Damien
Damien
—¿Qué pasa, Wil?
Le acaricié los nudillos con el pulgar mientras aguardábamos de pie en el jardín de su prima. Podía sentir la preocupación corriéndole por las venas. Creí haberla tranquilizado antes, pero saltaba a la vista que no había sido suficiente.
—Nada, pero es que… ya ha pasado un mes.
Willow bajó la mirada al suelo para evitar el contacto visual conmigo.
—¿Un mes? —Levanté una ceja—. ¿A qué viene eso ahora?
Willow frunció el ceño.
—Dijiste que solo te quedarías un mes.
Era verdad. No le había prometido quedarme más tiempo.
—Joder. Oye, eso era antes de…
«Lo nuestro». Antes de darme cuenta de que estaba enamorado de ella, antes de que todo hubiese cambiado.
—No te vayas. Por favor. —Los ojos verdes de Willow se llenaron de lágrimas que brillaron bajo la luz—. No podré… —Tragó saliva con dificultad—. Si te vas, no lo soportaré.
—Willow… —La atraje hacia mí y dejé que hundiese la cara en mi pecho mientras yo apoyaba las manos en su espalda—. No podría dejarte nunca, brujita.
—¿Me lo prometes?
Me miró a los ojos y estuve a punto de caer al suelo de rodillas.
«Joder, la amaba».
—Soy tuyo, con todo lo que soy. —La besé en la frente—. Para siempre.
Se dejó caer sobre mí por completo.
—No quería perderte, pero al mismo tiempo me sentía culpable si te pedía que te quedases. —Dejó la cabeza apoyada en mi pecho, por lo que las palabras sonaron amortiguadas contra la camiseta—. Sé que tienes responsabilidades y cosas… y que es tu hogar, pero…
—Tú eres mi hogar ahora —intervine, intentando transmitírselo con cada fibra de mi ser—. Eres mi compañera, mi alma gemela.
La besé en la frente. Willow se apartó, así que aproveché para cogerle la muñeca. Todavía tenía muchas cosas más que decirle. Y también explicarle.
—Escucha, hay una cosa que debo contarte…
—¿Has visto a Luna? —interrumpió. Echó un vistazo alrededor del jardín con el ceño fruncido y luego fijó la vista en la casa—. Hace horas que dijo que nos veríamos aquí.
Sacudí la cabeza.
—A lo mejor se ha entretenido.
Sacó el móvil y le envió un mensaje rápido a su hermana. No dejó de caminar de un lado para otro esperando una respuesta.
Sin embargo, no llegó.
Empecé a preocuparme de verdad.
—Voy a intentar rastrearla —comentó mientras pulsaba varios botones de la pantalla—. Según esto… sigue en la pastelería, pero…
—¿Y si vamos a comprobarlo? —sugerí.
Si aquello lograba tranquilizarla, entonces valdría la pena. De esa manera podríamos seguir disfrutando de los festejos. No es que me interesase lo más mínimo pasar tiempo con las brujas del pueblo, pero sabía lo importante que era eso para Willow. Lo mucho que le importaba aquella gente.
Probablemente, Luna estuviese bien, en su apartamento, preparándose. O puede que hubiese optado por hornear otra tanda de dulces en la pastelería. Había perdido la cuenta de las veces que mi bruja había vuelto a casa con una caja de algo que su hermana había horneado.
Willow asintió y se dirigió hacia el callejón de atrás. Me guio hacia el local recorriendo las calles que conducían hacia el centro.
Las ventanas estaban a oscuras salvo por el suave resplandor de las luces que colgaban del mostrador. Dentro no había nadie. Todo estaba en silencio.
—A lo mejor se está vistiendo arriba. —Willow corrió hacia la puerta lateral y subió los peldaños de las escaleras de dos en dos. Agarró el pomo de la puerta, pero se detuvo y me miró—. Está… abierta.
—Ponte detrás de mí —declaré.
¿Y si alguien había entrado a la fuerza o seguía dentro? Sin embargo, cuando abrí la puerta, momento en el que Willow se asomó por encima de mi brazo, en el apartamento había un silencio sepulcral. Estaba oscuro y despejado. Vacío.
Revisamos todas las habitaciones y Luna no estaba. No había ni rastro de ella, solo el móvil que descansaba en la isla de la cocina. Ni siquiera su gata Selene estaba allí.
El mal presentimiento que me atenazó el estómago empezó a agravarse. Si no estaba allí, en el pueblo, entonces solo podía estar en un lugar. Lo cual significaba que…
Cerré los ojos y percibí leves rastros de dos olores distintos allí dentro. El de Luna y… el de mi hermano.
«Mierda».
—Damien, ¿dónde está mi hermana? —Miró por todo el piso, desesperada—. ¿Qué le ha pasado? Y Selene…
«Las dos».
—Yo… Mierda. —Moví la cabeza a un lado y a otro presionándome el puente de la nariz—. Pensaba que tenía más tiempo. Se ha adelantado.
—¿Qué?
—Hay una cosa que no te he contado. —Fijé la vista en ella, en esos ojos verdes preciosos que desprendían una gran preocupación por su hermana. Y el dolor de no haberlo compartido con ella antes me invadió—. Sobre mi hermano.
—Dónde. Está. Luna —pronunció, enfatizando cada palabra con una pausa y dándome golpecitos en el pecho con el dedo—. ¿Qué es lo que no me has contado?
Entrecerró aquellos luceros verdosos que tanto adoraba. Me alegré de que el fuego no fuese su elemento, porque me temo que habría quemado el edificio entero.
Hice una mueca sin dejar de mirarla.
—Puede que… mi hermano se la haya llevado.
—Tu… hermano. —Se quedó de piedra, absolutamente quieta a la luz tenue de la cocina—. ¿Tu hermanastro, el puto príncipe del infierno? ¿Por qué querría llevarse a mi hermana?
—Del infierno no —corregí, y me maldije por dentro.
«No es el momento»—. Pero sí, ese mismo.
Se la ha llevado al reino demoníaco para…
—Pensé que a mi bruja no le iba a gustar un pelo lo de llevársela para «convertirla en su esposa»—.
Tú sabes que los demonios creemos en los compañeros predestinados, ¿no?
«Como nosotros».
Willow asintió.
—A Luna siempre se le ha dado bien emparejar a la gente. Yo nunca he creído realmente en eso hasta que…
Su voz se fue apagando. «Apareciste». Era obvio lo que dejó implícito con su silencio.
—Vale, pues… no te conté toda la verdad sobre el motivo por el que vine a tu mundo.
Ladeó la cabeza.
—¿Qué?
—Mejor siéntate.
Los ojos le centellearon de rabia.
—No quiero sentarme, Damien. Lo que quiero es que mi hermana esté sentada en este sofá, sana y salva, ¡no en el puto reino demoníaco!
—Lo sé.
—Es mi hermana pequeña, Damien. Se supone que debo protegerla, asegurarme de que esté bien. —Se le quebró la voz cuando finalmente se desplomó en el sofá—. No puedo creer que tu hermano la haya secuestrado.
—Cree que, en fin… —Sacudí la cabeza—. Cree que es su compañera predestinada.
«Sorpresa, Willow —pensé para mí con amargura—, ¡mi hermano es un capullo integral incapaz de mantenerse alejado de tu hermana!».
Sí, estaba realmente jodido.
—¿Luna? —Se quedó con la boca abierta—. O sea… quiere… —Su cabeza debía ir a millones de kilómetros por hora—. ¿Desde cuándo sabes tú eso?
Suspiré y me dejé caer sobre el suelo, cerca de ella.
—Desde hace un tiempo. Es por lo que estoy aquí.
—¿En Pleasant Grove?
Asentí. Fuera lo que fuese lo que me había llevado hasta allí cuando aún estaba en mi forma gatuna, había dado en el clavo.
—Y en el mundo humano. Me ordenó que la buscase.
—Y lo que encontraste… —«Fue a mí».
—Sí. Te encontré a ti, Willow… y fue la coincidencia más bonita de toda mi vida. Nunca sospeché que Zain estuviese buscando a tu hermana.
—¿Por qué no me lo dijiste? —Su voz era casi un sollozo—. Podríamos haber hecho algo entre los dos. Tal vez detenerlo.
Negué con la cabeza.
—No quería perderte. Y si me obligaba a regresar…
—Pero ahora la he perdido a ella, Damien. Es mi única familia. Mi mejor amiga.
La abracé con fuerza en cuanto derramó las primeras lágrimas. La agarré para que no cayese al suelo.
—Lo sé, preciosa. Lo sé.
La sostuve mientras lloraba entre mis brazos, acariciándole la espalda con suma suavidad.
—La recuperaremos —prometí—. Iremos esta noche.
Parpadeó.
—¿Al mundo demoníaco?
Sí , quise transmitirle el pensamiento. A continuación, le ofrecí la mano y la levanté del sofá.
—Nos aseguraremos de que está bien. Te prometo que no le pasará nada.
Vale . Su dulce voz se coló en mi cabeza al tiempo que me estrujaba la mano.
Le limpié las lágrimas con los dedos y luego le froté la mandíbula con el pulgar.
Lo siento mucho , murmuré en su mente.
Tras ayudarla a descender las escaleras, me acerqué al callejón de atrás. El mismo en el que había abierto un portal hacía varias semanas, el día en que caí en la cuenta de quién era Luna.
Agradecí que la mayoría de los habitantes del pueblo estuviesen ahora en la plaza o deambulando por el centro, porque así nadie nos vería.
Para abrir el portal, ordené a las sombras que obedecieran mis órdenes.
—¿Estás seguro de que es una buena idea? —preguntó Willow en voz baja. Se me aferró al brazo cuando ordené a las sombras que abriesen un portal hacia mi hermano—. Que yo vaya allí. —Aún tenía los ojos rojos y llenos de inquietud—. ¿Qué pasa con los otros demonios?
—Yo te protegeré, lo juro.
—Lo sé —afirmó sin titubeos—. Estoy muy enfadada contigo, pero sé que lo harás. —Deslizó la mano por mi pecho—. Ahora, vamos a por mi hermana.
Asentí.
—Agárrate fuerte —le indiqué, y la tomé de la cintura para que no se separase de mí.
Después, nos adentramos en la oscuridad.
—Esto… no es para nada como me lo había imaginado.
Willow recorrió con la mirada la fachada del palacio y examinó cada mínimo detalle de la decoración. La piedra pulida resplandecía aun con la luna en lo más alto del cielo.
—¿Qué esperabas?
—Mmm. Algo más oscuro. Más negro y rojo. —Observó el cielo—. Una oscuridad eterna. Sangre. No sé, cosas así.
—Bueno, tiene sentido.
No podía reprochárselo.
Había crecido aquí, así que las paredes grises del palacio no me sorprendieron en absoluto, aunque entendía que no fuesen tal y como ella había esperado.
El palacio en sí podía rivalizar con cualquiera de los que había en el mundo humano, eso lo sabía.
Era suntuoso, de una majestuosidad inigualable.
—¿Cómo me dirijo a él?
—¿A quién?
—A tu hermano.
—Ah. Bueno, seguro que Zain prefiere que te dirijas a él como «su majestad» o «alteza», pero puedes llamarlo por su nombre de pila. Es lo que hago yo. —Le dediqué una amplia sonrisa—. No eres su súbdita, no puede hacerte nada.