».
Menuda tontería, pues claro que no. ¿Quién en su sano juicio es feliz?
Los dibujos animados, tal vez. Las personas…
lo dudo. Quizá mi hermana sea feliz. O mi madre.
Quizá mi padre roce un nivel de satisfacción agradable.
Yo desconozco todos esos colores, soy daltónica para esas emociones desde hace tiempo.
—Keira.
Me sobresalto al darme cuenta de que ha sido su voz la que ha hecho la pregunta, que no estaba en mi cabeza. Sus ojos me miran con una intensidad demoledora.
—¿Y-yo? —musito, aún más nerviosa.
Hace mucho que ya no lloro, meses. Así que no entiendo por qué cuando le miro, la garganta me arde como si todas las lágrimas que han brillado por su ausencia todo este tiempo, se amontonaran de repente impidiéndome tragar saliva.
Qué mal momento para no tener agua en el vaso.
—He hecho brownies caseros con nueces —anuncia mamá entrando en el salón con un montón de platos.
Mamá sirve a todos, menos a mí. Y entonces pasa algo inaudito. Algo extraño y que una vez más, me sobresalta. Sant Delphi empuja su plato hacia mí. Su postre. Como si estuviera, no lo sé, ofreciéndomelo.
A mí.
—Es alérgica a las nueces —le dice mi hermana, antes de ponerle el examen de la universidad de derecho en la cara, orgullosísima.
Es un detalle que mamá se acuerde y a mí no me sirva ninguna porción, la verdad.
Mi madre tiene muchos detalles así conmigo.
Durante un buen puñado de segundos, Sant Delphi sigue mirándome a mí, pese a las trabas que le pone Saorise. Querría empujar el postre de vuelta hacia él, pero no soy capaz de moverme. Ese debe ser el colmo de una deportista, imagino.
La cena está llegando a su fin. Mi padre ha obligado al Dr. Sant Delphi a darle las gracias por lo menos medio millón de veces, y mi madre le ha hecho algo parecido en relación a la cena que ha preparado.
Me siento como una seta que ha salido en mitad de un roble y que no pinta nada ahí en medio.
En noches como hoy echo más de menos a la abuela que nunca. Era tan divertida. Me llamaba su pequeño rayito de luz y siempre me hacía sonreír. La madre de mi madre nunca se llevó del todo bien con su hija, pero eso no hizo que la abuela quisiera menos a sus nietas.
Ya me estoy imaginando en mi dormitorio, disfrutando de mi bloqueo lector, cuando su voz de barítono se cuela en mi realidad…
—Familia MaKena, estoy muy agradecido por la donación que ha recibido mi programa —tantas palabras seguidas saliendo de la boca del profesor monosilábico me tensan la espalda—. Pero tengo algo que comentarles, a modo de agradecimiento.
Una ligera sonrisa le curva la comisura de los labios. Es tan sutil que apenas es perceptible, pero yo la veo, junto con la chispa en sus ojos claros.
—¿De qué se trata? —pregunta Saorise.
—Si es otro patrocinio, esto va a empezar a parecer un bucle de donaciones entre los MaKena y North Star —comenta James arrancándole una carcajada a mamá, que siempre le ríe las gracias.
Sant Delphi me mira, y luego dice:
—Quiero estudiar a su hija.
El silencio que sigue a esas cinco palabras no concuerda con lo que ocurre en mi interior. Entonces sí siento algo fuerte. Por primera vez en mucho tiempo, siento puro terror.