Spooky love Willow #2
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Willow #2

A Luna no le gustaba referirse a sí misma como una clarividente, aunque tenía grandes habilidades de premonición. En vez de abrir su propia tienda de clarividencia o de mudarse al mundo de los humanos para ofrecer allí sus servicios, había decidido dedicarse a su pasión: la repostería.

Por otra parte, yo todavía no había descubierto mi verdadera y auténtica pasión.

Se me daba bien llevar nuestro negocio, gestionar ambas partes y encargarme de la cafetería, pero la verdad es que nunca me había llenado del todo.

No como a Luna. Solo tenía tres años menos que yo y, sin embargo, parecía tener las cosas mucho más claras.

Quizá por eso dije lo que dije. Por eso decidí dejar de vivir mi triste vida de bruja, aquella en la que prácticamente flotaba en un estado de inercia. Como si mis manos me sostuvieran, pero no se movieran. Quería moverme. Quería volar.

Vivir.

—¿Sabes qué? Hagámoslo —sentencié.

Se le desencajó la mandíbula mientras me miraba fijamente por encima del bol de glaseado.

—¿Qué?

—Vamos al bar. Nos merecemos una noche de fiesta. Puedes ponerte uno de esos vestidos que sé que guardas en el fondo del armario, a la espera de una ocasión especial.

Ella lanzó un gritito y me rodeó con los brazos.

—¡Ay, Wil! ¡Nos lo vamos a pasar genial!

Recorrió mi ropa con los ojos, desde la falda de pana naranja que me llegaba a las rodillas hasta el body negro que había metido por dentro, todo ello coronado con mi gorro favorito. Vale, sí, no era sexi, pero era muy yo. Cómodo. Y la falda tenía bolsillos.

Luna hizo una mueca.

—Eso sí, no vas a ir así vestida.

Suspiré.

—¿Prometes ser buena conmigo?

Se le iluminó la cara. Cómo no, mi hermana era la única bruja del pueblo a la que le gustaban los tonos pastel.

—Tú déjamelo a mí. —Miró a su alrededor antes de hacer un movimiento con las manos para indicarme que me marchara—. ¡Bueno, vete! ¡Largo de aquí! Iré a casa cuando hayamos cerrado.

Por suerte, tener una cafetería y pastelería en un pueblo pequeño quería decir que se trabajaba en un horario concreto, pues casi nadie necesitaba nada después de las cuatro de la tarde. Pasada esa hora, la gente se reunía en el restaurante o en el bar, y nosotras tan contentas de cerrar pronto.

—Vale, vale —refunfuñé, al mismo tiempo que robaba otro bollo y lo hacía levitar hacia mí—. Pero me llevo esto para compensar los daños colaterales.

Luna me guiñó el ojo antes de instarme a salir de la cocina. Tenía que acabar unas cuantas cosas antes de poder marcharme de verdad, dejarlo todo listo para abrir la tienda. Preparé el café, calenté un poco de leche y suspiré de satisfacción cuando ambos aromas se mezclaron.

Puede que no lo tuviera todo claro en la vida, pero, por lo menos, tenía café.

A falta de lo demás, esto me ayudaba a seguir adelante.

Al marcharme de la tienda, me comí el último mordisco de mi bollo de calabaza a la par que le daba sorbitos al café que me había preparado antes de que Eryne llegara.

De las personas a las que contraté el año pasado, era mi favorita.

Me encantaba su melena corta pelirroja y los alucinantes pendientes brujiles que llevaba cada día al trabajo.

Costaba no contagiarse del espíritu festivo cuando se trabajaba en un sitio como El Brebaje de la Bruja.

Hoy llevaba un par de escobas colgando de las orejas.

No eran ni las siete. Aún quedaba mucha mañana por delante.

Supuse que podía ir a la biblioteca, o quizá pasarme por mi botica favorita.

Desde luego, las reservas de hierbas y productos en casa estaban bajo mínimos, aunque tenía tiempo de sobra para reabastecerme antes de la próxima quedada nocturna del aquelarre.

Podría ir al refugio de animales, aunque… no sabía si estaba lista. Puede que hubieran pasado meses, pero yo seguía sintiendo que necesitaba tiempo.

Me senté en un banco de la calle principal mientras me frotaba la nuca y le di un buen sorbo a mi café con leche, especias y calabaza.

Este lugar me brindaba las mejores vistas del pueblo, la calle despertaba mientras la gente la recorría a toda prisa para dirigirse al trabajo y seguir con sus vidas.

La mayoría de las tiendas no abrían hasta las nueve, así que, a pesar de que los coches transitaban el asfalto, las aceras seguían tranquilas.

Era la forma perfecta de disfrutar de la mañana. Me saqué un libro del bolso, lo abrí para continuar por donde me había quedado y dejé que el silencio me transportara a ese mundo.

No había nada más mágico que perderse en las páginas de un buen libro. Siempre me había encantado esa sensación: levantar la vista y darme cuenta de que me había pasado las últimas tres horas leyendo sin descanso.

Cuando por fin coloqué el marcador, miré la hora.

Había quedado en ver a Luna esta noche, pero ¿en qué iba a emplear mi día libre?

Sí, vale, había hecho mi trabajo por la mañana y toda la preparación, pero no necesitaba revisar la contabilidad.

Ya había hecho los pedidos para las próximas dos semanas.

Eso quería decir… que sí que estaba libre para hacer lo que me viniera en gana. ¿Debía ir al refugio de animales tal y como Luna había sugerido?

Pensé en el gato negro de aquella mañana, ese que no llevaba collar. Sin casa. ¿Habría algún gato allí tan solo y desesperado por tener compañía como yo?

Eso me hizo detenerme un momento; la idea de que alguien en el mundo también me necesitara… Me volví a meter el libro en el bolso de tela y me dirigí hacia el otro lado de la calle principal.

Hacia el refugio de animales.

—Si ves alguno con quien sientas conexión o si simplemente quieres verlo mejor, avísame. Con mucho gusto te dejaré que pases un rato con él, así podrás comprobar si tenéis un vínculo.

La bruja joven me dedicó una sonrisa antes de dejarme en la sala llena de jaulas. Era complicado explicar lo profundo que era el vínculo entre una bruja y su familiar, pero era la razón por la que todavía no había sido capaz de reemplazar a Binx.

Aun así, ya iba siendo hora. Lo sabía. Quería tener a alguien que me recibiera al llegar a casa. Incluso si ese alguien era… bueno, mi gato.

Contemplé las jaulas y caminé de un lado a otro.

Un tierno gato marrón estiró la espalda y, a pesar del adorable movimiento de su naricilla…

, no sentí nada. Lo mismo con el gato a rayas que había en la jaula de al lado, y con el siguiente.

Pasé por decenas de gatos y no hubo ningún tironcito, ninguna sensación. No había conexión.

Entonces, el gato negro que tenía delante movió la cola. Me miró fijamente a los ojos. Los suyos eran de un amarillo intenso y al verme se lamió una pata. Era igualito al gato de esta mañana. Pero era imposible, ¿verdad?

En la placa de su collar se leía el nombre «Lucifer». Parecía un gato joven, aunque ni de lejos era el gatito que adopté hace ya tantos años. Aun así, había algo en él. Algo que me gritaba: «Llévame a casa, soy tuyo».

Ese era el vínculo que había estado buscando. Inclinó la cabeza y pestañeó. ¿Quién era yo para discutir con el destino? Con suerte, pasaríamos muchos años juntos.

—Disculpa —llamé a la chica que trabajaba en el refugio—. ¿Puedo… cogerlo en brazos? —Señalé la jaula.

Dioses, quería sacarlo de ahí. Casi parecía… irritado por tener que estar encerrado en esa caja de cristal con cintas.

Se merecía una casa grande en la que correr, perseguir ratones y que lo acariciaran hasta que estuviera satisfecho. Y yo podía proporcionársela. La mayor ventaja de heredar la mansión Clarke es que tenía espacio de sobra para la fierecilla.

—Ah, ¿ese? —me preguntó mientras arrugaba la nariz—. No es muy simpático. ¿Estás segura?

Asentí.

—Sí, por favor.

Ella se encogió de hombros y me llevó a una sala trasera antes de volver con el gato.

Mi gato.

En cuanto la empleada se marchó, el animal se acercó a mí casi con cautela, inclinaba la cabeza de una forma que casi no parecía la propia de un felino mientras me observaba.

Otro movimiento de la cola.

—Hola, gatito —saludé con voz dulce a la par que alargaba una mano hacia él, que se sentó delante de mí.

Ladeé la cabeza mientras lo contemplaba.

—¿Cómo te llamas, eh?

El gato pareció resoplar, como si el nombre que le habían puesto los humanos lo irritara. No tenía pinta de ser un Lucifer, y eso que cuando las luces le daban en los ojos en cierto ángulo casi parecían… rojos.

Sin embargo, eso no era posible.

Dejé la mano extendida y él se restregó con ella.

—Me han dicho que no eres simpático, pero eres un terroncito de azúcar, ¿a que sí? —comenté con voz dulce.

Y entonces, me empujó la mano con la cabeza y me dejó que lo acariciara mientras se restregaba contra mí antes de subirse a mi regazo y tumbarse.

Los ronroneos solo me confirmaron que era el indicado.

—¿Quieres venirte a casa conmigo, fierecilla? —Le rasqué la coronilla.

Él maulló mientras me miraba.

—Lo tomaré como un sí.

Lo alcé en brazos, llamé a la puerta e invoqué a la bruja.

—Me lo llevo —anuncié mientras asentía como confirmación. Y, como si quisiera mostrar que estaba de acuerdo, el gato se acurrucó con pereza entre mis brazos, como si no le importara que yo lo estuviera abrazando. Ni siquiera la gata de mi hermana me dejaba cogerla en brazos.

La bruja joven me contempló con escepticismo.

—¿Quieres el gato endemoniado?

Lo apreté contra mi pecho y fruncí el ceño.

—Sí. Y no es ningún demonio. —Le rasqué entre las orejas y él levantó la vista para mirarme—. ¿A que no, fierecilla?

Si lo llego a saber…