Willow #2
Era viernes, la gran noche de Luna y mía en El Caldero Encantado. Me di la vuelta para mirarlo y se me desencajó la mandíbula.
Abdominales. Músculos. Toalla alrededor de la cintura.
«Ay, Diosas».
Se me secó la boca. Ya lo había visto sin camiseta antes, aunque fuera bajo el manto de la oscuridad y solo viera una simple silueta. Sin embargo, esto era… Cerré los ojos.
—¿He adoptado un demonio o un puto dios?
—murmuré entre dientes con los ojos todavía pegados a sus músculos.
A esos abdominales por los que quería pasar la lengua (muchas veces, si conseguía salirme con la mía).
Sobre todo, después del beso de la semana pasada.
No había sido suficiente, quería más. Ningún ser debería tener ese aspecto.
Y menos cuando yo me estaba esforzando tanto por ser buena.
Había una parte de mí que se sentía como una bestia en celo cada vez que lo veía.
Solo hacía falta una mirada suya para empaparme entera. Era bastante injusto.
No obstante, era básicamente mi compañero de piso, mi amigo, y se iba a marchar. Solo me había prometido un mes y… ¿cuánto de ese tiempo nos quedaba?
No podía pedirle que se quedara.
Sí, habíamos acabado estableciendo una especie de rutina a lo largo de esta última semana. Yo me iba a trabajar y me quedaba en la pastelería hasta bien pasada la tarde antes de volver a casa y hacer la cena.
Damien… Bueno, a saber lo que hacía durante el día. Aun así, por la noche, nos sentábamos en el sofá con un almohadón entre los dos y veíamos cualquier película de Halloween que echaran por la tele.
En realidad, todavía no sabía muy bien qué pensar de mi inesperado invitado en muchos ámbitos. En especial, después del beso. Aunque no había pasado nada más.
Damien no me había vuelto a besar. Apenas nos habíamos tocado desde que volvimos a casa del festival. Él no había hecho ningún avance. A veces, cuando me miraba, yo advertía que bajaba la mirada a mis labios. O percibía el calor en sus ojos.
Y, a pesar de todo, el resto de la semana no habíamos hablado del tema. Yo estaba harta de andarme con pies de plomo, de fingir que no había un fuego entre nosotros que no podía explicar.
—Por ahí —respondí con un resoplido mientras me daba por vencida con la cremallera. Puede que fuera una noche temática, pero quería estar guapa. Sentirme bien. Desde luego, no era por el hombre que ahora mismo estaba de pie a mis espaldas.
—A ver —dijo acercándose a mí por detrás—. Déjame.
Nuestras miradas se encontraron en el espejo mientras me subía la cremallera poco a poco y su aliento me acariciaba la nuca. Toda la acción duró seguramente unos segundos, fue un momento privado e íntimo, así que no sabía qué pensar al respecto.
—Em… —Me pasé las manos por encima del vestido negro ajustado—. Gracias.
Tenía la voz ronca.
—De nada.
Me coloqué los pendientes largos de fantasmas en las orejas y me miré en el espejo. A ver, era desenfadado más que aterrador, pero me veía mona. Añadiría mi sombrero favorito y un par de tacones.
Damien se apoyó en el marco de la puerta otra vez.
—¿Debería preocuparme? ¿Dónde vas así vestida?
Subí la mirada para encontrarme con la suya en el espejo.
—Voy al bar. Luna quería salir. —Me mordí el labio—. ¿Por qué? ¿Te preocupa que alguien vaya a robarme el corazón?
Por la forma en la que se encendieron sus ojos quizá fuera justo eso lo que le preocupaba. Y, por alguna razón, me gustó haberlo puesto celoso con un simple comentario.
—Voy contigo —anunció. Su tono no daba lugar a protestas.
Enarqué una ceja y miré su cuerpo todavía desnudo.
Igual deberías vestirte primero , advertí.
Se vistió en un abrir y cerrar de ojos, literalmente, con un chasquido de los dedos, y se puso una camisa de vestir y un par de pantalones. Algún día tenía que preguntarle cómo lo hacía. Dónde guardaba sus pertenencias para poder recuperarlas sin parpadear.
Estuve pensándolo durante un rato mientras intentaba ignorar la verdad que no se me iba de la mente: que, de alguna forma, estaba más guapo con prendas de vestir que con solo la toalla.
Me fijé en Damien, quien estaba sentado en la barra mientras mi hermana y yo bailábamos.
Quizá había sido una elección muy evidente poner The Monster Mash durante la noche de los espíritus malignos, pero encajaba a la perfección.
—¿Sabes? Está buenísimo —gritó Luna por encima de la música—. ¿Por qué no sigues adelante a ver qué pasa?
Sacudí la cabeza.
—No se va a quedar para siempre. ¡Solo somos amigos! ¡Compañeros de piso! —Odiaba esa idea. Era solo temporal—. Y yo… no quiero empezar nada que vaya a terminar.
No me había dado cuenta de que me sentía así hasta que pronuncié las palabras, aunque, tal vez, esa fuera la razón por la que había dejado que se formara un muro entre nosotros aquella última semana. Sí, vale, se había quedado, pero ¿por cuánto tiempo?
Distanciarme era lo más seguro.
Volverlo a besar… no.
—Vale, aun así, ¿la forma en la que te mira? Joder. —Se abanicó con la mano.
Estaba bastante segura de que ella ya se olía quién era él, sobre todo después del comentario que me hizo al principio de la semana en la pastelería, pero me pregunté si sabría toda la historia.
¿Sabría que era el gato que había dejado que se le restregara por las piernas hacía solo unos días?
¿El que vivía bajo mi techo? El mismo que dormía hecho una bolita en el borde de mi cama todas las noches, aunque volviera a encontrármelo en el sofá todas las mañanas. Como si no quisiera que me enterase.
—Luna, creo que debería contarte que… —Comencé, pero me interrumpió el cambio de música. A nuestro alrededor, la multitud gritó de alegría.
—¡Tienes que desmelenarte, Willow! ¡Tíratelo! —exclamó mi hermana, la última palabra la canturreó y a mí se me encendió el cuerpo entero.
—Yo… Luna —refunfuñé mientras nos movíamos al ritmo de la música.
—¿Qué? —Frunció el ceño y se encogió de hombros mientras se movía por la pista de baile—. No puedo estar a cargo de mi hermana mayor toda la vida. Tú también tienes tu propia vida, Wil.
«Mi propia vida». Dejé que mi mirada se perdiera entre la multitud hasta que conectó con la de Damien, que seguía sentado en la barra dando sorbos a su bebida. Contemplándome mientras bailaba.
Sin embargo, el calor en sus ojos… Esta vez era imposible no darse cuenta. No cabía duda.
—¿Quieres bailar?
Eran las palabras exactas que quería oír, pero no venían de la persona indicada.
Me di la vuelta y me topé con Simon, el chico de la biblioteca, con el pelo castaño rojizo peinado hacia atrás y una pajarita, que parecía un murciélago, atada alrededor del cuello.
—Uy, yo… —Me volví en busca de Damien, pero él había desaparecido, aunque su bebida vacía seguía sobre la barra—. En realidad, he venido con otra persona. Lo siento. —Hice una mueca de forma involuntaria.
—Sí —coincidió mi demonio al tiempo que me pegaba la espalda a su pecho—. Conmigo.
Giré la cabeza para mirarlo y mis mejillas se sonrojaron ante la determinación que vi en sus ojos.