Willow #2
Bajaron las escaleras como si se deslizaran y se dirigieron juntos al frente de la pista de baile. Me acabé la copa de vino y me giré hacia Damien, lista para ir a hablar con Luna; sin embargo, una voz me interrumpió.
—¿Quién es esta cosita tan linda que traes contigo, Damien?
Mi demonio se tensó y colocó un brazo delante de mí.
Me estaba protegiendo de cualquier peligro que supusiera este hombre.
¿El resto de los demonios podía sentir un vínculo de compañeros?
El nuestro todavía era demasiado reciente, valioso, y aún no se había llegado a asentar del todo entre nosotros.
¿Cómo no me había dado cuenta antes? Ahora que lo sabía era de lo más evidente.
Con mi magia era capaz de ver los hilos dorados que nos conectaban.
No me cabía duda de que se volverían más fuertes y gruesos con el paso del tiempo.
El demonio le dedicó una sonrisa maléfica, una que hizo que el estómago me diese un vuelco nada más verla.
—¿Nos has traído un nuevo juguetito, príncipe? —pronunció la última palabra con burla. Al contrario que Damien, cuya apariencia era casi humana, este demonio lucía su verdadera forma: unos cuernos que se curvaban en la frente y una piel que mostraba una palidez enfermiza, casi grisácea.
Me quedé perpleja. Damien me había contado que acataba las órdenes de Zain, pero no me podía creer que la gente le hablara de esa forma.
—¿Cómo osas…? —empecé, antes de que mi demonio me sostuviera con más fuerza contra su cuerpo. Este demonio debía ser abominable y, aun así, yo me sentía completamente a salvo. Porque sabía que él me protegería.
Damien gruñó, prácticamente levantando una barrera con su cuerpo.
—Es mía. —Dejó los dientes al descubierto y vi cómo enseñaba los colmillos—. No la va a tocar nadie más que yo —espetó, casi como un rugido—. Y como alguien lo intente, descubrirá de primera mano lo que se siente al estar en el mismísimo infierno.
Cuando se giró para mirarme, sus ojos rojos eran abrasadores, como si las llamas ardieran dentro de sus iris.
El otro demonio retrocedió un poco mientras alzaba las manos en señal de tregua.
Fruncí el ceño y le tiré de la chaqueta para poder mirarle a la cara.
—¿Por qué te hablan así? Tú también eres príncipe.
Suspiró.
—Willow, soy el hijo bastardo del rey. Nunca me van a dejar olvidarlo.
—Oh. —Le pasé los dedos por el pelo—. ¿De verdad crees que intentarán hacerme daño?
Sacudió la cabeza.
—Jamás me arriesgaría a averiguarlo.
Me sentí ligera cuando él me levantó y cargó conmigo lejos de allí.
—Damien —musité mientras le acariciaba la mandíbula con una mano—. No tienes por qué hacer esto.
—¿El qué? —dijo con los dientes apretados.
—Intentar protegerme. —Me incliné hacia delante para mordisquearle la oreja—. Ya soy mayorcita. Puedo protegerme yo sola. —Agité los dedos—. Soy una bruja, ¿recuerdas? —Emití unas cuantas chispas desde las yemas.
—Eres muy menuda —murmuró—. Frágil. Yo no… No puedo más… Ahora mismo mis instintos están descontrolados. —Suspiró con frustración y me dejó en una esquina oscura antes de frotarme la garganta con la cara.
—¿Qué estás haciendo? —Me reí.
—Intento hacer que huelas como yo.
Enarqué una ceja.
—¿Qué?
—Si hueles como yo, los demás demonios te dejarán en paz. Sabrán que eres mía.
—Y… —Tragué saliva—. ¿Esta es la mejor forma de hacerlo?
Conectó su mirada con la mía y sacudió la cabeza lentamente mientras sus colmillos asomaban por encima de los labios.
—No.
Su mirada se tornó ardiente y su tono tosco como una piedra.
—Hay otra forma. Pero no quiero hacerte daño, Wil. —Me acarició la mejilla con el pulgar.
—No podrías. —Sacudí la cabeza—. No lo harías.
Creía en él ciegamente. Sabía que, sin importar lo que pasara, me protegería.
—No lo entiendes. Si te reclamo, podría perder el control. Mi sentido demoníaco tomaría las riendas.
Me acunó la cara con las manos y yo cerré los ojos mientras me apoyaba en las palmas cálidas.
—No pasa nada, Damien. Confío en ti. Yo… quiero que me reclames. —Se me sonrojaron las mejillas y me ardieron—. Por favor. —Mi voz era un susurro en la noche.
Las sombras habían descendido para rodearnos, como un manto reconfortante; a mí no me importaba. Sabía que era cosa suya. Que ellas nos mantenían pegados el uno al otro, aislados, aunque estuviéramos en medio de un salón de baile abarrotado.
—Willow, yo… —Estampó los labios contra los míos—. Joder.
Estuve perdida en el momento en el que me besó y su aliento se entremezcló con el mío. El gesto era salvaje, pero, aunque reclamaba mi boca como suya una y otra vez, yo no tenía suficiente.
Me arrastró los colmillos por el labio inferior y yo gemí ante aquella sensación mientras él exploraba cada centímetro de mi boca con la lengua. Mi cuerpo estaba en llamas, ardía con cada caricia. Gimoteé mientras la sensación me embargaba.
Era demasiado y, a la vez, no era suficiente.
—Te voy a tomar aquí mismo para que todos sepan que eres mía. —Conectó los labios con mi cuello y dejó un rastro de besos hasta mi pecho—. Voy a reclamar a mi preciosa compañera en público.
Sollocé.
—Damien…
Sabía que la oscuridad nos rodeaba y, aunque era consciente de que la idea de que alguien nos viera no debería haberme puesto más cachonda (aunque fuera en un sitio como ese, lleno de demonios), de alguna forma lo hizo.
Cuando deslizó los dedos por mi hendidura, supe exactamente lo que se iba a encontrar.
Estaba empapada. Menos mal que el vestido tenía una raja para facilitarle el acceso.
—Mi brujita. Qué bien te portas —murmuró contra el cuello mientras apartaba las bragas de encaje—. Qué mojada estás.
Gemí mientras le proporcionaba mejor acceso al cuello.
Él hundió los dientes y los colmillos atravesaron la piel de mi garganta. Esperaba sentir dolor; sin embargo, un placer de lo más puro estalló con el mordisco y gemí a viva voz ante aquella sensación.
—Joder, Willow —gruñó—. Sabes de maravilla.
No bebió de mí, pero el mordisco con el que me había reclamado me hormigueaba y unas olas de éxtasis se abrieron paso por mi cuerpo.
—Damien. Por favor —supliqué. Necesitaba más—. Necesito…
Metió los dedos dentro y me llevó más alto mientras lamía con dulzura el mordisco. Con cada caricia de su lengua sobre la marca de los dientes, el cuerpo me temblaba de placer.
—Te tengo, preciosa —me tranquilizó—. Mi compañera. Mi compañera hermosa.
En el momento en el que conectó el pulgar con el clítoris me desplomé contra su cuerpo, perdí toda fuerza en las rodillas.
—Necesitas correrte, ¿no?
—S-sí.
Enterré la cara en su cuello e inhalé el aroma picante.
—¿Qué quieres? —preguntó mientras doblaba los dedos dentro—. ¿Mis dedos o mi polla?
Dentro de mí , supliqué, apenas lo bastante consciente como para saber si había dicho las palabras en voz alta o no.
No me importaba que estuviéramos contra la pared y que lo único que impedía que nos vieran los demás fueran las sombras de mi demonio.
Lo anhelaba, sabía que solo su presencia podía aliviar el ardor que sentía por dentro.
Con el vestido arremolinado en la cintura, los dedos juguetones de Damien siguieron tentándome y yo me aferré a él.
—Vas a tener que bajar la voz, brujita —advirtió contra mi oreja; su aliento me hacía cosquillas en la piel—. Mis sombras evitarán que nos vean, pero no puedo garantizar que no nos oigan.
¿Estábamos a punto de follar en medio del salón atestado? Así era.
Asentí para demostrar que estaba de acuerdo mientras Damien se desabrochaba los pantalones y se liberaba, revelándome su longitud endurecida. Si hubiéramos estado en cualquier otra parte, me habría desplomado de rodillas allí mismo y le habría suplicado que me dejara probarla.
No obstante, este fuego en mí, este vacío ardiente y desquiciante, no se iba a apagar sin ayuda. Solo su tacto podría calmarlo. ¿Era cosa del vínculo de compañeros? ¿Los demonios también lo sentían?
Empuñando su polla, tiró de ella con brusquedad unas cuantas veces antes de acercar la cabeza a mi entrada y deslizarla por mis fluidos.
Me tentó una y otra vez, sin dejar que la punta se colara dentro.
Por favor.
¿Vas a estar callada, preciosa?
Sí. Asentí contra su chaqueta. Ahora, fóllame .
Nada más me importó cuando por fin entró en mí de una sacudida y se hundió hasta el fondo.
Ninguno de los dos pronunció palabra alguna mientras él nos pegaba a la pared y me penetraba con ímpetu.
Damien me colocó la mano libre sobre la boca, la que no estaba utilizando para mantenerme pegada a él, para impedir que emitiera sonido alguno.
Ambos nos perdimos en las sensaciones mientras nos llevaba cada vez más cerca del clímax. Sus sombras se unieron, me presionaron la piel con su tacto frío y no pude más.
Estallé así, sin más.
A él no le quedaba mucho, así que tensé los músculos de mi interior a su alrededor. Sentí que se le ponía más dura.
—Willow —bramó mientras se corría.
Cuando la calidez se expandió por todo mi abdomen, cada emoción conflictiva que había sentido se calmó y me invadió una sensación de paz y satisfacción.
Era como un bálsamo para el alma. Sentí que la bestia que yacía en mi interior se calmaba por fin y se marchaba.
Damien me dio un beso en los labios antes de sacármela y volver a ponerme la ropa interior en su sitio para dejar que el vestido cayera hasta el suelo.
—Damien —susurré al tiempo que daba un paso adelante, plenamente consciente de que las sombras se disipaban a nuestro alrededor.
—¿Qué pasa, preciosa?
Me agarró la mano, entrelazó nuestros dedos y me dedicó una sonrisa culpable.
—Se me está saliendo el semen.
Me dedicó una sonrisa diabólica mientras sus sombras danzaban alrededor de mis muslos para volver a metérmelo para dentro.
—Lo sé. —Se inclinó hacia mi oreja y dijo—: Por lo menos, ahora hueles a mí.
Solté un ruidito satisfecho, todavía no tenía palabras suficientes para lo que acabábamos de hacer. Y para lo mucho que me había gustado. Es más, me había encantado.
Igual que me encantaba él.