Spooky love Damien
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Damien

Damien

Tenía más problemas de los que me pensaba. Me estaba dejando distraer por los campos de calabazas, los bailes y la presencia embriagadora de Willow.

Empezaba a pensar que aquello podía durar más tiempo, que existía la forma de lograr que funcionase. Como si no fuera un demonio con responsabilidades entre las cuales no estaba relacionarse con una bruja.

Pero ese beso…

No pretendía besarla.

Me estaba esforzando al máximo por ser bueno, por no mancillar sus rayos de sol con mi oscuridad, pero no pude evitarlo. Cuando levantó la cabeza y me miró con esos ojos verdes tan grandes, mi fachada de autocontrol se esfumó.

Eché un vistazo al asiento del copiloto para ver a Willow mientras dormía, con la cabeza girada en mi dirección y los ojos cerrados.

Quería esto. La quería a ella. Sin embargo, no podía tenerla.

—Joder —murmuré antes de volver a fijar la mirada en la casa.

Era un milagro que me hubiese dejado conducir de vuelta.

Tenía que demostrarle que, en efecto, tenía carné de conducir, aunque fuese una falsificación hecha en el mundo demoníaco, ya que no era un humano con un carné de identidad válido.

Dejarle claro que podía manejar el coche antes de que se echase atrás.

Estaba exhausta. Después de horas contoneándose por la pista de baile, los ojos se le cerraron solos.

Y ahora no me atrevía a despertarla, así que, en lugar de eso, me limité a contemplarla, a perfilar las líneas de su rostro con la mirada.

No pude evitarlo y me acerqué para acariciarle suavemente el pómulo con el pulgar.

—¿Mmm?

Willow emitió un leve gemido al tiempo que se desperezaba.

—Hemos llegado —anuncié mirando su casa.

—Ah. —Mi bruja bostezó y estiró los brazos—. Gracias otra vez por conducir.

—No hay de qué.

Me aclaré la garganta y evité mirarle el vestido, o más bien la forma en la que se le había levantado y dejaba al descubierto un poco más de pierna.

Se me secó la boca.

—Deberíamos entrar —susurré.

—Sí. —Su voz era suave y tranquila—. Deberíamos.

Tras entrar con sigilo en el cuarto de baño de invitados, me miré en el espejo con el objetivo de la bronca.

«Tienes que controlarte, Damien. No es tuya, así que no la toques».

No obstante, era imposible olvidar ese beso.

La forma en la que sus labios suaves y carnosos se movieron sobre los míos. Cómo suspiró con dulzura en mi boca. Su delicioso sabor. Quería más.

Pero… no.

Me quité la ropa, la dejé bien doblada junto al lavabo y me quedé en bóxers.

Al salir, me fijé en que Willow había dejado una almohada y una manta sobre el sofá.

Resultaba raro pensar que aquella iba a ser la primera noche en la que los dos dormiríamos bajo el mismo techo con mi verdadero cuerpo. Que las otras noches había estado durmiendo a sus pies.

Me reí mientras miraba la ropa de cama allí apilada. «El sofá».

Porque, aunque me había devuelto el beso, seguía siendo un desconocido. No teníamos nada serio. Así que, claramente, no iba a invitarme a su cama.

Otra vez no. Por lo menos, no todavía. Aun así…

Volví a mi forma gatuna, esperé a que apagase la luz para irse a dormir y, entonces, me colé en su dormitorio y me acurruqué a los pies de la cama.

Donde podía proteger a mi pequeña brujita de cualquier amenaza.