Spooky love Willow #2
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Willow #2

De repente, me vino a la cabeza que todavía no tenía ni idea de qué decirle a mi hermana.

Ni a nadie. ¿Qué pensaría la gente cuando nos vieran juntos?

Era un pueblo pequeño y la gente hablaba.

Se correría el rumor, sobre todo porque yo no había estado con nadie desde la universidad.

E incluso entonces, nunca llevé a ningún novio a casa.

Ni siquiera cuando mis padres seguían vivos.

—Bueno, ¿cuál es la historia?

—¿Qué historia?

Damien enarcó una ceja mientras yo nos señalaba a ambos.

—¿Cómo nos conocimos? ¿Por qué estoy recorriendo el pueblo con un guapo desconocido al que nadie ha visto antes?

Su voz apareció en mi mente.

¿Crees que soy guapo?

—Deja de hacer eso.

Él se encogió de hombros.

—No era consciente de que necesitáramos una coartada. ¿No podemos ser dos personas que pasean por la calle principal mientras miran las decoraciones y punto?

—Mi hermana va a hacer preguntas.

Todo el mundo iba a hacerlas. Preguntas para las que todavía no tenía respuesta.

—Mmm.

—Damien. —Me froté las sienes—. Esto es serio.

—Te preocupas demasiado, brujita.

Ya, bueno, igual es que tú no te preocupas lo suficiente , pensé para mí misma.

Qué chorrada. Solo me preocupo por las cosas importantes. Su respuesta sonó en mi cabeza.

Me detuve en plena acera y Damien se giró para mirarme con una ceja enarcada.

—¿Qué?

Me crucé de brazos.

—Yo… Habías dicho que no podías leerme la mente.

—Y no puedo. —Me miró durante un instante, confundido—. ¿A qué te refieres?

—Estás de coña, ¿verdad? — Eso no lo había dicho en voz alta —. Y me has contestado.

Me escudriñó el rostro y me pregunté si había encontrado la respuesta que buscaba en mi cara.

— ¿Por qué podemos comunicarnos mentalmente? —pregunté.

El silencio fue mi única respuesta.

—¿Por qué pensaba que sí que me ibas a contestar?

—farfullé para mí misma. Había algunas brujas que tenían…

habilidades, pero nada parecido a aquello.

Y, desde luego, no era algo que yo hubiera experimentado antes.

Solo con Luna, que a veces sentía como si pudiera anticipar lo que iba a decir antes de que lo verbalizara.

Pero era mi hermana, mi llama gemela. Por supuesto, estaba en armonía con sus sentimientos. Nada explicaba esto.

Empecé a moverme de nuevo y mi gato endemoniado convertido en un humano superatractivo me siguió el ritmo, paso a paso.

—Nunca me ha acompañado nadie al festival —admití en voz baja—. No sé qué van a pensar.

—¿Tus amigas?

Asentí.

—Y mi aquelarre.

—Ya. —Esbozó una mueca, como si aquello fuera un recordatorio repentino de nuestra situación en el pueblo. De que yo era una bruja y él, un demonio—. ¿Y por qué no podemos contarles la verdad?

Se me desencajó la mandíbula de la sorpresa.

—Nadie se lo va a creer. —Miré hacia abajo para asegurarme de no pisar ninguna grieta en el asfalto (no porque estuviera evitando mirarle a la cara, desde luego), y continué—.

Mi gente… no confía en los demonios. No estoy segura de poder arreglarlo si vuelve a pasar lo de antes.

¿De verdad quieres gritar a los cuatro vientos lo que eres?

—¿No se lo vas a contar a tu hermana?

—No.

—Pero ¿no tenéis… buena relación? Si hasta vino ayer a ver cómo estabas. —Frunció el ceño.

Normalmente, se pasaba unas cuantas veces por semana. A fin de cuentas, también era su antigua casa. Y trabajábamos juntas. ¿Qué le diría cuando, inevitablemente, me preguntara por qué Damien el gato había desaparecido y un Damien humano estaba paseando conmigo por el pueblo?

—Podemos tener buena relación y aun así guardarnos secretos. Secretos importantes. ¿No los tienes con tus hermanos?

Su voz sonó taciturna, lejana.

—La verdad es que nunca he tenido nada que ocultar. Mi hermano… —Sacudió la cabeza—. Él no es así. Mi vida nunca ha sido realmente mía.

Cuando lo miré, fijó los ojos en un lugar más allá del horizonte.

—Oh.

Eso sonaba… triste. Y solitario. De repente, un montón de cosas acerca de él empezaron a cobrar sentido.

La razón por la que parecía no querer apartarse de mi lado y por qué no tenía prisa en volver al reino demoníaco.

Dijo que tenía cosas pendientes aquí, ¿verdad?

¿Fui una presuntuosa al tener la esperanza de que se refiriese solo a mí?

¿Era yo la primera amiga que tenía? Me parecía raro referirme a él de esa forma, pues lo conocía desde hacía menos de una semana, aunque esa etiqueta me encajaba.

Era mejor que desconocidos. Se me ocurrió una idea y se me escapó antes de poder pensármelo mejor.

—¿Cuántos años tienes?

—Doscientos ochenta y siete.

—¿Cómo? —No me lo esperaba.

—La edad funciona de forma distinta en el reino demoníaco. —Se encogió de hombros—. En términos humanos, ni siquiera me acerco a la mediana edad.

—Qué fuerte. Ni me imagino cómo será vivir tanto tiempo.

¿Qué clase de existencia había estado viviendo durante los casi tres siglos pasados?

Apenas sabía nada de él como persona, pero sí que tenía la sensación de que sus años no habían estado llenos de felicidad, amor, risa…

o vida. Y, fuera por la razón que fuese, quería mostrarle cómo era eso.

Lo que habría sido haberse criado aquí, en Pleasant Grove.

Dejé que el silencio nos cubriera como un velo, a excepción de las hojas que crujían bajo nuestros pies y el viento que soplaba entre los árboles.

Por lo menos, así podía admirar las decoraciones.

Era la razón por la que seguía gustándome ir al pueblo caminando, incluso cuando refrescaba.

La mayoría de los residentes habían decorado sus casas: las luces, las telarañas falsas y las calabazas talladas reposaban en las escaleras de las entradas.

Yo aún tenía que hacerme con las mías. Normalmente, Luna y yo íbamos al calabazar el primer día que abría, pero este año todavía no habíamos ido.

«Luna». Solté un largo suspiro.

—Da igual —murmuré—. De todas formas, no importa cómo nos conocimos.

—¿Por qué no?

—Porque mi hermana… es clarividente. Y tiene una percepción increíble. No se le pasa ni una.

No tenía sentido intentar ocultarle quién era él.

Quizá por el bien del resto del pueblo podía fingir que se trataba solo de un amigo, pero mi hermana no se lo iba a tragar.

Mi aquelarre sabría que no lo había conocido en un bar, aunque tampoco estaba segura de querer que creyeran lo que eso implicaba, la verdad.

Le eché un vistazo y atisbé una expresión nostálgica en su rostro.

Intenté imaginarme cómo habría sido mi vida si él siempre hubiera estado aquí.

Si siempre hubiera formado parte de este pueblo.

Si nos hubiéramos pasado los últimos días de Halloween tallando calabazas juntos o dando sorbos a la sidra caliente mientras recorríamos el laberinto de maíz.

Me dolió el corazón y eso fue lo que me sacó de mis pensamientos de golpe. No tenía derecho a pensar en Damien de esa forma.