Spooky love Willow
80%

Willow

Willow

Ya había llegado mi noche favorita del año: la Víspera de Todos los Santos.

El aire estaba lleno de risas de niños, del crujir de los envoltorios de caramelo al abrirse y del aroma del azúcar.

Damien estaba a mi lado, con su mano entrelazada a la mía, sin dejar apenas un centímetro de distancia entre nosotros.

Era la noche perfecta de Halloween, la luna estaba en lo alto del cielo y nos iluminaba.

El pueblo entero estaba lleno de vida y, por una vez, todo parecía estar bien. La soledad que me había acechado hacía poco más de un mes había desaparecido y todo era gracias al demonio que me había escogido.

Mi corazón estaba lleno. Lo sentía más ligero.

Era demasiado pronto, ¿verdad? Un mes no era tiempo suficiente como para conocer bien a alguien. Y mucho menos para enamorarse de él. Y aun así… yo lo había hecho.

Lo amaba.

Joder, me había enamorado de mi demonio, que le dieran a todo lo demás.

Y en mi corazón sabía que quería que se quedase. No quería que esto acabara.

—¿Por qué? —Me detuve—. ¿Por qué sigues aquí?

Había evitado esta conversación durante mucho tiempo, pero ahora necesitaba oírlo. Necesitaba decir las cosas que me había guardado por miedo a que se marchara.

Porque quería que se quedara.

—Ya sabes por qué. —Entrecerró los ojos—. No intentes negarlo, tú también lo sientes. Esto que hay entre nosotros.

—Pero… —No podía decirlo porque yo también lo sentía. El hilo dorado que nos rodeaba y nos amarraba, esa atadura que tiraba de mí hacia él. Como si el destino hubiera entrelazado nuestras vidas.

—Dilo —murmuró—. Es la razón por la que podemos comunicarnos con la mente. Por la que tu presencia me tranquiliza. Por la que todo ha encajado desde el principio. Hay una palabra para ello entre tu gente.

Aun así, había una parte de mí a la que le daba pánico pronunciar esas palabras. Porque si lo hacía, lo convertiría en verdad.

Y si era real, y aun así él decidía marcharse…, me estaría condenando yo solita a sufrir por un corazón roto. Porque todo el mundo me abandonaba, siempre. Todos menos Luna. Aunque hubiera decidido irse de casa en vez de seguir viviendo conmigo en la antigua mansión de nuestros padres.

Sin embargo, ese hilo del destino… Almas gemelas.

No podía ser. No era posible, ¿verdad? Ni siquiera creía en ese concepto cuando nos conocimos.

Y, de repente, la idea de que hubiera alguien ahí fuera que estaba hecho para mí parecía una realidad que no podía negar sin importar cuánto lo intentara.

Ya no. Cuando estábamos juntos, todo era perfecto y sentía paz siempre que me encontraba entre sus brazos.

«Almas gemelas».

Todo encajó y supe que era verdad. Que era real. Que ya no podía negarlo más.

—Eres… —Lo miré sorprendida—. ¿Cómo es posible? Los demonios no tienen alma.

¿Cómo podíamos estar destinados a estar juntos? De todas las personas que el universo podía haber elegido para mí… ¿Por qué era este demonio que tenía delante? Pero, al mismo tiempo, ¿cómo iba a ser otra persona?

Damien frunció el ceño.

—¿De dónde has sacado la idea de que no tenemos alma?

—¿Q-qué? —tartamudeé—. Es lo que nos enseñaron de pequeñas. La razón por la que hacéis tratos es para quedaros con nuestras almas…

Resopló como respuesta.

—Quienquiera que os haya estado dando lecciones sobre los demonios tiene que informarse mejor, brujita. —Mi demonio me arregló el pelo—. No puedes estar más equivocada.

Tenía razón. El odio profundo que las brujas sentían por los seres demoníacos me había hecho pisar el freno muchas veces durante nuestra relación.

«Nuestra relación». Madre mía. Habíamos ignorado esa palabra, no le habíamos puesto ningún nombre a aquello, pero es lo que habíamos tenido todo este tiempo, ¿no?

Yo me había enamorado de él y apenas le concedí la de «compañero de piso» o «amigo».

—No cambies de tema, Damien —repliqué mientras me cruzaba de brazos. Me habría gustado alegrarme de descubrir la situación, de la idea de que estábamos destinados el uno al otro, pero lo único que veía eran dudas y miedos—. Esto sigue sin tener ningún sentido.

Además, se iba a marchar. Tampoco es que eso cambiara nada. Yo era mortal y él viviría cientos de años más. Tenía que volver al reino de los demonios. Al hermano al que servía.

—Mira que eres… ¿Por qué no?

—¿De verdad crees que se lo va a tragar alguien?

—Estamos predestinados de verdad, Willow. —Me acunó las mejillas—. El destino te hizo expresamente para mí. Me da igual lo que piensen los demás. Solo me importa lo que pensemos nosotros.

—Pero yo no soy nada especial y tú eres… —Hice un gesto para abarcarlo—. Tú.

—Willow. Mírate. —Carraspeó—. Soy yo el que no te merece.

—Se arrodilló ataviado con su disfraz ridículo mientras me sostenía ambas manos con las suyas—.

Llevo fascinado por ti desde que te vi por primera vez.

Tu amabilidad, generosidad… la forma en la que todo el mundo te quiere, porque es imposible no hacerlo.

—Damien sacudió la cabeza—. Te mereces algo mejor que yo.

Pero, aun así, quiero que estés conmigo.

Cuando te imagino con otro, quiero desmembrarlo extremidad a extremidad.

La idea de que otra persona te toque… No puedo.

—Damien… —El corazón se me aceleró en el pecho. Nadie me había dicho algo así nunca. Nadie me había hecho sentir tan querida, tan… venerada.

Incluso suponiendo que esta cosa que había entre nosotros fuese la razón, si solo se preocupaba por mí por nuestro vínculo de compañeros, todavía sería mío.

Y nunca me había sentido tan amada.

Aunque no hubiera dicho las palabras.

Porque, a fin de cuentas, yo tampoco lo hice.

Tras nuestra pequeña confesión, fuimos a la fiesta de Halloween de mi prima Cait.

Había decorado la casa entera, desde luces impresionantes hasta un esqueleto falso en el porche y telas de araña colgando por cada esquina.

Ella apareció de la nada con un par de medias de rejilla, un top de volantes y un corsé atado por encima de la falda.

El turbante que se había colocado alrededor de la frente y las joyas exageradas solo daban más intensidad al estilo de pirata.

—¡Willow! —Cait sonrió. El pelo naranja le brillaba bajo la luz—. ¡Has venido! —Miró a mi demonio—. Y también te has traído a tu chico.

—Estás impresionante —le dije mientras me sonrojaba por el comentario. «Mi chico». Era cierto, aunque, aun así, era demasiado reciente—. Gracias por invitarnos.

—No hay de qué. El resto de las chicas están aquí. —El familiar de Cait, un gato azul ruso, le saltó al hombro y le acarició la mejilla con el hocico—. Hola, Trueno. —Le rascó la barbilla antes de bajar de un salto y acercarse para colocarse delante de Damien.

El gato gris se sentó mientras miraba fijamente a mi demonio y soltó un maullido. Damien enarcó una ceja antes de inclinarse y tenderle una mano. Trueno la olisqueó antes de restregarse contra ella una y otra vez y comenzar a ronronear.

Mi prima abrió los ojos como platos.

—Eso no lo hace con nadie más que conmigo.

Damien acarició la cabeza del animal antes de incorporarse y volver a pegarse a mi lado.

—¿Qué puedo decir? —Su voz era ronca—. Los gatos me adoran.

Dijo el gato . Solté una risita. Cait no sabía cuán verdad era esa afirmación.

—La fiesta está bien —murmuró unos minutos después a mi lado, bebiendo cerveza de un vaso de plástico. Habían comprado los de color naranja y les habían dibujado caras, como las que tenían las calabazas. Me hacía sonreír ver a mi demonio sosteniendo semejante chorrada.

—Sí —contesté—. Hasta que descienda el aquelarre.

—¿Qué?

Enarqué una ceja.

—¿Estás listo para el interrogatorio?

Como un reloj, las otras diez brujas de nuestro aquelarre se plantaron ante nosotros.

Rina, Wendy, las gemelas que llevaban la empresa de reformas y construcción, Tammy y Talley, Olive, Constance, Celeste, Iris, Sophie y Gretchen.

Todas brujas muy diferentes, con un mar de colores de pelo distintos entre ellas.

Lavanda, azul cielo e, incluso, verde neón.

Y, aun así, había una cosa que nos unía a todas.

Nuestro aquelarre. La única que faltaba era Luna.

Cait se quedó de pie al fondo con aspecto arrepentido.

«Lo siento», articuló sin pronunciar palabra.

Me encogí de hombros. Esto era lo que hacía nuestro aquelarre.

Nos guardábamos las espaldas las unas a las otras, así que iban a asegurarse de que él tuviera intenciones nobles y nada más.

Mientras no supieran qué pasaba a puerta cerrada, por mí encantada.

Quería mantener mi vida sexual en privado, muchas gracias.

Las quería mucho a todas, pero eran unas cotillas de cuidado.

—Hemos oído que te has traído a tu chico —comentó Wendy con una sonrisa mientras daba sorbos a su bebida, su pelo rubio se mecía con el movimiento. Se había puesto un disfraz rojo con capucha e incluso llevaba una escoba—. Soy Wendy —se presentó a Damien.

Él la miró de arriba abajo antes de girarse hacia mí.

—¿La Brujita Buena?

Habíamos visto Casper y la mágica Wendy la otra noche.

Me reí.

—Es bastante evidente, ¿no?

Movió la nariz y casi pude ver lo que haría si fuera gato: mover los bigotes.

Rina, junto a Wendy, se rio sin más. Su melena corta y castaña resaltaba aún más su piel morena, como si su intención fuera no parecerse en nada a su tocaya, Sabrina.

—Damien, este es mi aquelarre. —Solté un pequeño suspiro mientras las abarcaba a todas con un gesto y fui diciendo sus nombres mientras él les daba un apretón de manos.

Tenía que reconocerle el mérito de no haberse dado la vuelta para salir corriendo nada más verlas. Once brujas habrían puesto en tensión a cualquiera, pero él aguantó como un campeón.

El resto lanzaron sus preguntas. Quizá había sido un error no presentárselo antes.

Aunque yo no pensaba así. Me alegraba de haber tenido aquel mes prácticamente para nosotros solos.

Para conocernos. Para que esos sentimientos hubieran surgido de forma natural entre los dos.

Sí, era cierto que éramos almas gemelas, que estábamos destinados a estar juntos incluso antes de que hubiéramos nacido, sin embargo, era algo aún más profundo que eso.

Y quizá disfrutaba de tenerlo para mí sola y punto.

—Bueno, Damien, ¿cuánto tiempo te vas a quedar por Pleasant Grove? —Escuché que preguntaba Rina cuando volví a la conversación. Habían estado acribillándolo y Damien había ido contestando a todas sus preguntas con paciencia.

Me miró con una ceja enarcada.

—No me he decidido todavía.

Igual fue eso lo que activó todos mis miedos. Era mi alma gemela, pero ¿no se iba a quedar?

—Creo que ya basta de preguntas por hoy. —Le tiré del brazo y lo alejé del grupo. Ni siquiera me disculpé con mi aquelarre por marcharme de forma tan abrupta.

—¿Podemos hablar?

Damien asintió. Tal vez notaba el descontento que sentía en mi interior. El terror que me invadía ante su inminente marcha. Tal vez fuera hora de que tuviéramos esa conversación que debíamos haber tenido hace tiempo. Sobre lo que éramos y mis sentimientos. Luna tenía razón. Siempre la tenía.

Lo amaba y se marchaba.

Lo amaba y no se lo había dicho.