Spooky love Willow
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Spooky love

Spooky love

Por Jennifer Chipman

© inepub.com

Willow

Willow

Me habían enseñado que los gatos negros eran una señal de buena suerte. Quizá fuese por ser la hija de una bruja, pero, siempre que veía uno, la vida parecía irme mejor.

Reparé en un destello negro mientras recorría una calle silenciosa y sombría en dirección al pueblo.

Este estaba encaramado a una pared de ladrillo que bordeaba el camino, con el rabo en movimiento para llamar mi atención mientras se lamía una pata, como si no tuviera preocupación alguna en el mundo.

Aunque supongo que no la tenía. Suspiré para mí. «La vida de un gato».

—Ojalá todos pudiéramos tener la suerte de holgazanear el día entero, como tú —comenté con un resoplido.

La fierecilla no llevaba collar, así que supuse que no tendría dueño. Sacudí la cabeza, me ajusté el bolso de tela en el brazo y continué mi camino.

Las hojas secas se esparcían por el suelo y emitían crujidos de lo más satisfactorios cada vez que pisaba una con las botas. El mundo entero estaba pintado de colores, pues todos los árboles se estaban tintando de las magníficas tonalidades del otoño.

Al darme la vuelta, miré de nuevo la pared de ladrillo, pero el gato ya se había ido.

Amaba cada aspecto de esta estación, cuando el aire se volvía fresco y podías sacar todos los jerséis calentitos del fondo del armario. Era como el equivalente a envolverte en una manta cálida y acogedora con una taza de sidra de manzana caliente entre las manos.

Sin embargo, había algo todavía más especial en pasar el otoño en Pleasant Grove.

Este pueblo siempre había sido un refugio secreto para las brujas, una localidad acogedora llena de aquelarres donde la magia era normal.

Hace mucho tiempo, las brujas fundadoras habían aislado este lugar del mundo exterior mediante barreras protectoras levantadas con magia.

Nos dieron la libertad de ser nosotras mismas, de no tener que esconder nuestra naturaleza.

Sonreí al ver un porche cubierto de telarañas y el césped decorado con una araña gigante.

Las familias habían empezado a colocar las decoraciones de Halloween en las últimas semanas.

En nuestra comunidad, era una especie de competición importantísima.

Nos lo tomábamos tan en serio como los humanos con las luces de Navidad.

Era mi mes favorito del año. Desde que era pequeña, esperaba con ansia que mi familia asistiera a las celebraciones del pueblo.

No había nada que me gustara más que los días en los que decorábamos la casa para la Víspera de Todos los Santos, sobre todo cuando había una olla de zumo de calabaza en los fogones.

Lo echaba de menos.

El aroma tentador del azúcar y los bollos me alcanzó incluso antes de haber agarrado el pomo de la puerta de la pastelería y cafetería del pueblo: El Brebaje de la Bruja. Mi hermana y yo la abrimos unos cuantos años atrás y seguía desconcertándome lo populares que éramos todas las mañanas.

No obstante, ahora mismo estaba en silencio, pues el rocío de la mañana seguía empapando el pueblo y el mundo apenas empezaba a despertarse.

La campanilla sonó cuando entré en la tienda.

Un instante después me salivó la boca por lo que fuera que estuviera en el horno de la trastienda.

Las galletas de azúcar eran la especialidad de mi hermana, glaseadas con total precisión.

Todo lo que preparaba estaba delicioso, pero yo esperaba con ansia que llegara el otoño todos los años porque sabía que conllevaba dulces con sabor a calabaza.

Al entrar en la cocina, dejé el bolso en la silla y fui a coger mi delantal a la par que me recogía el pelo castaño claro en una coleta.

—¡Wil! —Los rizos rubios de Luna aparecieron—. ¡Buenos días!

Su voz alegre me calmó al instante. Siempre había tenido ese efecto en mí.

Mi hermana y yo éramos copias casi perfectas la una de la otra, de no ser por el pelo.

Teníamos la misma forma de la cara, los mismos ojos de color verde claro y el mismo puente respingón de la nariz.

Mientras que ella había heredado el pelo rubio miel de nuestra madre, yo había heredado el tono caramelo de nuestro padre.

—Buenos días —respondí mientras me ataba el delantal a la espalda y respiraba hondo, como si pudiera absorber el aroma que llenaba el aire—. ¿Cómo te ha ido la mañana?

Su dedicación a la parte de la pastelería de nuestra tienda era la razón por la que la mayoría de las mañanas había cola en la puerta. Las habilidades que yo poseía en elaborar pociones, Luna las había convertido en eficiencia a la hora de hornear panes, magdalenas y cualquier cosa dulce.

—Ha ido bien. —Esbozó una gran sonrisa—. He hecho tus favoritos.

Mmm. Ya decía yo que los había olido.

—¿Son bollos de calabaza con chispas de chocolate?

—Has dado en el clavo. —Hizo un gesto con el dedo y uno levitó hacia mí.

Cuando éramos pequeñas, nuestros padres nos habían animado a no depender de nuestra magia. No todas las brujas de nuestro pueblo, ni siquiera las de nuestro aquelarre, tenían habilidades telequinéticas, pero ambas habíamos tenido suerte. Nuestros poderes nos habían sacado de unos cuantos líos.

El bollo, recién salido del horno y todavía calentito, me aterrizó en la mano y le di un mordisco llena de felicidad.

—Qué bueno está —gemí—. Lo necesitaba. Esta mañana ha sido, en fin…

Apenas había conseguido salir a rastras de la cama. Y luego estaba lo del gato. Pestañeé.

—He visto un gato —comenté, aunque las palabras me salieron sin querer.

Luna enarcó una ceja.

—Cielo. Hay casi tantos gatos como brujas en Pleasant Grove. Al fin y al cabo, es el familiar más común.

Los familiares no eran un secreto en este pueblo, y la mayoría de la gente formaba un vínculo de por vida con los suyos. No eran simples mascotas, eran parte de la familia. El vínculo especial que se desarrollaba iba más allá del simple «mascota y dueño».

A mí me había pasado una vez con Binx, mi primer gato: una pelusa gigante y gris.

En cuanto me lo colocaron en los brazos a los seis años lo supe.

Me entendía, hasta lo más profundo de mi alma.

Teníamos una conexión que no se podía replicar.

Había sido mi familiar, mi compañero de vida y mi criatura del alma.

Sin embargo, veintidós años eran demasiados para la vida de cualquier gato.

Ese verano, cavamos una tumba pequeñita en nuestro jardín trasero y Luna grabó la lápida a mano. Ahora mi casa estaba vacía…, silenciosa.

Aunque, esta vez, no había sido solo eso.

—Esto ha sido… diferente. —Me encogí de hombros.

—Willow. —Su voz era suave, tenue—. Sé que echas de menos a Binx. Pero quizá ya vaya siendo hora…

De pasar página. De aceptar que tendré que encontrar a un nuevo animal que llene ese espacio en mi corazón.

Últimamente, mis pociones carecían de brillo. Como si les faltara algo. Por suerte, todavía seguía haciendo un café moca de escándalo, pues yo me dedicaba a la parte de la cafetería de nuestro negocio.

Respiré hondo.

—Ya lo sé.

Binx había tenido una buena vida. Ya era hora de dejar que su alma se fuera al más allá, a otro mundo. Se había ganado ese derecho.

No obstante, eso no aplacaba el sentimiento de soledad.

Hacía seis meses que mi hermana se había ido de casa de nuestros padres, en la que nos habíamos criado, y me había dejado sola en la antigua y chirriante mansión victoriana.

Yo no dejaba de repetir que necesitaba un arreglillo, pero todavía no había conseguido reunir el valor para ir a ver a las gemelas y hablar de reformas.

Si no fuéramos brujas, habría jurado que estaba poseída por fantasmas. Quizá lo estuviera.

—Estaba pensando en ir al refugio de animales. Solo para echar un vistazo.

A ver si establecía alguna conexión. Si algún animal me llamaba. Llevaba meses evitándolo. ¿Qué me daba tanto miedo? ¿Que ninguno quisiera formar un vínculo conmigo? ¿O que alguno quisiera?

Sacudí la cabeza mientras suspiraba.

—Tengo que dejar de estar de bajón.

Luna metió el dedo en el bol de glaseado.

—Menos mal que el Festival de la Calabaza está al caer. ¡Y Halloween! Eso siempre te anima. —Se metió el dedo en la boca para chupar el glaseado—. Necesita más vainilla —comentó mientras fruncía la nariz.

—Ya, pero…

No tenía ninguna excusa, así que me limité a ponerme manos a la obra y a preparar el café. Mi hermana se cruzó de brazos y me miró fijamente.

—¿Hoy no se encargaba Eryne del mostrador? ¿Por qué no te tomas el día libre? Ve a mirar. Y haz algo divertido por una vez, venga. Te comportas como si se hubiera muerto tu alma gemela.

—¡Oye!

Fruncí el ceño. Ese aspecto de mi vida había pasado a ser historia hacía mucho tiempo. ¿Hacía cuánto que no salía con un hombre? Seguramente, desde que mis padres murieron.

Había una razón por la que tenía veintiocho años y seguía soltera.

Los últimos años me había estado escondiendo, solo dejaba la casa de mis padres para trabajar, hacer recados y ver a mi aquelarre.

He de admitir que era una persona muy hogareña.

Prefería acurrucarme en el sofá con una mantita y un bol de palomitas que salir.

—Siempre quedará El Caldero Encantado —añadió con una sonrisilla pícara en el rostro—. ¿Quién sabe? Quizá Don Perfecto entra de repente y te deja hechizada.

Resoplé.

—Sí, bueno.

Sin embargo, mi cerebro no podía dejar de evocar la imagen de un hombre: uno alto, sombrío y muy guapo, que aparecía de la nada para regalarme la noche más romántica de mi vida. Una chica podía tener sus sueños, ¿no?

Sacudí la cabeza. Eso no iba a ocurrir. Además, ya lo había intentado antes. Había renunciado a los hombres, en especial a los humanos, por esa misma razón.

—Quizá mamá tenía razón —musitó—, cuando dijo que deberíamos echarles un vistazo a nuestros futuros. Para ver con quién acabamos.

Sacudí la cabeza.

—Sabes de sobra que no tenemos que intervenir en nuestras propias vidas.

Algunas brujas hacían negocio con eso. Incluso dentro de nuestra comunidad, solo había unas pocas que hubiesen sido agraciadas con la clarividencia y eso hacía que hubiera una gran demanda de sus habilidades.