Damien
Damien
Había calabazas por todas partes. Literalmente.
Willow había insistido en volver a casa para cambiarnos de ropa antes de los festejos de la noche.
Junto con los vaqueros que ya llevaba, me puse un jersey suave de cuello redondo color gris oscuro y una chaqueta de franela.
La temperatura empezó a bajar por la tarde y, aunque el frío no me molestaba demasiado, esa semana había visto a Willow tiritar en el sofá varias veces.
Por algo siempre había allí una manta a mano.
Se me secó la boca cuando salió del dormitorio.
Llevaba un vestido ceñido de manga larga del mismo tono naranja que las calabazas.
Como era de esperar, acentuaba cada curva de su cuerpo.
Parecía la viva imagen del pecado. Siempre estaba preciosa, pero esta vez…
guau. Las botas tostadas que se había puesto le añadían unos centímetros de estatura.
De esa manera, estaba mucho más cerca de su boca y…
Estaba fatal de la cabeza.
Había una tonelada de calabazas alrededor y lo único en lo que pensaba era en sus labios. Suaves, rosados y tan sumamente dulces. Me pregunté a qué sabría ella. Si el sabor de la calabaza se impondría sobre el aroma a vainilla y a café que siempre la envolvía.
Nunca me había preguntado qué sabor tendrían los demás, pero ahora no lograba sacármelo de la cabeza.
Se le iluminó la mirada nada más bajar del coche. Aunque le dije que sabía conducir (¿tan poco civilizados pensaba que éramos los demonios?), ella insistió. Y le dejaría coger el volante mil veces más con tal de verla así otra vez.
—Tengo que ayudar a Luna a montarlo todo —anunció Willow—, pero luego soy toda tuya.
«Tuya». ¿Por qué me gustó tanto la forma en la que su lengua articuló aquella palabra? Y más cuando me desató los instintos, los mismos que lo deseaban todo.
—Vale.
Tenía la voz pastosa, así que intenté dejar de pensar esas cosas mientras la seguía entre la multitud, hacia la chica rubia que estaba montando un tenderete.
Las galletas de Luna, metidas en bolsitas individuales con dibujos de fantasmas, ocupaban una mesa entera. Junto a ella, en otra mesa, había un puesto de bebidas.
—¿Y hacéis esto todos los años? —pregunté sin saber muy bien qué hacer mientras miraba a Willow removiendo el chocolate caliente.
Luna me sonrió e intenté no poner mala cara cuando sus poderes alcanzaron todos mis sentidos. Me parecía demencial que nadie más pudiese sentirlos. Tanto potencial mágico y se dedicaba a hacer galletas.
—Pues sí, desde que abrimos la pastelería.
Toda ella irradiaba felicidad, cosa que afianzaba más todavía lo mucho que le encantaba su trabajo.
«Y tú vas a arruinárselo». Mi cerebro aprovechó el momento para recordármelo.
Sin embargo, Willow… Ella no tenía el mismo brillo en los ojos que Luna. Se notaba que adoraba a su hermana y la pastelería, pero no era su pasión.
—¡Ya está! —anunció, y volvió a aparecer a mi lado—. Luna, ¿seguro que no te importa que nos vayamos?
El olor a chocolate y a repostería flotó hasta donde esperaba de pie. Su hermana negó con la cabeza.
—No, marchaos. De todas formas, Cait vendrá a hacerme compañía.
Willow ya me había mencionado ese nombre antes. Su prima. ¿Puede que fuera la que quería echarle mal de ojo a su exnovio?
—Genial. —Willow se giró hacia mí con una sonrisa—. ¿Qué hacemos primero?
Me aclaré la garganta.
—Tú eres la experta. ¿Por qué no eliges tú?
La bruja se mordió el labio mientras echaba un vistazo al festival.
Se quedó pero que muy corta cuando me habló de él.
Me esperaba unos pocos puestos de comida y algún que otro reclamo del pueblo, pero parecía que hubiesen montado un carnaval descomunal.
Habían preparado un montón de juegos y habían traído algunas atracciones pequeñas.
Reconocí una de ellas: la Araña. Ya me había subido una vez hacía tiempo y casi vomité, así que no tenía ningún interés en subirme otra vez.
En serio, me conformaba con seguirla a ella de acá para allá.
Con gusto iba a dejar que comiese tarta y que quizá me diese a probar cantidades ingentes de azúcar.
A fin de cuentas, no sabía si iba a volver a tener una oportunidad como esa.
De ser normal, de sentirme como un humano y no un demonio que ni de lejos se encontraba en el ecuador de su vida.
—Bueno… ¿Quieres subirte a alguna atracción? —preguntó Willow, cosa que me sacó de mi letargo.
Volví a centrar la atención en sus ojos. Si seguía mirándole los labios, iba a acabar haciendo alguna tontería. Como besarla.
—¿Qué?
Señaló un pequeño tractor rojo que arrastraba una vagoneta descubierta cargada de fardos de heno.
—Es casi una tradición.
Levanté una ceja.
—No parece muy cómodo.
Mi bruja rio.
—Puede que no lo sea, pero te dan un vaso de sidra caliente y puedes acurrucarte debajo de una manta, así que no está tan mal. Además, las vistas son estupendas.
Miré alrededor para intentar verlo todo con su misma mirada. La granja estaba decorada con guirnaldas de luz, un toque mágico que encajaba a la perfección con el cambio de hojas y el atardecer de fondo.
El mundo era un manto naranja y ella se encontraba en el centro.
—Sí que lo son —musité.
Aquello era bonito, pero ella era lo más hermoso que había allí.
Willow entrelazó los dedos con los míos y me dedicó una sonrisa radiante. Adoraba esa sonrisa. Hacía que me preguntase hasta dónde sería capaz de llegar para ganármela, una y otra vez.
—¡Venga, pruébala! —insistió Willow mientras me ofrecía un bocado de tarta—. Te prometo que está de muerte.
Enarqué una ceja.
—¿En serio?
Ella hizo un mohín.
—Tú pruébala. Por favor. Hazlo por mí.
—Vale —acepté, y me incliné para ponerme a su altura. De todas formas, no podía negarme cuando me miraba con esa cara—. Dámela tú.
Las mejillas de Willow se sonrojaron levemente mientras me acercaba el tenedor a la boca. Yo le mantuve la mirada al tiempo que me llevaba el bocado a la boca.
—Mmm.
Me relamí los labios. No sabía muy bien qué esperar, pero la textura era increíble. Además, la nata montada de encima debía ser casera porque era sabrosa y estaba deliciosa.
Podía rivalizar con los banquetes palaciegos del Rey Demonio.
—Tienes un poco de…
Willow se rio y me señaló el labio superior.
—¿Qué?
—De nata, justo ahí.
Pasó el pulgar por encima del labio y retiró el resto de la nata montada.
—Ah. —Aparté la mirada y carraspeé—. Gracias.
Se quedó mirando el pulgar, pero yo me incliné un poco y le di un lametón.
—¡Damien! —Willow se puso roja—. No hagas eso aquí. ¿Y si alguien nos ve?
¿Y qué si nos ven, brujita?
Frunció levemente el ceño.
¿Quieres que la gente descubra quién eres? ¿Y si te vuelve a pasar algo?, argumentó.
Suerte que tengo a una bruja temible de mi parte esta vez, ¿no? Entrelacé los dedos de la mano con los suyos y le besé los nudillos. Además, mira a tu alrededor. La gente se lo está pasando en grande .
Nadie nos estaba prestando atención. Había familias riendo, padres cogiendo a sus hijos de la mano con sonrisas de alegría mientras comían grandes cantidades de azúcar.
También parejas de ancianos paseando en silencio y seguramente rememorando el pasado.
Hasta los adolescentes parecían estar disfrutando mientras jugaban a juegos de feria decididos a ganar.
Podía ver el tenderete de El Brebaje de la Bruja desde donde me encontraba.
Luna revoloteaba de un lado para otro ayudando a sus clientes al tiempo que entregaba bolsas llenas de galletas y vasos de chocolate caliente.
Fruncí el ceño y volví a mirar a Willow.
Estaba a punto de preguntarle si debíamos ir a ayudarla cuando…
—¿Willow? —Una voz la llamó y, entonces, una mujer vestida completamente de negro se acercó a nosotros a toda prisa—. ¿Quién es tu amigo?
—Ah. —La brujita me lanzó una mirada breve—. Él es Damien, mi…
La voz de Willow fue apagándose mientras me miraba.
Odiaba que no tuviese una etiqueta para mí.
Aunque ¿qué era yo? Hacía una semana y media que nos conocíamos y gran parte de ese tiempo lo pasé atrapado en el cuerpo de un gato, un hecho que siempre me sacaba de quicio.
¿Compañero de piso? ¿Amigo? ¿Algo más? Quería saber desesperadamente qué iba a responder.
La miré a los ojos justo antes de responder en su lugar.
—Amigo —confirmé. Me gustó cuando lo dijo antes.
—Damien, ella es Cait. Es mi prima.
La bruja de pelo naranja me ofreció la mano para darme un apretón.
—Encantada de conocerte —dijo exultante.
Nunca había conocido a una bruja como ella. Llevaba un arete en la nariz, tenía unos tatuajes preciosos que le subían por los brazos y las medias parecían serpientes.
—Primas, ¿eh?
Si las examinaba a las dos con mucha atención, podía ver el parecido.
La forma de la nariz y la estructura de la mandíbula eran iguales.
Sin embargo, su prima llevaba el pelo teñido y sus ojos no tenían nada que ver con los verdes relucientes de Willow que tanto me recordaban a las manzanas Granny Smith.
—Pues sí, nuestras madres eran hermanas —comentó Cait con una sonrisa cálida.
—Formamos parte del mismo aquelarre —añadió Willow mientras su prima le pasaba un brazo por encima del hombro para abrazarla bien fuerte.
—Ah. —Asentí con la cabeza—. Claro.
Aquello era un triste recordatorio de que esas personas estarían presentes en la vida de Willow para siempre. ¿Y yo? Puede que durase un mes. Pero un buen mes. Estaba decidido a hacer que valiese la pena.
—¡Venga! —exclamó Willow, y me tiró de la mano—. Vamos a por calabazas.
Nos despedimos de su prima y me condujo directo hacia el calabazar, así que olvidé por completo sugerirle que fuésemos a ayudar a Luna.
Fruncí el ceño al ver el infinito mar de calabazas.
—¿Qué se supone que tengo que hacer? En mi vida he hecho nada parecido.
Me miró sorprendida durante un breve instante antes de suavizar la expresión de la cara y agacharse hacia la calabaza naranja que tenía a los pies.