Willow
Willow
—Willow. —Su voz era una caricia sobre mi cuerpo y abrí los ojos entre pequeños pestañeos.
¿Cuánto había bebido? No tanto como para que tuviera algún impacto en mi juicio. No lo suficiente como para que evitara desear aquello.
«A él».
Me había estado observando toda la noche. Igual que yo lo había estado observando.
Dejé el bolso en la mesa de la cocina, con las llaves y todo lo demás. Me pregunté si podría escuchar lo rápido que me latía el corazón con sus sentidos de demonio. Si se me aceleraba el pulso un poco más, se me iba a salir del pecho.
Desde mi posición podía ver a través de las enormes ventanas que daban al patio trasero, iluminado solo por la luz de la entrada.
Incluso sin mirarlo, podía sentir su presencia a mis espaldas. Las sombras de Damien se me enredaron por el brazo. El tentáculo danzaba sobre él con un movimiento íntimo, como si él mismo estuviera deslizándome un dedo por la piel desnuda…
Cerré los ojos y me estremecí por el leve contacto.
—Brujita… —comenzó, aunque antes de poder terminar la frase, me di la vuelta y me pegué a su cuerpo.
Era mucho más alto que yo, así que juntar las bocas era todo un reto. Damien se inclinó y tomó mis labios con los suyos. Entonces, todo volvió a encajar de golpe.
El beso se tornó más profundo al instante, más frenético.
«Joder». Besar a otra persona jamás se podía comparar con besar a mi demonio.
Sabía cómo utilizar la lengua a la perfección y casi me hizo gemir contra él.
Esa forma en la que me persuadía para que abriera la boca para él, en la que me lamía el interior y me daba mordisquitos juguetones en los labios…
¿No era de lo más injusto? Había vivido mucho más tiempo que yo. Por supuesto que habría besado a muchísimas mujeres. Esa idea me hacía querer echar un mal de ojo a alguien, porque no me gustaba pensar en otra persona tocándolo. En sus labios sobre otra.
Pero, entonces, me rodeó el culo con las manos para levantarme y pegarme a su cuerpo, quitándome toda la capacidad de razonar.
Mi voz me traicionó, dejé escapar un gemidito cuando su erección rozó mi entrepierna mientras él me aprisionaba contra la pared. Me volvió a tomar con su boca, exploró cada centímetro, como si intentara aprendérsela de memoria. Cada caricia de su lengua contra la mía solo me excitaba más.
Pasé los dedos por su longitud.
Estaba dura por mí. Este hombre, este demonio, me deseaba.
Quizá fuera esa idea lo que me volvió más descarada, más lanzada, ya no me importaba nada. Solo quería más. Lo necesitaba.
Él emitió un sonido grave y estruendoso desde su garganta cuando subí la mano con la intención de desabrocharle los pantalones.
Parpadeé.
—¿Acabas… de gruñirme?
—Brujita —farfulló con los dientes apretados—. Te sugiero que pares si no quieres que esto vaya más lejos.
Canturreé como respuesta abarcándolo por completo con las manos.
—¿Y qué pasa si no quiero parar?
Deslicé un dedo por su impresionante envergadura.
Joder, nunca había tenido tantas ganas de tener a alguien dentro de mí.
Damien se acercó lo suficiente como para acariciarme la oreja con los labios.
—Entonces, te voy a llevar a la cama, Willow. Y no voy a poder contenerme. —Me enterró la nariz en el pliegue del cuello—. No cuando hueles tan bien.
Me besó justo en ese lugar y dibujó una línea hacia mi mandíbula con los labios. Cada caricia era como si me marcara a fuego la piel.
Lo anhelaba. Quería que me marcara, que la gente supiera que era suya. No quería tener que ocultar lo que este hombre significaba para mí, porque empezaba a preguntarme si alguna vez había vivido de verdad antes de que él llegara a mi vida.
—No quiero que te contengas —susurré mientras le deslizaba las manos por la espalda y él lamía el lugar donde me latía el pulso—. Te deseo —gemí.
No podía aguantarlo más.
Cuando se apartó, sus ojos rojos brillaban con ansia.
—Joder. —Se liberó de toda pretensión (supongo que se la había dejado en el bar), y me miró, quizá más demonio que hombre, pero me encantaba—. ¿Quieres que te folle, Willow?
—Sí —admití, y, entonces, volví a pisar el suelo, me dio la vuelta y noté su aliento en el cuello.
Damien dio un paso adelante y me bajó poco a poco la cremallera del vestido. Siendo sincera, solo me lo había puesto por él. Claro que me gustaba arreglarme, pero la forma en la que me había mirado… Nunca me había sentido más guapa o deseada.
Había descubierto que me gustaba eso de él. La forma en la que podía encenderme el cuerpo entero con solo un beso o simplemente tocarme.
Me dio un beso en el hombro descubierto mientras me bajaba el vestido por la espalda.
Me dejó solo con el sujetador y las bragas de encaje ajustadas a la cadera que me había puesto en el último momento.
Con dedos ágiles, se apresuró a centrarse en el enganche del sujetador y se me endurecieron los pezones en cuanto el aire frío los tocó.
Normalmente, habría tratado de ocultarme, pero ¿cómo iba a hacerlo al ver la forma en la que me miraba? Como si fuera algo que se debiera adorar, venerar.
—Joder. Eres perfecta. —Subió las manos para acunarme los pechos. Cuando me pasó el pulgar por el pezón me estremecí de placer.
La lujuria me estaba quemando viva. Jamás me había sentido de esta forma con nadie, este anhelo que sentía por él y que me envolvía el alma.
—Ábrete de piernas para mí —murmuró Damien mientras se inclinaba para volver a capturar mis labios y colaba los dedos, inquisitivos y minuciosos, por debajo del elástico de las bragas.
Yo hice caso de buena gana. ¿Cuándo había sido la última vez? Meses. Quizá años.
—Qué mojada estás, preciosa —arrulló mientras acariciaba mi entrada con los dedos—. ¿Es por mí?
La única respuesta que le proporcioné fue un gemido de afirmación mientras deslizaba un dedo en mi interior. Llevaba volviéndome loca toda la noche, provocándome con caricias persistentes y miradas fogosas.
No pude contener la voz cuando añadió otro dedo y exploró mis pliegues. Intentaba buscar ese lugar que sabía que me volvería loca.
—Damien —supliqué, mis jadeos cada vez más intensos mientras me rendía ante el placer cada vez más ardiente. Había una parte de mí que apenas era consciente de la fuerza con la que le agarraba los hombros, ya que me temblaban las piernas.
Me aparté un poco de él, recobré un poco la consciencia al verlo. Él seguía completamente vestido y estábamos en medio del pasillo. A pesar de las ganas que tenía, no quería que nuestra primera vez fuera contra la pared. O en el suelo.
—La habitación —jadeé a la par que apoyaba la frente en su pecho.
¿Es una invitación? , pensó, y casi pude notar la sonrisa traviesa en su rostro.
Podría dormir en mi cama para toda la eternidad si continuaba haciendo ese movimiento con los dedos. Jadeé. Sí. Por favor . De todas formas, ya no quería que durmiese en el sofá. Sentí su ausencia en cuanto sacó los dedos del interior, empapados con mis fluidos.
—Me muero de ganas de probarte —musitó, y se chupó los dedos para saborearme mientras mantenía el contacto visual.
Solté un gemido mientras se daba un último lametón en los labios.
—Qué dulce —dijo en voz baja. Entonces me levantó y me llevó en brazos hacia la habitación.
Yo estaba ansiosa, me revolvía por la necesidad después de que me hubiera estado provocando de esa manera.
Damien me dio una palmada juguetona en el culo.
—Quieta.
Jamás me había puesto cachonda que me dieran un azote, pero la expresión que mostraban sus ojos… «Vaya tela».
El demonio devoró el espacio con sus largas piernas y pegó una patada a la puerta para abrirla antes de dejarme sobre la cama. Sus ojos eran meras rendijas mientras me recorría con ellos el cuerpo desnudo, desde la línea del cuello a las tetas y después a las bragas que todavía me cubrían.
—¿Qué he hecho yo para merecerte? —farfulló, despojándose de la ropa a toda prisa. No apartó los ojos de mí mientras dejaba caer cada prenda al suelo; lo único que se dejó puesto fueron los bóxers. La silueta de su miembro erecto presionaba la tela, suplicaba que lo liberaran.
Me incorporé y alargué la mano hacia el elástico de la cintura, lista para devolverle el favor que me había hecho. Deslicé los pulgares a cada costado de su ropa interior y la bajé, liberando su polla con entusiasmo.
Al palparlo antes por encima de los pantalones me había hecho una idea de su tamaño, pero…
al notarlo así de erecto, abrí los ojos de par en par.
La tenía más grande que cualquiera con el que hubiera estado antes y, de repente, me pregunté qué sabor tendría.
Pasé un dedo por el miembro duro y contemplé cómo se estremecía bajo mi tacto.
Eso me gustaba.
Sin embargo, Damien chasqueó la lengua contra el paladar y me agarró de las manos antes de que pudiera jugar más con él.
—Tranquila, brujita. Tengo más planes para ti.
Fruncí el ceño.
—Pero…
Damien volvió a emitir un chasquido con la lengua para silenciarme y me empujó contra la cama para enredar la mano por mi ropa interior.
Esperaba que me la bajara o que la deslizara lentamente para quitármela, pero, en lugar de eso, en un movimiento fugaz que me dejó mareada, la arrancó con una sonrisa diabólica.
—Me gustaban —me quejé con el ceño fruncido.
Sacudió la cabeza con travesura.
—Te compraré unas nuevas. Ahora sé buena chica y deja que te coma el coño, Willow.
Se me encendieron las mejillas mientras tiraba de mí hacia el borde de la cama, en una posición en la que pudiera arrodillarse delante de mí.
Colocó la cabeza en mi entrada, me agarró fuerte de la cara interna de los muslos y los separó con brusquedad.
Enterró la cara entre mis piernas y la primera pasada de su lengua contra el clítoris hizo que me recorriera un escalofrío.
Gruñó mientras me daba lametones, como si no pudiera saciarse de mi sabor.
Estás tan dulce , dijo su voz en mi mente.
—Damien —supliqué mientras él giraba la lengua, me lamía y me torturaba al no proporcionarme la presión que necesitaba—. Necesito…