Damien #2
—Tienes que coger una que no esté deforme, de un tamaño medio o grande y con la superficie lisa —explicó Willow a la vez que señalaba algunos ejemplos del suelo—. Aunque todo eso depende de lo que quieras tallar en ella, claro está.
Se mordió el labio y no pude evitar fijarme en cómo aquellos dientes se hundían en la carne de sus labios, dulces y rosados.
Parpadeé para dejar de preguntarme cómo sería hacerle yo eso.
—¿Tenía que venir ya con una idea en mente?
Porque no había pensado en absolutamente nada.
—Ah, bueno, supongo que no. —Willow se pasó las manos por la falda del vestido antes de erguirse y apoyarse en mí—. Pero… vas a tallar una conmigo, ¿verdad?
Me miró con ojos suplicantes, prácticamente rogándomelo, aunque no hacía falta que me lo pidiera.
—Por supuesto —contesté entre risas—. Haré lo que quieras, Wil.
Le rodeé la cintura con un brazo y me la acerqué más todavía, desde donde pude inhalar el dulzor de su aroma. No me cansaba de él.
—¡Anda! —gritó a la vez que se apartaba de mí—. ¡Las encontré!
Descendió por la hilera de matas a toda velocidad en dirección a dos calabazas que yacían juntas. Eran casi idénticas en color y forma, bueno, quizá una de ellas parecía un poco más pequeña que la otra.
—¿Qué dices? —preguntó mientras me miraba.
Yo asentí.
—Excelente.
No me refería a las calabazas.
Tras sopesarlas con las manos, fui a que las pesasen para que Willow pudiese pagarlas antes de meterlas en el coche.
De camino se detuvo en unos cuantos puestos de comida y siguió dándome a probar distintos dulces.
Había perdido la cuenta de las veces que había comido calabaza preparada de mil formas diferentes: caramelos, pan, magdalenas, bollos…
—¿Cómo puedes seguir comiendo? —pregunté al tiempo que devoraba otro pedazo de pastel de calabaza con especias.
Dejó de masticar para mirarme de frente.
—Nunca me canso de comer dulce. —La voz de Willow sonó pragmática—. Como es lógico.
Le limpié un poco de glaseado de la comisura de los labios antes de que ella me diera una bolsita de golosinas.
—¿Qué es esto?
Cogí una de aquellas golosinas multicolores tan extrañas y la levanté para observarla. Tenía forma triangular y era amarilla, naranja y blanca. Ella se rio.
—Es maíz de caramelo. Pruébalo. Es de mis preferidos.
¿Maíz? La miré con escepticismo antes de meterme uno en la boca.
Estaba dulce. Puse cara rara. Sabía a glaseado y a azúcar, todo al mismo tiempo.
—¿Qué pasa? —preguntó entre risas—. ¿No te gusta?
—Está demasiado dulce. ¿Seguro que no estás comiendo azúcar puro y duro?
Willow me sacó la lengua y cogió varias golosinas de la bolsa.
—Más para mí. Gracias.
No me importó en absoluto que se terminase la bolsa entera. Me quedé embelesado mirando cómo saboreaba feliz aquellas golosinas.
—¿Vamos ahora al laberinto? —preguntó, y señaló unos montones de fardos de paja que había apilados.
Tiramos enseguida a la basura los envoltorios de comida antes de que ella me arrastrase hacia allí.
La bruja que trabajaba en la entrada nos dio un mapa del laberinto, así que, por lo visto, íbamos a poder salir de él sin problema. Observé el gráfico que mostraba el lugar visto desde arriba. Lo habían construido con forma de calabaza de Halloween, con los ojos y la boca en el maldito centro.
—Una vez lo hicieron tan difícil que la vieja abuela Crowley no se aclaró para salir de él. Hasta tuvieron que enviar a un grupo de rescate —contó riéndose.
—Es una calabaza —expresé sin andarme con rodeos.
—El año pasado era un fantasma. —Fingió estar pensativa—. ¿Les pido que el año que viene hagan un gato?
Puse los ojos en blanco y tiré de ella para ir a la entrada del laberinto.
—Vamos a ello.
No obstante, cuando me di la vuelta, no pudo ver el atisbo de sonrisa que afloró en mis labios.
¿Cuánta paja podía haber en un mismo sitio?
Joder, aquello era un verdadero infierno.
Llevábamos solo quince minutos vagando por aquel entramado, pero me parecieron horas.
Los altos muros de paja hacían que me sintiera atrapado, como si no pudiese salir de allí, aun sabiendo que no tardaría nada en hacerlo si usaba mis poderes para escapar.
Dejé que las sombras se me enroscasen en los dedos y exhalé para calmarme un poco.
Me giré para hacerle una pregunta a la bruja, pero ya no estaba tras de mí.
—¿Willow? —Me di la vuelta. ¿Adónde había ido?—. ¡Willow!
Retrocedí un poco para comprobar las otras ramificaciones del camino y luego volví al sendero que todavía no habíamos recorrido.
—Mierda —solté mientras me frotaba la frente.
¿Cómo había podido perderla? Aquel sitio resultaba claustrofóbico y, a pesar de contar con el mapa, sentía que se había vuelto del revés.
—¡Te pillé! —exclamó ella, que había aparecido a mis espaldas.
—Willow. Joder, no hagas eso.
Volví a frotarme la frente.
—¿Qué pasa? —Frunció el ceño.
—Pensaba que… —«Te habías perdido, que te había pasado algo»—. Da igual.
Sacudí la cabeza.
—Solo estaba…
Empezó a explicarse al tiempo que se me acercaba, pero había un charco de lodo en el suelo justo entre los dos y resbaló. Al ver que tropezaba y que venía en mi dirección, me acerqué a toda prisa y le cogí la cintura para evitar que cayese.
—Uy —expresó Willow.
Era plenamente consciente de que los fardos de paja nos ocultaban y aislaban dentro del laberinto.
Su olor era muy dulce, tanto que tuve que reprimirme para no inclinarme en busca del origen de aquel aroma. ¿Era su champú? ¿O algo intrínseco y único en ella?
«Mierda».
—Brujita… —gruñí.
Estaba perdiendo el control. Si no me andaba con ojo, acabaría haciendo una estupidez.