Spooky love Damien
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Damien

Damien

«Mierda». Eso fue lo primero que me vino a la cabeza en cuanto Willow me liberó de la maldita prisión en la que me encontraba.

Apenas me dio tiempo a cogerla cuando su cuerpo se desplomó sobre el suelo, prácticamente sin vida.

Si no hubiese sido por mis habilidades demoníacas, como la velocidad sobrehumana, me habría vuelto loco.

O puede que ya lo estuviera. Porque el corazón me iba a mil por hora a pesar de la sonrisa breve que me había dedicado desde la cama.

Era la única explicación que había para justificar las palabras que se me habían escapado.

«Te tengo. Mientras yo esté aquí, no te pasará nada, Willow. Te lo prometo».

¿Por qué le dije eso? Puede que lo hubiese pensado, pero me salió por la boca antes de que pudiera evitarlo. En cuanto recuperé mi forma humana, y una vez que todos mis poderes regresaron, la verdad al fin encajó. Su olor me alcanzó como un relámpago. «Mía». Ella era… mía.

¿Cómo no me había dado cuenta antes? ¿Cómo pudo la maldición nublarme la mente por completo? Y más sabiendo cómo era encontrar a tu…

—¿Seguro que estás bien?

La pregunta de Willow interrumpió el hilo de mis pensamientos. Tenía los ojos bien abiertos y de un verde muy intenso.

—Joder, ¿en serio? —murmuré con la cabeza apoyada en ambas manos. ¿Willow estaba preocupada por mí cuando fui yo el que cargó con su cuerpo inerte hasta su habitación?—. Tú eres la que ha salido perjudicada ¿y me preguntas a mí?

Dibujó una pequeña sonrisa en la boca.

—No eres un gato.

—Ya te dije que no lo era.

Levanté la comisura del labio. Era difícil no responderle con la misma expresión.

—Aun así, no estaba del todo segura. ¿Quién se va a fiar de un gato parlante?

Me reí.

—No se te escapa nada, ¿eh, brujita?

Willow bostezó y estiró los brazos.

—¿Qué hora es?

Eché un vistazo al reloj que había sobre la mesita de noche.

—Las tres de la mañana.

—¿Tanto tiempo llevo inconsciente? Diosas.

—Sí —respondí inclinando ligeramente la cabeza para asentir.

Llevaba varias horas sentado a su lado, aterrado por si el hecho de haber roto mi maldición le había causado algún daño irreparable a mi bruja.

De ser así, no sabía qué habría sido capaz de hacer, pero…

no me marché, aunque su aroma me intoxicase por completo.

Me pregunté si ya era adicto a él, si el anhelo que sentía en lo más hondo de mi ser era normal.

Necesitaba mantener las distancias, estar alejado de ella y no permitir que mis instintos más básicos se apoderasen de mí.

Me aclaré la garganta.

—Ahora que sé que estás bien, te dejaré dormir. Ya hablaremos por la mañana.

—Mmm…

Los ojos de Willow se volvieron a cerrar lentamente. En sus labios seguía presente el amago de una sonrisa.

Quédate . Una voz se me coló en la cabeza, suave y dulce. La suya. Echando la cabeza para atrás, dejé escapar un suspiro de alivio. No le había pasado nada. Willow estaba bien y… era estupendo volver a tener mi cuerpo. Flexioné los dedos y observé las manos.

Tocarla estuvo mal. Lo supe en cuanto la cogí en brazos, cargué con su cuerpo inerte hasta su dormitorio y la tumbé sobre la colcha, asegurándome de que estaba cómoda. Porque tocarla… iba a provocar que quisiera más y no podía hacerle eso. No se lo merecía.

De todas formas, ¿qué diantres pintaba yo aquí y por qué me entrometía en su vida? Ella había adoptado un gato con la esperanza de encontrar a un amigo felino para toda la vida.

Y en lugar de eso, se topó conmigo. Un capullo tramposo y manipulador que no había sido sincero cuando le explicó la razón por la que se encontraba en este lugar.

Y a pesar de todo, no podía quitarle los ojos de encima.

No había forma de obligarme a que me separase de ella. Joder, es que tampoco quería hacerlo.

Puede que no fuera necesario asumir tan pronto las verdades que había descubierto hoy, así que casi mejor dejarlo para otra ocasión. Ya averiguaría su significado más tarde. Por el momento, me quedaría tal y como estaba, contemplando cómo dormía.

—Buenos días —saludó Willow con un bostezo mientras se ataba la bata alrededor de la cintura.

Cuando me vio de pie en la nevera inspeccionando su contenido, levantó una ceja.

—¿Qué haces?

—Preparar el desayuno —respondí—. ¿A ti qué te parece?

—¿Sabes… cocinar?

—Pues claro. Ya ves, hay muchas cosas de mí que no sabes —repliqué con una sonrisa socarrona.

—Ya.

Parpadeó como si estuviese asimilando mi verdadero aspecto por primera vez. Impregnándose de mí.

Nunca me había sentido inseguro sobre mi aspecto físico.

Ya desde pequeño lo habían elogiado incluso en el mundo demoníaco.

Alababan mi pelo oscuro y mi piel pálida.

Sin embargo, tener los ojos de Willow fijos en mí, estudiando cada centímetro de mi envergadura de metro noventa y ocho, era algo completamente distinto.

Cuando recuperé mi forma original, se me ocurrió invocar algo de ropa antes de sujetar a Willow y seguía vistiendo eso mismo, una camiseta y pantalones negros.

Con todo el jaleo por asegurarme de que se encontraba bien no me había cambiado esa mañana, pero, al ver cómo me examinaba, devorándome con los ojos, casi me alegré de no haberlo hecho.

Nadie me había mirado de esa forma antes.

Era una mirada curiosa, como si no fuese capaz de creer lo que había en su cocina.

Tras cerrar la puerta de la nevera para que la comida no se echase a perder, me acerqué y me planté delante de ella.

—Lo has conseguido —reafirmé dispuesto a no tocarla, a dar un paso atrás.

No podía pensar con claridad con ella tan cerca, con su olor saturando todos mis sentidos.

¿Cómo no me había dado cuenta antes de lo encantadora que era?

Aun con el pelo alborotado después de dormir y vestida con poco más que un pijama, estaba preciosa.

Al superarla en altura, me percaté de lo bajita que era.

«Pequeña», esa palabra encajaba a la perfección en todos los sentidos.

Seguro que medía, por lo menos, treinta centímetros más que ella.

Puede que fuera porque había pasado mucho tiempo, pero, por primera vez en toda mi vida, sentía que tener acceso total a mis poderes plenos me había saturado los sentidos completamente. O solo estaban desbordados por ella, y más estando tan cerca de mí, mirándome de esa manera.

—Por lo visto sí. —Centró la mirada en mi cara—. ¿Cómo te encuentras?

Incluso ahora se preocupaba más por mí que por ella. No sabía qué pensar al respecto.

—Normal. —Los poderes volvían a palpitar en mi interior, ya no tenía el acceso restringido. Dejé que una pizca de oscuridad me serpentease entre los dedos antes de centrar la atención en ella otra vez—. ¿Y tú?

Las mejillas se le tiñeron de un tono rojizo adorable.

—Estoy bien, en serio. No sabía que usar tanta magia me fuese a abrumar tanto, pero esta mañana me encuentro bien. Gracias. —Meneó la cabeza de un lado a otro con suavidad—. No hacía falta que te quedaras, ¿sabes?

—¿Por qué lo dices? —murmuré antes de levantar la mano para sostenerle la mandíbula. ¿Cómo no hacerlo?

—Damien…

Su voz sonaba tranquila pero dulce. Le aparté la mano de la cara. «Mierda». No podía seguir tocándola de esa manera. Distancia. Necesitaba distanciarme de ella. Me aclaré la garganta y cambié de tema.

—¿Qué quieres hacer hoy, brujita?

Me miró sorprendida.

—¿Hoy?

Levanté una ceja.

—Había pensado que, después de comer, podrías enseñarme el pueblo.

—Pero… pensaba que… ¿No tenías que irte? —cuestionó con voz cada vez más baja.

Detecté un atisbo de tristeza en sus ojos que dudo mucho que fuesen imaginaciones mías. A lo mejor ella tampoco quería que me fuera. Así que pensaba quedarme, evidentemente. ¿Cómo iba a dejarla?

—No tengo prisa.

Aquella decisión hizo que el cuerpo me vibrase.

Estaba haciendo lo correcto. Tal vez tuviera que estar aquí.

Saltaba a la vista que había una razón por la que había llegado al pueblo.

Había estado rastreando vestigios de magia y la había encontrado a ella, así que igual estaba bien que me quedase. Le subió el ánimo.

—¿En serio?

—Pensaba quedarme un mes o así. —Al fin me aparté de ella mientras me aclaraba la garganta—. La verdad es que todavía tengo… asuntos pendientes por aquí.

Asuntos que empezaban por la letra W. Ahora que volvía a tener mi cuerpo, necesitaba centrarme en mi misión y no en la bruja que tenía delante. Sin embargo, era tan cautivadora que no quería separarme de ella, joder.

Willow levantó una ceja.

—¿En serio? ¿Aquí en Pleasant Grove?

Asentí.

—Sí, así que me quedaré contigo. Intentaré no llamar la atención mientras…

—¿Qué? No. —Willow, estupefacta, me interrumpió de golpe—. No puedes quedarte aquí.

Pero si antes no quería que me fuese, ¿verdad? No obstante, se la veía nerviosa. Tenía la cara aún más roja que antes.

—Antes no había problema.

—Ya, porque antes eras un gato.

Con una sonrisita engreída, me incliné para acercarme a ella.

—Puedo volver a convertirme en gato si lo prefieres. —Personalmente, no quería hacerlo, pero tenía claro que no iba a dejarla sola ni por asomo. Al menos no así, después de lo sucedido la noche anterior—. Y todavía te debo un favor.

—Esto no funciona así. No hicimos ningún trato, así que no me debes nada.

—Willow —suspiré. Joder, era una cabezota y lo peor es que eso me gustaba.

Una cosa más para la lista cada vez mayor de cosas que me gustaban de mi brujita—.

Solo… —Miré a mi alrededor. ¿Qué tenía aquel lugar que me hacía sentir como en casa?

—. Solo unas semanas y luego te dejaré en paz. Podemos ser… compañeros de piso.

—¿Compañeros? —Arqueó una ceja—. ¿Cuál es la palabra mágica?

Apreté los dientes. «Tiene que ser una broma». Ni que tuviera cinco años, por favor.

El pelo castaño le enmarcaba la cara y hacía que, de alguna manera, su ceño fruncido resultase atractivo. Me gustaba más de lo que quería admitir.

—Vale. Puedes dormir en el sofá —sentenció al fin mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, esforzándose por tener un aspecto amenazante. No lo consiguió porque, hiciera lo que hiciese, la brujita solo lograba parecer adorable.

«El sofá». Solté una carcajada.

—Está bien.

Willow tensó los labios en una deslumbrante sonrisa burlona, haciendo que los dientes asomasen entre ellos.

—Ha sido más fácil de lo que pensaba.

—¿El qué?

—Conseguir que me suplicases.

«Eso te encantaría, ¿verdad? Tenerme de rodillas por ti».

—Solo tienes que pedírmelo, brujita.

—Mmm. Eso te encantaría, ¿verdad, demonio?

Le rodeé el bíceps con la mano.

—Cuidado con lo que deseas.

Algo nos atravesó. Posó la vista en la mano con la que le agarraba el brazo y enseguida la desvió hacia mi cara, centrándola en mis labios. No se me pasó por alto el calor de sus ojos, pero por mucho que yo también quisiera… «No».

Era demasiado pronto para eso.

—Bueno, ¿qué quieres desayunar? Puedo freírte uno o dos huevos. Lo que quieras menos pescado. No tengo mucho estómago para eso después de pasar tanto tiempo siendo gato.

Cuando volví a mirarla, seguía de pie en el mismo sitio, quieta y con los ojos abiertos de par en par.

—¿En serio te vas a quedar?

Habló con un tono apenas más fuerte que un susurro.

—¿Quieres que me quede?

Me miró a los ojos y asintió levemente. Fue un movimiento tan sutil que casi era imperceptible, pero a mí no se me escapó porque estaba centrado en ella por completo.

—Muy bien, pues decidido. —Le rodeé los hombros con los brazos—. Me quedo en Pleasant Grove.

«Contigo». No lo dije.

Willow, que claramente ni se inmutó ante mi comentario, se limitó a asentir de nuevo, esta vez con más vehemencia, para confirmar mis palabras antes de darse la vuelta.

—Voy a ducharme.

—¿Y el desayuno qué? —grité tras ella, obligando a mis pies a estarse quietos, a no seguirla hasta el cuarto de baño, a no imaginarme a Willow en la ducha. «Joder».

—¡Ya comeremos en el pueblo! —exclamó ella—. ¡De todas formas, tengo que ir a la pastelería!

Al poco rato, oí el agua correr y me desplomé sobre una silla.

¿Qué diablos estaba haciendo? Tenía una misión en la que centrarme, pero cada vez que Willow estaba cerca, todo lo relacionado con eso desaparecía de mi mente y solo estaba ella.

Su pelo largo castaño descendiéndole por la espalda.

Sus ojos verdes claros observando los míos.

Entre gruñidos, bajé la mirada hacia la ropa arrugada que llevaba puesta.

Si íbamos a ir al pueblo, puede que necesitase algo más que esto.

La temperatura del mundo humano no me afectaba demasiado, sin embargo, la gente te solía mirar raro si no ibas vestido como los lugareños.

Aunque me encontraba en un pueblo de brujas, me pregunté si habría algún atuendo que les fuese a resultar insólito.

¿De verdad iba a hacerlo? ¿Iba a pasearme por el pueblo de la mano de una bruja sabiendo que no debía hacerlo bajo ningún concepto? La gente de su clase me odiaba y, a pesar de ello…, no podía imaginarme perderla de vista.

Así que, si iba a trabajar, yo iría con ella. Así me aseguraría de que estaba a salvo y la protegería de cualquiera que le echara el ojo. No era la primera vez que me llevaba al pueblo, aunque ahora era diferente.

Quizá fuese porque ya no era un gato. Volvía a andar sobre dos piernas y tenía mis poderes. O tal vez fuese por lo que había sentido, que había cambiado las cosas entre nosotros.

«¿Ella también lo habrá notado?».

Deseché ese pensamiento tan rápido como surgió. No podía permitir que nada me distrajese de la misión, y menos cuando había tanto en juego.

«Remueve cielo y tierra, hermano», me había ordenado.

Había inspeccionado decenas de pueblos de brujas, pero seguía sin conocer su identidad.

Resoplé al pensar en lo mucho que se enfadaría cuando se enterase de que había perdido un mes atrapado en un cuerpo felino. Mi hermano no poseía esa cualidad, aunque contaba con otras habilidades. Su madre no era una cambiante como lo había sido la mía.

Estaba tan sumido en mis pensamientos que fue su olor y no su presencia lo que me sacó del letargo de golpe. Llevaba el pelo largo castaño recogido en una trenza suelta.

—¿Listo? Me muero de hambre —anunció mientras seguía tirando de la parte inferior de la bota. Cuando posó la mirada en mí, se quedó de piedra—. Te has cambiado.

Me aclaré la garganta.

—Sí.

—Vaya.

Me miró de la cabeza a los pies con una expresión inquisitiva en la cara.

—¿Qué?

—¿Puedes usar tus poderes contigo mismo?