Willow #2
—¿Sigues sintiéndote sola en esta casa enorme sin mí? —La mente de Luna parecía funcionar de la misma manera que la mía, no teníamos que decir nada para entendernos.
—Ahora ya no se está tan mal.
Sentí que se me sonrojaban las mejillas y sabía que los ojos de Damien estaban clavados en mí sin tener que mirar siquiera.
¿Cómo va a sentirse sola? , pensó Damien en mi cabeza mientras agrandaba el pecho peludo. Me tiene a mí.
Cuatro días. Habían pasado cuatro días y ya sentía que me había acostumbrado a su presencia. Sabía que tenía la capacidad de hablar desde la mitad de ese tiempo y, aun así, ya me sentía rara al no poder responderle.
—Bueno, tampoco es que me haya deshecho de tu cuarto. Siempre podrías volver a mudarte. —Le clavé la mirada. Sus muebles viejos seguían en su habitación, los vestidos que le sobraban seguían dentro del armario. No sé cómo, pero hasta seguía oliendo a ella, a pasteles recién hechos y a glaseado.
El mismo aroma que me recibía todas las mañanas en la pastelería.
Siendo sincera, aquella era la razón por la que seguía trabajando allí.
Que sí, que la mitad del negocio era mío porque habíamos empezado con lo que nos dejaron nuestros padres, pero me quedé por la simple razón de que me conectaba a mi hermana.
Se tiró del pichi mientras se levantaba.
—Tengo veinticinco años, Willow. No tienes que seguir pendiente de mí, te lo prometo. Puedo cuidarme yo solita.
—Es que…
—Lo sé. —Suspiró—. Sé lo que supuso para ti perder a nuestros padres. Pero yo estoy bien, en serio. —Luna me dio un apretón en el hombro—. Bueno, te dejo que continúes con tu hechizo secreto. —Me guiñó un ojo—. No vayas en busca de tu alma gemela sin mí, Wil.
Dejé escapar una risotada y sacudí la cabeza.
—No estoy haciendo eso.
—Ya, claro. —Se encogió de hombros y acarició a Damien en la cabeza una vez más antes de dirigirse hacia la puerta—. Lo que tú digas, hermanita.
—No es lo que estoy haciendo —le repetí a Damien después de que ella se marchara. Este se había hecho una bolita en la mecedora de madera que estaba en la esquina de la estancia.
Parpadeó y sus ojos felinos se tiñeron de rojo durante un instante.
—Ya lo sé. —Su voz sonaba profunda, suave, e hizo que me recorriera un escalofrío repentino por la columna. Asentí y no dije nada más.
Quizá sí que se me estaba yendo la cabeza.
Damien estaba sentado en medio del círculo mágico que había dibujado, cada punta de la estrella de cinco puntas estaba marcada con una vela blanca. Una línea gruesa de sal negra rodeaba el círculo en su totalidad y los ramilletes de hierbas ardían y esparcían su aroma por la estancia.
Movió la naricita gatuna.
—¿Estás lista?
Estaba todo preparado. La luna estaba en el punto más alto en el cielo. Lo único que faltaba era… Bueno, yo.
Asentí y me metí en el círculo. Me había preparado con una vestimenta más tradicional para la ocasión, completada con el sombrero favorito de mi madre y la capa negra que cubría la tela fluida de mi vestido.
Las palabras me corrían por la mente y visualicé lo que intentaba hacer antes de empezar. Encontrar la maldición, romper las cadenas y liberar la magia. No había nada mejor que celebrar una ceremonia en luna llena para sentir más presión si cabía.
Esto debía funcionar.
¿Por qué me importaba tanto? No sabía la razón, pero podía sentirlo en el alma de la misma forma que reconocía a Luna como mi llama gemela, un espejo de mi alma.
Puede que Damien fuera un ser malvado, un demonio que no pertenecía a nuestro mundo, pero había una tristeza latente en él que quería entender. Una que resonaba con la mía propia.
Empecé a recitar el hechizo, cerré los ojos mientras visualizaba la magia manando de mí. No la utilizaba así a menudo, para deshacer lo que se había hecho. Los males de ojo y los hechizos simples acababan por desaparecer. Sin embargo, esta maldición era diferente.
Era fuerte.
Cerré la palma con fuerza alrededor del anillo de mi madre para que me atara a él, a nuestra conexión. Ya lo había bendecido, le había colocado un hechizo de protección y había añadido una cadena para que lo pudiera llevar alrededor del cuello, pero no bastaría. Eso me estaba quedando claro.
Veía su espíritu con el ojo de mi mente, atrapado dentro del cuerpo del gato y contemplándome.
Me suplicaba que lo liberara. El maleficio era complejo.
Se trataba de cuerdas de magia que lo envolvían, que lo contenían y poco a poco me centré en desenredarlas.
En liberarlo de aquella cosa que lo aplacaba.
La bruja que lo hizo era poderosa, de eso no me cabía duda. No obstante, yo lo era más, una sonrisa de suficiencia se dibujó en mi rostro. Podía ser más astuta que ella.
—Revierte el maleficio. Rompe las ataduras. Deja que aquello que se ha atado se desate —dije con una voz que no era la mía y, cuando abrí los ojos, pude ver la magia fluyendo sin trabas de mis manos y envolviendo el cuerpo de Damien.
Y, cuando por fin se agotó la magia, cuando por fin bajé las manos, todo se tiñó de negro.
Cerré los ojos.
«Solo un minuto», pensé para mí.
Después, me desmayé.
Estaba en las nubes, anidada en una cama blandita y suave. Calentita, cómoda. La sensación de satisfacción me invadió. Como si todo estuviera en paz. Lleno de felicidad.
—¿Willow? —La voz que me hablaba sonaba tan preocupada, tan… brusca. Algo que chocaba con las sensaciones que estaba teniendo en aquel momento.
Sollocé y sacudí la cabeza. Quería quedarme en aquel lugar hermoso. Sin embargo, la voz tiraba de mí. Abrí los ojos con dificultad mientras parpadeaba ante la cabeza de pelo oscuro que me miraba desde arriba.
—¡¿Damien?! —grité al ver un par de ojos rojos como la sangre—. ¿Ha… funcionado?
—Joder, menos mal.
«Pues claro, le alivia que haya funcionado».
Me incorporé y le eché un vistazo a la cama. Alguien me había arropado de forma experta con las sábanas y me había envuelto con mi manta favorita del sofá. Anda. Yo…
—¿Qué ha pasado? —pregunté mientras me frotaba la frente.
Lo último que recordaba era desenredar el conjuro de la otra bruja. La oscuridad seguía entrando por la ventana, por lo que no tenía forma de saber cuánto tiempo había dormido.
Él frunció el ceño.
—Has perdido el conocimiento. Yo… —Se paso la mano por la cara—. Casi me matas del susto.
Me miré las manos.
—¿Yo… me he desmayado?
Quizá había canalizado más poder del que pensaba anoche, porque nunca había perdido el conocimiento al utilizar mi magia. Siempre me había resultado sencillo.
—No lo sabía… —Giré la cara hacia las cortinas y las cerré con un movimiento de la mano.
Incluso esa acción me cansaba. Estaba claro que había agotado temporalmente mi magia. Jamás me había quedado bajo mínimos. Nunca había tenido una razón para hacerlo.
Damien hizo un sonido con la garganta, por lo que mi atención volvió a centrarse en él.
—Brujita —murmuró mientras me acunaba la mandíbula en su mano. Su voz sonaba ronca, como si hiciera tiempo que no la usara.
«Madre mía». No podía apartar la vista de su cara. De esa mandíbula, prácticamente esculpida en granito. Jamás me imaginé que mi gato endemoniado tendría este aspecto. Pero, vaya tela, cualquier cosa que me hubiera imaginado resultaba mediocre comparado con el hombre que tenía sentado delante.
Levanté los labios para esbozar una sonrisita.
—Te tengo —prometió—. Mientras yo esté aquí, no te pasará nada, Willow. Te lo prometo.
Sus palabras me penetraron la piel.
«Mientras él estuviera aquí». Pero ¿cuánto tiempo sería eso?
Y, sobre todo, ¿por qué no quería verlo partir?