Capítulo 3
Mi habitación está bajo la escalera, tiene espacio para una cama y una bombilla en el techo. En invierno, el aire se cuela a través de la diminuta ventana cerrada, pese al precinto que le he puesto.
Siendo sincera, no fue hasta que James, el novio de mi hermana, comentó que vivía en el trastero, que me di cuenta de que así era.
—Ya estoy en casa —anuncio cuando empujo la puerta que pesa como un millón de deudas bancarias.
—Saca la basura, Keira —dice mi padre ofreciéndome con amabilidad dos pesadas bolsas y poniéndomelas contra el pecho. Alza la vista y me mira más allá de sus pequeñas gafas—. ¿Se puede saber qué te ha pasado en la cabeza?
Tardo un segundo en procesar que se refiere al pelo.
—Ah, ¿esto? —Me encojo de hombros—. Cosas de chicas.
—¡Tú y tus malas noticias van a acabar conmigo, niña! ¿No te ha dicho tu madre que hoy es una noche importante? Esperamos visita.
Asiento. Por eso he renunciado a trece minutos de mi sesión con Monique. Estoy segura de que me habría contado algo más de su vida personal. Me encanta saber de ella, así puedo imaginar que esas cosas me pasan a mí.
Tiro la basura y ya oigo los gritos de mi madre. Las noticias vuelan en casa de los MaKena.
—Vete a comprar un tinte ahora mismo y arregla ese estropicio —dice poniendo las manos a ambos lados de la puerta de la entrada.
—La peluquera ha dicho que ha sido un cambio muy salvaje y dañino, y que si no dejo que mi pelo descanse dos o tres meses, me quedaré calva.
Vuelve a gritar escandalizada, pero yo me siento un poco mejor cuando se adentra en casa y me deja pasar.
Tengo dos tíos. Arnau, el hermano de mi madre que es mi entrenador, y Frank, el hermano de mi padre que es científico como él. A Frank no le vemos casi nunca porque vive en otro estado, pero Arnau está siempre aquí.
Como somos una gran familia unida, cuando se enteraron de que iba a tener a North Star como patrocinadores, se vieron obligados a hacer una generosa donación a un programa de laboratorio de la UINS2.
Algo así como dejar claro que no somos unos muertos de hambre.
Así que la cara del proyecto que va a recibir la susodicha pasta, va a venir a cenar con nosotros esta noche para agradecernos el cheque. Regalarle los oídos a los presentes para hincharnos el ego pese a que North Star está soltando mucha más pasta gansa que nosotros.
Saorise y James, mi hermana seis años mayor y su novio, bajan del piso de arriba cuando todavía estoy en la puerta, viendo a mi malhumorada madre largarse a la cocina. Me repasan de pies a cabeza y comparten una mirada divertida entre ellos.
—Qué graciosa, Blancanieves.
—Gracias. —Supongo.
—¿Te lo has hecho tú? —Saorise me da un beso en la mejilla y coge varios mechones de pelo arrugando la nariz.
—Una peluquera.
—Pues te favorece —comenta James—. Así resaltan más tus paliduchos ojos azules.
—Siempre ha sido muy especialita… —murmura mi hermana por lo bajini, entre risas.
Pasan de largo y no los freno.
Mi padre y Arnau están poniendo la mesa, pero él es el único que no deja de reiterar lo importante que es que causemos buena impresión esta noche. Mientras tanto, yo voy a mi habitación a quitarme el chándal que se me ha manchado con la basura.
Frente al armario, me acuerdo de que no soy capaz de aguantar más de dos segundos ninguna otra prenda que no sea una deportiva, así que me cambio la sudadera con olor a basura por una blanca limpia, y vuelvo a estar en el salón para cuando llaman al timbre.
Me siento en mi sitio mientras papá habla con el profe de North Star que habrá tenido que dejar de lado a su mujer y a sus hijos esta noche con tal de venir aquí a por su cheque. Mamá me pellizca el brazo en cuanto ocupo el taburete y Saorise, desde el sofá, se ríe cuando ve que me levanto.
Lo habitual es que sea la última en hablar con las visitas, si es que hablo en absoluto, y a mi madre y a mi hermana les suele estorbar si estoy en medio. Por eso lo había hecho.
James y Saorise se colocan delante de mí cuando el desconocido aparece en el salón, así que no le veo. No entiendo muy bien el «jo-der» escalonado que suelta mi hermana por lo bajo, pero creo que James y yo somos los únicos que lo oímos.
El desconocido no habla mucho, me doy cuenta cuando pasan los minutos y solo oigo las voces de Saorise y papá, intercalándose una con otra.
—Los MaKena estaremos encantados de financiar tu programa —dice papá.
Ha tardado más de lo que pensaba en sacar el tema a colación.
—Lo que sea por la ciencia —comenta James, pero yo dudo que piense mucho en ella mientras se dedica a hacer de DJ en las discotecas de por aquí.
—¿Estamos todos? —pregunta una voz firme y desconocida, masculina, de barítono y hasta bonita.
Hasta el momento, las voces solo habían sido voces.
Mamá me atrae con fuerza hacia delante mientras sonríe con la amabilidad que hace que la adoren donde sea que vaya. Me paro frente al trajeado científico de North Star, sin alzar la cabeza, y extiendo la mano hacia él a modo de saludo.
¿Por qué? Solían decirme que era demasiado intensa, hasta rozar lo maleducada, a la hora de invadir el espacio personal de los desconocidos, lo cual para mi familia, eso también incluía las miradas.
Así que suelo tomármelo con calma. Primero dejo que la persona se haga a la idea de que estoy allí y si todo va bien, al cabo de un rato le miro.
—Encantada de conocerle, señor Sant Delphi —digo esperando que me acepte el gesto.
Él lo hace tan despacio que dudo de si no va a ocurrir. Por suerte, me libra de una buena regañina aceptando el saludo.
Su mano es firme y está llena de venas. Es tan grande que se adueña de hasta el último rincón de la mía. Tiene la camisa remangada y de su antebrazo sobresalen un montón de venas marcadas, como ocurre cuando alguien hace mucho ejercicio. Es evidente que no es un viejo como creía.
—Es un placer, Keira.
Otra vez, su voz es una caricia para mis oídos. Algo rompe el hielo de mi profunda e incurable apatía: una mota de curiosidad.
Mi madre me empuja hacia la mesa y yo obedezco. Nos sentamos a comer y espero diez minutos. Lo hago cuando mi padre está enfrascado en sus batallitas de científico loco, entonces alzo la vista hacia el doctor Sant Delphi.
Demonios.
Estoy sentada en un taburete y él en una silla grande de madera victoriana, como el resto, y aun así, es su cuerpo el que parece no tener suficiente espacio.
Es como si Thor y Zeus hubieran tenido un hijo.
Ahora entiendo lo de las venas de antes.
No solo no es viejo, ni tiene la cabeza llena de canas, sino que es la viva imagen del poder y la fuerza.
Tiene unos ojos claros e hipnóticos, que no son azules como los míos, pero que a esta distancia, tampoco me queda claro qué son.
Y es bastante callado. Apenas ha dicho nada desde que se ha sentado, pero su mirada es inteligente.
—Si yo fuera tan joven como tú, también habría conseguido mi propio laboratorio. Pero eran otros tiempos, ahora las cosas son más fáciles.
—Flink —le regaña mamá y ambos sueltan unas risitas a coro que mi hermana acompaña con una intervención sobre el puesto que ha conseguido de abogada.
—Es un gran bufete. Es cierto que mi madre trabaja allí desde hace dos décadas, pero he entrado allí por mis propios méritos.
—Nadie lo duda, cariño —le dice James, a lo que ella le pone ojitos.
Él se contenta porque desde que se han sentado a la mesa, Saorise le ha prestado más atención al invitado que a él.
—¿Sabe, señor Sant Delphi? Una vez en la universidad fui la mejor nota de mi clase.
El profesor de North Star ha aprendido bastante pronto que no hacen falta muchas palabras por su parte para que la conversación fluya con avidez. De repente, mientras asiente para que Saorise siga hablando, se dedica a observar mi vaso y mi cubertería, como si le extrañara algo.
Quizá le parezca raro que los suyos sean de plata, como los del resto, pero los míos no. Mamá ya me dijo que el set de la vajilla buena venía solo con cuatro unidades y que, dado que James era un invitado, no podíamos dejarlo a él fuera.
Lo entendí.
Imagino que mamá ha debido comprar un juego más para los invitados especiales como hoy. No me importa, solo es un vaso y un par de cubiertos.
—Entonces, ¿quieres ir a los Nacionales de este año? —la voz de Sant Delphi enmudece a los presentes y todos los ojos vuelan hasta mí.
Principalmente los de mi hermana, que se estrechan con frialdad por haber perdido el protagonismo.
—Sí —musito.
—Pero en esta familia no todo gira en torno al deporte —interviene pronto mi padre recuperando el tema de conversación y guiándolo de nuevo hacia sus proezas laborales.
Tengo un déjà vu de aquel día…