Spooky love Willow #2
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Willow #2

—Chist, preciosa —arrulló mientras volvía a deslizar los dedos hacia dentro. Esos tan sabios que movió contra mis paredes mientras él seguía prestándole atención al clítoris con la lengua—. Yo te daré lo que necesitas.

No contuve la voz, ni los soniditos que me hacía emitir con cada movimiento.

Tampoco retuve el gemido cuando me succionó el clítoris.

Era un no parar de sensaciones que se abrían paso como un torbellino en mi interior y yo estaba muy cerca…

Damien levantó la vista. Sus ojos conectaron con los míos, aunque estuviera arrodillado entre mis muslos.

—Quiero que te corras para mí, Willow. Deja que lo note en la lengua.

Esta vez, me penetró con la lengua a toda velocidad, me saboreó y subió el pulgar al clítoris para acariciarlo en círculos a la par que exploraba mi interior.

—Ay, Dioses.

Me dedicó una sonrisa malévola.

—Aquí no hay ningún dios. Solo tu demonio.

Mi demonio. Me daba igual lo que pensaran los demás. Era mío. Fue esa idea lo que me hizo caer por el abismo, con su lengua dentro y esos dedos talentosos haciendo que me corriera con más fuerza de lo que creía que lo había hecho en mi vida.

Damien se apartó con los labios inflamados y restos de mí todavía reluciendo sobre ellos. Me sonrojé.

—Joder, brujita. Ha sido…

Me dio un beso en el interior de los muslos antes de levantarse. El corazón me seguía yendo a mil.

—Sí.

No tenía palabras, jadeaba por el esfuerzo del orgasmo. Nadie me había hecho correrme tan deprisa y pensé que tal vez todo se debía a él. Al hecho de saber que era él quien estaba jugando con mi cuerpo, haciendo que ardiera en llamas…

Me incorporé y lo miré mientras alargaba el dedo para limpiarle las gotas de lujuria que manaban de su pene. Lo quería dentro de mí, quería saber qué se sentía al unirnos. Estaba tan duro que su glande casi lloraba y suplicaba que le permitiera aliviarse.

—Mierda —espeté, pues me vino algo a la cabeza de repente—. No tengo…

«Protección».

¿Cuándo había sido la última vez que la había necesitado? Había estado demasiado ocupada para salir con alguien e incluso la idea de traerme un hombre a casa no se me había pasado por la cabeza desde hacía una eternidad.

Damien parecía sufrir. Se envolvió el miembro mientras lo apretaba levemente.

—No tenemos por qué hacerlo.

—Me estoy tomando la píldora —comenté en voz baja mientras alargaba la mano para enredarle los dedos en el pelo, quería estar más cerca de él—. Y no tengo nada. Así que…

Centré la mirada en su mano, en cómo se estaba dando placer con ella lentamente. Jamás lo había hecho sin condón antes, ni siquiera con alguno de los humanos con los que había estado. Sin embargo, había algo diferente en estar con él, en ser nosotros, que hacía que no me importara.

Gruñó.

—No quiero nada que nos separe. No la primera vez. No cuando…

Gruñó otra vez como afirmación y apoyó la frente en la mía, me dio un beso salvaje y nuestras lenguas se enredaron. Pude saborearme en su boca.

—Por favor, Damien —supliqué—. Te necesito.

Me recostó contra la almohada y yo moví las caderas al tiempo que él se colocaba en mi entrada, sin darme lo que yo quería. Su cuerpo entero engulló mi silueta y apenas pude tomarme mi tiempo para deleitarme ante la imagen, pues estaba ansiosa.

—Paciencia, preciosa. —Sacudió la cabeza, lo que hizo que el pelo le cayera sobre la frente—. No quiero hacerte daño.

Le aparté algunos mechones sudorosos con la mano, disfrutando de la sensación de su pelo suave contra la piel.

—No lo harás —prometí—. No serías capaz.

Incluso en el corto periodo de tiempo que lo conocía, estaba segura de que eso era verdad. Él cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, el iris rojo se había transformado prácticamente en negro.

—¿Estás segura?

Asentí mientras le rodeaba el cuello con los brazos. Eso fue todo lo que necesitó para entrar en mí de un empujón lento, centímetro a centímetro de tortura.

—Joder —gruñó entre dientes—. Estás muy apretada.

—Solo —gemí— porque tú la tienes enorme.

«Joder».

Básicamente, me había llenado y ni siquiera estaba del todo dentro.

«Más». A pesar de sentirme tan plena, quería más. Moví las caderas contra las suyas de manera involuntaria e hice que se hundiera más profundo. Podía sentir cómo me amoldaba a su alrededor, la sensación de estar llena se incrementaba a medida que me iba penetrando poco a poco.

—Mira, me estás recibiendo de maravilla —me halagó con los ojos clavados en el punto en el que nuestros cuerpos se conectaban. Mi cuerpo lo rodeaba, se comía su polla con avaricia.

Se quedó quieto para dejar que me ajustara a su longitud. Cuando el leve dolor se esfumó, lo reemplazó una sensación de placer cada vez más intensa.

—Willow. —Su voz sonaba grave y ronca en mi oído—. Voy a moverme.

Damien me besó antes de retirarse casi hasta la punta y volver a hundirse de lleno, enterrándose hasta el fin. Yo estaba muy mojada, él ya me había ayudado antes a generar toda la lubricación que necesitaba.

«Sí, sí, sí». Coreaba, no tenía muy claro que estuviera formando palabras coherentes llegados a ese punto. Lo único que sabía es que nunca había sentido algo así. Tan sucio. Y, aun así, estaba disfrutando de cada momento.

El único sonido que llenaba el cuarto era nuestra piel al chocar la una con la otra, mis gemidos cada vez que acertaba en el punto exacto de mi interior y sus gruñidos cuando se centraba solo en mi cuerpo. El delicioso movimiento de su polla al deslizarse dentro y fuera de mí era demasiado, aunque…