Willow
Willow
Había algo especial en saber que alguien me esperaba en casa, hacía que me ilusionara más que nunca marcharme de la tienda cada día.
«Damien».
Sonreí mientras pasaba el trapo por el mostrador con los ojos pegados al reloj, esperando a que Eryne entrara a hacer su turno. Había estado limpiando la última hora y, en cuanto me tomara el relevo, sería libre.
Libre para irme a casa con mi demonio y llevar a cabo cualquier actividad festiva que eligiéramos para esa noche.
En la última semana habíamos visto infinitas películas de Halloween (a ver, tenía que educarlo), además de haber probado todas mis gominolas favoritas.
Estaba empeñada en encontrar algo que le gustara.
Incluso estaba dispuesta a recurrir al regaliz negro si hacía falta.
Lo que más me gustaba era cuando se daba por vencido a medio camino y me aprisionaba contra el sofá para besarme con brusquedad con esa boca a la que tanto cariño le había cogido.
A veces parecía que estaba intentando memorizar cada centímetro de mi cuerpo, como si al besarme lo suficiente jamás me fuera a borrar de sus recuerdos.
Pensar en que se iba a marchar (de mi casa, de mi cama, de mi vida) dolía, así que intentaba no hacerlo.
Me limitaba a apreciar eso que había entre nosotros, sin importar lo breve que fuera.
Aunque no habíamos hablado de nuestros sentimientos.
Cada vez que sacaba el tema, yo le restaba importancia.
Todo era tan bonito que no quería arruinarlo hablando del futuro.
Tenía que recordarme constantemente que daba igual cómo me hiciera sentir, que fuera tan tierno y se preocupara tanto por mí, porque esto no era una relación.
Sin embargo, el final de octubre se acercaba más rápido de lo que me habría gustado.
Y, por tanto, también el mes que me había prometido.
Solo quedaban unos días para la gran fiesta de Halloween del pueblo.
Las calabazas que habíamos tallado decoraban el porche delantero, hasta tenían luces titilantes que había encantado para que no se apagaran nunca.
Sí, podría haber utilizado velas de led, pero ¿qué gracia tenía eso?
Algunas noches nos sentábamos fuera, en el columpio del porche, mientras se ponía el sol, y apenas pronunciábamos palabra; como si no nos hiciera falta.
Además, cada noche nos perdíamos en el cuerpo del otro… Estaba casi segura de que Damien me había convertido en una especie de demonio del sexo, porque nunca me saciaba las ganas de él. Me dejaba exhausta, sin fuerza y me quedaba dormida en cuanto la cabeza tocaba la almohada.
Sonreí, pensando en lo que me tendría preparado para esa noche.
Mientras le enseñaba costumbres humanas yo también estaba aprendiendo cosas nuevas sobre mí, sobre mis preferencias.
Cómo podía encenderme y subirme las revoluciones con la más leve de las caricias.
El susurro de su tacto, el roce de sus poderes contra mi cuerpo o la sensación de sus colmillos arrastrándose por la garganta.
Me dio un escalofrío de solo pensarlo.
—Pareces hechizada —murmuró Luna cuando entré en la cocina dando vueltas.
—¿Qué? —Me detuve de golpe mientras intentaba que no se me cayera el montón de platos que llevaba encima, ya que estaba haciendo uso de mi tiempo libre para ordenar la parte delantera de la pastelería. ¿Tenía las mejillas sonrojadas? —. N-no.
¿Tenía que negarlo con tanta vehemencia? En especial, porque era cierto. Vale, sí, estaba embelesada por él. Demasiado. Era un problema.
—Me… Me gusta, ¿vale? —Dejé caer los hombros en señal de derrota mientras metía los platos de café y las cucharas en la pila—. Nunca me había pasado algo así.
—¿Y él siente lo mismo? —preguntó mi hermana. Era consciente de que no se fiaba del todo de Damien, y quizá tuviera razón. Tampoco es que le hubiera contado lo que estaba pasando entre nosotros. Lo que él era.
—A ver, no se lo he preguntado directamente, pero eso creo.
Sentía que sí.
—¿De qué tienes tanto miedo? —inquirió, y yo me desmoroné, como siempre.
No quería decirlo, pero no pude detener las palabras que se me escaparon de los labios. Mis miedos más profundos salieron a la luz.
—De que se marche. Que decida que no valgo la pena y desaparezca.
—Willow. —La voz de Luna era suave. Reconfortante. Y, aun así, llena de tanto cariño y compasión que casi se me rompió el corazón ante el amor que desprendía—. No tienes ni idea de lo increíble que eres, ¿a que no?
—Tú estás obligada a decirlo. —Sacudí la cabeza—. Eres mi hermana pequeña.
—No. —Me imitó ella—. Lo digo en serio. Siempre te ocupas de todos menos de ti misma. Hasta de mí. Es hora de que te priorices. Además, si ese hombre se acaba marchando de verdad, no es quien yo pensaba que era.
—Es un demonio —murmuré mientras me daba la vuelta para mirar la pila.
—¿Qué?
—Nada. —Encendí el grifo y dejé que los platos se cubrieran de agua antes de lavarlos.
Cuando por fin volví a darme la vuelta, Luna puso los ojos en blanco.
—Lo que quiero decir es que he visto la forma en la que te mira.
—¿Cómo? —Casi me daba miedo preguntar.
—Como si fueras su mundo entero.
—Ah.
No tenía palabras.
—Sí. Ah. —Me dio un pellizco en el brazo—. Como no le digas a ese hombre lo que sientes por él, lo haré yo.
—Luna… —me quejé mientras alargaba su nombre—. Todavía es muy pronto. No quiero arruinarlo.
Ella enarcó una ceja y yo levanté los brazos.
—¡Vale, vale! Me voy ya a casa.
Luna levantó los dedos para despedirse con un gestito.
—Saluda a tu chico de mi parte.
Esta vez fui yo quien puso los ojos en blanco y me coloqué el bolso en el hombro.
—No te quedes hasta muy tarde —añadí—. Te vendría bien pasar un tiempo fuera de este sitio, de verdad. Te juro que casi vives aquí dentro.
Ni siquiera se dignó a responder a eso.
De camino a la salida, me despedí con la mano de Eryne, que estaba en el mostrador, y me fui a casa. Con el demonio que me estaba esperando.
—¡Damien! —grité mientras lanzaba las llaves en la mesa de la entrada y mi bolso de tela en el sillón dedicado exclusivamente a dejar cosas—. ¡Estoy en casa!
Una parte de mí adoraba poder decirle eso a alguien. Vale que antes solía decírselo a mi hermana (y a mi gato), pero saber que este ser que había en mi casa era mío, aunque solo fuera por un tiempo, me hacía sentir mariposas en el estómago.
—He traído algunos de los bollos de Luna que han sobrado hoy —añadí mientras llevaba la caja a la cocina—. Son de calabaza con chispitas de chocolate.
Se me hacía la boca agua solo de pensar en el contenido. Como si no me hubiera comido ya dos por la mañana.
—¿Qué vamos a hacer esta noche? —Me rodeó los hombros con los brazos a la par que me daba un beso en la sien—. ¿El pueblo tiene más festividades divertidas de las que debería enterarme?
—¿Alguna vez has cogido manzanas con la boca en un barreño de agua?
Damien pareció horrorizado.
—Willow. ¿Qué?
Me reí, incapaz de quedarme seria.
—Es broma. Aunque no te creerías de lo que son capaces algunos niños de por aquí. Son unos campeones. —Me aparté un pelo de la cara y cogí la otra bolsa de suministros que había traído conmigo—. He pensado que podríamos hacer manzanas de caramelo y luego ver una peli. Esta noche echan una nueva.
Poco a poco iba a conseguir que le gustaran mis películas románticas y chorras de Halloween.
No tenía ni idea de lo que veía él antes de conocerme, pero yo las vería durante todo el año si la gente me dejara.
Ya habíamos visto Halloweentown: ¡Qué familia la mía!
y El retorno de las brujas , dos de mis favoritas, pero tenía un armarito lleno de opciones.
—Mmm. Me parece bien. Pero tengo una idea antes de eso.
—¿Ah, sí?
Asintió, me dio la mano y me guio al exterior, al patio trasero.
—¿Esto es…? —Lo miré—. ¿Lo has hecho todo tú?
Damien volvió a asentir. No es solo que hubiera creado un dosel de luces sobre el patio trasero, es que había extendido una manta con un pícnic completo y copas de vino.
Los últimos rayos de sol se colaban entre las ramas de los árboles e iluminaban sus hojas naranjas y amarillas.
Me encantaba Nueva Inglaterra en otoño. En serio, aunque pudiera mudarme a cualquier otra parte, no se me pasaría por la cabeza vivir en otro sitio que no fuera este.
—Seguramente no esté tan rica como la del festival, pero…
Quitó la tapa a un plato y expuso una tarta de calabaza recién hecha.
—Damien… —Se me humedecieron los ojos—. ¿Me has preparado mi tarta favorita?
—Pues claro. —Me dio un beso en la frente mientras ambos nos sentábamos en la manta—. Lo que sea por mi brujita.
—Tienes que dejar de mimarme tanto —murmuré, y le contemplé la mandíbula cincelada mientras me acurrucaba junto a él—. O no voy a poder dejar que te vayas nunca.
Mi afirmación se acercaba demasiado a la realidad, así que cerré la boca de golpe. No quería arruinar el momento con esa conversación. Podía esperar.
Me dedicó una sonrisa de lado antes de empezar a revelar el resto de los platos. Le debía haber llevado todo el día prepararlos. Damien me entregó una copa de vino y yo di un trago mientras disfrutaba de todos los sabores que explotaban en mi boca.
Las luces, el ambiente… todo era sencillamente perfecto. Él era perfecto. ¿Cómo no iba a serlo? Había aparecido en mi vida de la forma más inesperada posible, pero encajaba a la perfección. Encajaba conmigo a la perfección.
Suspiré de felicidad y le apoyé la cabeza en el hombro. El aroma de la comida fue subiendo hacia mi nariz y, de repente, estaba famélica. Tenía muchas ganas de probar todo lo que nos había preparado.
—Ah. Una cosa más. —Apretó un botón y una melodía suave y reconfortante llenó el jardín—. Ahora sí que es todo perfecto.
Sacudí la cabeza con incredulidad. Había pensado en cada detalle. Cosa que me condujo a la misma pregunta que llevaba haciéndome la última semana… ¿Cómo iba a dejar que se marchara?
—Estoy llenísima —lamenté, dirigiéndome al gato negro que tenía tumbado a los pies.
No sabía por qué insistía en dormir en su forma felina algunas noches, aunque, siendo honesta, una parte de mí tampoco se quejaba.
Por mucho que prefiriera dormirme en sus brazos, también disfrutaba de tener aquella bolita pesada en mis pies.
Sus dientecitos de vampiro se veían cuando se tumbaba de espaldas, despatarrado en su forma gatuna sobre mi cama.
Una pata le colgaba del borde. El Damien felino era de lo más adorable.
Moví la mano para rascarle la cabeza y se frotó cariñosamente contra mi palma. Ahogué una risita.
—Eres bastante mono en esta forma, ¿sabes?
Se transformó en un abrir y cerrar de ojos, apoyado con el brazo sobre la colcha y con los colmillos todavía asomando por encima del labio inferior.
—¿Qué me dices ahora, brujita?
Al igual que la noche en la que lo eché de la cama de una patada, estaba totalmente desnudo. Yo llevaba mi camisón favorito, que no era muy sexi que digamos. Y con él tumbado sobre la cama de esa forma…
—¡Damien! —Me puse roja como un tomate y me tapé la cara con un brazo—. No puedes…
Me acarició el cuello con la nariz y pasó los colmillos por la piel sensible de la garganta.
—¿No puedo qué?
Me pregunté qué sentiría si me llegaba a morder.
Por lo que sabía, no necesitaba beber sangre.
Al menos, yo nunca lo había visto hacerlo.
Sin embargo, ¿esos colmillos afilados servían para otro propósito?
Cada vez que me rozaban la piel, mandaban un torrente de sensaciones directo a mi clítoris.
Como si pudiera explotar solo con que me tocara.
—Hacer eso.
Sin mirar, hice un gesto hacia su cuerpo.
Tampoco es que necesitara mirarlo para saber qué aspecto tenía su físico.
Había memorizado cada línea, había trazado cada uno de sus abdominales con la lengua.
Con él me había abierto más que con cualquier otro humano con el que me hubiera acostado en el pasado.
De todas formas, no le llegaban ni a la suela de los zapatos.
Mi demonio apasionado, cariñoso y meticuloso, que sabía exactamente cómo usar la lengua y los dedos.
Por no hablar de cuando utilizaba su magia.
En un instante, se había movido y me había aprisionado contra la cama con los brazos musculados colocados a mis costados.
—¿Y ahora qué?
—Por favor —gemí, aunque no estaba segura de qué estaba suplicando. ¿Que parara o que continuara?
Me besó en la garganta, su talentosa lengua me hizo revolverme en cuestión de minutos. Más. Necesitaba que me acariciara los pezones y el clítoris con sus sombras.
Me pregunté hasta qué punto podía hacer uso de sus poderes, es decir, de qué otras formas podría usar esos tentáculos de oscuridad sobre mi cuerpo. Dentro de mí…
Se le dilataron las aletas de la nariz, como si pudiera oler mi creciente excitación. Notar lo húmeda que me estaba poniendo solo con sus dientes y mis pensamientos obscenos.
—¿En qué estás pensando, brujita?
—En nada. —Me sonrojé mientras sacudía la cabeza.
Enarcó una ceja.
—Willow. —Apretó las caderas contra las mías y dejé escapar un gemidito—. Dímelo, preciosa.
Sacudí la cabeza y él empezó a subirme el camisón por las caderas para exponer mi ropa interior morada cubierta de fantasmas.
Se meció contra mi cuerpo para presionarse contra la tela fina mientras conectaba los labios con el pulso de mi cuello.
Arrastró los colmillos por la piel sensible…
, no lo bastante como para atravesarla, pero sí para hacer que me recorrieran escalofríos de placer.
—Dímelo —murmuró—, y te daré lo que quieres.
—Estaba pensando en cómo podrías emplear tus sombras. —Sabía que tenía las mejillas más encendidas que nunca—. Además de… ya sabes.
Él soltó una risa grave mientras me daba mordisquitos en la oreja.
—¿Quieres que te llene, preciosa? ¿Que estés tan colmada de mí que apenas puedas respirar?
—Sí —respondí con voz grave—. Eso quiero.
«¿Quién era esta chica y qué había hecho con Willow?», pensé. Jamás había tenido el valor para pedir lo que quería. Seguía dándome vergüenza, a pesar de que él tuviera que sonsacármelo.
Era como si hubiera vuelto a la vida solo porque él me había tocado. Y quería más, más y más. La pregunta era… ¿Alguna vez dejaría de desearlo?