Spooky love Damien
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Damien

Damien

La besé en la frente y la contemplé mientras dormía. Se la veía tan apacible, tan… tranquila allí, con la luz de la mañana bañándole la cara en oro, con una sonrisa serena. Era un ángel, una diosa. Un regalo que no merecía.

Nunca había imaginado lo maravilloso que era despertarse así. Pasar la noche en los brazos del otro. No era nuevo en el sexo, pero la noche anterior… para mí fue como si lo descubriera por primera vez.

Le aparté el pelo de la cara y aguanté la respiración mientras ella se revolvía con suavidad.

—Hola —saludó con voz ronca de dormir.

—Buenos días. —Le besé la mejilla porque, aunque intentaba ser bueno, era difícil mantener las manos lejos de ella—. ¿Qué plan tenemos hoy?

Rodeé a mi brujita con el brazo. Willow estiró las extremidades y la sábana se retiró debido al movimiento, mostrando así sus bonitos pechos rosáceos. Se me hizo la boca agua.

—Mmm… —gruñó con voz aturdida—. Tengo hambre. ¿Y si desayunamos?

Acercó su cuerpo al mío y presionó los pezones contra mi pecho. Aguanté el gemido que aquella sensación me produjo e intenté centrarme en la mujer que tenía delante, en sus prioridades en lugar de en la erección que tenía por el mero hecho de sentir su cuerpo pegado al mío.

—¿Y la pastelería? ¿Vamos a ayudar a Luna?

Ella hizo un gesto.

—No, lo tiene todo bajo control. Me dijo que me tomase el día libre. —Se incorporó con un leve estremecimiento—. Igual sabía que me levantaría dolorida.

Dibujé una sonrisa diabólica.

—Sé exactamente lo que te puede ayudar.

Quería hacer que se sintiese mejor, ya que yo era la razón por la que se encontraba así. Me tomó por completo sin problema, así que no podía evitar sentirme plenamente satisfecho.

Tras quitarnos las sábanas de encima, la cogí en brazos.

Su cuerpo todavía desnudo me facilitó mucho lo que tenía planeado.

Las curvas suaves de Willow me presionaban, por lo que no pude evitar apreciar su figura y la suerte que yo tenía de que me hubiese elegido.

La dejé sobre la repisa del lavabo y lo preparé todo para ella.

Me acerqué a la enorme bañera con patas que tenía, abrí el grifo del agua y luego añadí algunos aceites y sales marinas para ayudar a sus músculos a relajarse.

Mientras iba llenándose, fui a por algunas velas y las repartí por todo el baño.

Encendidas, crearon un ambiente precioso, iluminándonos una vez que apagué la luz.

—Caray —soltó adormilada—. Menudo servicio.

—Tengo que cuidar de mi brujita —contesté antes de darle un beso en la frente y ofrecerle una mano para ayudarla a entrar en la bañera.

—Ohhh —gimió mientras se hundía en el agua caliente, cerraba los ojos y apoyaba la nuca en el reborde—. Si me mimas así, no podré dejarte marchar.

—Willow…

Odiaba que pensase que lo que había entre nosotros fuese temporal, que tuviese la más mínima duda sobre lo que yo sentía. Sin embargo, no podía contarle la verdad, aún era pronto.

—Ahora no —susurró la bruja—. Por favor.

Me quité los bóxers, me adentré lentamente en el agua detrás de ella y la abracé por la cintura.

No podía dejar de tocarla. Lo necesitaba, aunque solo fuera para calmar el instinto que, por dentro, me gritaba que era mía.

Quería reclamarla, marcarla para que todo el mundo supiera a quién pertenecía.

«Luego». No era el momento para eso. Todavía había muchas cosas que ella desconocía.

—¿Mejor? —pregunté mientras le masajeaba los muslos.

Willow gorjeó como respuesta afirmativa y dejó caer la cabeza sobre mi hombro. Cerró los ojos completamente relajada. Después de lavarle el pelo, nos quedamos en la bañera hasta que el agua se enfrió. Ninguno de los dos quería romper aquella burbuja perfecta.

Tenía razón. Podíamos hablar de todo luego. Solo quería disfrutar del tiempo que, por ahora, me quedaba con ella.

Abrió los ojos de par en par nada más entrar en la cocina.

—Cuando decías que sabías hacer el desayuno no era un farol.

Había freído unos huevos y algo de beicon, hasta había preparado unas tortitas de calabaza tras dejar que Willow se vistiese. Sabía que nunca saldríamos del dormitorio si me quedaba allí.

Recorrí su cuerpo con la mirada estudiándola. Se había puesto un jersey blanco muy cómodo, un vestido tipo peto color canela y se estaba recogiendo el pelo con un coletero de tela naranja y puntitos blancos.

—Hola —saludé con una pequeña sonrisa antes de que se colocase tras de mí y me envolviese el torso con los brazos.

—Hola —respondió a mis espaldas—. Me gusta verte en la cocina —murmuró.

—Vaya.

Me subió el ego. «A mí también». Más que nada porque me gustaba estar aquí. Fue increíble lo rápido que me había adaptado a esa casa y las pocas ganas que tenía de marcharme. No obstante, todo eso era por la bruja que me abrazaba desde atrás.

Me hubiese quedado el tiempo que ella hubiese querido. Un mes no iba a ser tiempo suficiente, fui consciente en aquel momento. Especialmente después de la noche anterior. Sentía que el vínculo que había entre nosotros iba fortaleciéndose con cada movimiento…

Me froté el pecho a la altura del corazón y solté un profundo suspiro de satisfacción. Nunca me había sentido tan en paz como aquí, con ella entre mis brazos.

—¿Mmm? —expresó Willow a modo de pregunta.

Yo solo negué con la cabeza.

—¿Comemos?

Me dedicó una amplia sonrisa y me cogió de la mano para llevarme hasta la mesa.

—Diosas, sí.

Willow se sentó en un extremo y me condujo hasta la silla que había justo a su lado.

A una parte de mí le gustó estar lo bastante cerca de ella como para presionar la rodilla contra la suya y no tener que perder el contacto visual ni por un solo instante.

Esa conexión prolongada entre los dos me hacía ronronear.

Mi brujita devoró las tortitas en un abrir y cerrar de ojos, sin apenas descansar entre un bocado y otro. Me terminé el plato con la misma rapidez, ya que los acontecimientos de la noche pasada me habían abierto mucho el apetito. Si íbamos a seguir ese ritmo, necesitaba alimentarme correctamente.

—Madre mía —gimoteó con la boca llena de tortitas—. Esto está de vicio. Me muero. —Se las zampó y dio un buen trago de leche antes de seguir hablando—. ¿Dónde has aprendido a hacerlas?

Me encogí de hombros.

—Cuando uno vive tanto tiempo, es difícil no aburrirse.

—Apoyé la barbilla en las manos mientras la observaba devorar el desayuno—.

Cada década elijo un pasatiempo nuevo para mantener el interés.

Sé tocar el piano, bailar, pintar… Aunque lo último no se me da muy bien.

—Arrugué la nariz—. Acabo con más pintura en la ropa que en el lienzo.

Se rio.

—Me encantaría haberlo visto.

—La mayoría de las cosas del mundo humano acaban llegando al nuestro, cosas de vuestra cultura.

Los demonios que trabajan aquí lo traen a su vuelta y, bueno…

—Me pasé las manos por el pelo y luego miré mi plato, ya vacío—.

Disfrutaba mucho cocinando, se me daba bien.

Aunque nunca le he pillado el tranquillo a la repostería.

Willow tenía la boca abierta antes de recomponerse.

—No pasa nada. De todas formas, no te gusta el dulce, ¿verdad?

Me incliné y le comí la boca, con lengua incluida. Sabía a tortitas, a sirope y a Willow. Casi gruñí del gusto al percibir su sabor explosivo en el paladar. Ella parpadeó cuando me aparté, tenía los ojos vidriosos y empañados.

—¿A qué ha venido eso?

Me lamí los labios antes de pasarle el pulgar por la comisura.

—Qué dulce —expuse con una sonrisa pícara—. A lo mejor sí que me gusta después de todo.

Se puso roja como un tomate y dio otro bocado a las tortitas. Una parte de mí sabía que debía levantarme y ponerme a limpiar, pero en lugar de eso seguí contemplando a mi bruja mientras comía. Se llevó otro trozo a la boca y dejé que el pecho me retumbase, lleno de deleite.

—¿Qué vamos a hacer hoy? Me he estado preguntando qué nos falta hacer de tu lista de actividades otoñales imprescindibles, cuántas lecciones me faltan por aprender.

Willow se me quedó mirando y me volví a frotar el pecho.

«Mierda. ¿Tanto se oye?». No podía controlarlo.

Una de mis habilidades como cambiante era modificar el cuerpo a voluntad, pero el instinto era un factor inevitable.

Los ronroneos surgían siempre que me sentía especialmente satisfecho o realizado.

No obstante, rara vez había experimentado ese nivel de satisfacción en el pasado. No antes de conocer a Willow.

—Bueno, ¿qué dices?

Parpadeó.

—Perdona, ¿sobre qué?

—Sobre los planes de hoy. Había pensado que, como todavía tenemos esas calabazas…

Sonreí señalando a las dos calabazas perfectas que esperaban a ser talladas.

Llevaban varios días sobre la encimera observándome como si estuviesen burlándose de mí.

Sí, había experimentado muchas cosas de la cultura humana, pero en el mundo demoníaco no tallábamos calabazas.

Y si eso significaba pasar más tiempo con Willow, con gusto lo aceptaría.

Aunque tuviese que ignorar las llamadas de Zain.

Mi misión parecía menos importante ahora que sabía con certeza quién se encontraba a mi lado. Mi hermano podía esperar un poco más.

—Oh. —Los ojos verdes de Willow se iluminaron de emoción—. ¡Sí! —Juntó las palmas de las manos—. Tenemos que hacerlo sin falta. Voy al ático a buscar la caja de herramientas para tallar.

—Te acompaño —sugerí al instante.

—No, déjalo. —Negó con la cabeza algo sobresaltada—. Aquello es un desastre. Están todas las cosas de mis padres y eso… Ya voy yo.

Me dio un beso a un lado de la cabeza y se levantó de la silla.

—Vale —solté en un suspiro. Quería ayudarla, pero no iba a presionarla—. Limpiaré lo del desayuno.

—Perfecto.

Willow me sonrió mientras dejaba los platos en el fregadero, antes de desaparecer de repente. Hoy no había nada que pudiese amargarme el día. No con Willow a mi lado.

Había pulpa de calabaza por todas partes. En toda superficie imaginable, incluido el pelo de Willow.

—¿Qué has hecho? —pregunté al tiempo que le limpiaba un chorretón de la mejilla—. ¿Volarla por los aires?

Ella se rio.

—A Luna le gusta usar las semillas y la pulpa para la repostería. Puede que haya… sobrevalorado mi magia.

Sonrió con cierta timidez, así que no pude evitar sostener sus mejillas con ambas manos. Me encantó poder rodearle la cara casi del mismo modo que rodeé sus pechos. Eran del tamaño perfecto, me cabían en las manos sin problema.

—¿Necesitas que te vuelva a lavar, brujita?

Me dedicó una sonrisa traviesa.

—¿Me vas a ensuciar primero?

Tras tragar saliva con dificultad, me obligué a no pensar en ello. Se suponía que estábamos tallando calabazas, no bautizando la mesa de la cocina.

—Luego —afirmé antes de coger una herramienta—. Primero vamos a tallar estas cosas.

—Claro. —Willow asintió y se puso detrás de mí—. Bueno… ¿y qué vas a hacer?

Negué con la cabeza.

—Es una sorpresa.

Tallar calabazas resultó ser más difícil de lo que parecía y estaba bastante seguro de que la mía era una absoluta mierda, pero al menos lo había hecho. Agradecí tener la oportunidad de probar actividades nuevas, cosas que jamás había tenido ocasión de hacer en el mundo demoníaco.

Desde luego no teníamos calabazas tiradas por allí esperando a que las tallásemos.

—¡Tachán! —Willow le dio la vuelta a su calabaza para mostrarme el lado opuesto—. ¡Eres tú!

Había tallado un gato entero, con cola y ojos brillantes. Me puse a reír.

—Es… increíble.

—¿Qué has hecho tú? —insistió, acercándose para ver la mía.

Con cierta vergüenza, me aparté para revelar mi diseño.

—Sé que no está muy logrado, pero…

—¿Un árbol? —Hizo cara rara—. ¿Por qué?

—Se supone… que es un sauce, como tu nombre —expliqué medio encogido.

—Oh. —Nuestras miradas conectaron y detecté cierto rubor en sus mejillas—. Eso es… Vaya, Damien. —Se llevó ambas manos al corazón—. Nadie había hecho algo así por mí.

La estreché entre mis brazos y le di un beso en la frente.

¿Cómo podía decirle que yo me sentía igual?

Nadie se había preocupado tanto por mí jamás.

Nadie me había hecho sentir como ella. Era una locura porque apenas nos conocíamos de un par de semanas, pero ya me sentía mucho más cerca de ella que de cualquier otra persona que hubiese en mi vida.

Mi hermano era el único con el que podía tener un vínculo parecido y, aun así, no éramos realmente amigos.

A veces parecía más bien una relación empresarial.

—Te lo mereces —respondí en su lugar—. Además, tú has hecho lo mismo por mí.

Las mejillas se le ruborizaron todavía más.

—Sí, supongo que sí.

Me incliné y la besé en la boca, un beso suave para transmitirle mi gratitud, aunque poco a poco la intensidad fue aumentando. Le pasé las manos por la melena y me deleité con la suavidad de los mechones al deslizarse entre los dedos.

—Damien —murmuró ante mis labios—. Quiero…

—Lo sé —coincidí.

La levanté por las caderas y gocé del contacto de su cuerpo cuando me rodeó con las piernas para aferrarse al mío.

La llevé al dormitorio mientras la erección, cada vez más dura, le presionaba el abdomen. Entonces, le quité la ropa y nos perdimos el uno en el otro. En esos sentimientos que aún no sabía reconocer por completo.

Éramos insaciables, como si la noche anterior solo hubiese prendido un fuego dentro de nosotros imposible de sofocar. Una vez no iba a bastar.

Nunca iba a ser suficiente.

—Necesito más tiempo.

Odiaba tener que rebajarme de esa manera, tener que suplicárselo, pero no tenía otra opción. Necesitaba más tiempo con Willow. Aún no podía dejarla marchar.

Por eso estaba aquí, de rodillas, poniéndome en una posición que había jurado no adoptar nunca por mi hermano.

Zain se cruzó de brazos y enarcó una ceja.

—¿Por qué? ¿De qué tienes miedo exactamente, hermanito?

Apreté los dientes.

—Sabes muy bien de qué tengo miedo.

—La necesito —expuso en un suspiro—. No puedes mantenerme alejado para siempre.

—Solo… dame hasta Halloween, por lo menos. Por favor. Willow necesita a su hermana.

—Está bien. —Mi hermano agitó la mano para que me retirase—. Tienes hasta entonces.

Cerré los ojos y dejé que las sombras me llevasen a casa.

A Willow.

Al único lugar en el que quería estar.