Spooky love Willow #3
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Willow #3

Como si fuera mío. Cuando ya ni siquiera era mi gato.

Ese pensamiento me dejó un sabor amargo en la boca. Me rodeé los hombros con los brazos.

—Willow. —Su voz era grave, reconfortante, y me envolvió la muñeca con la mano—. ¿Dónde te has ido?

—¿Qué? —Levanté la mirada hasta alcanzar sus ojos, que estaban llenos de preocupación. ¿Por mí? ¿O por sí mismo?

La calidez de su agarre me envolvió y me ancló al momento. Odiaba que me estuviera gustando tanto. Se suponía que él no debía gustarme, porque era un demonio. El enemigo mortal de todas las brujas. ¿Qué pensaba que iba a pasar al llevarlo al pueblo?

—Esto es un error. —Me aparté para liberarme—. Deberías irte. De esa forma, no volverás a ponerte en peligro para…

Me quedé helada al verlo. Su metro noventa y ocho. Me miraba con una emoción en los ojos que no era capaz de descifrar. Y, por primera vez, me moría de ganas de leer sus pensamientos. De saber lo que estaba pensando.

Quizá no funcionara de esa forma, pero no podía evitar querer saber más sobre él.

—No. —Se movió a una velocidad que me sobresaltó y, entonces, puso las manos en mi rostro. Me sostuvo las mejillas con delicadeza. Con total reverencia. No estaba segura de si alguna vez me habían tocado de esa forma—. No me voy a ir. Todavía no.

—Vale —respondí en apenas un susurro casi insignificante. Solo que…

Entreabrí la boca mientras contemplaba a Damien. No había forma de evitar que mi mirada bajara a sus labios. Carnosos y haciendo un mohín, como si estuvieran suplicando que les prestara atención. Parecían suaves y me pregunté cómo se sentirían sobre los míos.

¿Por qué deseaba a este hombre? Era prácticamente un extraño para mí. Me dispuse a dar un paso atrás y él dejó caer las manos de mi cara, cortando en seco toda conexión que hubiéramos compartido.

—Vamos. Luna me está esperando. —Había sido una copropietaria de mierda esta semana. Necesitaba compensárselo de alguna forma.

Además, necesitaba distanciarme del demonio que tenía a mi lado antes de cogerle cariño. O algo peor.

Porque, al final, se acabaría marchando.

La campanilla sonó cuando abrí la puerta del local y el aroma de las galletas en el horno me llegó a la nariz de inmediato.

—¡Willow! —La cara de mi hermana pequeña se iluminó con una sonrisa brillante en cuanto me vio, cosa que me hizo sentir todavía más culpable por los últimos días.

—Hola, Luna.

Tenía una manchita de harina en la mejilla, y algunas más cubriendo el delantal que llevaba puesto, de color rosa pastel, lleno de dibujitos de fantasmas.

Llevaba el pelo color miel, algo que había heredado de nuestra madre, recogido en un moño despeinado con uno de esos turbantes estampados típicos de ella, pero su sonrisa se desvaneció en el mismo instante en que advirtió la sombra oscura que seguía pegada a mí.

Damien se había quedado de piedra y su rostro había perdido todo color mientras contemplaba a mi hermana.

Fruncí el ceño. ¿Qué les pasaba a los dos?

—Damien, esta es mi hermana, Luna. —Le di un codazo en el estómago con la esperanza de que adoptara una actitud más humana, al tiempo que esbozaba una sonrisita y me giraba hacia ella—. Luna, este es Damien. Mi… amigo.

Se acercó a nosotros y tendió una mano por encima del mostrador. Cambió su expresión a una sonrisa estudiada.

—Me alegro mucho de conocerte, Damien.

Él se tensó, se limitó a contemplarle la mano, sin embargo, no se movió para ofrecerle la suya. Tras un momento de silencio, apartó la mirada.

—Tengo que irme —murmuró mientras se daba la vuelta.

Salió sin dirigirme ni una sola palabra más. La mano de Luna seguía tendida en el aire.

—Pero…

Fruncí el ceño. La campana volvió a sonar.

Nos dejó a las dos allí de pie, en silencio.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó Luna, dándose la vuelta.

—No lo… —Sacudí la cabeza—. No lo sé. Él…

Se suponía que íbamos a pasar el día juntos. Y ahora, ¿había desaparecido sin más? Quizá no quería estar conmigo, después de todo. Tal vez yo solo fuera un medio para conseguir un fin y poco más. Todas esas preguntas de antes…

Sacudí la cabeza para liberarme de esos pensamientos. Por lo menos tenía a mi hermana a mi lado.

—Vamos —me animó Luna mientras me arrastraba a la trastienda. Llenó un bol con los ingredientes para el glaseado mientras yo me subía de un salto a una de las mesas. Tenía que empezar a trabajar y todavía no había ni desayunado, pero estaba demasiado confundida como para centrarme en nada.

En vez de eso, la observé mientras trabajaba.

—¿Y bien? ¿Ha funcionado?

—¿Eh?

—Tu hechizo. —Enarcó una ceja—. El de anoche.

—Ah. —Me alegraba de no poder ver por la ventana, porque sabía que lo estaría buscando con la mirada—. Sí.

—No he podido evitar darme cuenta de que tu nuevo… «amigo» tiene el mismo nombre que tu nuevo gato. —Sonrió con picardía mientras encendía la batidora de pie para que batiera el bol de glaseado.

Me puse a atarme el delantal mientras ignoraba su pregunta. Al fin y al cabo, no tenía una respuesta para ella. Porque ¿cómo narices le iba a explicar que estaba pasando el rato con un demonio?