Damien
Damien
«Mi hogar». Pleasant Grove era mi hogar de forma oficial.
Contemplé la casa familiar de Willow. Bueno, nuestra casa. Siempre que ella quisiera estar aquí, yo me quedaría. No lo sabía todavía, pero había planeado un futuro muy largo para nosotros. Una eternidad juntos.
La alcé en brazos y cargué con ella hasta el umbral de la puerta de la mansión.
Nuestra casa.
No obstante, cuando me giré para mirar a mi bruja con la esperanza de ver felicidad en su rostro, me topé con un ceño fruncido.
—¿Qué ocurre, brujita? —le pregunté mientras le apartaba el pelo de la cara. Le acuné las mejillas con las manos cuando se giró para mirarme—. Pensaba que te hacía ilusión volver a estar en casa los dos juntos.
—Y así es, solo que… —Se le habían humedecido los ojos–. No lo había pensado hasta ahora. No quiero que me veas envejecer. Y morir. Tú vivirás… —Se le entrecortó la voz.
«Mucho tiempo». Lo sabía. Una esperanza de vida larga era una de las muchas características que conllevaba ser un demonio.
—Willow —murmuré—. No tengo que verte envejecer.
Entrelacé una de sus manos con la mía y le di un beso en los nudillos.
—¿Ah, no? —Parpadeó—. Pero yo soy mortal. Casi humana. No voy a vivir tanto tiempo como tú.
—Podemos conectar tu fuerza vital con la mía para asegurarnos de que, cuando demos nuestro último aliento, lo hagamos juntos.
—¿En serio? —Pestañeó para deshacerse de las lágrimas—. Así que viviré…
—Tanto tiempo como yo, sí.
Willow caminó hacia la ventana para mirar a través de ella, como si estuviera observando el pueblo. Me pregunté si estaba pensando en la gente que quería.
—No envejecerás. Al menos no de la forma habitual. Aunque… podemos quedarnos aquí tanto tiempo como quieras.
—¿Podemos?
—Sé lo que significa este lugar para ti. Lo mucho que quieres a esta gente. Es tu hogar.
—Y Luna… —Dejó la frase inacabada, aun así, sabía a qué se refería.
Cuando Luna se casara con mi hermano, pasaría por un proceso similar. Como la futura Reina Demonio, viviría al lado de mi hermano por toda la eternidad.
—Así es.
—¿Y qué hay de los niños?
Parpadeé.
—¿Qué?
—Ni siquiera sé si quieres tener hijos, pero ellos…
—¿Si vivirán tanto como nosotros? —expuse.
Era cierto que los hijos entre brujas y demonios no eran de lo más común, pero tampoco eran inusuales.
Había muchos demonios que habían establecido vínculos con humanos y se los habían traído de vuelta a nuestro reino.
Ella asintió levemente—. Lo harán. Heredarán la magia de ambos.
Jamás había tenido oportunidad de hablar sobre tener hijos, sobre la brujita que había visto en mis sueños.
—Eso es lo que quiero —murmuré, directamente en su pelo—. Una familia contigo.
—¿De verdad? —Las lágrimas habían vuelto, solo que esta vez eran de felicidad.
—Sí. Joder, claro que sí, Willow. Lo quiero todo contigo. Cada cosa que no haya experimentado, por menuda que sea, quiero vivirla contigo. Quiero ver tu mundo. Llevarte a todos los sitios que pueda. Y después quiero mostrarte el mío. —Le di un apretón en las manos.
—Yo también lo quiero —aseguró mientras le corrían las lágrimas por las mejillas—. Una eternidad contigo.
—Menos mal, joder —respondí, y me hice con su boca. La besé, le mostré lo mucho que la amaba con una simple acción—. Te quiero.
Ella se rio.
—No me voy a cansar nunca de oírte decir eso.
—No tenemos que hacer la ceremonia ya. Podemos esperar. —Pensé en el anillo enjoyado que llevaba en el bolsillo trasero. El que había pertenecido a mi madre. Ese mismo que ella había encantado para que me protegiera—. Lo haremos al mismo tiempo que la boda.
—¿La boda? —Esta vez, parecía confusa.
Me reí y pegué la frente a la suya.
—Sé que no ha pasado mucho tiempo, que todavía tenemos mucho que aprender el uno del otro. Pero, cuando llegue el momento… quiero convertirte en mi esposa. Quiero que seas mía de todas las formas posibles.
Sentí su sonrisa contra la boca cuando volvimos a besarnos.
—Sí —dijo mientras se apartaba—. Sí, quiero ser tu esposa. Lo quiero todo.
—Te quiero, Willow.
—Yo también te quiero, Damien.
Le acaricié la marca con los dedos.
—Mía —musité.
—Tuya —coincidió.
Me la lancé al hombro sin ceremonias y cargué con ella del salón al dormitorio.
—¡Damien! —chilló, colgada a mi espalda—. Eres de lo que no hay.
La dejé caer en la cama y disfruté de la forma en la que se le abrieron los ojos cuando me coloqué encima mientras me despojaba de la ropa.
—Llevo desde ayer deseando volver a tomarte. Desde que te marqué. —Joder, nunca me había imaginado lo mucho que me gustaría ver esas dos cicatrices en su cuello desnudo. Saber que era yo quien se las había hecho—. No hemos tenido tiempo esta mañana.
Lo acontecido en el salón de baile me había aliviado un poco la necesidad que me había creado clamarla como mía, pero no había sido suficiente. Había ciertos machos que follaban prácticamente durante toda una semana después del acto.
Se mordió el labio y me miró con los ojos encapotados.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunté con una sonrisa, sabiendo que tenía el pecho descubierto mientras me desabrochaba los pantalones.
Se le sonrosaron las mejillas y se tapó los ojos con las manos.
—No estaba mirando.
—Willow. —La agarré de los dedos y se los aparté de la cara antes de entrelazarlos con los míos y sujetarle las manos contra la cama—.
Preciosa, puedes mirar. —Le di un beso bajo la oreja y deslicé las manos por debajo de su camiseta para apretarle los pechos por encima del sujetador de encaje.
Le acaricié un pezón con el dedo y disfruté del escalofrío que le recorrió el cuerpo por la sensación—. Porque soy tuyo.
Willow se retorció debajo de mí.
—Por favor —suplicó, aunque no sabía exactamente qué. Yo estaba encantado de complacerla, pero antes…
—Llevas demasiada ropa encima —musité, al tiempo que jugueteaba con el dobladillo del jersey verde salvia que se había puesto por la mañana.
—Pues quítamela —me retó antes de volver a juntar nuestras bocas.
Nos separamos el tiempo suficiente como para sacarle el jersey de un tirón y lanzarlo al suelo a mis espaldas antes de bajarle las mallas. La desnudé hasta dejarla únicamente con las bragas de lunares y el sujetador de encaje, y nunca había sentido que me perteneciera tanto como en ese momento.
Solté una risilla y le di un beso a cada lado de la cadera.
—Qué bragas más adorables. —El rubor le cubrió las mejillas y casi se le pusieron del mismo color rosado que sus delicados pezones—.
Estoy obsesionado con ellas, joder. —Metí los pulgares por debajo del elástico y se las deslicé por la piel, no me detuve hasta que estuvo desnuda para mí y expuse ese perfecto monte de Venus—. Estoy obsesionado contigo.
Cuando la llevé de vuelta a mi habitación la noche anterior, todavía le corría el semen por las piernas y estuve a punto de perder los papeles ahí mismo. Sin embargo, estaba agotada y yo solo quería cuidar de ella. Así que la limpié y la arropé en la cama.
No obstante, aquella noche me iba a tomar mi tiempo. Igual me ponía manos a la obra para engendrar a nuestra brujita. Me moría de ganas de que llegara el momento en el que decidiera dejar de tomarse la píldora.
Le desabroché el sujetador y me tomé un instante para disfrutar de la imagen de sus tetas y esa piel cremosa.
—No consigo comprender cómo son tan perfectas —reflexioné. Estaban suplicando que las cubriera con la boca y yo no podía resistirme a probarlas. Moví la cabeza hacia abajo y me metí una entre los labios, dibujé círculos con la lengua una y otra vez antes de cambiar al otro pecho.
—Damien —gimió—. Necesito…
Pasé los dedos por la piel suave de sus muslos y le dejé un camino de piel erizada. Su aroma dulce flotaba en el aire cuando me aparté para grabarme su imagen a fuego.
—Sé lo que necesitas, preciosa.
Besé sus pechos inflamados. Me puse de pie, me bajé los pantalones y la ropa interior con un movimiento limpio y mi polla se enderezó buscando atención. Jamás me cansaría de la forma en la que abría los ojos como platos cada vez que la veía.
Me clavé en su interior sin preámbulos, sin preliminares. Aun así, ya estaba empapada para mí y cerré los ojos ante la sensación de estar dentro de ella sin ninguna barrera de por medio. No sabía cómo, pero cada vez era mejor. Estaba perdido y lo sabía.
—Te quiero —murmuré, y capturé sus labios al tiempo que me rodeaba el cuello con los brazos.
Gimió mi nombre cuando me retiré un poco para profundizar todavía más. En aquella ocasión iba a ir despacio. Iba a saborear cada momento. Ya habría tiempo para todo lo demás más adelante. Quería que supiera lo mucho que la amaba. Lo mucho que me importaba.
Mantuve el ritmo, me deslicé en su interior lentamente hasta que tembló contra mi cuerpo mientras me suplicaba más.
—Di que eres mía —volví a murmurar besándole la marca del mordisco.
—Soy tuya —afirmó, moviendo las caderas al compás de mis embestidas superficiales. Cada vez que le alcanzaba el cérvix notaba que la recorría un escalofrío por todo el cuerpo. Estaba a punto y yo necesitaba que se desmelenara.
—Córrete para mí, preciosa.
—Damien —gritó—. Te quiero.
Junté nuestras bocas y le di un beso profundo mientras me olvidaba de todo lo demás.
—Te quiero —farfullé.
Hice uso de mis sombras para presionarle el clítoris y no hizo falta nada más.
Alcanzó el éxtasis y se tensó alrededor de mi polla, sus entrañas me exprimieron.
Fue eso lo que me hizo caer en el abismo y me corrí mientras gritaba su nombre.
Vertí cada gota de mi ser en su interior y me quedé sin fuerzas.
Enterré la cabeza en sus pechos al abrazarla y sentí cómo me bajaba la erección todavía dentro de Willow. Incluso entonces, permanecimos conectados.
—Qué ganas tengo de pasarme así toda la vida —se rio.
Le di un pellizco a su adorable culo desnudo.
—Una eternidad.
—Mmm. La eternidad suena perfecta si es contigo.
Era verdad. Ansiaba pasar el resto de nuestro «para siempre» juntos.