Willow #2
Me opuse a ello, por mucho que me gustase su actitud posesiva.
—¿Por qué te quedaste? —Dejé que las palabras salieran solas. Ya le había preguntado algo parecido antes, pero esta vez era distinto—. Aparte de porque soy tu compañera predestinada.
—¿No es obvio?
—Necesito oírlo, que lo verbalices.
—Willow. —Damien apoyó su frente contra la mía—. Me quedé por ti, brujita. Porque no podía soportar estar lejos de ti. Porque eres mía. —Levantó la comisura del labio y dejó a la vista un colmillo—. Nunca había tenido a nadie a quien llamar mío. Alguien… —Se le entrecortó la voz—. A quien amar.
—¿Tú…?
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Quizá fuera demasiado pronto para decirle esas palabras. Y, aun así, estuve a punto de admitirlo apenas unos segundos antes. ¿Cómo no hacerlo, si ayer dejé que me reclamase? Me llevé los dedos a la mordedura y tracé aquellas marcas punzantes.
—Te quiero. —Me cogió ambas manos y entrelazó nuestros dedos. Me quedé maravillada al ver que encajaban a la perfección, como siempre—. Creo que te quiero desde el momento en que te vi, Willow.
—Pero si…
Abrí los ojos sorprendida. Si eras un gato .
Damien tomó aire y asintió. No necesité pronunciar las palabras porque él ya sabía lo que estaba pensando. Nuestro vínculo siempre hacía eso.
—Incluso así, creo que supe que eras para mí. Sin embargo, no fue hasta que me ayudaste a recuperar esta forma cuando estuve cien por cien seguro. Aunque es mucho más que eso.
Parpadeé.
—¿Lo es?
—Eres mía, pero no me enamoré de ti por eso, brujita.
—Me pasó los dedos por la barbilla—. Me enamoré de ti porque eres lista, amable y nunca abandonas a los demás.
—Me dedicó una sonrisita—. Al menos no a mí.
Y nunca he tenido nada a lo que poder llamar mío, algo realmente de mi propiedad.
Jamás tuve nada parecido a un hogar hasta que apareciste.
Pero joder, Willow, renunciaría a todo por ti.
Haría cualquier cosa por ti. Arrasaría el infierno hasta los mismísimos cimientos por estar… por un solo instante a tu lado.
—Yo también te quiero —confesé, incapaz de contener las emociones que me atravesaban por dentro—. Desde hace tiempo. Quería decírtelo, pero tenía… miedo.
—¿De qué? —Me apartó un mechón de pelo y lo colocó detrás de la oreja con dulzura. Era la primera vez que lo veía tan vulnerable. Y también tan sincero—. Nunca te dejaría.
—Ahora lo sé. —Suspiré y hundí la cabeza en sus pectorales—. Pero antes… pensaba que tenías que volver aquí. Que no podrías quedarte.
—Eras algo que no había previsto y que nunca hubiese esperado encontrar, pero… no te cambiaría por nada del mundo, Willow. Eres mi compañera —murmuró—. Mi preciosa compañera.
—Damien… —Se me llenaron los ojos de lágrimas—. Te quiero. Muchísimo.
Me abalancé sobre él para abrazarle y dejé que nuestros labios se encontrasen. Besé al hombre al que amaba. Al hombre que me amaba.
—¿Quieres volver a casa?
Ladeó la cabeza para mirarme y dejó de hacer todas las pequeñas caricias que tanto me gustaban. Quería que siguiera, ansiaba su tacto, sin embargo, ahora había cosas más importantes.
—¿No quieres… quedarte? —pregunté sorprendida. Nos teníamos el uno al otro, pero no sabía cuáles eran nuestros planes. Ignoraba si tenía que permanecer aquí por su hermano—. Este es tu hogar.
Odiaría cada minuto, pero me habría quedado con él, lo habría entendido. Más aún después de que Luna hubiese decidido casarse con su hermano.
Sacudió la cabeza.
—Este no es mi hogar.
—¿Qué? —reí—. ¿No lo es?
Hice un gesto para abarcar la estancia en la que nos encontrábamos, aquella habitación que habíamos ocupado por una sola noche.
Él inclinó la cabeza hacia un lado.
—No me refiero a eso.
—Ah.
—Sí. Tengo mi propia casa, lejos del palacio. —Apoyó la cabeza en mi regazo—. Te llevaré algún día.
Recorrí con el dedo la forma de su barbilla.
—Me encantaría.
—Tú eres mi hogar, Willow —declaró, y me cogió las manos—. Ya te lo he dicho. Y estés donde estés… yo también estaré.
—Vale.
Me gustaba cómo sonaba.
—¿A casa? —preguntó una vez más en voz baja.
—A casa —acepté.
Después de lograr levantarnos de la cama, nos bañamos otra vez en la bañera gigante y nos pusimos ropa limpia. No le pregunté de dónde había sacado la mía ni tampoco cómo funcionaba exactamente su magia.
—Lo siento —expresó mientras salíamos del palacio.
A pesar de mis reservas iniciales sobre aquel lugar, me sorprendió lo bonito que era. Damien y yo habíamos estado hablando sobre Luna mientras nos vestíamos, sobre la conversación que mantuve con ella.
—Es difícil rescatar a alguien que no quiere ser rescatado —reflexioné. Si ella quería estar aquí, si iba a ser feliz, tenía que dejarla marchar.
—No. —Me cogió de la mano—. Lo digo por no habértelo contado. Debería haberte explicado que Luna estaba destinada a esto, que mi hermano iría a por ella. Pasé semanas intentando encontrar la forma de evitarlo, pero…
—Lo sé. —Le cubrí la mejilla con la palma de la mano—. No obstante, mientras ella quiera estar aquí, pues… es cosa suya. Es una mujer adulta, así que, si quiere estar con su… —En ese instante se me quebró la voz—. Con su compañero, ¿quién soy yo para oponerme? Al fin y al cabo, yo te encontré a ti.
—Willow…
Se me tensó el cuerpo.
—No le hará daño, ¿verdad?
—No, joder. Claro que no, jamás. —Me apretó las dos manos—. Puede que sea el heredero al trono demoníaco, pero él nunca le haría daño a tu hermana. Ni la obligaría a hacer algo que ella no quisiera.
—Vale. —Hice una pausa para darme la vuelta y mirar los tejados relucientes del palacio—. Podemos volver, ¿verdad?
—Siempre que quieras.
Aún cogidos de la mano, observé cómo Damien abría con su magia un portal de vuelta a mi mundo. Utilizaba la oscuridad para transitar entre ambos universos y resultaba casi hipnótico. Verdaderamente hermoso. Puede que su magia asustase a los demás, pero no a mí. A mí nunca.
—A casa —ordenó en voz baja.
Te quiero . Casi no pude oírlo, pero en mi corazón supe que lo había dicho. También sentí lo mismo que él.
Las sombras nos envolvieron y nos transportaron de vuelta.
A casa.
Y yo a ti , pronuncié a través de nuestra conexión.
Me sentía abatida, como si hubiese perdido algo. Me dolía pensar que Luna no iba a estar aquí siempre que la necesitase. Era mi hermana pequeña, mi llama gemela, pero por encima de eso era mi mejor amiga. La que mejor me conocía en el mundo entero. La hermana por la que haría cualquier cosa.
Sin embargo, me di cuenta de que no había perdido nada cuando miré a Damien frente a la vieja casa victoriana a la que llamaba hogar.
Porque él seguía allí.
Y estábamos en casa.
Él me quería. Y yo a él.
Me fijé en las calabazas que adornaban el porche delantero. El sauce que él había tallado para mí y el gato que yo había tallado para él habían aguantado hasta el final de Halloween.
No sabía qué iba a pasar a partir de ese momento, qué nos iba a deparar el futuro, pero al menos estábamos juntos.
Donde pertenecíamos.