Spooky love Damien
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Damien

Damien

—¿La gente normal lleva a sus familiares a la biblioteca? —pregunté a Willow. Iba tras ella caminando por la senda que conducía al pueblo.

Podría habernos teletransportado si hubiese tenido acceso total a mi magia. Pero, claro, si ese hubiese sido el caso, no estaría aquí, caminando tras la bruja.

—No.

Por alguna razón, aquello no me molestó tanto como solía hacerlo antes. Y menos ahora que podía hablarle a Willow. Ayer la sobresalté, pero ahora parecía haberse acostumbrado.

Ya había pasado por aquel camino antes, aunque todo parecía nuevo junto a ella. El cascabel que colgaba de mi collar tintineaba cuando me movía, algo que había estado ignorando con firmeza durante semanas.

—Entonces…, ¿cómo acabaste atrapado en el cuerpo de un gato exactamente?

—Ya te lo dije. Me maldijo una bruja.

—Ya. —Se mordió el labio, un gesto que solía hacer a menudo cuando reflexionaba—. ¿Y qué es lo que hiciste?

—¿Quién dice que hiciera algo?

Me adelanté a ella para poder saltar sobre un muro bajo, donde me senté y la miré de frente.

Willow puso los ojos en blanco y siguió andando por el sendero.

—Ninguna bruja maldeciría a un hombre inocente.

—Ya. Es que yo no soy un hombre, ¿recuerdas?

Entonces, fue ella la que se detuvo de repente.

—¿Me estás queriendo decir que alguien descubrió que eras un demonio y te hizo eso?

En su mirada parecía haber… preocupación. Algo que no me merecía.

—Algo así.

No podía explicarle por qué me encontraba en el mundo humano, por qué andaba suelto por ahí a merced de que una bruja pudiese lanzarme una maldición, pero, en resumidas cuentas, eso fue lo que pasó.

—¿Y nadie te está buscando? ¿No hay nadie… que se preocupe por ti?

Tenía los ojos vidriosos. Lo cual era del todo insólito. «¿Cómo podía estar esta brujita tan preocupada por mí?».

Sacudí la cabeza. Nadie iba a venir a buscarme. Mi hermanastro no le daría ni la más mínima importancia a mi ausencia siempre y cuando cumpliese con mi cometido.

—¡Vamos! —exclamó Willow al cogerme en brazos. Me meció igual que lo hizo el día anterior, aun sabiendo lo que yo era en realidad—. La biblioteca está al girar la esquina.

—¿Por qué me llevas en brazos, brujita? —murmuré, e incliné la cabeza para mirarla—. Puedo andar perfectamente.

—A callar, fierecilla. No quiero que se piensen que me he vuelto loca de remate.

Me rascó la cabeza y solté un maullido de satisfacción involuntario como respuesta antes de acomodarme en sus brazos.

No me desagradaba. Tal vez fuese porque era ella.

En esta forma tenía unas zarpas afiladas como cuchillas y, aun así, me parecía bien que ella entrase en la biblioteca cargando conmigo mientras yo acomodaba la cara en el hueco interno de su codo.

No volví a levantar la cabeza hasta que el olor a libros viejos se coló por mis fosas nasales. La biblioteca estaba oscura y hasta los topes de libros. Casi daba la sensación de que hubiera allí una presencia sobrenatural. Me pregunté cuántas brujas habían estudiado y aprendido magia en ese lugar.

—¡Willow! —la llamó un hombre joven. Noté que se me erizaba el pelo del espinazo.

Por alguna razón, no me gustaba que otros humanos hablasen con la bruja. Para nada.

—Ah, hola, Simon —respondió Willow con tono cálido y nítido. No necesitaba mirarla para saber que había dibujado una sonrisa.

—¿Quién es este?

El chico pelirrojo, que apenas aparentaba tener algo más de veinte años, se subió las gafas por encima del puente de la nariz mientras me miraba.

Bufé y le enseñé los dientes.

—Es mi nuevo gato. No podía dejarlo solo en casa —comentó ella con gesto apenado. Me sorprendió lo fácil que salió aquella mentira de sus labios.

O puede que no se fiase de mí, cosa que entendía perfectamente.

—Ya veo. —Simon estiró los labios hasta formar una fina línea sin dejar de observarme antes de volver a centrar la atención en mi humana—. ¿Necesitas ayuda con algo hoy?

—No, solo estoy investigando un poco. —Bajó la mirada hacia mí y maullé, un sonido que emití sin querer—. Te prometo que se portará bien.

Respondí con otro maullido y entrecerré los ojos. «Sí, siempre y cuando dejes de mirarla de esa manera, brujo imberbe».

—Damien —soltó ella en voz baja mientras nos dirigíamos hacia una mesa del fondo—. Acabarás metiéndome en problemas.

Nos rodeaban hileras de libros por ambos lados, resguardándonos así de las miradas del resto de los usuarios y, con suerte, también de oídos indiscretos.

Bajé de sus brazos de un salto y aterricé frente a la mesa.

—No me gustaba cómo te estaba mirando.

Willow dejó su bolsa en una silla y colgó el abrigo en el respaldo.

—Es amigo mío. Lo conozco desde pequeña. Diosa, ayúdame. —Se frotó las sienes—. Ahora quédate aquí. Voy a ver qué encuentro sobre maldiciones.

—¿No quieres que te acompañe?

Eso tampoco me gustó. Quería permanecer a su lado. Protegerla. Aunque pesase cuatro kilos y medio, poseía unas garras bien afiladas y dientes puntiagudos. Si alguien la acechaba…

—¿No crees que sería raro que fuera deambulando por la biblioteca mientras hablo con mi gato?

—Mmm. Bien visto.

Me agaché para acurrucarme hasta hacerme una bola y apoyé la cabeza sobre las patas delanteras para no perderla de vista.

—No le bufes a nadie más —me advirtió antes de marcharse como un torbellino naranja y marrón. Su dulce aroma, una mezcla de café, vainilla y algo más, me impactó en el hocico.

El mero hecho de mirarla resultaba satisfactorio.

Cada cierto tiempo desaparecía de mi campo de visión y, luego, regresaba a nuestra mesa, donde dejaba otro montoncito de libros.

Yo permanecía en silencio, solo le ofrecía algún que otro maullido de reconocimiento.

No pude evitar fijarme en cómo se le iluminaba la cara cuando me pasaba la mano por la espalda y la forma en la que sus ojos relucían cuando frotaba justo ese punto entre mis orejas.

Ya no me gustaba la idea de separarme de ella. Era raro el afecto que sentía por esa humana. Por esa brujita. A pesar de no conocerla apenas, me transmitía cierta confianza y tranquilidad. Y no solo porque me tratase con delicadeza aun sabiendo que no era un gato de verdad.

Willow se sentó con otra pila de libros entre las manos y me animé.

—¿Has encontrado algo?

—Chist. —Miró a su alrededor y abrió bien los ojos antes de volver a centrarse en el libro—. No me hables. Bastante grave es ya que haya venido a la biblioteca con un gato.

—Un gato no.

Alargó la mano y me rascó debajo de la barbilla, lo que provocó que se me escapase otro ronroneo involuntario. Intentaba demostrarme que sí lo era. Llevaba atrapado en este cuerpo demasiado tiempo.

Entrecerré los ojos.

—No hagas eso.

—Pues deja que me concentre. —Willow centró de nuevo su atención en la pila de libros y cogió uno distinto—. A fin de cuentas, intento ayudarte.

Aunque odiaba reconocerlo, tenía razón, así que me senté y observé sus esfuerzos deseando poder ser de más utilidad.

Lo cierto es que no sabía realmente cómo funcionaba su magia más allá de lo que había aprendido en el mundo demoníaco.

Cristales, hierbas, velas, pociones… hasta ahí llegaba, pero desconocía su funcionamiento.

Ignoraba qué era lo que podía marcar la diferencia en esto.

—¿Has encontrado algo? —pregunté mientras asomaba el hocico por encima del libro en el que estaba inmersa.

Negó con la cabeza.

—Todavía no lo sé. —Bajó la mirada hacia mis patas y suspiró—. Te pediría que me ayudases, pero…

—No tengo pulgares oponibles —confirmé—. Seguramente sea lo peor de estar atrapado en esta forma durante el último mes. Eso y estar encerrado en el refugio con aquel pienso asqueroso como único alimento.

Arrugué el hocico y puse cara de asco. Odiaba esa bazofia. Ella se quedó de piedra.

—¿Qué?

Incliné la cabeza hacia un lado.

—¿Un mes? ¿Llevas…? —Abrió los ojos de par en par—. Dioses. Joder. Eso es… horrible. Lo siento.

Tras esforzarme por hacer la versión gatuna de encogerse de hombros, volví a acurrucarme sobre la mesa y la observé mientras leía un ejemplar titulado El pequeño libro de los maleficios y conjuros para uso diario.

Ya había dejado a un lado Brujería: sortilegios y males de ojo y Hechizos para maldecir a tus enemigos .

También había una buena pila de libros descartados con nombres similares que consideró inservibles tras apenas hojearlos por encima.

Algo en aquellos títulos hizo que me riese entre dientes, y es que eran fieles a la realidad. ¿Qué esperaba de un pueblo de brujas?

«Habría sido peor si no me hubiese rescatado», me recordé. Porque al menos ahora tenía una oportunidad. Los pocos experimentos que había hecho en el refugio con mi magia resultaron ser nefastos… excepto haber encontrado a Willow.

¿Así mejor? , transmití de mi mente a la suya.

Ella se irguió del sobresalto.

—¿Cómo has…? —Parpadeó—. ¿Acabas de hablar?

Sí.

Mantuve la mirada fija en ella y vi cómo se le ponían como platos aquellos ojos verdes tan bonitos.

—Pero… si no has movido los labios —susurró en voz extremadamente baja al mismo tiempo que se acercaba a mi cuerpo peludo—. ¿También puedes oír lo que pienso?

Solté una carcajada.

No.

Se mostró aliviada al saber que no podía leerle la mente y eso me hizo preguntarme qué era lo que escondía bajo aquella sonrisa amable. ¿Qué pensamientos eran tan privados como para que prefiriese guardárselos solo para sí?

Además, los únicos demonios que poseían esa habilidad eran los que habían encontrado a su «compañera». Esa clase de unión mental solo se daba en parejas y yo no era de aquellos afortunados que tenían una.

—El problema es que no sé cuál fue la maldición que te echaron —declaró tras cerrar el libro de golpe—. Y eso es crucial para revertirla, lo que significa que…

Willow respiró hondo, se puso en pie y empezó a caminar de un lado a otro sumida en sus pensamientos. Los murmullos que emitía fueron volviéndose más intensos a medida que iba resolviendo el problema que parecía tener, fuera el que fuese.

—A no ser… No. —Se presionó el puente de la nariz con el pulgar y el índice—. Tendré que resolverlo a la fuerza. Si desenredo los hilos…

Tú… ¿qué? ¿Cómo?

—No sabes mucho sobre las brujas, ¿a que no?

Seguramente lo mismo que sabes tú de demonios , repliqué con sarcasmo.

—Buena observación. —Suspiró—. La mayoría de estos libros dicen lo mismo. Existen algunos métodos que podríamos probar, pero no creo que te vayan a gustar.

Prueba. Estaba dispuesto a hacer casi cualquier cosa con tal de librarme de este aspecto y poder estirar las piernas de nuevo, las de verdad.

Volvió a abrir uno de los libros y señaló un fragmento de texto.

—«Hechizos sencillos para romper maldiciones» —leyó Willow en voz alta—. «Uno: dejar que una fuente de agua viva la arrastre consigo».

Levantó una ceja y yo negué con la cabeza.

—Creo que paso.

—«Dos: tomar un baño purificante con una mezcla de sal y…».

—Te puedo asegurar que cualquier cosa que implique el uso de agua también implicará el uso de mis garras. —Lancé un bufido y saqué las uñas a modo de demostración—. Cuanto más tiempo pase en esta forma, más felinos se vuelven mis reflejos. Es algo… involuntario.

Willow asintió.

—Puedo probar cierto hechizo, pero, para que salga del todo bien, necesito saber quién te lanzó la maldición. Así podría atarla y atajar la maldición en su origen.

—¿Es peligroso?

—¿El qué?

—Ir a por la bruja que me maldijo.

¿Y si te pasa algo? No me gustaba que corriese peligro por mí.

—Bueno… —Sus mejillas se sonrojaron levemente—. No me pasará nada. Puedo apañármelas.

Vaya. No me había dado cuenta de que le había proyectado ese pensamiento.

Ella carraspeó.

—Además, no es del todo necesario encontrarla, me vale con… saber qué aspecto tiene. Creo que con que me mostrases el recuerdo que tienes de ella sería suficiente.

Dudé. Si veía ese recuerdo, sabría demasiado.

La bruja que me maldijo… «Joder». Era clarividente. Iba buscando una bruja que fuera poderosa y, sin embargo… estuve a punto de estropearlo todo.

Tuve suerte de que la maldición que me había lanzado no hubiese surtido efecto del todo. Si me hubiese convertido en un gato por completo y hubiese perdido cualquier vínculo conmigo y con mis poderes, habría perdido el juicio. Me habría quedado atrapado en este cuerpo para toda la eternidad.

—Pues… probémoslo. ¿Qué nos hace falta?

Estaba dispuesto a hacer lo que fuera para mantenerla alejada de ese recuerdo.

Ella examinó la lista.

—Creo que lo tengo casi todo… excepto algo de tu propiedad. Y un poco de sal negra. Pero tenemos que realizarlo con luna llena.

—¿Y cuándo es la próxima?

Willow tragó saliva.

—Mañana.

Lo que significaba que, si no surtía efecto, iba a pasar otro mes entero atrapado en mi forma gatuna. Aun así, valía la pena intentarlo.

—Pongámonos a ello.

La brujita asintió y cogió los pocos libros que había seleccionado.

—Deja que le pida a Simon el préstamo de estos libros y luego vamos al pueblo a por las cosas que necesito para el hechizo. ¿Crees que podrás conseguir algo tuyo?

Hice una pausa. ¿Algo mío? Apenas tenía nada a mi nombre. ¿Había algo que realmente fuera mío? Mi título no, tampoco mi posición. Ni siquiera la ropa que llevaba puesta.

Aunque… sí había algo. Solo tenía que ir a cogerlo.

—Déjamelo a mí, brujita.

Me dedicó una sonrisa triste y enseguida quise remediarlo. Deseé calmar sus miedos. Desde luego, no podía hacerlo siendo un gato. No podía coger esa cara preciosa entre mis manos y prometerle que todo iría bien. Todavía no.

Sin embargo, una vez enderezase la situación, quizá sí podría.

Ese pensamiento fue el que me impulsó a escurrirme de aquel lugar e ir en busca de lo único que poseía, algo que nadie podía reclamarme.

Algo que confiaba en necesitar algún día, pero no para eso.