Damien
Damien
«¿Qué cojones?».
Cerré los ojos para intentar asimilarlo todo. La mujer que había venido a buscar… no podía ser la hermana de Willow. No después de todo por lo que habíamos pasado. Sin embargo, nada más verla sentí todo su poder irradiando de ella y lo supe.
«Mierda».
Necesitaba más tiempo. Para conocer a Willow, para vivir todas las cosas que jamás había imaginado que llegaría a vivir. Era tan simple y a la vez…
Me pasé las manos por el pelo al tiempo que iba de un lado a otro del callejón intentando encontrarle el sentido a todo aquello.
En primer lugar, ¿por qué había venido aquí? Sentía que algo me empujaba hacia este lugar y, en cuanto ella me encontró, pensé que quizá ese algo era Willow. Pero… ¿Luna? ¿Su hermana?
No había sido capaz de detectarlo siendo un gato, ya que tenía los sentidos nublados, y ahora lo veía todo con suma claridad.
En el mundo demoníaco, había escuchado desde pequeño qué se sentía cuando encontrabas a esa persona especial, aunque nunca me había imaginado que lo acabaría viviendo en primera persona, que lograría encontrar a mi…
—Mierda.
El vínculo que nos unía a mí y a Zain empezó a dolerme; entonces supe que solo iba a poder ignorar su llamada durante cierto tiempo. Pero volver al mundo demoníaco y contarle todo lo que sabía… ¿Cómo iba a hacer eso?
«Willow nunca me lo perdonaría».
Y cualquier oportunidad que tuviese con ella… se desvanecería antes de existir siquiera. Necesitaba pasar algo de tiempo con su hermana y yo necesitaba espacio para pensar.
Y también… una visita al reino demoníaco.
Para ver a mi hermano.
Gruñí. El día no estaba yendo en absoluto como hubiese querido. Para empezar, ni siquiera había podido asegurarme de que Willow comiese algo. Y luego salí corriendo del local sin tan siquiera explicarle a ella por qué.
Dejando a un lado esos instintos extraños, recorrí el callejón intentando ignorar todo el tiempo que me fuera posible los tirones que sentía en la sangre.
Apreté los dientes y maldije en voz alta.
—No sabes cuándo parar, ¿verdad?
Miré alrededor para asegurarme de que nadie me estaba observando y, entonces, me adentré en las sombras, transportándome así de vuelta a casa tras varios meses fuera.
—Hermano, has regresado.
Zain, el príncipe heredero del reino demoníaco, se encontraba encaramado en su trono. Mi hermano. Se parecía mucho a mí, tanto en el pelo oscuro como en la estatura, pero no podíamos ser más diferentes el uno del otro, especialmente en el carácter.
Habíamos crecido como hermanastros, aunque a veces sentía como si fuera un completo desconocido.
Llevaba un abrigo negro con adornos de oro y aderezado con bordados de lo más refinados, dignos de un príncipe, mientras yo seguía vestido con ropa humana: una camiseta, una chaqueta de cuero y unos vaqueros.
De pie frente a él, crucé los brazos sobre el pecho.
—¿Me llamabas?
Nuestra sangre nos unía de maneras que ni siquiera era capaz de explicar.
—¿Dónde has estado? Nos tenías preocupados.
«Ya, claro».
—Digamos que he estado un poco… liado.
Dentro de una jaula. Por culpa de los humanos.
No iba a dar más detalles sobre dónde había estado ni cómo había acabado atrapado en mi otra forma. Si quería esos recuerdos, él mismo podía fisgonear dentro de mi cabeza.
Los ojos le brillaron de regocijo.
—Ya, entiendo. Espero que lo hayas pasado muy bien.
«Si supieras la mitad de lo que sé…».
Levanté una ceja.
—Sí, podría decirse que sí.
—Que sepas que me alegro de volver a verte —declaró Zain—. Esto no es lo mismo sin ti.
—Tú fuiste el que me mandó al mundo humano para que cumpliera con tu voluntad. Si lo que querías era verme, hay formas más fáciles de traerme de vuelta.
Entre risas, mi hermano se acomodó en el trono, ubicado tres escalones por encima de una tarima y justo enfrente de mí. De esa forma me recordaba qué posición ocupaba yo en nuestra ecuación: una inferior a la suya.
Daba igual lo poderoso que yo fuera o el control que tuviese sobre la oscuridad, poder que había heredado de mi padre. Las sombras, la manera en la que podía manipularlas y crearlas de la nada, eran algo innato para mí.
Sin embargo, era un hijo bastardo. No era el elegido para gobernar.
Tampoco es que quisiera hacerlo. Hacía mucho tiempo que este lugar había dejado de ser un hogar.
Siendo sincero, prefería el refugio de animales en el que había estado viviendo el último mes antes que el palacio de mi hermano en el mundo demoníaco.
De hecho, la casa de Willow me gustaba mil veces más que cualquiera de los dos sitios anteriores.
—¿Y bien? ¿Has cumplido con tu misión? ¿O lo has pasado tan bien que se te ha ido de las manos?
—Necesito más tiempo —murmuré entre dientes sin ofrecerle una respuesta. Necesitaba tiempo con Willow.
Zain entrecerró los ojos.
—Damien, ¿la has encontrado?
No podía mentirle, pero tampoco quería que mi tiempo en Pleasant Grove terminase aquí. Así que me limité a asentir.
Lo peor de todo es que la había encontrado y él lo sabía. Maldita magia demoníaca. Odiaba que tuviera que conectar con él de esa manera.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
No había una forma fácil de decirlo.
—No puedo hacerlo.
Traerla hasta este sitio como si fuese una especie de trofeo… era como arrastrar una oveja al matadero. Una oveja inocente y adorable.
—Es tu deber.
Respecto a él. Me mofé.
—Me caías mejor cuando no eras un príncipe insoportable.
—Ay, hermano. En eso te equivocas, porque siempre he sido un príncipe insoportable.
—Yo también me alegro de verte —solté mientras ponía los ojos en blanco.
Se puso en pie, descendió de la tarima y me dio un golpe en el hombro con la palma de la mano. Había bajado los humos y al fin lograba ver al hermano con el que me había criado. Aquel de cuando todavía éramos niños y las cosas no estaban tan… tensas.
Eso es lo que pasa cuando transcurren unos pocos cientos de años, que te acabas distanciando. O te obligan a servir a tu hermano mayor para toda la eternidad.
En fin, tecnicismos.
—Un mes.
Parpadeé.
—¿Qué?
Me inquietó que ese fuese el mismo periodo de tiempo que le había dado a Willow esa misma mañana. Miré fijamente a mi hermano con los ojos entrecerrados.
—Me da igual lo que sea que te esté distrayendo. Te doy un mes más. Una vez pasado ese tiempo, espero que me la traigas aquí y que vuelvas a mi lado.
—Pero…
Zain inclinó levemente la cabeza hacia un lado.
—¿Hay algo que no te acabe de convencer, hermano?
Apreté la mandíbula en un esfuerzo por no replicarle.
—Nada.
Volvió a su trono y se recostó en él con una sonrisa en los labios. Esta vez le pude ver los caninos afilados.
—No te distraigas esta vez, Damien. Te estaré esperando.
Me miró de una forma extraña cuando le di la espalda. Me despedí de él con un simple movimiento de mano antes de crear otro portal de regreso al mundo humano.
De vuelta con mi brujita.
Dejé que las sombras me envolviesen y me ocultasen de cualquier mirada mientras observaba cómo Willow revoloteaba por su pastelería.
Esta vez pude ver la fachada del negocio con suma claridad.
En el cartel que colgaba sobre la puerta ponía El Brebaje de la Bruja y, tallado minuciosamente, había un caldero lleno de café burbujeante.
Alguna de las dos había pegado murciélagos pequeños en la parte interna de las ventanas y la fachada estaba cargada de decoración de Halloween.
El marco de la puerta estaba cubierto de telarañas falsas y lucecitas de color naranja, hasta había un cartel de doble hoja fuera en el que se podía leer: ¡Ven a por tu brebaje! .
Saltaba a la vista que no necesitaban publicitarse. El centro de Pleasant Grove era pequeño y muy concurrido, así que daba la sensación de que medio pueblo ya había pasado por allí desde que llegamos por la mañana.
Dejé que la oscuridad se disipase, abrí la puerta del local y, una vez dentro, me metí las manos en los bolsillos para observarlas hablar desde detrás de la barra.
—¡Olivia, aquí tienes tu bollo de calabaza y tu café brujo con hielo! —gritó Willow mientras le entregaba una pequeña bolsa de papel y una taza de café a una clienta desde el mostrador con una sonrisa.
Tras colocarse un mechón de pelo tras la oreja, se giró para atender al siguiente cliente que esperaba en la cola.
Aún no me había visto. Me gustó poder analizarla tal y como se mostraba, desenfadada, sin preocuparse por lo que pudiesen pensar los demás.
Había algo inexplicable que me atraía hacia ella, una especie de magnetismo que me cautivaba.
Me pasé la mano por la cara. Aquello era una locura. Era imposible. Su dulce aroma había penetrado en mis fosas nasales a pesar de la distancia que nos separaba, lo único que me impedía hundirme en su pelo e impregnarme de ese olor por completo.
La deseaba. Con cada fibra de mi ser.
Sin embargo, no la merecía. ¿Cómo iba a merecer a alguien tan perfecto, tan puro y libre de odio y destrucción?
Era mía, lo sabía en lo más profundo de mi alma, si es que todavía existía, pero ella no me necesitaba.
«Mierda».
Los ojos de Willow se toparon con los míos y noté que el rostro se me suavizaba a medida que ella se me acercaba. Se veía a la legua que estaba enfadada. Tenía que arreglarlo. Tenía que hacerle entender que no quise irme. Aunque aún no pudiera contarle toda la verdad por mucho que yo lo desease.
—Lo siento.