Damien
Damien
«Estás preciosa». Las palabras que le debería haber dicho a Willow antes, cuando la vi de pie en su baño. El vestido negro que llevaba dejaba a la vista la piel suave y clara de su espalda. En lugar de eso, casi la obligué a que me llevase con ella.
«Joder. ¿Tan difícil era pronunciar esas palabras?». Las tuve en la punta de la lengua durante toda la semana. Pero siempre se desvanecían en cuanto ella estaba cerca.
Los mechones castaños de su pelo atrapaban la luz mientras bailaba con Luna.
El mero hecho de imaginarme a alguien tocándola hizo que una arruga cruzase mi frente.
No debía ser tan posesivo, pero verla moviendo las caderas, pensando que cualquier otra persona pudiese apropiarse de lo que era mío…
, era suficiente como para que frunciese los labios.
—Joder —susurré para mí mientras veía bailar a las dos.
—¿Le pongo otra, caballero? —preguntó el camarero, la rechacé con la cabeza.
Llevaba toda la noche bebiendo de la misma copa y no pensaba emborracharme. Bajo ningún concepto iba a arriesgarme a que algo malo le pasase a Willow… o a su hermana.
Tomé otro sorbo mientras las dos chicas seguían bailando.
Llevaban toda la noche pinchando canciones típicas de Halloween.
Algunas las conocía y otras no las había oído en mi vida.
Aunque no estaba muy puesto en la cultura humana en general, especialmente con las festividades, había pasado bastante tiempo en bares durante esta misión.
Al menos eso no era tan distinto del mundo demoníaco.
Y, precisamente, era la razón por la que no les quitaba el ojo de encima. Ni por un solo segundo.
Una parte de mí había tenido la esperanza de encontrar a la chica que andaba buscando en una de ellas, pero solo conseguí que me lanzasen una maldición.
La maldita bruja que nada más verme hablando con su hermana decidió que yo era una amenaza.
Bueno, me lo merecía. Y más, teniendo en cuenta que la chica que buscaba estaba ahora mismo junto a Willow.
Había estado allí desde el principio, como si el destino estuviese esperando a que las encontrase a las dos.
«Diosas. Su hermana».
¿Cómo iba a explicárselo todo? Froté el borde superior del vaso con el pulgar. Lo había estado haciendo muy bien durante toda la semana. Había intentado establecer una relación con ella, procurando conocerla.
Vi las películas humanas que ella veía y me habló de su pasado, cómo fue crecer en este lugar, la relación que tenía con su aquelarre y su hermana.
Me contó que se había planteado mudarse a otro sitio al terminar la universidad.
No pude escucharla hablar de los chicos humanos con los que había estado sin que las venas se me hinchasen de la rabia.
Los celos que me sobrevinieron de repente eran casi asfixiantes.
No podía apartar la mirada de ella.
El pelirrojo de la biblioteca se acercó a mi bruja, lo que casi consiguió que se me erizase el vello de los brazos. El cuerpo me atizó para que la defendiera, para que la reclamase públicamente. Para dejarle claro al mundo que era mía.
Me levanté de la silla antes de saber qué estaba haciendo y presioné el cuerpo de Willow contra el mío. La cubrí con mi olor.
Inclinó la cabeza para mirarme y le vi las mejillas sonrosadas. Mierda, eso me gustaba. ¿Cómo había aguantado toda la semana sin tocarla, sin fundir sus labios con los míos?
—Está conmigo —repetí mientras el joven brujo alternaba la mirada entre los dos.
—Perdona, Willow. —Se le veía avergonzado—. No sabía que estabas con alguien.
Ella se encogió de hombros.
—No pasa nada.
El muchacho le dedicó una sonrisa triste antes de darse la vuelta e irse hacia el otro lado de la pista de baile abarrotada.
—¿Quieres beber algo? —le susurré al oído.
Al apartarme, le rocé el cuello con los labios.
Ella asintió y me respondió con un murmullo. Tenía hasta las puntas de las orejas ligeramente rojas. Deslizó la mano dentro de la mía y me condujo a través de la pista.
Willow se sentó en un taburete con las manos todavía entrelazadas y yo me senté a su lado. Recorrí con la mirada sus mejillas coloradas y aquellos ojos titilantes mientras ella pedía otra copa. Ojalá pudiese al menos memorizar todo aquello para no olvidar nunca este momento. O a ella.
En cuanto tuvo el cóctel en sus manos, se giró en mi dirección con los ojos relucientes.
—Hola.
—¿Qué tal? —contesté casi con voz ronca.
Seguía lidiando con el ímpetu que había sentido antes, la necesidad de afirmar que era mía delante de los demás. Su olor me saturaba las fosas nasales y quería que penetrase aún más. En mis pulmones, quizá, enterrado bajo la piel. Mi naturaleza era difícil de negar.
—Perdona si te resulta aburrido —se disculpó con el ceño fruncido.
En absoluto. No cuando había sido incapaz de apartar la mirada de ella en toda la noche.
—Tú nunca me aburrirías —contesté. A la mierda todo. No me gustaba la distancia que había surgido en la última semana, así que ya iba siendo hora de ser sincero—. Además, está siendo… instructivo.
Observarla. Ver cómo se soltaba la melena.
—¿Ah, sí? ¿Y los demonios también os emborracháis? —preguntó Willow en voz alta con los ojos bien abiertos y fijos en mí antes de sorber su bebida con una pajita.
—Pues claro.
Miré en derredor. Por suerte, nadie nos estaba prestando atención ni había oído aquello, porque podríamos habernos metido en un aprieto.
No porque me preocupase que fuese a pasarme algo.
Lo último que quería era que alguien le plantase cara a Willow por mí.
La idea de darle problemas a ella solo por mi identidad…
no me gustaba. Sin embargo, aquí estaba yo, siendo un malnacido egoísta que no conseguía alejarme de ella…
pero no quería mancillar su reputación. Porque saltaba a la vista lo mucho que la apreciaban los demás, estuviera yendo y viniendo por el bar o en su pastelería.
Jamás había visto un pueblo como este en el mundo demoníaco.
No es que no hubiese comunidades ni poblaciones en las que los demonios viviesen con su verdadera forma y libres de vivir sus vidas, pero la mía había sido apática.
Carente de emociones, a veces resultaba hasta irrelevante.
Había perdido a mi madre siendo muy joven.
Mi padre…, bueno, el Rey Demonio tenía sus propias preocupaciones y yo no formaba parte de ellas.
No, ese honor lo tenía mi hermano mayor. El heredero.
Me restregué la cara con la mano. Ella había perdido a sus padres y, aun así, siempre era amable, atenta y generosa.
Nunca había conocido a una mujer que me cautivase de la misma forma que Willow.
No podía parar. No podía apartar la vista ni evitar que mi cuerpo desease tocarla, envolver el puño con esos rizos castaños sedosos y…
La mano de Willow aterrizó en mi muslo, sacándome de mi ensimismamiento.
—¿Qué?
Posé la mirada en la barra, donde vi su copa vacía. Hacía tiempo que me había terminado la mía, así que ya no tenía excusa para estar de mal humor.
—¿Bailamos?
Me ofreció la mano. La música se había ralentizado, ya no era uno de esos exitazos con los que había estado moviendo las caderas.
Pensé lo bien que me sentí el otro día cuando bailé con ella entre mis brazos.
Sabía que era peligroso y que nada bueno podía salir de aquello, pero no podía negarme. Era incapaz de rechazar su oferta.
—Por supuesto —musité antes de cogérsela.
Siempre me sorprendía lo pequeñas que eran sus manos comparadas con las mías. Me asombraba que pudiera envolverla completamente con la mía. Con todo, cuando entrelazaba sus dedos con los míos, encajaban a la perfección.
Sí. El cuerpo entero se le estremeció cuando la rodeé por la cintura y la acerqué.
—Esta noche estás preciosa —le susurré al oído. Al fin pronuncié lo que llevaba horas deseando decirle.
—Gracias. —Meneó la cabeza con un bonito rubor en las mejillas—. Tú también estás muy bien.
Apenas había prestado atención a lo que me había puesto cuando me contó el plan de esa noche. Estaba demasiado concentrado en su espalda desnuda mientras le subía la cremallera del vestido, pensando lo bien que se adaptaba a sus curvas. Le venía como un guante. Estaba deseando palparlo entero.
Una sombra lóbrega al fondo del bar me llamó la atención. Una especie de alarma se me disparó dentro de la cabeza, aconsejándome que la investigara y averiguara qué estaba pasando.
Sin embargo, Willow me rodeó con los brazos y dejó de importarme todo.
Al contrario que en el festival, donde le hice dar vueltas por toda la estancia realizando pasos de baile intrincados, simplemente nos cogimos el uno al otro y dejamos que la música nos meciese. Me gustaba demasiado.
Por eso tenía que ir de frente.
—Willow… —suspiré, tras decidir ser sincero—. Siento mucho lo de esta semana.
Parecía confundida.
—¿Por qué? Creía que nos lo estábamos pasando bien. —Inclinó la cabeza hacia un lado—. Que nos estábamos conociendo. Ya sabes.
—Es verdad, y me ha gustado ver películas humanas y escuchar tus historias.
—Demasiado. Me había gustado demasiado—.
Pero he estado evitando… esto, y creo que no es justo para ti.
—Tragué saliva con dificultad, pues los dedos me hormigueaban bajo el deseo de hundirlos aún más en su piel—. Para ninguno de los dos.
—No —confirmó—, no lo es.
—Pero…
Le agarré la cadera con más fuerza para acercármela todavía más. Dejé que el aliento le rozase la oreja y observé cómo le hizo temblar.
Tenía los ojos cerrados cuando murmuró con suavidad.
—¿Pero?
—Pero estoy harto de contenerme, de aparentar que no te deseo. De fingir que no conozco el sabor de tu boca, de fingir que no quiero volver a hacerlo.
Los ojos de Willow se abrieron de golpe. La mano que tenía apoyada en mi hombro se movió para aferrarse a la chaqueta.
—¿En serio?
Le rocé el cuello con los labios, el beso más sutil y tenue que pude brindar a aquella piel perfecta.
—En serio.
Cuando me erguí y volví a mirarla, sus ojos parecían ser víctimas de algún hechizo.
—Qué bien. —Soltó una risita—. Porque yo me siento igual.
La miré a los ojos. Eran grandes, pero las pupilas no estaban dilatadas en exceso. No parecía que estuviese borracha, lo cual significaba… que lo que decía era verdad. Me deseaba tanto como yo la deseaba a ella.
—¿Vamos a casa? —susurró Willow con ojos brillantes—. Porque me muero de ganas de besarte ahora mismo.
—Sí.
Joder, me encantó oír aquello. A casa. En ningún otro lugar me había sentido más en casa que en la suya.
Estaba a punto de perder el control, de dar rienda suelta a cada pensamiento y deseo. ¿Qué diablos hacíamos todavía allí?
—¿Luna estará bien? —pregunté mientras miraba a su hermana, que charlaba con otra bruja en la barra.
Willow asintió.
—Ya es mayor, puede cuidarse sola.
Y antes de que alguno de los dos pudiese articular otra palabra, la tenía cogida de la mano y la conducía hacia el exterior.