Willow
Willow
Se había pasado la noche durmiendo a mis pies otra vez y, aunque sabía que no era un gato de verdad, la acción me seguía reconfortando. Era una tontería, pero saber que no estaba sola me hacía sentir mejor.
Damien había desaparecido durante la tarde y me había dejado trabajando en el estudio, asegurándome de que tuviera el equilibrio perfecto de hierbas e ingredientes para el hechizo. Era una tarea relativamente fácil, pero aun así requería de toda mi atención.
Volvió sujetando algo entre los dientes. Después de subir de un salto a la mesa, lo soltó sin miramientos en la mesa de trabajo.
—¿Es esto? —pregunté mientras alzaba un anillito de plata con una amatista morada que brillaba bajo la luz. El engaste era precioso. En realidad, la joya en sí lo era.
Carraspeó.
—Era de mi madre. Es lo único que se me ha ocurrido. Me lo dio antes de fallecer.
Así que él también había perdido a uno de sus padres. Yo sabía de buena mano lo doloroso que era y me preguntaba quién habría estado a su lado. ¿Quién le había ayudado a pasar el duelo? ¿Cuánto tiempo hacía de su pérdida?
—Lo siento —susurré mientras pasaba el dedo por encima de la piedra preciosa.
Los enormes y gatunos ojos amarillos de Damien se encontraron con los míos y me pregunté qué aspecto tendría si lo conseguíamos. De qué color sería su iris realmente. ¿Su melena sería tan oscura como su pelaje? ¿Tendría una mandíbula fuerte? Su voz era grave, así que me imaginaba…
—Brujita —me llamó, lo que me sacó de mi trance—. ¿Nos preparamos?
—Claro. —Asentí a la par que soltaba el anillo—. Todavía tenemos unas cuantas horas hasta que se ponga el sol. Quiero tenerlo todo preparado para poder realizar el hechizo cuando la luna esté en su punto álgido. De esa forma, se dará la magia lunar más poderosa posible. Y, con suerte…
Di un chasquido.
—¿Esto qué es? —preguntó Damien mientras empujaba con la nariz un ramillete de hierbas.
Contemplé mi selección. Habíamos hablado de hacer el hechizo, pero, en realidad, yo estaba intentando de todo.
—Voy a quemarlas —expliqué. Iba a utilizar incienso, una mezcla de ruda, hisopo, sal, salvia y olíbano—. Con suerte, el humo ayudará a limpiar tu cuerpo y liberarlo del maleficio.
Si es que funcionaba, claro. Algunas de las hierbas tenían un propósito específico: el hisopo servía para la defensa propia contra la magia, mientras que el olíbano se utilizaba para limpiar y purificar. Ambas plantas formarían parte de mi hechizo.
Le expliqué todo a medida que trabajaba. Siempre que tenía una pregunta o su naricilla gatuna olisqueaba mi mesa de trabajo, me esforzaba por contestarle lo mejor que podía.
Era extraño porque siempre trabajaba sola, a excepción de mi aquelarre o de Luna. Sin embargo, no me molestaba que él estuviera allí. Por mucho que su presencia constituyera la causa de mi actual angustia, también parecía mitigar ciertos sentimientos de turbación que me acechaban.
No conseguía decantarme por si era algo bueno o malo.
—¿Y qué hay del objeto que me has pedido que traiga? —inquirió mientras me analizaba con curiosidad.
El anillo descansaba justo en el centro de la mesa, sin tocar.
—Voy a utilizarlo de talismán. Espero que te proteja e impida que te vuelva a ocurrir lo mismo. —Tragué saliva. Si es que funcionaba—. Puedes llevarlo alrededor del cuello, supongo.
Le eché un vistazo a su collar, el que llevaba un cascabel.
—¿Cómo es que te han puesto eso, por cierto?
Alargué la mano, se lo quité y lo dejé en la mesa, a mi lado. Debería habérselo quitado antes. Ni se me había pasado por la cabeza.
—Después de habérmelo arrancado a mordiscos unas doce veces, me di cuenta de que no servía de nada. Siempre me ponían uno nuevo. Así que me di por vencido. —Bajó la vista al collar naranja—. Qué extraño pensar que igual pronto vuelvo a la normalidad.
Se lamió una pata.
—Esperemos —contesté, con lo que esperaba que fuera una sonrisa optimista. Aunque no tenía ni idea de si esto funcionaría. Si algo lo haría.
No sabía si era lo bastante fuerte o poderosa. Quizá me estaba pasando de la raya, pero todo esto era para sacar al demonio de mi casa. De mi vida. ¿Verdad?
—Funcionará —aseguró, con la voz rebosante de convicción—. Yo creo en ti.
Me di la vuelta, no quería que viera que me estaba ruborizando.
—¿Qué estás haciendo?
—¡Diosas! —Casi pegué un bote y se me torcieron las rayas que estaba pintando en el suelo—. ¡Luna! ¿Qué estás haciendo aquí?
—No has respondido a mi mensaje. Es luna llena, siempre la pasamos juntas. —Hizo un mohín.
Era cierto, normalmente la pasábamos con el aquelarre. Sin embargo, esta vez, necesitaba que esto funcionara por el bien de Damien, no me podía arriesgar a que se enteraran todas.
—Además… he traído cupcakes . —Luna alzó la caja. Se me hizo la boca agua solo de verla.
—Lo siento. Es que… —Bajé la vista a mi círculo a medio dibujar y esbocé una mueca—. Es que tenía algo importante que hacer.
No parecía sorprendida.
—No pasa nada, Wil. Siempre y cuando estés a salvo.
¿Lo estaba? Estaba viviendo con un demonio en mi casa, por todas las Diosas. Aunque me pareció adorable cuando se hizo una bolita a mis pies la noche anterior. Cuando lo pillé apoyando la cabeza en mi tobillo casi me echo a llorar de lo adorable que era.
Cuando se acurrucaba a mi lado, a veces me costaba acordarme de que no era un gato. Esos eran los momentos que más había echado de menos. Quizá él también necesitaba esa conexión, sin importar cuán temporal fuera.
En cuanto rompiera la maldición, en cuanto le devolviera su forma, se marcharía.
—Sí —contesté por fin, pero esa idea me entristeció más de lo que jamás pensé que lo haría.
Luna me acarició el hombro.
—¿Necesitas algo?
—Creo que es algo que debo hacer yo sola —aseguré mientras me erguía. Cuando pronuncié esas palabras, la certeza de que así era se propagó por todo mi cuerpo.
Sabía que había dicho la verdad. Debía hacerlo sola… por Damien. No podía explicar el porqué, pero era un hecho irrefutable.
Mi hermana asintió.
—Vale. —Después estudió la habitación—. Por cierto, ¿dónde está el nuevo gato? Quiero conocerlo.
Parpadeé.
—Está…
¿Dónde narices estaba Damien?
Antes había estado tomando el sol que entraba por las ventanas de la biblioteca. Me hizo soltar una risilla ahogada, porque solo este demonio podía tomar el sol, seguir insistiendo en que no es un gato y conseguir que resultara adorable.
La peor parte de este asunto es que iba a perder a otro gato.
«Miau». Desde que le había quitado el puñetero collar ya no sonaba el cascabel.
—¡Uy! ¡Hola, peque!
Luna se agachó y extendió la mano hacia Damien, que ladeó la cabeza y la olisqueó sin estar muy convencido.
—Esta es mi hermana —le indiqué a mi gato, consciente de que esto solo resultaba incómodo para mí. Puesto que mi hermana no tenía ni idea de que el animal que ahora mismo se restregaba contra ella era prácticamente de la realeza en el mismísimo infierno.
—Qué majo.
Damien gorjeó como respuesta mientras se restregaba contra sus tobillos lleno de alegría.
«Excepto cuando hay un hombre de por medio», pensé con un resoplido, y Damien giró la cabeza de golpe para mirarme.
—Uy, sí —concordé por fin—. Majísimo.
¿Sabes? Aún puedo morderte , dijo Damien directamente en mi mente. Tengo dientes .
Le miré con los ojos entrecerrados, incapaz de contestarle.
—Tendré que traer a Selene para que jueguen un día —sugirió con entusiasmo, ajena a la conversación que estaba teniendo lugar en mi cabeza. Selene era la gata blanca y peludita que tenía desde los siete años.
¿A qué niña de siete años se le daba bien ponerle un nombre a su familiar? Al fin y al cabo, yo había llamado Binx al mío. Y Luna, cuyo nombre hacía referencia al astro, había llamado a su gata como la diosa de la luna. Así era mi hermana.
Me preguntaba cómo reaccionaría su familiar a mi gato endemoniado. ¿Notaría que había algo raro en él? ¿Cómo actuaban los gatos cuando había demonios cerca? Especialmente, ante aquellos que se convertían en un felino.
Sigo sin ser un gato , intervino Damien.
Pleasant Grove estaba protegido concienzudamente contra los seres malignos y los humanos, así que nunca había conocido a un demonio antes. Seguramente por eso me resistía tanto a aceptar a Damien como uno. ¿Cómo narices había conseguido atravesar la barrera?
—¿Y bien? ¿Qué te parece? —preguntó Luna volviéndome a meter en la conversación, con lo que aparté los ojos de la silueta negra de Damien.
Me concentré en no poner los ojos en blanco. Si tenía suerte, ya no sería un gato después de esta noche. Y, sobre todo, no sería mi gato.
—Quizá —contesté, pues no quería comprometerme a nada. En especial si no conseguía solucionar todo antes del siguiente encuentro del aquelarre, porque seguro que necesitaría reclutar su ayuda.
No vamos a pedírselo ni de coña.
Le lancé una mirada asesina. «Fuera de mi cabeza», quería decirle. Pero tampoco era que pudiera leerme el pensamiento.
Suspiré y volví a centrarme en la tiza. Tendría que volver a dibujar la estrella de cinco puntas más tarde, pues la llegada de Luna me había desconcentrado.
Coloqué la tiza en la mesa grande que había en el centro de la estancia y apoyé la cadera en el mueble para después inclinarme y contemplar a mi hermana.
Me fascinaba lo rápido que se había convertido en una persona independiente. Entre nosotras había una mera diferencia de tres años, pero de pequeñas había sido mi sombra, siempre quería ayudar a su hermana mayor y hacer lo que yo hiciera.
Sin embargo, se había transformado ante mis ojos, había florecido hasta encontrarse. La bruja que amaba los colores pastel, la repostería y prefería rodearse de cosas felices y relucientes en vez de quedarse en nuestra casa vieja y triste.
Sabía por qué se había marchado, quería vivir más cerca de la pastelería, pero, aun así… la echaba de menos. Aunque tal vez ahora me alegraba un poco que no anduviera por aquí. No con lo que tenía viviendo bajo mi techo. O mejor dicho, a quién.