Spooky love Damien
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Damien

Damien

El collar que los malditos humanos me habían puesto alrededor del cuello tintineó.

¿Es que no sabían que no era un gato? Bueno, a ver, con el aspecto que tenía ahora sí parecía un gato, eso es verdad.

Pero es porque me quedé atrapado aquí, en este cuerpo peludo, y no por voluntad propia. Todo gracias a una noche fatídica.

Un mes. Llevaba con esta forma un mes y ¿qué tenía para demostrarlo? Un collar y un alojamiento casi permanente en este refugio.

¡Por todos los demonios, yo no pertenezco a un refugio!

Claro que podría escapar, pero eso no solucionaba mi situación actual.

Si al menos tuviese mi magia, podría pensar una manera de salir de este entuerto.

Pero no. Me habían encerrado en una jaula que me obligaba a observar mi reflejo, deseando poder librarme de esta maldita forma.

Y por si fuera poco, me habían puesto nombre.

Y no uno digno de mi posición, no. Hubiese preferido que me llamasen gato endemoniado antes que cualquier otra cosa.

Al menos ese nombre era fiel a la realidad.

Sin embargo, a esta humana… la había sentido.

Algo en su aroma me hizo acercarme a ella. Ni siquiera necesité suprimir los impulsos felinos que iban aumentando con el paso de los días.

Me miró a los ojos y una parte de mí supo que podía confiar en ella. Y puede que… ella pudiera ayudarme.

Por eso me acomodé en su regazo. Por eso dejé que me cogiese.

—¿Qué te parece? —murmuró la humana mientras entraba en su casa conmigo en brazos—. Sé que no está en muy buenas condiciones, pero… es un hogar.

El exterior de aquella vieja mansión victoriana era tal y como me la había imaginado, incluida la escoba apoyada en las tablas de la fachada. Además, dentro se estaba calentito. Saltaba a la vista que era un hogar. Un hogar familiar.

Aunque… ¿dónde estaba su familia? No parecía que hubiese nadie más viviendo con la humana y no percibí rastro alguno de otra persona. Tal vez el leve olor de otro humano, una mujer, y otros más antiguos que ese, pero nada más.

«Es bonito —pensé—, mejor que cualquiera de las otras casas en las que he estado en mi vida». Pero no pude decirlo.

Me llevó hasta la cocina y, una vez allí, me dejó en el suelo y se acercó a la nevera con paso ligero, donde frunció el ceño al ver su contenido.

—¿Qué me dices, fierecilla? ¿Quieres un poco de agua? Tengo que ir a la tienda a comprar algunas cosillas… —Se mordió el labio—. Lo cierto es que no me esperaba esto hoy.

Suspiró y las mejillas se le sonrosaron ligeramente mientras musitaba para sí.

«Qué mona».

Ladeé la cabeza, observando con suma atención cómo llenaba un cuenco con agua. Se detuvo y volvió a mirarme.

—¿Estarás bien hasta que vuelva?

Tras acuclillarse para dejar el cuenco de agua en el suelo, me rascó entre las orejas y se me escapó un ronroneo involuntario de la garganta. Eso era… una novedad.

Lo cierto es que nunca había tenido ocasión de dejar que ningún humano me acariciase estando en esta forma. Me sorprendió lo mucho que me gustó cuando ella lo hizo.

Maullé como respuesta. Esperaba transmitirle: «Estaré bien, humana». Pero ¿qué iba a saber yo?

La humana se irguió al tiempo que se frotaba la falda naranja, seguro que para quitarse algunos pelos gatunos que yo le había dejado, y entonces asintió.

—Muy bien, chico, ahora vuelvo. Sé bueno y no te metas en líos. —Hizo una mueca de malestar al contemplar la estancia—. Tendré que limpiar a la vuelta. Joder.

Eché las orejas hacia atrás, pues me divertía ver cómo la humana hablaba consigo.

—Dioses, Willow —murmuró. Así que Willow. Me gustó—. Tienes que dejar de hablarle al gato como si fuese a contestarte.

Si ella supiera…

De camino a la puerta, la humana… «Willow», rectifiqué, cogió el móvil y le dio a un contacto antes de llevárselo a la oreja.

—¿Hola? ¿Luna? —dijo por el aparato—. Voy a tener que dejar lo de esta noche para otro momento… —Dio un respingo—. Lo sé, lo siento…

A continuación, salió por la puerta, dejándome a solas para explorar mi nuevo hogar.

Crucé el suelo de madera moviendo la cola de un lado a otro. Supuse que, si iba a estar allí atrapado hasta encontrar la manera de revertir la dichosa maldición, estaba en mi derecho.

«¿Qué es eso?».

Mi nariz captó un olor diferente y no pude más que seguirlo.

¿Qué era ese olor tan delicioso? Empecé a salivar, momento en el que entendí que mi lado felino llevaba demasiado tiempo al mando. El mismo que me guio entre las estancias de la casa mientras buscaba de dónde provenía aquel aroma.

Tras empujar una puerta entreabierta, entré con sigilo en una habitación, pero me detuve en seco cuando todos mis sentidos se sobresaturaron de ella. De Willow. Su olor impregnaba todo el espacio y, sobresaltado, entendí dónde acababa de entrar. En su dormitorio.

Salí disparado de allí y corrí hacia el otro lado de la casa, donde asomé la cabeza en lo que parecía ser una biblioteca. Había un dormitorio vacío con paredes lila y… el origen de lo que hacía que menease la nariz. Olía a hierba gatera, a romero, a caléndula… cosas que mi lado gatuno adoraba.

La habitación parecía un trastero enorme, aunque todo tenía su propio lugar. La pared del fondo estaba cubierta de estanterías repletas de un inmenso abanico de productos: aceites esenciales, cristales, plantas, hierbas, flores secas, velas, incienso y libros.

Salté sobre la mesa del centro. Eché un vistazo a la bola de cristal, el grimorio abierto de par en par, la pila de libros allí amontonados y las muchas velas esparcidas por la mesa. De repente, me vino a la cabeza para qué usaba exactamente esa habitación.

«Una bruja».

Y un pensamiento cruzó mi mente. Esa mujer podía arreglarme. Podía terminar con la dichosa maldición y devolverme mi forma real.

Puede que la suerte me hubiese sonreído cuando me llevaron al refugio de animales. Reconozco que, por aquel entonces, no esperaba acabar en un pueblo con un aquelarre de brujas.

Cosas del destino.

Tenía que conseguirlo.

Pero ¿cómo?

Willow regresó con una bolsa de juguetes y golosinas para gatos.

—Mira, pequeñín —ronroneó mientras sacudía una bolsa de golosinas.

Yo me senté en el suelo frente a ella, que seguía agitando la bolsa. Por dentro puse los ojos en blanco al tiempo que movía la cola de un lado a otro para mostrar mi irritación.

—Venga —soltó con un suspiro—. Están ricas. O eso creo.

Willow miró la bolsa como si dudara de aquella afirmación.

La olí y arrugué el hocico. Ya tuve suficiente con comer lo que fuera que me daban en el refugio durante aquellas últimas semanas. Sobreviví a duras penas con aquellas sobras salvo cuando me atrevía a escaparme. Pero ¿eso? No, no pensaba caer tan bajo.

Maldita sea, ¡que no era un gato!

Willow frunció el ceño.

—¿No te gustan las golosinas?

Aquel gesto le dibujaba arrugas de expresión en las cejas y enseguida quise borrárselas.

«¿Por qué, Damien?».

Me incorporé de un salto y me puse a buscar comida de verdad. Algo apetecible que realmente fuese capaz de digerir. Nada de pienso seco o lo que fuera que ponían en esas golosinas para gatos que todo el mundo intentaba darme.

—¿Adónde vas, fierecilla? —me llamó la bruja, que me siguió mientras cruzaba la sala de estar en dirección a la cocina con paso tranquilo.

Me planté frente a la nevera y maullé. Ella abrió las puertas y miró dentro.

—¿Qué quieres, eh? ¿Atún?

Sacó una lata. Yo eché las orejas hacia atrás del asco. No, gracias. Nunca había sido muy aficionado a eso.

—Mmm… —Desvió la atención hacia el cajón y sacó de él un filete de salmón fresco—. ¿Qué te parece esto?

«Miau». Me restregué contra sus piernas en señal de aprobación. Ella rio para sí.

—Eres quisquilloso, ¿eh?

Mi brujita no tenía ni idea.

Willow suspiró.

—Pues nada, voy a prepararte la cena. No creo que el salmón crudo sea bueno para los gatos.

Le di un ronroneo de confirmación antes de acurrucarme en un rincón, donde descansé la cabeza sobre las patas delanteras mientras la miraba cocinar.

Tenía una habilidad innata para la cocina, cosa que me hizo pensar en el cuarto de pociones que había visto.

A pesar de lo fácil que podía resultar tenerlo todo manga por hombro, la habitación estaba organizada con meticulosidad, todo tenía su lugar.

Así que supuse que se le daría igual de bien el mejunje que estuviera elaborando.

Ahora me tocaba trazar un plan para que ella me ayudase. Para que no se asustase cuando le revelase mi verdadera identidad.

El instinto me estaba diciendo algo, pero ¿qué? Una sensación extraña se me asentó en la barriga, algo que no era capaz de identificar.

—Aquí tienes, fierecilla —dijo ella colocándome un plato entre las patas.

La nariz se me agitaba mientras ella me observaba, paseando la mirada entre el salmón cocinado y yo. «¿Vas a quedarte ahí mirando cómo como, brujita?».

Pues, al parecer, sí. Olisqueé el pescado y reconocí que olía bien; lo había preparado a la perfección. Le di un mordisco.

«Demonios». Engullí el filete de pescado entero, devorándolo en un visto y no visto.

Willow me rascó debajo de la barbilla.

—Sí que tenías hambre, ¿eh? Pobrecito mío. Aún tengo que pensar qué nombre voy a ponerte.

«Gato endemoniado está bien», pensé tras sentarme para observarla.

Ella resopló sin romper el contacto visual.

—Todavía no me creo que te llamasen demonio. Si eres una fierecilla adorable, ¿a que sí?

La bruja me rascó debajo de la barbilla y solté un ronroneo involuntario.

«Damien», pensé yo con la esperanza de que, fuera cual fuese el vínculo que ella parecía sentir entre nosotros, se lo hiciese llegar.

«Me llamo Damien». Jamás le había dado mi nombre a un humano por voluntad propia, pero…

tampoco me importaba mucho que ella lo supiera.

No me importaba estar ahí, aunque estuviese atrapado en el cuerpo de un gato.

Los labios de Willow se curvaron en una sonrisa.

—¿Damien?

«¡Sí!», maullé de la emoción y me restregué contra sus piernas una y otra vez al tiempo que frotaba la cabeza contra su piel.

—Damien. A mí también me gusta. —Me cogió entre sus brazos y me acunó como a un bebé—. ¿Qué te parece si nos sentamos en el sofá y vemos una peli, eh, fierecilla? Hay muchas perfectas para la temporada de Halloween.

Miau.

Sí.

La vida doméstica nunca había sido lo mío. En realidad, jamás había tenido ocasión de simplemente sentarme y existir. Siempre tenía algo que hacer, algo que mi hermano necesitaba que hiciera. Nunca había sido yo mismo.

Aunque, tal vez aquí, en este pueblo, en la casa de esta bruja, todo fuera diferente.

Así que dejé que me llevase al sofá. Me acurruqué en su regazo y vi cómo una pareja se enamoraba mientras reconstruían juntos una antigua pensión.

Resoplé cuando vi que los dos eran demasiado tontos como para reconocer sus sentimientos.

La miré completamente absorto hasta que el calor que emanaba el regazo de la brujita me adormeció.

Nunca me había sentido tan aliviado, tan en paz.

«Puede que la vida de un gato no sea tan mala». Ese fue el pensamiento que me despertó de un sobresalto.

No podía permitirme pensar eso. No sabía qué problema tenía, pero debía salir de ese cuerpo antes de que el cambio fuese permanente. Si existía aunque solo fuera una posibilidad de quedarme en esta forma gatuna para siempre, tenía que hacer todo lo que estuviese en mi mano por impedirlo.

Willow se irguió y bostezó mientras estiraba los brazos antes de volver a posarlos junto a mí. Intenté ahogar aquella sensación tan molesta y me recordé que podía esperar a mañana.

Por extraño que pareciera, incliné la cabeza y estiré una oreja en su dirección.

¿Esperaba ella que fuera a dormir a su habitación?

Me pareció una línea que no debía cruzar.

Y más teniendo en cuenta que no era un gato de verdad.

En algún momento tendría que darle la noticia.

Que no iba a ser su gato. Que ni siquiera era un animal.

Sin embargo, cuando ella me miró, recogiéndose el pelo por detrás de la oreja mientras yo la observaba desde el sofá, sentí lo vulnerable que era. Lo sola que estaba esa brujita.

Y no quería que se sintiese así.

—¿Nos vamos a la cama, Damien?

Miau. Me levanté, estiré la espalda y salté del sofá para seguirla con una lealtad total.

«El mejor amigo de una bruja», pensé con una sonrisa pícara. A pesar de haber sido educado para no confraternizar con brujas, esta mujer había hecho todo lo posible por hacerme feliz. Para que estuviese cómodo. Aunque solo fuera su gato.

Me acurruqué a sus pies y, por primera vez en varias semanas, dormí.