Willow
Willow
Había una primera vez para todo y la mía era asistir a un maldito baile en el infierno. Vale que el reino demoníaco no era exactamente como pensaba, pero es que jamás me habría imaginado esto.
En especial la gigantesca cama mullida con los almohadones más suaves en los que había apoyado la cabeza en mi vida.
—No pienso volver a salir de esta cama —grazné mientras me tumbaba como una estrella de mar y cerraba los ojos al tiempo que me hundía en el colchón.
Todavía desprendía cierto aroma a mi demonio, aunque hubiera estado ocupando mi cama durante las últimas semanas en lugar de esta.
Inhalé ese aroma picante, adoraba la forma en la que invadía mis sentidos.
Cuando volví a abrir los ojos, me topé con una mirada roja observándome. Damien se había encaramado encima de mí y esbozaba una sonrisa.
—No me importaría —ronroneó.
—¿El qué?
—Que no salieras nunca de mi cama. —Se inclinó y me dio un beso en la frente.
Yo alargué los brazos y abrí y cerré las manos, invitándole a que me abrazara.
—Ven aquí.
Él se colocó encima y me aprisionó con sus fuertes brazos.
—¿Sigues enfadada conmigo?
—Un poco —susurré mientras pasaba las manos por la barba incipiente de su barbilla. Me pregunté cómo sería si se la dejaba crecer. Hasta el momento, siempre había llevado la cara y el cuello afeitados, pero… ¿qué había del futuro?—. Especialmente porque no me lo habías contado.
—Debería haberlo hecho. Pero no sabía cómo decírtelo sin contarte que eras mi compañera y que por eso no podía dejarte marchar. No podía dejarte.
Me incliné hacia delante para darle un suave beso en los labios.
—Lo entiendo.
—¿En serio?
Asentí y cerré los ojos durante un instante.
—Yo también tenía miedo de que, si te contaba cómo me sentía, te marcharas igualmente.
—Eso jamás. —Me dio un beso en la mejilla—. Ahora lo sabes, ¿verdad?
Asentí.
—Sí.
Al tenerlo encima, el ardor se me empezó a arremolinar en las venas. Sentí el deseo de que me sometiera, de notar ese peso delicioso sobre mí.
—Damien —farfullé—. ¿Qué estás haciendo?
—Ganándome tu perdón. —Me besó el cuello y fue subiendo hasta que encontró los labios—. Aunque me encantaría tomarme mi tiempo contigo —calló para besarme la comisura de la boca—, necesitaría la noche entera. —Otro beso en la comisura—. Y tenemos que prepararnos para la fiesta.
—Mmm. —Hice un mohín mientras unía nuestros labios una vez más antes de apartarme—. No es justo.
Damien me dedicó una sonrisa traviesa antes de salir de la cama y tirar de mí hasta incorporarme.
—Esta noche —prometió.
En lo más profundo de mi corazón sabía que ya lo había perdonado. Luna estaba a salvo. Me había traído aquí para tranquilizarme. Y yo lo quería. Muchísimo.
Suspiré.
—Está bien.
—Además, ¿no quieres ver tu vestido?
Me animé.
—¿Mi vestido? —repetí.
Él asintió.
—Sí.
Enarqué una ceja y bajé a toda prisa de la cama.
—¿Cuándo has tenido tiempo para conseguirme un vestido?
Damien me dedicó una sonrisita mientras me daba la mano.
—Tengo mis contactos.
Me arrastró hacia el vestidor gigantesco que colindaba con su habitación y el sonido de la puerta al cerrarse a nuestras espaldas hizo eco en las paredes.
Abrí la boca de par en par cuando vi lo que estaba colgado en la percha.
Habían decorado el vestido con cientos de diamantes diminutos, lo cual hacía que brillara como las estrellas en el cielo nocturno.
El color azul medianoche se difuminaba en un morado intenso en los pliegues que llegaban hasta el suelo y todavía más cristales decoraban el cuello del elegante vestido de seda.
—Ay. Damien. —Jadeé—. Es precioso. —Me di la vuelta, me lancé sobre su cuello y pegué mis labios a los suyos—. Gracias. Me encanta. —Solté una risita de emoción y lo volví a besar.
«Te quiero». Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero me las tragué.
Aunque me hubiera asegurado que no se iba a ir, que se quedaría conmigo…
todavía me daba miedo admitir mis sentimientos.
¿Y si era demasiado pronto? Me tragué las palabras y volví a centrarme en el hermoso rostro de mi demonio.
Seguí la línea de su mandíbula con el dedo.
Él rozó su nariz con la mía.
—¿Quieres darte un baño antes de empezar a vestirte?
Se me iluminaron los ojos.
—¿Juntos?
Damien se rio.
—Brujita, vas a acabar conmigo. —Me dio un beso en la mejilla y me susurró en la oreja—. Si nos metemos juntos, no vamos a salir. No hasta que estés cubierta de mi olor y tengas aspecto de recién follada para que todo el mundo sepa a quién le perteneces.
—A ti —afirmé mientras enterraba el rostro en su garganta. Inhalé su aroma como él siempre hacía con el mío—. Soy tuya.
Me dio un beso más, me deslizó la lengua dentro de la boca al mismo tiempo que yo dejaba escapar un suspiro de satisfacción. No quería apartarme, pero Damien me dejó en el suelo y me guio al lujoso baño.
Después de que dos demonios menores que aparecieron de la nada me hubieran lavado y mimado, salí con el pelo rizado y el vestido anudado. La tela suave y sedosa tenía un tacto agradable contra mis dedos, se deslizaba como si fuera metal líquido.
—Madre mía. —La voz de Damien me sacó de mi trance. Cuando levanté la mirada, me sorprendió verlo ataviado con un precioso esmoquin—. No tengo palabras.
Me sonrojé.
—Estás impresionante, Willow. —Se le entrecortó la voz, se había quedado mudo.
—Tú tampoco estás nada mal, demonio. —Le tiré de las solapas.
Se apartó antes de que pudiera besarlo y me pasó el pulgar por los destellos que me habían pintado en las mejillas. Como si supiera qué era lo que yo quería.
—¿Vamos? —Me ofreció un brazo y lo entrelacé con el mío.
—Sí.
Entonces, mi compañero me llevó al primer baile de mi vida.
Estudié el salón en un intento de atisbar a mi hermana.
—Relájate —me murmuró Damien al oído mientras me acariciaba la espalda con la mano—. Estoy seguro de que está bien.
—Lo sé, pero…
No habíamos podido hablar como tocaba antes. Lejos de ojos y oídos curiosos. Estaba segura de que podía confiar en Damien, pero ¿en su hermano?
Había camareros recorriendo el abarrotado salón de baile vestidos con trajes negros sencillos que te distraían de sus peculiares características demoníacas.
Algunos tenían cuernos u ojos de un negro tan puro que parecía que podían atravesarte con la mirada.
Incluso había seres con alas de plumas azabache y algunos con colas con pinchos.
—Lo más probable es que quieran hacer una entrada triunfal —comentó, y me entregó una copa de un líquido dorado con burbujas.
—¿Qué es esto? —pregunté mientras lo hacía girar en el recipiente.
—Vino demoníaco.
Pestañeé.
¿Cómo? , creo que le transmití el pensamiento.
—Pruébalo —me animó a la vez que cogía otra de las copas finas para él—. Te gustará. Está dulce.
Di un sorbo y… madre mía. Nunca había probado nada parecido. El vino normal no le llegaba ni a la suela del zapato a este líquido aterciopelado.
—Vaya.
—No bebas mucho. Te da una resaca de la hostia. —Soltó una risita.
Yo me reí también y cogí otra bebida.
—Está bueno.
Ya sentía que la cabeza me daba vueltas con solo unos sorbos. Sería muy fácil emborracharse con el vino.
Pasó otro camarero por delante de nosotros, esta vez con una bandeja de comida. De la frente le salían varios cuernos rizados. De repente, me vino algo a la cabeza y miré a Damien.
—¿Cuál es tu aspecto real?
—¿A qué te refieres? —Enarcó una ceja.
Entrecerré los ojos.
—¿Esta forma que luces no es una especie de espejismo? Para parecer humano.
De ser así, lo había conseguido. El único rasgo suyo que no parecía humano eran esos ojos rojos penetrantes.
—¿Qué te esperabas? —Resopló—. ¿Orejas de gato? ¿Una cola?
Me encogí de hombros.
—No lo sé. ¿No tienes cuernos? —Le di toquecitos en la frente, donde descansaba su pelo negro.
Se rio.
—No. Mi padre sí que tiene, pero mi madre era una cambiante normal y corriente. Yo he salido a ella. —Damien me rodeó la cintura con un brazo para acercar nuestros cuerpos—. ¿Por? ¿Te gustan los cuernos, preciosa?
Sacudí la cabeza y deslicé una mano por un lado de su cara.
—Me gustas tal y como eres.
Pero tampoco diría que no a las orejas de gato, pensé.
Se rio y me dio un beso suave sobre el pulso a la par que me deslizaba la punta del colmillo por la piel.
—Eres adorable.
Di otro sorbo a mi vino porque no podía disimular la sonrisa.
—¡Mira! —exclamé de repente al captar un borrón blanco por el rabillo del ojo—. Ya están aquí.
El salón entero se paralizó cuando Zain apareció en lo alto de las escaleras con mi hermana al lado. Aquel demonio que sostenía la mano de mi hermana, el hermano de Damien, no era como imaginaba que sería.
Damien y él tenían un aspecto casi idéntico con el pelo negro azabache, la nariz pronunciada y la mandíbula cincelada, pero había una diferencia palpable en su presencia.
Zain era menos robusto y más… principesco.
Su conducta anunciaba a gritos que era parte de la realeza.
Era guapo, pulcro e igual de alto que mi demonio, aunque, en lugar de los ojos rojos como la sangre de Damien, él lucía dos iris dorados.
Eran casi mordaces y, a pesar de que yo siempre había considerado el dorado un color cálido, su mirada parecía fría.
Hasta que recaía sobre mi hermana, y entonces esa fachada gélida se derretía un poco.
«Curioso».
—El príncipe heredero y su prometida, nuestra futura princesa. ¡El príncipe Zain y lady Luna!
La sala estalló en vítores cuando el demonio terminó con la proclamación y volvió a esconderse entre las sombras.
Luna, al lado del príncipe, lucía un vestido de gala que se asemejaba a cientos de estrellas entrelazadas y que centelleaba cada vez que le daba la luz.
Era precioso, y resultaba imposible apartar la vista de ella.
Al combinarlo con la tiara de gemas que le coronaba la cabeza, parecía que el título que estaba a punto de asumir le iba como anillo al dedo.
«Princesa de los demonios». Sacudí la cabeza. Todavía no tenía ni idea de lo que estaba pensando.