Spooky love Willow
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Willow

Willow

Me desperté presa del pánico. Tenía algo encima, algo caliente, y le pegué una patada para intentar quitármelo de encima.

—¡Willow! —Una voz suave, penetrante y muy enfadada gritó entre dientes. Ay, no.

—¿Damien?

Miré por el borde de la cama y me arrepentí al instante.

—¿A qué cojones ha venido eso?

—Yo… No puedo… —Parpadeé.

Estaba desnudo. Completa y gloriosamente desnudo, tal y como vino al mundo.

—¡Te dije que durmieras en el sofá! —Estaba casi gritando—. ¿Podrías ponerte algo encima, por favor?

Intenté no mirar. Por suerte, estaba oscuro y solo podía ver la silueta de su pecho y… otras zonas. No cabía duda de lo que era eso.

La voz de Damien destilaba humor.

—¿Por qué? ¿Es que no te gusta lo que ves?

Le lancé un almohadón a la cara.

—¡No!

«Sí». Me alegré de que estuviera oscuro y pudiera esconder el rubor de mi cara.

Damien se colocó el almohadón sobre la parte baja del cuerpo y tragué saliva con dificultad. Estaba intentando no pensar en la silueta. Era un hombre grande e incluso su paquete era de un tamaño impresionante… Vaya tela.

No era bueno para mi salud.

—¿Por qué esto no ha pasado antes?

—Porque antes no estaba dormido cuando me transformaba. —Entrecerró los ojos—. Y, desde luego, no esperaba que me tiraran de la cama de una patada mientras dormía.

—Se suponía que debías estar en el sofá.

—Igual es que no me gusta el sofá —comentó, airado, mientras un mechón de pelo oscuro le caía por la frente—. Y puede que solo quisiera tenerte vigilada.

—¿Para qué? ¿Para asegurarte de que yo tampoco te lanzo un maleficio? —Puse los ojos en blanco—. Puedes relajarte, Damien. No voy a intentar hacerte nada.

Chirrió los dientes.

—No es mi seguridad la que me preocupa.

Parpadeé. ¿La mía? ¿Estaba preocupado por mí?

—¿Por qué? —pregunté, no más que un susurro en la noche.

—Hay cosas peores que yo ahí fuera, brujita. Aún peores de lo que te imaginas.

Había algo que no me estaba contando: era evidente en su tono, en el miedo que se colaba en su voz. ¿Era eso por lo que se había asustado tanto cuando lo perdí de vista en el laberinto? ¿A qué podría temerle un demonio tan poderoso?

Fruncí el ceño.

—No me va a pasar nada. Esto es Pleasant Grove. —El nombre era de lo más indicado para nuestro pueblo. Era un lugar feliz, acogedor. Tranquilo—. Aquí no. Nuestras salvaguardas y hechizos son excelentes.

Excepto que… si eran tan buenos, ¿cómo había llegado aquí Damien? Deberían haber impedido la entrada de otras especies mágicas, tal y como hacían con los seres que carecían de poderes.

Si un humano corriente conseguía entrar de alguna forma en nuestro pueblo, entonces vería aquello que su cerebro le hiciera creer.

Normalmente, se trataba de gente que pensaba que estábamos haciendo un espectáculo y recreábamos un pueblo de brujas del siglo xviii . Sin embargo, había una razón por la que nunca había visto un demonio antes de conocer a Damien. Nos habían enseñado que eran seres malignos. A temerlos.

Sí, sabía que él no era así. Me había dejado entrever ciertas partes de su vida, mente y corazón. No era una mala persona. Tampoco estaba aquí para que le vendiese mi alma o aceptase cualquier otro tipo de trato.

Y, además, la forma en la que me había besado. Con tanta delicadeza y después con tanta intensidad.

No cabía duda de que me deseaba. ¿Verdad? Lo había sentido cuando me aprisionó contra los fardos de paja. Solo que, cuando volvimos a casa, él mantuvo las distancias. Esperó hasta que me durmiese para entrar en la habitación en su forma gatuna y hacer él lo mismo.

Así que, tal vez me deseara, pero no quería dejarse llevar por sus impulsos.

—Damien… —jadeé, pero no sabía qué quería preguntar. Qué quería decir.

Me limité a darme la vuelta para ponerme cara a la otra pared.

—Voy a volver a dormirme —murmuré, sin girarme a mirarlo cuando lo oí levantarse del suelo.

Mientras caminaba lentamente al otro cuarto, hubo algo que tuve claro: tal vez Damien no era un demonio peligroso, pero suponía un peligro para mi corazón.

Porque lo anhelaba.

A pesar de mis esfuerzos, no pude dormir y me pasé el resto de la noche dando vueltas en la cama. Cuando llegó el primer rayo de sol, me di una ducha rápida y me vestí antes de salir corriendo de casa.

Quizá no supiera lo que estaba pasando con Damien, por qué me sentía de esta forma, pero no pasaba nada: tenía a mi hermana y ella siempre me había dado buenos consejos.

A veces se me olvidaba que yo era la hermana mayor, porque ella parecía demasiado sabia para su edad. Malditas habilidades de premonición.

Era un día lluvioso y con viento, así que cogí el coche, aparqué justo al lado de la calle principal y me ceñí el chubasquero mientras caminaba hacia la pastelería.

En cuanto puse un pie dentro, escuché el ya conocido sonido de la batidora de mi hermana repiqueteando contra el mostrador.

Normalmente siempre llegaba antes que yo, ya que vivía justo encima.

Se había recogido el pelo rubio en un moño con un bonito coletero rosa, a juego con su pichi y jersey de cuello alto.

Al final, algún día me iba a cabrear mucho, porque siempre estaba adorable a primera hora de la mañana. A mí me había costado toda mi energía ponerme un par de vaqueros.

—Mmm. Aquí huele que alimenta. —Siempre olía bien, no fallaba.

—Eso espero. —Sonrió—. He hecho rosquillas.

Se me hizo la boca agua.

—¿Rosquillas? ¿Qué celebramos hoy?

Siempre intentaba que las añadiera al menú habitual, pero Luna insistía en que era demasiado trabajo. A pesar de eso, a nuestros clientes les encantaban.

—Nada. —Se encogió hombros—. Simplemente, me apetecía.

Utilicé mi magia, moví la mano como si fuera a hacer levitar una y sacarla de la bandeja, pero ella me dio una palmada en la mano.

—Luego. Aún están muy calientes. Deja que se enfríe el glaseado. —Enarcó una ceja—. ¿Y bien? ¿Por qué has venido tan temprano?

«Mierda —pensé mientras me hacía una trenza y me anudaba el delantal en la cintura—. Me ha pillado».

—Por nada en especial —me excusé mientras me ponía manos a la obra para preparar el día—. Estaba despierta, así que he pensado en venir a pasar tiempo con mi hermana.

—Mmm. Ya, claro. —Lo dijo como si no me creyera, aunque, en realidad, era cierto en su mayoría. Sí que quería pasar tiempo con ella.

—Síp —contesté exagerando el sonido de la «p» al tiempo que sacaba todo lo necesario para hacerme un café.

—Oye, ¿cómo está tu gato? —preguntó Luna mientras levantaba la mirada del bol de masa que estaba preparando.

—Él, esto… Creo que ha huido.

Sentía cómo se me ruborizaban las mejillas al pensar en Damien y lo mucho que me alegraba de que no fuera un gato.

Mi hermana me dedicó una sonrisa perspicaz.

—Claro. Y no tiene nada que ver con tu nuevo hombre misterioso, ¿no?

Ignoré la pregunta y, en lugar de eso, le hice otra que llevaba dándome vueltas a la cabeza toda la mañana, o quizá más tiempo todavía, era algo que no quería admitir.

—Luna, oye… ¿Crees en el destino?

Parpadeó.

—¿A qué viene esa pregunta? —Pasó a la batidora, donde estaba preparando más glaseado.

Sacudí la cabeza.

—A nada. Es solo que… —Suspiré.

¿Cómo explicaba cómo me sentía? Probablemente, aquel fuera el problema: que no quería poner esos pensamientos en palabras. Verbalizar mis miedos y esperanzas, porque entonces serían reales.

—Creo que la Diosa nos encomienda aquellos caminos que podemos seguir, pero que el resto depende de nosotras.

Me mordí el labio y me giré para enfrentarme de lleno a mi hermana.

—Aun así… Me refiero a las llamas gemelas, los espíritus afines y, sobre todo, las almas gemelas. ¿Crees que hay alguien ahí fuera con quien estás destinada a estar? ¿A enamorarte?

Ella inclinó la cabeza.

—Siempre me has pedido que no mire tu futuro. Que no querías saberlo. Aunque ahora… —Enarcó una ceja.

—¡No! —exclamé demasiado rápido, la duda evidente en su rostro—. Sigo sin querer saberlo. —Mi voz apenas era audible, pues la había bajado hasta convertirla en un susurro—. Solo me lo preguntaba.

Luna apagó la batidora, dejó el bol en la encimera, entre ella y yo, y me miró fijamente.

—Willow, ¿qué es lo que me estás preguntando en realidad?

—Cuando mamá conoció a papá lo supo, ¿verdad? ¿Crees que eso es posible?

Parpadeó y después asintió.

—Creo que cualquier cosa es posible, Willow. —Luna movió la cuchara del bol de glaseado con magia—. Especialmente, en un mundo en el que existe la magia.

Quizá tenía razón. Pero, aun así, eso no explicaba por qué esos pensamientos no dejaban de rondarme la cabeza. Aunque fuera real, no sería Damien. No podía serlo. Era un príncipe demoníaco inmortal y yo era una simple bruja.

—Mmm. —Pasé un dedo por el borde del bol de glaseado y me llevé un pegote de la mezcla de queso crema que había preparado a la boca—. Qué rico. Es mi favorito.

—Seguramente por eso lo hago tanto —comentó Luna con una sonrisa—. Hay una remesa recién hecha de cupcakes de especias para glasear.

—Eres la mejor hermana del mundo. —La rodeé con los brazos para darle un abrazo asfixiante.

—Y sigues debiéndome esa visita al bar pronto. He comprado un vestido que me muero de ganas por estrenar. —Me clavó un dedo en el brazo.

—Vale —acepté. Ambas nos merecíamos divertirnos. Quizá sí que fuera hora de que por fin viviera mi vida, como ella no dejaba de insistirme. Y, tal vez, una pequeña parte tuviera que ver con Damien, el hombre que estaba durmiendo en mi sofá cuando salí a hurtadillas de casa—. ¿Este finde?

—Me apunto. Y no solo porque los viernes sea la noche de los espíritus malignos en el bar. —Movió las cejas de arriba abajo.

—¿Modelito?

—Espeluznante. Por supuesto.

Joder, me encantaba la época de Halloween en Pleasant Grove. Todo el mundo se la tomaba muy en serio con las noches temáticas y decoraciones. No sé cómo, pero alargábamos la Víspera de Todos los Santos hasta convertirla en un mes entero de celebraciones.

—Allí estaré.

—¿Adónde vas? —preguntó Damien apoyado en el marco de la puerta mientras yo intentaba subirme la cremallera del vestido.