Willow
Willow
Separé los labios y de ellos escapó el más leve suspiro mientras contemplaba su rostro. Esos ojos oscuros en los que nunca dejaba de perderme. Daba igual si eran rojos o de intenso color chocolate, había algo cautivador en ellos. En él, en realidad.
Dejé que mi mirada bajara poco a poco a sus labios.
Él me imitó, sin duda.
Estábamos muy cerca el uno del otro, nuestros cuerpos apenas a un centímetro de distancia y, de repente, caí en la cuenta de que lo deseaba.
Más de lo que podría haber imaginado nunca.
Quizá no debía; al fin y al cabo, él era un demonio y a mí me habían enseñado toda la vida que no debía acercarme a ellos, pero ya no podía evitarlo.
No cuando me había pasado el día entero en su presencia y él me había dejado arrastrarlo a cualquier lugar que me apeteciera.
Cuando nos habíamos sentado juntos en la camioneta con los muslos tocándose, compartiendo la misma manta…
Me pregunté si él estaba sintiendo lo mismo.
—Willow —pronunció con voz ronca—. No me mires así.
—¿Así cómo? —Mi voz era apenas un susurro contra el viento.
Me pasé la lengua por los labios para humedecerlos mientras nos mirábamos fijamente el uno al otro. Si nos movíamos, aunque fuera medio centímetro, nuestros labios se encontrarían. Lo único que tenía que hacer era inclinarme hacia delante y…
—Como si quisieras que te besara.
Apretó la mano que tenía en mi cintura para pegarme con firmeza a su cuerpo. La otra la extendió por mi espalda y el calor de la palma me ardía en la piel, sin embargo, no quería que parara.
—Pero… —Lo miré entre mis pestañas—. ¿Y si quiero, qué?
—Brujita… —me advirtió con una expresión de sufrimiento formándose en sus facciones mientras yo me aferraba con más fuerza a su chaqueta—. Creo que no sabes bien en lo que te estás metiendo.
Sí que lo sabía. Y aun así… «No me importa». Al darme cuenta, la idea me golpeó con fuerza y a toda velocidad. No me importaba en qué me estaba metiendo con este hombre, este demonio, siempre y cuando me besara.
—Bésame —susurré—. Por favor.
Él exhaló con fuerza antes de enredarme en el pelo la mano con la que me sostenía la espalda, se inclinó y, entonces, sus labios se posaron sobre los míos.
Suaves, como si estuviera calibrando mi respuesta, asegurándose de que me parecía bien. Le rodeé el cuello con las manos y enterré los dedos en su pelo para tirar de él hacia abajo con fuerza, hacia mi boca.
La primera caricia de su lengua contra la mía hizo que soltara un grito ahogado. Fue la certeza repentina, cómo sentí que todo encajaba… Nunca había sentido algo parecido al besar a alguien.
«Magia», quería decir mi cerebro. Sin embargo, yo conocía la magia y esto no se parecía en nada a mis poderes. No cuando cada movimiento de su lengua en mi boca, cada presión de sus labios contra los míos hacía que me sintiera mareada y se me nublara la mente.
Quería más. Quería que me besara así para siempre.
Suspiré contra su boca y le rodeé el cuello con los brazos.
Esa era la invitación que necesitaba para levantarme entre sus brazos y hacerme girar para, a continuación, apoyarme contra los fardos de paja mientras me exploraba la boca con la lengua sin soltarme.
—Joder, Willow —murmuró, su voz llena de asombro mientras me recorría cada centímetro de la cara con los ojos. Persistentes, como si la estuviera memorizando. Le tiré del pelo de la nuca y acerqué su boca a la mía.
Junté nuestros labios. Ahora que lo había sentido, no quería parar.
Cuando finalmente salimos del laberinto, el sol ya había desaparecido del cielo.
—¡Mira! —El granero estaba adornado para el festival, una tira de luces colgaba del techo e iluminaba la pista de baile—. Es precioso. —Dejé escapar un suspiro de ensoñación.
Siempre había soñado con celebrar una boda así algún día.
Si encontraba a la persona indicada. Últimamente, eso me había parecido cada vez menos probable.
Solo que…, quizá, el hombre que tenía al lado me estaba haciendo pensar de nuevo en esos sueños.
Cosa que no me podía permitir. Había dicho que solo se iba a quedar un mes.
No podía esperar que, de entre todas las personas, un demonio me dedicara su vida entera.
Él no era de aquí. No pertenecía a Pleasant Grove. Dejé escapar un profundo suspiro.
Damien me acarició la arruga entre las cejas con el pulgar.
—¿En qué estás pensando, brujita?
Sacudí la cabeza.
—En nada. —Me obligué a esbozar una sonrisa y volví a centrar la atención en el granero—. No importa.
Me observó incrédulo, pero lo ignoré.
—¿Quieres algo de beber? Tienen cerveza de calabaza.
Damien soltó un gruñido.
—Tú y la calabaza. ¿Hay algo con ese sabor que no te guste?
—¡Nop! —Sonreí ampliamente—. Incluso tengo gel de baño con olor a cupcake de calabaza.
Farfullando entre dientes, él añadió algo que estoy bastante segura de que sonaba a un «cómo no». Sin embargo, no podía confirmarlo. Aun así, tiré de él hacia la barra y pedí una cerveza para él y una sidra de calabaza para mí.
Damien recorrió la estancia con la mirada mientras daba un sorbo a su bebida. Hizo una mueca después de tragar.
—Esto es… desconcertante.
Me reí.
—No pasa nada si no te gusta. No me ofenderé si no te la acabas.
Gruñó mientras daba otro sorbo. Seguí atentamente con la mirada cómo se pasó la lengua por el labio inferior para atrapar las gotitas de líquido que se habían derramado.
Noté que me empezaba a subir la temperatura mientras pensaba en el beso que habíamos compartido antes, al sentir su lengua contra la mía. Me pregunté qué más podría hacer.
«Se te está yendo la olla, Willow», me dije, e, incómoda, evité el contacto visual mientras me bebía a toda prisa la sidra.
Debería haber elegido algo con mayor contenido alcohólico.
Quizá me habría dado valentía para ser más atrevida.
En vez de eso, estaba de pie contemplando a las parejas en la pista de baile mientras hacían girar a sus acompañantes en los brazos.
Se trataba de un baile country muy animado que yo ya me debería conocer de sobra.
Aunque no era muy de bailar. O puede que no hubiese encontrado a la pareja indicada.
—Ven aquí —susurró Damien mientras me tendía la mano.
La acepté extrañada y me hizo girar en sus brazos.
—Anda, menudo bailarín estás hecho.
Tal vez, una parte de mí solo estaba sorprendida de que supiera bailar. En especial, porque me hacía girar y movía los pies tan rápido que mis ojos no podían seguirle el ritmo.
—Es el reino demoníaco, no el infierno —rebatió con su grave voz contra mi oreja—. Aprendí a bailar de joven.
¿Por qué eso hacía que me resultara todavía más adorable?
Cerró los ojos y esbozó una sonrisa cálida.
—A mi madre le encantaba bailar.
—Damien… —murmuré. Era la cosa más dulce que había dicho—. ¿Qué le pasó?
Yo había perdido a mis padres, pero oírlo hablar de ella en pasado hizo que me doliera el corazón.
Sacudió la cabeza.
—Mi padre… el palacio… Incluso con todos esos guardias, no era el lugar más seguro para ella. —Una expresión distante se asentó en sus ojos, como si estuviera pensando en el pasado—. Murió protegiéndome.
Yo sabía lo que era perder a un progenitor, aunque no de esa forma.
—Los míos murieron en un accidente de barco —comenté en un susurro—. Siento que tuvieras que pasar por eso tú solo.
Conectó su mirada con la mía. El dolor era evidente en sus ojos.
Me hizo querer volverlo a besar, solo para aliviar su sufrimiento durante un rato.
O quizá darle un abrazo. No tenía muy claro cuál.
Sin embargo, dado que estábamos en medio de una pista de baile abarrotada, dejé que me siguiera guiando.
—Ha pasado mucho tiempo. —Me agarró la espalda con más fuerza—. Ya no duele tanto.
Descansé la cabeza sobre su hombro.
—Aun así, ese dolor nunca te llega a abandonar del todo.
—No —coincidió—. No lo hace.
Nos quedamos callados un rato después de aquello, nos limitamos a perdernos en el ritmo de la música.
—¿Puedo preguntar qué les pasó? —La voz de Damien era callada, resignada. Como si pensara que yo no fuera a contestar.
—No hablo mucho del tema —respondí con sinceridad—.
La mayor parte del pueblo sabe lo que pasó, y mi aquelarre, bueno…
Eres la primera persona que ha preguntado por ellos en mucho tiempo.
—Jugueteé con su camisa con la mano que él no estaba sujetando—.
Hace años que nos dejaron. Por supuesto, todavía los echo de menos, pero dejé de llorar hace mucho tiempo.
Tenía que ser fuerte por Luna. Demostrar entereza por ella.
—¿Cuántos años tenías? —murmuró.
—Veintiuno. Estaba en la universidad cuando me llamaron. Fue un accidente terrible. Y Luna… Ella apenas se había graduado del instituto.
Me acarició la espalda.
—¿Y volviste?
Asentí.
—Y volví. Acabé un semestre antes, me saqué el título y después me dediqué a evitar que nuestra casa se viniera abajo mientras Luna iba a la escuela de repostería. Sabía lo que quería y yo… no. Nunca he tenido un sueño.
—Lo hiciste todo por tu hermana.
—Así es.
Emitió un sonido para demostrar que lo entendía.
—Sé lo que es eso. Sentir que has renunciado a tu vida por un hermano.
—No es que crea que no haya valido la pena. Amo a Luna. Me encanta que trabajemos juntas, el negocio que hemos sacado adelante… El Brebaje de la Bruja es tan mío como suyo. Es solo…
—Que no es tu sueño.
Levanté la vista para mirarlo.
—Exacto —susurré—. No es mi sueño.
Carraspeó.
—¿Y cuál es?
—¿Sabes? Creo que todavía lo estoy descubriendo.
—Yo también.
Me reí.
—¿Y eso? ¿Es que doscientos ochenta y siete años no te han bastado para descubrir lo que querías hacer con tu vida?
Damien me colocó un mechón detrás de la oreja.
—No he sentido que estuviera viviendo hasta que te conocí.
Nuestras miradas volvieron a encontrarse y, esta vez, se la sostuve. Bebí de ella. Me regodeé en ella. Sabía que había algo que me iba a cambiar la vida.
Tal vez de todas las formas que siempre había soñado.