Spooky love Willow
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Willow

Willow

—Buenos días, fierecilla —murmuré a la bolita de pelo negro, sentada y lamiéndose las patas delanteras mientras se relajaba en mi cama.

Había puesto el edredón de cuadros negros y naranjas cuando decoré el interior de la casa para el otoño y casi parecía el peluche perfecto para tenerlo colocado encima. Sobre todo, combinado con el cojín decorativo con forma de calabaza, que apoyé en las fundas de las almohadas.

«Miau». Me desconcertaba mucho que, aunque era un gato bastante callado, casi sentía que podía entender lo que estaba pensando. O, mejor dicho, lo que estaba diciendo con un simple maullido. «Buenos días, humana».

Hacía semanas que no dormía tan bien como anoche. ¿Era porque sabía que había otro ser en la casa? Esta mansión vieja y chirriante podía ser muy solitaria.

—Hoy tengo que trabajar —le conté mientras lo acariciaba lentamente—. Pero no voy a estar fuera todo el día, solo durante la hora punta de la mañana. Es que Luna, mi hermana, me va a necesitar. No me gusta dejarla sola, ¿entiendes?

Maulló para demostrar que lo comprendía.

—También me sabe mal dejarte solo, fierecilla. Aunque compraré más salmón de camino a casa y luego igual podemos ver otra peli. Y acurrucarnos en el sofá.

¿Por qué le estaba narrando mi día entero a un gato que acababa de adoptar ayer mismo? No podía explicarlo, pero la forma en la que me miraba con esos enormes ojos me decía que me estaba entendiendo.

Damien frotó la cabeza contra mi mano. Al instante, ese contacto me devolvió a la realidad. Me calmó. Jamás había tenido esa sensación inmediata de que todo iba bien, debía tratarse de una señal de la buena sinastría que existía entre nosotros.

Suspiré. «Hora de ponerse en marcha». No quería dejar mi cama acogedora y cálida. Damien era como un calentador, pues su alta temperatura reconfortante me mantenía los pies calentitos.

Lo cogí en brazos y le rasqué la barbilla antes de rozarle la cara.

—¿Quién es un gatito adorable?

Se revolvió mientras yo le acariciaba la mejilla con la nariz. Me reí cuando saltó de mis brazos y se marchó al otro lado de la cama para lamerse las patas.

Como me había rechazado y no podía darle más amor, me obligué a salir de la cama. Me quité la camiseta, la lancé al cesto de la ropa sucia, junto con el resto de lo que llevaba puesto, y me dirigí al baño.

Esperaba que después de pasar unas cuantas horas de trabajo ininterrumpido en la pastelería esa sensación extraña que tenía en la tripa se desvaneciera.

Soñar era gratis.

Luna estaba amasando una bola de masa de galletas cuando entré en la zona de la cocina. Me desenvolví la bufanda del cuello y la colgué en una percha.

—¿Qué tal has pasado la noche? —Entrecerró los ojos.

Me sobresalté.

—Siento haber cancelado nuestros planes. Es solo que… seguí tu consejo.

—¿Lo de ver tu futuro? —Se animó.

—No. —Resoplé y me recogí el pelo para poder ayudarla con las preparaciones—. He ido al refugio.

—Anda. ¿Y?

—Y… tengo un gato.

Parpadeó.

—¿Tan pronto?

—Ajá. —Me di la vuelta a toda prisa desde la nevera, donde estaba buscando la nata para montarla y ponerla por encima de las bebidas—. ¿A qué te refieres con «tan pronto»? Eres tú la que me convenció para que fuera.

—Ya, pero pensaba que lo evitarías unos cuantos meses más. Es lo que haces siempre.

«¿Siempre?». Carraspeé y bajé la mirada al suelo.

—Eso no es verdad.

—Willow. Conmigo no tienes que fingir. Sé que tampoco elegiste esto.

Hizo un gesto para abarcar la pastelería.

—Pero, me encanta…

—Lo sé. —Sacudió la cabeza—. Sin embargo, no cambia el hecho de que siempre hayas evitado tomar decisiones. Qué hacer después de la universidad. Vender la casa de papá y mamá. Construir tu propia vida. —Me sonrió con tristeza.

—Yo… —La verdad es que no podía negar la mayoría de las acusaciones—. No voy a venderla. No hay razón para hacerlo. Ya te lo he dicho. Ahora es mi casa.

Nuestra, hasta que decidió mudarse. «¿Cuándo se ha vuelto tan introspectiva mi hermana pequeña?».

—Hay más casas —musitó.

—No quiero otra, Lu. Ya lo hemos hablado.

—Solo me preocupo por ti, ahí sola en esa casa vieja y destartalada.

—Pues vuelve. —Me encogí de hombros, como si no hubiéramos tenido esta discusión miles de veces desde que sacó el tema de marcharse y mudarse al piso de una habitación que había encima de la pastelería—. Además, ya no estoy sola. Ahora tengo a Damien.

—¿Damien?

—Mi gato.

—Ya.

—Luna…

Sacudió la cabeza y el turbante que le sostenía el pelo se movió de un lado a otro con el gesto.

—Lo siento. Me he pasado.

—No. Tienes razón. —Ella me miró de repente, la sorpresa era evidente en sus ojos, tanto como imaginaba que lo sería en mi cara—. Tengo que poner en orden mi vida. Averiguar qué es lo que quiero. Si… —No quería ni decirlo. Me encantaba trabajar con mi hermana—. Si es esto.

«¿Y si no lo era?».

Asintió.

—¿Sabes? No pasa nada por tomar tus propias decisiones. Aunque lo que decidas sea no continuar aquí.

Vertí la nata en la batidora junto a los aderezos. Quería estar ocupada para no tener que volver a mirarla a los ojos. Estuve dándole vueltas a esa idea durante toda la mañana. Porque sentía como si hubiera algo allí fuera aguardándome y todavía no sabía lo que era.

Pero quería averiguarlo.

La mañana y la tarde pasaron a toda velocidad.

Los sábados de octubre siempre eran un no parar.

El aire fresco de otoño se llenaba de risas y cháchara, ya que la mayoría de la gente del pueblo salía a la calle para disfrutar del clima.

Casi todos los habitantes habían decidido parar a por las famosas galletas de calabaza de Luna.

No los culpaba. Yo me había comido tres a escondidas a lo largo del día.

Al empezar la tarde, me marché y le encomendé a Luna el cierre. Jamás me había considerado una persona madrugadora, pero como sí me gustaba salir pronto del trabajo, hacía el esfuerzo. Era una ventaja de entrar antes de que saliera el sol.

Una vez en casa, me comí otra galleta. Seguramente estuviera dejando un surco en el suelo de la cocina de tanto caminar de un lado a otro mientras la mordisqueaba. Las palabras que me había dicho antes mi hermana seguían dándome vueltas en la cabeza.

«¿Siempre evitaba tomar decisiones importantes? ¿Esperaba a que otro las tomara por mí?».

Damien estaba sentado en la mesa de la cocina, observándome, pero yo no tenía la energía mental suficiente como para obligarlo a bajar.

—¿Vas a estar andando de un lado a otro todo el día?

Parpadeé.

—¿Qué? ¿Es que nunca has visto a un gato que habla? —añadió.

—Willow, te estás volviendo loca —murmuré para mí—. El gato no está hablando contigo.

—No, sí que estoy hablando contigo. —Se bajó de la mesa de un salto y se acercó para sentarse a mis pies—. Aunque, técnicamente, no soy un gato.

Inclinó la cabeza a un lado y sus adorables orejitas se irguieron.

Enarqué las cejas.

—Tienes bigotes. Y una cola.

«Y ahora estoy hablando con mi gato».

—Bueno, soy consciente de que tengo el aspecto de un gato. —Se lamió una de las patas—. Pero no lo soy. Simplemente, estoy atrapado.

—¿Atrapado?

«¿Me acaba de lanzar una mirada asesina con esos ojos felinos? Me estoy volviendo loca». Esa era la única respuesta lógica. Se me había ido la olla.

—Así es. No puedo volver a mi forma habitual.

—¿Y tu forma habitual es…?

—La de un hombre. Casi siempre.

—¿Casi siempre? ¿Eso qué narices quiere decir?

—No tengo muy claro si estás preparada para saberlo.

Sus ojos lanzaron un destello carmesí y juraría que la habitación se oscureció.

«Ay, Diosa».

—Bueno… —Me mordí el labio—. ¿Y cómo te… desgatamos? ¿Desgatificamos? —Analicé el término y después sacudí la cabeza—. ¿Esto te había pasado antes?

—No. —Dejó escapar un suspiro dramático—. Me han lanzado una maldición. Una bruja.

«Ay, por todos las Diosas».

—¿Un gato parlante maldito? ¿Qué es esto? ¿Sabrina, cosas de brujas?

Parpadeó.

—¿Qué?

—Ya sabes… Salem. Tiene una maldición por la que es… —Le miré a la cara inexpresiva. Estaba claro que nunca había visto la televisión humana—. Da igual. —Me crucé de brazos—. ¿Cómo lo solucionamos?

—Mmm. —Su voz era ronca, casi como un ronroneo. Cosa que tenía sentido, pues estaba hablando con un gato.

Me temblaron las piernas y bajé hasta el suelo para sentarme sobre el parqué. No estaba segura de poder mantenerme en pie si me quedaba erguida. No con todo lo que estaba ocurriendo delante de mí.

Parpadeé. ¿Cuál era la respuesta apropiada ante una situación así? Jamás había lidiado con una persona a la que habían convertido en gato. De todas las cosas mágicas y extrañas que habían acontecido en Pleasant Grove, esta ocupaba el primer lugar de la lista.

—Entonces, ¿cómo te devolvemos a tu verdadera forma?

—No te precipites, brujita. —Meneó la naricilla rosa—. ¿Qué tiene de malo nuestro acuerdo?

Se me dilataron las fosas nasales.

—¿Nuestro acuerdo? ¿Te refieres a ese con el que has encontrado la forma de colarte en mi casa, me has obligado a darte de comer y has dormido en mi cama? ¿Ese?

Se lamió la pata como si nada.

—Exacto.

—Ay, madre…

«Por todas las Diosas. Ha dormido en mi cama».

—¿Me has visto desnuda?

El gato Damien se quedó helado.

—¿Qué?

—Esta mañana. Cuando me he cambiado. Estabas en mi cuarto y yo… —Palidecí, agradecida de estar sentada en el suelo—. Voy a potar.

—Brujita. —Me colocó una pata en el brazo—. Te prometo que no he mirado.

«Mucho», parecía decir la sonrisilla de su cara.

Puse los ojos en blanco.

—Willow.

—¿Qué?

—Mi nombre es Willow.

Dio un latigazo con la cola.

—Ya lo sé.

—¿Y por qué sigues llamándome «brujita»?

Medía casi un metro con sesenta y ocho centímetros, una estatura media, para que quedara claro.

—Bueno, porque lo eres, ¿no? Una bruja. —Damien ladeó la cabeza—. Y por eso puedes ayudarme.

Me crucé de brazos.

—Claro, pero no hace falta llamarme «brujita», como si fuera pequeña. Tengo veintiocho años y soy dueña de un negocio. Hasta la casa es mía.

—Tú me has llamado «bebé chiquitín» tres veces esta mañana.

Carraspeé.

—Pensaba que eras un gato.

—Pues como la gente normal —ronroneó.

—Damien.

Me sentía rara al referirme a él así, por su nombre. Cuando me vino a la cabeza de repente no le di importancia, pero, ahora…

—Ah, ¿ves? Ya te sabes mi nombre, bruja. —Frunció la nariz.

«Diosas, ayudadme. Sí que has perdido la cabeza, Willow».

—No estás loca.

—¿Qué? Me acabas de leer la mente. —Me froté las sienes.

—No, por desgracia, no tengo acceso a todos mis poderes en esta forma.

—¿A todos tus poderes? —Enarqué una ceja.

Damien estiró la espalda antes de incorporarse, como si quisiera exhibir su altura gatuna. En sus ojos volví a percibir un destello rojo y me estremecí, aunque no solía haber corriente en esta casa.

—¿Qué eres? —Las palabras se me escaparon, apenas fueron más que un susurro.

Azotó el suelo con la cola.

—Lo siento, antes no me he presentado como es debido. No quería asustarte.

«Bueno, pues la verdad es que lo has conseguido con creces igualmente».

—Me llamo Damien, aunque supongo que también es apropiado dirigirse a mí como gato endemoniado. —Agitó una oreja. No creía que me estuviera imaginando el tono risueño de su voz—. Soy el príncipe bastardo del Rey Demonio. Y eso me convierte en…

—Un demonio.

Palidecí. Mi madre siempre me había hablado de los demonios. Además, me advirtió de sus triquiñuelas. Decía que te robaban el alma y te condenaban a una eternidad en su reino. En el infierno. Lo cual quería decir que este gato, mi gato, provenía del infierno.

«Y jamás de los jamases hagas un trato con el diablo». Siempre me había alertado de ello, desde que era una niña pequeña. Respiré hondo. Tenía la sensación de que había cometido un error todavía mayor al dejarlo entrar en mi casa.

—Parece que por fin lo estás comprendiendo —anunció Damien, el demonio, el gato, que en ese momento estaba sentado a mi lado—. En fin, ¿podemos volver a la parte importante?

Ignoré su pregunta, pues seguía presa del asombro.

—¿Cómo es que te ha pasado esto si eres el hijo del Rey Demonio? No se supone que eres… ¿superpoderoso?

Lo poco que sabía de demonios no me estaba ayudando. Él entrecerró los ojos y la temperatura bajó unos cuantos grados más.

—A ver si vuelves a decir eso cuando no esté en esta forma, ahí verás lo poderoso que soy.

Aquel gato negro seguía lanzándome una mirada asesina con sus ojos rojos y, por alguna razón, hizo que me entrara la risa.

—Lo siento. Es que no te puedo tomar en serio. Eres una monada.

Le di un toquecito en la nariz para demostrárselo y contemplé cómo movía los bigotes.

—Willow. —Entrecerró los ojos hasta que fueron dos rendijas—. Voy en serio.

—Y yo también. —No podía dejar de reírme.

Él se subió a mí y me colocó una pata en el centro del pecho para poder colocarme la otra sobre la boca.

—Escúchame, brujita. Necesito tu ayuda para revertir esta maldición repugnante y así poder volver a mi verdadera forma. A mi vida.

Aparté la pata de mi cara y lo sostuve delante de mí.

—¿Y esperas que lo haga por pura bondad?

—Bueno, un poco. Pero también… Has oído hablar de los tratos con demonios, ¿verdad?

Entrecerré los ojos.

—Lo suficiente como para saber que no se deben hacer.

Damien suspiró mientras volvía a agitar la cola con rabia.

—Te puedo dar lo que quieras a cambio de tu ayuda. Lo que quiera que anhele tu corazón.

—Pero, yo…

Parpadeé. No había nada que necesitara, sin embargo, ¿qué anhelaba mi corazón? Era algo en lo que había estado pensando, aunque no se lo iba a contar, claro.

—Todo el mundo quiere algo, Willow. —Se lamió la pata—. Incluso las brujitas buenas como tú.

Ignoré su comentario, incluida la forma que me hizo sentir, y fruncí el ceño.

—¿Y cómo te devuelvo a tu forma original? ¿Tengo que hacer algún tipo de hechizo o pócima? O…

Centró sus ojos en los míos sin parpadear.

—No lo sé. Si lo supiera, ¿no crees que ya lo habría deshecho yo solo?

«Ah. Vaya». Supuse que tenía algo de sentido.

—Ya —susurré entre dientes—. Tengo poca experiencia con las maldiciones. Ninguna de las brujas de por aquí las usaría jamás. Están prohibidas en la comunidad. Nuestro aquelarre apenas habla sobre ellas, aunque creo que a Cait le encantaría echarle un mal de ojo a su ex. Aunque…

Mis pensamientos volaron hasta la biblioteca que mis padres se habían pasado años conformando. Había leído muchos de los libros, pero quizá había alguno ahí dentro que me pudiera revelar cómo romper el maleficio.

—Creo que tengo una idea.

No necesitaba nada de él, pero cuanto antes pudiera sacarlo de mi casa, de mi vida, mejor para mí. Porque a los demonios no se los podía tomar a la ligera.