Spooky love Willow
37%

Willow

Willow

Centrarme de lleno en la pastelería fue la mejor idea tras la repentina desaparición de Damien.

En cuanto pasó la hora punta de la mañana, me tomé mi tiempo para barrer toda la parte delantera de la tienda, no me dejé ni un recoveco.

Y no solo terminé de lavar los platos, sino que también había pasado el trapo por todas las mesas.

Había desistido, ya no fingía que no estaba mirando por la ventana aguardando su regreso.

Lo peor de todo es que me sentía como una tonta enamorada, consumida por unas emociones que no conseguía controlar. Su promesa de quedarse resonaba en mi mente, pero una vocecita en mi interior se preguntaba si era cierto.

Suspiré y volví al mostrador para preparar una jarra nueva de café mientras hacía un latte de sidra de manzana para uno de nuestros clientes habituales.

—¿Está todo listo para esta noche? —le pregunté a Luna, la cual estaba colocando otra bandeja de galletas recién hechas en un estante para que se enfriaran. Miré la hora. Casi era mediodía, más de la mitad de nuestra jornada ya había pasado.

Se limpió las manos en el delantal.

—Esa es la última tanda de galletas que tenía que hacer. Ya debería estar todo listo. Sigues con la idea de hacer el chocolate caliente, ¿verdad?

La campanilla de la puerta repicó al tiempo que yo cantaba la comanda de otro cliente y le entregaba su bebida y su dulce.

Asentí.

—Pues claro. Y siento haberme escaqueado tanto esta semana.

Ya había preparado todo lo que necesitaba para aquella noche, así que, cuando todo estuviera colocado en su sitio, solo tendría que removerlo y calentarlo.

Luna apoyó la cabeza en mi hombro.

—No pasa nada, sé que estabas ocupada con ese.

«¿Ese?». La miré y ella enarcó las cejas mientras hacía un gesto con la cabeza en dirección a la puerta. Damien estaba ahí plantado con aspecto dócil y un tanto culpable.

Me acerqué a él con los brazos cruzados por encima del pecho, lista para echarle la bronca por haberme dejado plantada, aunque su expresión mostraba tal dolor que me paré de golpe.

—Lo siento.

Parpadeé. No me lo esperaba.

—¿Por qué?

—Por desaparecer. —Sacudió la cabeza—. Tenía que… volver.

A pesar de que le había contado tantas cosas de mi vida, y del amor que sentía por este pueblo, no sabía nada sobre su hogar. El reino demoníaco. Si había tenido que volver, eso quería decir que algo andaba muy pero que muy mal.

—¿Va todo bien?

Damien miró detrás de mí, hacia donde estaba Luna, antes de volver a centrar su atención en mi persona.

—Lo estará. Te lo explicaré todo más tarde, te lo prometo. —Entrelazó nuestros dedos—. Pero primero te debo una cita.

—¿Una cita? —Se me sonrosaron las mejillas—. A ver, un desayuno sí, pero…

Asintió mientras me daba un beso en los nudillos.

—Sí. Una cita.

«Ah».

—Ah. —Me di la vuelta para mirar a Luna, que se limitó a sacudir la cabeza con una sonrisa y se volvió a centrar en la bandeja de galletas. Me había dado permiso en silencio—. Vale. Deja que…

Bajé la mirada al delantal y di gracias a las Diosas de no haberlo recubierto de harina o café. Me lo saqué por encima de la cabeza a toda prisa, lo devolví a mi percha y me detuve para avisar a Eryne de que me iba antes de decirle adiós con un gesto a Luna.

—¿Vamos? —Damien me volvió a tender la mano. Ignoré el calor que me subió a la cara cuando la acepté.

—¿Adónde?

—¿Qué te parece si por fin hacemos la visita al pueblo?

Asentí y, contenta, tiré de él para sacarlo de la tienda con nuestras manos todavía entrelazadas. Por alguna razón, aun sabiendo que seguramente acabaría decepcionada, no quería soltarlo.

Pasamos el resto de la tarde paseando por el centro.

Le mostré a Damien algunas de las tiendas que más me gustaban, incluida mi librería favorita: Escobas y Escritos.

Ya casi no vendían de lo primero, lo cual había dejado la tienda llena de nichos mágicos y libros normales a partes iguales.

A Luna le fascinaba la sección de romance, mientras que a mí me encantaba buscar nuevas recetas escondidas en los recetarios.

Ya casi nadie necesitaba escobas como medio de transporte. Aun así, la mayoría de las brujas teníamos una en casa. Al fin y al cabo, nunca se sabía cuándo ibas a necesitar una escoba voladora mágica.

Damien soltó un resoplido de diversión cuando se lo conté.

Lo siguiente era la cambiante Curiosidades Mágicas: una tienda que vendía justo eso, aunque había encontrado muchas baratijas allí a lo largo de los años.

Era como una tienda de segunda mano para artefactos mágicos y objetos para brujas.

Mi sombrero favorito salió de esa tienda, al igual que unas botas negras con botoncitos en un costado.

Pasamos por varias tiendas más mientras recorríamos la calle principal: Modas Luna Oscura, donde había comprado todos mis vestidos favoritos; Inmobiliaria Pleasant Grove, donde cualquier bruja podía encontrar la casa perfecta; y Reformas Casa Embrujada, recién abierta y regentada por dos brujas gemelas: Tammy y Talley.

Habían estado planteándoselo durante años y por fin la habían abierto después de que el resto de nuestro aquelarre les dijera que dejarían de hablarles si no lo hacían.

Un ultimátum desde el cariño siempre funcionaba.

Mi compañero demoníaco se rascó la cabeza, de pie frente a la última tienda de la calle.

—¿Qué nombre es ese?

Se había llamado Supermercado Grey toda mi vida: lo llevaban los Grey, una pareja ahora anciana cuyos hijos habían crecido y se habían ido del pueblo.

—Es muy… normal.

—¿Qué? —me reí—. Es un simple supermercado. ¿De verdad crees que nos inventamos juegos de palabras para todos los negocios?

Vale, sí, casi todos los negocios del centro tenían nombres adorables y peculiares, pero también adaptados a las brujas que iban a visitarlos.

Después de todo, solo estábamos a una hora de Salem.

Aunque allí hubieran ocurrido cosas horribles, el legado seguía fuertemente arraigado.

Aun así, había muchos locales con nombres normales en el pueblo.

Damien se encogió de hombros.

—Las brujas sois raras.

Y se había quedado muy pero que muy corto.

—Este es mi sitio favorito —murmuré mientras contemplaba el restaurante del pueblo lleno de decoraciones.

Él inspeccionó la vista antes de volver a posar los ojos en mí.

—Es bonito.

—Cuando era pequeña, solía venir aquí a mirar a la gente. Era agradable venir cuando la vida se aceleraba y simplemente… bajar el ritmo. Apreciar la vida.

Ladeé la cabeza y lo contemplé. Me pregunté qué clase de vida habría llevado.

Si alguna vez había experimentado momentos así.

De paz, de felicidad silenciosa. Era raro planteárselo, pero la expresión tortuosa de sus ojos me hacía pensar que quizá nunca lo hubiera sentido.

Quizá era una de las razones por las que hablaba tan poco de él o de su vida.

—¿Tienes hambre? —pregunté por fin, rompiendo el silencio.

Así fue como acabamos sentados en la barra del Caldero Encantado para comer.

Ambos habíamos pedido hamburguesas y, si era sincera, me sorprendía lo cotidiano que resultaba tenerlo a mi lado.

Jamás me había sentido tan cómoda con otra persona que no fuera Luna o las otras integrantes de mi aquelarre, ni siquiera en la universidad.

Quizá fuera por la forma en la que me había estado cuidando toda la noche cuando perdí el conocimiento. Se podría haber marchado. Sin embargo, en lugar de eso, no se separó de mi lado.

Me zampé la hamburguesa con alegría y me di cuenta de la expresión de satisfacción que lucía Damien en el rostro mientras yo comía.

Se había terminado la suya antes que yo, aunque eso se debía en parte a la gran cantidad de gente que se había acercado a saludarme.

Siempre había sido una persona a la que le gustaba hablar, y conocer a casi todas las personas del local no ayudaba.

Todos sentían curiosidad por el hombre que se había sentado a mi lado, aunque no lo dijeran directamente.

—¿Quieres que los espante a todos para que puedas comer? —gruñó mientras daba un sorbo a su bebida.

—No, no pasa nada. Ya pararán. Solo sienten curiosidad por ti.

Se me sonrojaron las mejillas al pensar que le importaba lo suficiente como para ofrecerse a eso. Parecía querer cuidar de mí.

De todas formas, sí que estaba famélica, a pesar de haberme comido una magdalena y varios bollos mientras estaba en la pastelería. Debía admitir que las miradas asesinas de Damien al resto de los clientes ayudaban a mantenerlos a raya.

—Gracias —dije por fin, tras acabarme el último trozo de hamburguesa y lamerme el kétchup que se me había caído por los dedos—. Me ha sentado de fábula.

Damien contempló su bandeja vacía. A mí todavía me quedaban un montón de patatas fritas, pero él ya se lo había acabado todo.

—Estaba… sorprendentemente buena.

Arrugué la nariz.

—¿Dudabas de que fuera a estarlo?

Soltó una risita.

—No. Es solo… que las otras comunidades en las que he estado no eran así. Y no tenían comida tan rica.

—Así es Pleasant Grove —presumí—. Puede que no sea nada del otro mundo, pero… es mi hogar.

Miré el bar. El Caldero Encantado había estado abierto durante generaciones. Seguía en buen estado a pesar de la gran cantidad de visitas que recibía el local, pues se trataba de uno de los pocos restaurantes de nuestra pequeña comunidad y, sobre todo, nuestro único bar.

Habían colgado toda clase de parafernalia relacionada con la brujería a lo largo de los años, algunas cosas como broma y otras que databan de los mismísimos juicios de las brujas de Salem.

La luz tenue de varias lamparitas creaba una atmósfera acogedora y los retratos antiguos de las paredes del fondo le conferían un toque histórico a la estancia.

Había velas en los estantes que parecían haberse encendido y derretido hasta quedarse pegadas, como si nadie se hubiera molestado nunca en limpiar la cera.

Sin embargo, mi parte favorita eran los Morgan, quienes habían comprado el bar el año pasado y le habían hecho un lavado de cara, incluso habían puesto pequeños calderos llenos de suculentas chucherías en cada una de las mesas.

—Comprendo por qué te gusta tanto. —Sus palabras me hicieron esbozar una sonrisa y no pude contener la alegría—. Gracias por mostrármelo hoy —dijo, como si supiera lo que significaba para mí.

—Ha sido un placer —contesté, sonrojándome—. Bueno, ¿qué te parece? ¿Sigues pensando en quedarte? —Le di un empujoncito con el hombro y acerqué mi taburete al suyo.

Una parte de mí estaba deseando que dijera que sí. Que no quería marcharse. Que por primera vez podría ir al festival con alguien a mi lado.

Quizá fuera demasiado pronto para pensar de esa forma, pero cuando deslizó la mano por la mía y le dio un ligero apretón, supe que no me estaba imaginando cosas.

—Sí, Willow —afirmó con una risita ligera acompañando sus palabras—. Todavía quiero quedarme.

«Contigo». No lo dijo, pero me gustaba pensar que lo había oído en el tono de su voz. En la profundidad de sus ojos. Aunque los hubiera cambiado de color ante mi insistencia.

—Vale. —Volví a centrar la atención en las patatas fritas y me metí unas cuantas en la boca para disimular la sonrisa—. Solo quería asegurarme —farfullé entre dientes.

Teníamos un poco de tiempo antes de salir hacia la granja para el festival.

Debía ayudar a Luna a montar nuestra mesa, pero estaba emocionada pensando en todo lo que me aguardaba.

Sería imposible contenerse en el festival aquella noche.

Al fin y al cabo, la tarta de calabaza era mi favorita.

Luna era una repostera impresionante, pero nunca había conseguido pillarle el truco a la tarta y Wendy, otra integrante de nuestro aquelarre, hacía la mejor que había probado.

Además, la coronaba con nata montada casera.

Era como estar en el cielo. Casi se me escapó un gemido solo de pensarlo.

Damien me miró raro y yo me ruboricé.

—Lo siento. Solo estaba pensando en tartas. —Solté un suspiro soñador.

—¿Tartas? —Arrugó la cara.

—Sabes lo que es una tarta, ¿verdad?

—Willow. Soy un demonio. No nací ayer. —Entrecerró los ojos y me robó una patata de la cesta.

—Mmm. Espera a probarla. Es la mejor tarta de calabaza que he comido en mi vida. —Me metí otra patata en la boca, no podía resistirlo—. Es una pasada.

La idea de darle a probar todas mis comidas favoritas al hombre que tenía sentado al lado me llenaba de calidez por dentro. Enseñarle mi pueblo, mi hogar, mi vida, era una sensación increíble.

Me miró fijamente con la mandíbula apretada al tiempo que dejaba de masticar.

Incliné la cabeza hacia atrás y sonreí al techo mientras me terminaba el resto de las patatas.

No había tenido en cuenta lo divertido que sería tomarle el pelo.

A ver, era cierto que tenía un conocimiento limitado de las cosas humanas, seguramente porque había vivido en el reino demoníaco durante más de doscientos años, pero su reacción era divertida.

—Bueno… ¿adónde vamos después?