Damien #2
—Damien… —Bajó las manos hasta la zona lumbar—. Ya sabes que puedes hablar conmigo. Estoy aquí.
Dejé escapar un suspiro.
—No es…
¿Cómo iba a entenderlo? Si ni siquiera yo era capaz de comprender mis propios miedos y preocupaciones, ¿cómo iba a explicárselos a ella?
Imposible. Y menos cuando todavía le ocultaba tantas cosas.
No obstante, pronto las sabría. Se lo contaría todo.
La verdad sobre nosotros. Ahora mismo solo quería abrazarla.
Para recordarme que ella estaba presente, que aquello era real.
Pasase lo que pasara en el futuro, tenía esto.
Cuando nuestras miradas se encontraron, sus ojos resplandecían. Tan esperanzados, tan curiosos.
«¿Por qué la mantenía al margen?».
—Tengo miedo —confesé, tan bajito que casi pareció un susurro.
—¿De qué?
Estrechó los brazos con los que me agarraba la espalda para abrazarme más fuerte.
De perderte . No podía decirlo en voz alta, así que lo proyecté en su mente.
—Oh —soltó Willow con dulzura.
Ya no quería seguir ni un solo minuto más sin tenerla entre mis brazos, así que la agarré de los muslos y la levanté en el aire para poder llevarla de vuelta al dormitorio. Willow me rodeó con las piernas y se aferró a mí como un koala.
No dejó de rodearme con los brazos ni cuando finalmente me senté en la cama.
—Brujita —susurré, mientras pasaba las manos por los suaves mechones de su melena—. Tienes que soltarme ya.
—No. —Curvó los labios en una sonrisa—. Tú siempre me estás cuidando. Deja que yo te cuide por una vez, al menos hasta que la pesadilla desaparezca.
No creía que fuera a desaparecer jamás, pero eso no iba a decírselo.
—Está bien.
No pensaba discutir con ella cuando adoraba la manera en la que se acurrucaba contra mí. Como si fuese mía.
Una vez acomodados en la cama, Willow volvió a hacerse un ovillo contra mi cuerpo. Con la cabeza apoyada en mi hombro, empezó a dibujarme círculos sobre el pecho desnudo.
—¿Por qué no me hablas de tu familia?
—¿Qué?
De todas las cosas que podría haberme preguntado… ¿Sabría ella que había metido el dedo justo en la llaga?
—Nunca hablas de ellos —argumentó compungida—. Ni de tu madre. Apenas los has mencionado y quiero saberlo todo de ti, Damien.
Abrí la boca para decirle que eso no era verdad, que ya había hablado de ellos, aunque no pude rebatirla. Y sabiendo lo que había entre nosotros, lo que sentía por ella… ya no quería seguir escondiéndolo.
Así que empecé a hablar. Le hablé de mi madre, que era la persona a la que más quería en el mundo. Le expliqué cómo había muerto, dejándome solo con mi padre y mi hermanastro. Le conté que había dejado un hueco que no lograba rellenar del todo, un vacío en el corazón.
Uno que ella había empezado a llenar.
Ojalá mi madre hubiese podido conocer a Willow y ver la mujer tan maravillosa que era.
Dejé la sangre al margen. Todavía la notaba en los dedos, aún oía mi voz pidiendo ayuda a gritos. Sin embargo, el recuerdo de la muerte de mi madre estaba siendo eclipsado por el sueño en el que vi la muerte de Willow.
Aun así… no paré. Le narré mi infancia en el mundo demoníaco.
Que había sido entrenado para participar en las batallas que libraba mi padre y que lo servía como su hombre de confianza.
Al Rey Demonio. También le conté cómo después fui relegado a chico de los recados de mi hermano, el príncipe heredero, que algún día ocuparía el lugar de nuestro padre, una vez encontrase esposa.
Aunque Willow se había quedado dormida hacía mucho rato, yo seguí abrazándola y acariciándole el pelo, asombrado de que, de entre todas las personas que había en este mundo, ella fuese la elegida para mí.
«Te quiero», pensé mientras la acunaba contra mí.
Tiré del cuello del disfraz para la fiesta de Halloween del pueblo.
Aquella cosa endemoniada hacía que me picase el pescuezo.
No sabía cómo había dejado que Willow me convenciera para disfrazarme así.
Bueno, en realidad, solo hizo falta una breve mirada de aquellos ojos verdes para que yo claudicase en el acto.
Así que nos engalanó con unos disfraces de vampiro y de bruja de estilo victoriano.
—Podrás hacer uso de esos dientes puntiagudos que tienes —bromeó, al tiempo que pasaba el pulgar por uno de los caninos afilados.
—Tú lo que quieres es averiguar qué sentirás cuando te los clave —repliqué con la misma picardía.
Se ruborizó.
—Puede.
Ronroneé como respuesta. Quería reivindicarla. Dejar mi marca en su cuello.
Todo parecía perfecto. Tenía claro que ya no podía seguir negando la verdad, lo mucho que la amaba, la razón por la que encajábamos a la perfección, por qué todo con ella se intensificaba.
Sin embargo, también me aterrorizaba admitirlo, pronunciar las palabras. ¿Y si ella no quería eso? Cada ocasión en la que había intentado aclarar qué clase de relación teníamos, ella había hecho caso omiso. ¿Es que solo había estado buscando algo esporádico?
La fecha límite se iba acercando. Le habría pedido a mi hermano un mes más, pero ni siquiera el hijo del Rey Demonio podía evitar lo que venía a continuación.
El destino había presagiado que el próximo Rey Demonio contraería matrimonio con una poderosa bruja y me habían enviado allí precisamente para eso: hallar a la futura esposa de Zain, su compañera predestinada, y no para encontrar una mujer para mí.
Ventajas de ser el hijo ilegítimo del actual Rey Demonio, supongo.
Me vi obligado a obedecer la voluntad de Zain, como si encontrarle una esposa en este condenado lugar fuese una tarea sencilla.
No obstante, de todos los demonios, yo era el que podía integrarse con más facilidad, pasar desapercibido. Pasar por humano.
Habían trascurrido cuatro meses desde que mi hermano me mandase al reino humano en busca de su esposa. A pesar del pequeño obstáculo surgido, la había encontrado, y se había convertido en mi peor pesadilla.
Porque la bruja destinada a estar junto a mi hermano… no era otra que Luna, la hermana de Willow.
El tiempo se agotaba.
Y lo peor de todo era que sabía que el sitio de Willow no era a mi lado. Era demasiado alegre y preciosa como para hundirse en mi mundo de tinieblas. Este pueblo de brujas era el lugar al que pertenecía. Lo sentía, aunque eso no me impedía seguir queriéndola.
No podía creer que hubiese estado aquí durante veintiocho años y yo no me hubiese percatado, que ni siquiera hubiese sabido de su existencia. Aunque… en todos mis años de vida, apenas había visitado el mundo humano, por lo que jamás imaginé que acabaría encontrando aquí a mi compañera.
—Aquí está el guapo de mi demonio —dijo exultante.
Se puso a mi lado y me rodeó la cintura con el brazo.
—Hola, Wil —susurré antes de darle un beso en la coronilla.
—Hola.
Se le iluminaron los ojos. Se había rizado el pelo, que le caía alrededor de la cara en ondas, y llevaba puesto un sombrero de bruja tradicional. Mi bruja iba perfecta, hasta con pendientes con forma de estrella y unas medias a rayas.
Estaba obsesionado. Me moría de ganas de quitárselas más tarde.
—Estás guapísima. Me encanta.
Me acomodé la capa que llevaba atada al cuello. Ella se rio.
—¿No crees que me he pasado un poco?
Gruñí.
—Eso es imposible. Tú nunca te pasas.
—Oh —soltó ruborizada.
¿Cómo podía hacer que comprendiera que todas y cada una de aquellas palabras las decía completamente en serio? Le aparté un mechón de la cara antes de ponerme a juguetear con el pendiente.
—Estás espectacular. Te pega mucho. No te imagino de otra forma. —Arrastré un dedo hasta la garganta—. Casi prefiero que nadie te vea así.
Ella me besó en la mejilla.
—Eres el demonio más dulce que he conocido.
—Soy el único que conoces —refunfuñé.
—Que tú sepas.
—Y va a seguir siendo así —repliqué, y la sujeté entre mis brazos mientras se reía.
La besé, porque, si este era todo el tiempo del que disponíamos, quería saborear cada segundo.
Especialmente si era lo único que nos quedaba.