Spooky love Willow
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Willow

Willow

Había algo en esta forma de Damien que no me permitía apartar la vista de él.

No tenía ni idea de dónde había sacado la ropa.

Encajaba a la perfección con su par de vaqueros, la camiseta negra ajustada y la chupa de cuero del mismo color.

Era muy atractivo sin intentarlo siquiera.

¿Cuándo había sido la última vez que había sentido tanta atracción por otra persona? Hacía años.

Tiré del bajo de mi vestido de lana color verde bosque (uno de mis favoritos, pues me resaltaba los ojos) en un intento por cubrirme un poco más los muslos. Lo había combinado con unas medias de vellón y mis botas de tacón favoritas, pero de repente me sentía totalmente fuera de lugar.

Quizá fuese su magia demoníaca. Debía de haber una razón por la que a las brujas se nos había advertido de que no nos acercáramos a ellos, ¿no? Probablemente, era eso lo que me llevaba a sentirme así: alerta a cada instante, por lo que pudiera pasar.

—¿Qué te ronda la cabeza, brujita? —me preguntó Damien al pillarme contemplándolo.

—Ah. —Mis mejillas se tiñeron de rojo—. Nada.

Excepto que podía oler su colonia desde donde estaba. Se colaba por mis fosas nasales como el aroma más embriagador del planeta. Era una mezcla de pino, almizcle y humo, pero parecía envolver todo mi ser.

Había una parte de mí que quería fingir que no había nada fuera de lo habitual. Al fin y al cabo, venía por este camino todos los días para ir a la pastelería. Solo que ese día era de todo menos normal. Y Damien era un recordatorio constante de ello.

Su voz me sacó de golpe de mis pensamientos.

—Así que, normalmente vas andando al pueblo, ¿no?

—¿Eh? —No me esperaba la pregunta. O, más bien, no me esperaba la charla banal para nada. En cuanto procesé aquellas palabras, asentí—. Cuando hace buen tiempo. No está muy lejos y siempre disfruto mucho del recorrido.

Era una de las ventajas de vivir en una comunidad tan pequeña, que se podía caminar casi a todas partes.

Tenía coche, pero no lo utilizaba a menos que tuviera que ir a la otra punta del pueblo.

Principalmente, conducía cuando necesitaba ir a por algo a la ciudad humana más cercana, como, por ejemplo, para que nos repararan las cafeteras.

Hoy el aire era fresco y limpio, solo se distinguía un leve rastro de lluvia, cosa que me relajaba. Eso y el crujido de las hojas esparcidas por el suelo lo convertían en el perfecto día otoñal.

—Entiendo. —Damien se metió las manos en los bolsillos y yo me di la vuelta, no quería que pareciera que estaba mirándole fijamente la cara. Por mucho que estuviera obsesionada con ella.

Yo contesté con un tarareo mientras pensaba en lo que le iba a contar a Luna cuando me pasara por la pastelería. Pedirle perdón no iba a bastar, pero le debía una disculpa a mi hermana después de haberla dejado colgada tantas veces estos últimos días.

Además, seguía debiéndole esa visita al bar.

—Entonces, ¿esto te gusta? Lo de vivir en este pueblo. —Miró a su alrededor mientras estudiaba las casas que bordeaban las afueras del centro. La calle principal, llena de pequeños negocios y establecimientos esenciales para las brujas, se encontraba a una sola manzana de distancia.

Asentí a la par que intentaba ver el pueblo a través de sus ojos. Me preguntaba qué aspecto tendría para alguien nuevo.

—He vivido aquí toda la vida. Mi aquelarre y yo nos criamos juntas. La mayoría solo hemos salido del pueblo para ir a la universidad y, aun así, volvimos. Es complicado ser una bruja sin una comunidad.

Casi nadie lo entendía, pero esperaba que Damien sí.

La verdadera maldición del mundo exterior era no ser capaz de practicar la magia por miedo a que alguien te viera.

Quizá una educación superior no fuera necesaria: muchas de las brujas con las que me había criado se habían limitado a aprender el oficio de su familia y jamás habían salido del pueblo.

Sin embargo, yo apreciaba la amplitud de miras que me había proporcionado vivir en el mundo humano durante años. Fue antes de que mis padres murieran, por lo que no me sentí tan culpable de dejar sola a Luna. Aunque ahora… no podía ni imaginar alejarme de su lado.

—Todas mis mejores amigas forman parte del aquelarre —continué—. Somos trece y las considero parte de mi familia.

Era el número perfecto: trece. Mi madre y sus amigas habían pertenecido a un aquelarre pequeño y todas acabaron teniendo hijas durante el mismo intervalo de años. Cuando llegó el momento de formar el nuestro, no hubo ninguna duda.

Los humanos tenían los grupos de exploradoras y nosotras teníamos nuestro aquelarre. Aprendíamos magia, practicábamos y descubríamos nuestros dones innatos juntas. Y yo siempre había tenido a mi hermana a mi lado, quien, a pesar de los tres años de diferencia, seguía siendo mi mejor amiga.

—¿Y qué hay de tus padres? ¿Dónde están?

Bajé la mirada a los pies y atenué la voz.

—Ya no están.

A veces, deseaba poder imaginar que simplemente se habían ido de vacaciones. Que estaban viendo el mundo. Que se lo estaban pasando bien. Era más sencillo que la realidad.

—Lo siento mucho.

Sacudí la cabeza y me obligué a no mirarlo. Si lo hacía, seguramente me echaría a llorar. No quería lamentar la muerte de mis padres. Ese día no. Por una vez, solo quería pasármelo bien.

Forcé una sonrisa sombría y observé el pueblo, que se abría paso en el horizonte.

Dejé que las calabazas de Halloween, los fantasmas de papel y las tiras de lucecitas me distrajeran del resto de los pensamientos que me corrían por la mente.

Como, por ejemplo, el tema de que mi antiguo gato resultase ser un demonio que, a su vez, era este hombre.

Un desconocido, intenté recordarme, que en ese mismo instante caminaba a mi lado.

Mantuve los ojos fijos en el suelo, pues intentaba obligarme a no mirarlo a la cara.

A los ojos que sabía que habían cambiado a un color marrón chocolate intenso y que parecían infinitos.

Como si al contemplarlos durante el tiempo suficiente fuera a encontrar la respuesta a preguntas que ni siquiera se me había ocurrido preguntar.

Por lo menos no tenía aspecto de demonio, aunque siguiera siendo más alto que cualquier humano y su físico pareciera de otro mundo.

Me sacaba unos treinta centímetros y, aun con mis botas de tacón, me sentía tremendamente pequeña.

Algo en lo que me estaba concentrando mucho en no pensar.

No había razón para que lo hiciera, para pensar en lo guapo que estaba paseando sin más por la calle, a mi lado.

No obstante, incluso mientras aplastaba las hojas con mis botas de tacón, sabía que era imposible ignorar la forma en la que lo sentía junto a mí.

¿Cómo era posible que su mera proximidad me resultara tan reconfortante tras solo unos pocos días?

Para mí era un desconocido en todos los aspectos y, aun así, sentía que no había otro lugar en el mundo en el que habría preferido estar.

—Después de ayudar un poco en la pastelería, he pensado que podría enseñarte el pueblo. Y esta noche, si te apetece… es el Festival de la Calabaza.

Levanté los ojos para mirarlo a través de las pestañas.

—¿El Festival de la Calabaza? —Damien enarcó una ceja mientras sacudía la cabeza con diversión.

—Mmm. Normalmente montamos un puestecito y servimos chocolate caliente de calabaza, café de calabaza y las famosas galletas de Luna.

—A ver si lo adivino, ¿también son de calabaza?

No pude contener la risa.

—Sí. Aunque también hace galletas de azúcar normales, solo que esas tienen forma de calabaza.

—Estaba casi babeando al pensar en sus galletas.

No había otra persona en el pueblo que supiera cocinar como ella—.

También hay un calabazar, paseos en tractor, un concurso de comer tartas y, al final de la noche, hay un…

Levanté la vista esperando encontrar a Damien con la mirada perdida en los alrededores, pero lo encontré pendiente de todas mis palabras.

—¿Hay un qué?

Me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. De repente, deseé haberme puesto el gorro solo para poder esconder la cara. No estaba acostumbrada a tal magnitud de escrutinio y atención de… nadie. Y mucho menos de un hombre guapo.

—Un baile. La anciana señora Whittle presta su granero al pueblo y El Caldero Encantado monta un bar, y… ¿Qué?

Damien curvó los labios hasta formar una sonrisa.

—¿Te han dicho alguna vez que se te ilumina la cara cuando te emocionas por algo?

—Eh…

¿Tenía la cara ardiendo? Seguro que sí. «Madre mía». Me sentía como si tuviera murciélagos revoloteando por el estómago. ¿Cuándo había sido la última vez que un desconocido tan guapo había ligado conmigo? Nunca. La respuesta era nunca.

—Bueno, yo, eh… ¿Te apetece ir?

Frunció el ceño.

—¿Al baile?

—Exacto. Y al festival.

—La verdad es que yo no… —¿Era cosa mía o parecía casi… avergonzado?—. No hago esas cosas.

—¿Bailar? —pregunté.

Damien sacudió la cabeza.

—Yo, eh… —Uy, estaba avergonzado, de eso no cabía duda. Me hizo sentir extrañamente relajada. Quizá porque se sentía como un pez fuera del agua, igual que yo con él—. Es que no se me da muy bien socializar. Nunca he estado con tantos humanos.

—Yo te enseño. —Lo miré por encima del hombro, quería evaluar su reacción—. Si quieres.

Me sorprendió lo rápido que salió de mis labios la oferta, pero todavía más lo rápido que él aceptó.

—Vale. Enséñame el pueblo y después iremos al Festival de la Calabaza ese. Aunque tienes que prometerme una cosa.

—Lo que sea.

No había parte de mí que no se hubiera emocionado por convencerlo. Por tener la oportunidad de mostrarle a otra persona aquel lugar que tanto amaba.

Se inclinó hasta estar cerca de mí, con su boca a unos pocos centímetros de mi oreja.

—No me dejes solo, por favor.