Spooky love Damien
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Damien

Damien

Esta chica. Mi brujita.

—Willow —exhalé con voz áspera, completamente fuera de mí ante aquella propuesta. Nunca había hecho eso con nadie, pero lo que me estaba pidiendo…—. ¿Estás segura?

Pestañeó con gesto confuso mientras me pegaba a ella otra vez.

—Por favor, Damien. Te necesito dentro de mí.

Le quité el camisón tan mono que llevaba y me tomé mi tiempo besándole la clavícula y el estómago antes de llegar a las caderas.

Bragas moradas con fantasmas.

—Joder, es que son adorables. —Su colección de ropa interior de Halloween siempre conseguía sacarme una sonrisa. Le besé un lado de la cadera y luego el otro—. Me vuelves loco, Willow.

Ella respondió con un murmullo al tiempo que yo le iba quitando lentamente las braguitas y le mordisqueaba la parte interior de los muslos.

—Ven aquí. —Me tumbé y me di unas palmaditas en el pecho, invitándola—. Quiero que te sientes en mi cara.

Willow se movió para sentarse sobre mi pecho con las piernas abiertas, una a cada lado de mi cuerpo.

—¿Estás seguro?

Parecía preocupada, como si no supiera que me moriría si no lo hacía, que lo único que ansiaba era su sabor.

—Mmm. Déjame probar ese coño tan dulce que tienes, preciosa. Quiero que te corras en mi boca.

—Va-vale.

Aceptó, así que la ayudé a colocarse. Con las manos en la parte externa de los muslos, apoyó la vulva en mis labios. En cuanto deslicé la lengua por aquellos pliegues húmedos, las manos de Willow salieron disparadas para agarrarse al cabecero de la cama.

—¡Oh! —gritó.

Me aprisionó la cabeza entre las piernas. Con la nariz le presionaba el clítoris mientras ella se balanceaba adelante y atrás sobre mi cara. Con cada movimiento de mi lengua en su interior se agitaba con más fervor, meciendo las caderas mientras chupaba cada gota que emanaba de ella.

Mantuve el ritmo lento y acompasado de los lametones, aunque ella acelerase el movimiento de las caderas, así que pude sentir lo cerca que estaba de correrse.

Unos pequeños temblores de placer le atravesaban el cuerpo por completo.

No deseaba nada más que sentir su orgasmo en la lengua, así que no paré.

Por mucho que gritase mi nombre, a pesar de tensar todavía más los muslos.

Suéltalo, la persuadí, córrete para mí, brujita .

Puse el pulgar en el clítoris y lo froté en círculos mientras seguía metiéndole la lengua en el coño.

Entonces, mi chica no se contuvo y, en cuanto se corrió, le tembló todo el cuerpo, haciendo que su interior me oprimiese la lengua.

Fue mejor que cualquier cosa que hubiese podido imaginar.

Y, en aquel momento, me di cuenta de que no quería hacerlo con ninguna otra persona.

Nunca. Porque Willow era mía. Su aroma embriagador a café y a vainilla se me había colado en las venas y no había manera de expulsarlo o, más bien, no quería hacerlo.

Deseaba recrearme en su sabor durante el resto de mi existencia.

Una vida humana no era suficiente. Necesitaba más.

Puede que todo esto hubiese empezado por el vínculo que sentí entre nosotros, pero ahora ya sabía la verdad. Lo había notado invadiéndome silenciosamente durante la última semana y ya no tuve ninguna duda cuando se apartó de mí.

Fui un idiota al pensar que la razón podía ser otra.

La ayudé a separarse de mi cara tras los temblores del orgasmo y le dediqué una sonrisa de suficiencia.

—Estás de muerte, preciosa.

Tenía las mejillas coloradas, tal vez por el orgasmo, aunque me gustó ver cómo le impactaron aquellas palabras. Willow se inclinó para besarme sin ningún titubeo, aun sabiendo que iba a notar su sabor en cuanto tocara mis labios.

«Joder, qué sexi era».

Se me encaramó al tronco, con los muslos firmes apoyados contra mis piernas, y pude sentir sus fluidos acumulándose mientras su lengua se enfrentaba a la mía. Aquello me hizo querer sumergirme en ella con aún más ganas, sentir lo preparada y ansiosa que estaba de recibirme.

—Joder —mascullé cuando se apartó un poco para morderme el labio inferior. La tenía terriblemente dura, algo de lo que ella se daría cuenta pronto si es que no la sentía ya presionándole el culo—. Te necesito —jadeé.

Llevé las manos a sus caderas. Me encantaba el tacto de su cuerpo. ¿Sería capaz algún día de superar aquello? ¿De olvidar que encajábamos a la perfección? ¿De ignorar cómo se amoldaba cada una de sus curvas a mis manos como si las hubiesen creado solamente para mí?

Se balanceó y me restregó ese culito tan mono que tenía contra la polla, lo que me hizo soltar un gemido profundo.

—Willow… —intenté advertirle, pero claramente no había necesidad de hacerlo.

Levantó las caderas, con mis manos agarrándole todavía la cintura, y se colocó sobre mí, preparada para metérsela.

Y cuando Willow me guio para introducirme en ella, lo único que pude hacer fue cerrar los ojos con fuerza e intentar no correrme demasiado pronto. Estar dentro de ella era… joder, no había nada comparable a eso.

Extendió las manos por completo y se las llevó al estómago.

—Dioses. Te siento por todas partes.

—Parece que te hayan creado expresamente para mí, brujita.

La verdad se me escapó de entre los labios. Mi intención no era verbalizarlo todavía; sin embargo, las piezas encajaban. Nosotros encajábamos.

Dejé que Willow marcase el ritmo. Me limité a balancear las caderas adelante y atrás para sentir cómo su cuerpo se sacudía cada vez que el clítoris alcanzaba la base del pene.

—Damien, no… ¡no puedo! —gritó—. Me voy a correr.

Hazlo. Hazlo. Dámelo todo, la alenté. Contemplé el movimiento bamboleante de sus tetas mientras ella se dejaba llevar por mil sensaciones distintas.

—Di que eres mía —ordené.

Necesitaba oír aquellas palabras, saber que lo que sentía era auténtico y… real.

—Soy tuya —afirmó, moviendo las caderas mientras cabalgaba sobre mí—. Toda tuya. Solo tuya.

—Mía —repetí, y le cogí el cuello para acercármela y poder fusionar nuestras bocas.

Empujé las caderas hacia las suyas y pude sentir cómo se aferraba a mi alrededor. Ya estaba a punto.

Me flipaba besarla, joder. Jamás iba a cansarme de comerle la boca. Era muy dulce, incluso podía percibir todavía algo de la tarta de calabaza que había comido antes.

Adoraba su obsesión con esa hortaliza. O, quizá, simplemente la adoraba a ella.

Sin embargo, era demasiado pronto para decírselo. Todo era demasiado nuevo y obviamente no era ningún humano estúpido que fuera a soltarlo mientras follábamos.

—Damien —chilló—. Necesito…

Eso fue lo que desencadenó la bestia que llevaba dentro. Ya no fui capaz de aguantar más. Aproveché que la tenía cogida por la cintura para ayudarla a moverse arriba y abajo, haciendo que toda ella se revolviese contra la polla y, de ese modo, me hiciese gemir más.

Las sombras se enroscaron por su cuerpo con recelo y presionaron prácticamente todas sus zonas erógenas.

Un leve apretón en la garganta. Esa sensación de succión en los pezones que sabía que la volvía loca.

Una de ellas apoyada contra el orificio posterior, ejerciendo no más que la fuerza que podría hacer un dedo, pero aquello la hizo aullar.

Usé mis poderes como si fuesen manos para sostenerle las tetas y exprimirlas mientras seguía ayudándola a montarme.

Los pechos oscilaban siguiendo el movimiento, me quedé maravillado contemplándola.

Willow dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Demasiado , gimoteó en mi mente.

Puedes con ello , dije para intentar calmarla mientras seguía moviendo las caderas al compás de las suyas, los dos al unísono. Le estaba dando todo lo que me había pedido, todo lo que necesitaba. Abre los ojos , añadí antes de apoyar mi frente contra la suya.

—Quiero ver cómo te corres —murmuré.

Se corrió sin previo aviso. Me comprimió la polla como si quisiera exprimirme hasta dejarme seco. Estaba muy dentro de ella, prácticamente le estaba presionando el vientre y, en cierto modo, el mero hecho de pensarlo hizo que llegase al límite.

La empapé de semen por dentro, la colmé hasta los topes. Me lo había pedido la primera noche y yo, como un tonto, no pude resistirme. Saber que iba a quedarse dormida con la corrida chorreándole me volvía salvaje, débil, incontrolable.

Percibí las señales que indicaban que me estaba corriendo. Se me contrajo el escroto y sujeté a Willow para mantenerla donde estaba, con el pene dentro de ella hasta la mismísima base, mientras derramaba hasta la última gota.

Ni siquiera lo saqué cuando se desplomó sobre la cama, relajada y agotada.

—Mmm —musitó adormilada mientras se acurrucaba junto a mí—. Por tu culpa ya no voy a poder estar con nadie más, Damien.

«Esa era la idea, preciosa», pensé, aunque no lo dije en voz alta. Me limité a abrazarla y a caer en un profundo sueño.

Desperté con la espalda empapada en sudor y el pulso acelerado. Willow descansaba a mi lado, durmiendo plácidamente entre las sábanas.

Me quité de encima la ropa de cama que me cubría, me levanté de un salto y salí de la habitación sin hacer ruido. Algo me estaba asfixiando y lo único que sabía es que necesitaba salir de allí, tomar aire fresco, algo de espacio, necesitaba…

En la cocina, me bebí un vaso de agua de un solo trago.

«¿Por qué me angustia tanto?». Sin embargo, en el fondo, lo sabía perfectamente, aunque no fuese real.

Cerré los ojos y no pude evitar verlo todo rojo. Sangre. Habían…

—¿Estás bien? —Willow me envolvió el torso desnudo con los brazos—. Te he oído levantarte.

Se había puesto una bata. La tela suave me acarició la piel en un cálido abrazo.

«No». No, no estaba bien. Sabía que tenía la cara descompuesta cuando me giré para mirarla.

—Solo ha sido un mal sueño —murmuré antes de hundir la cara en su pelo y aspirar su aroma.

Eso me hizo recordar que estaba aquí y que no le iba a pasar nada. Yo mismo me iba a encargar de ello.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con voz tranquila.

Me frotó la espalda para tranquilizarme, como si ella pudiese eliminar toda la tensión que sentía con solo tocarme. Esa era mi chica mágica.

Negué con la cabeza, todavía apoyado sobre su cabello.

—No quiero hablar de ello.