CAPÍTULO 7 #2
Levantó uno en la palma, luego el otro, sopesándolos, y luego puso sus pulgares a trabajar, rozándolos con suavidad, tanteando, probando.
—¿Así?
—Sí —musitó y adelantó su tórax.
Darius repitió el movimiento, después se inclinó y pasó la lengua alrededor sin tocar el centro. Isabel se arqueó. Cuando finalmente cerró los labios sobre un pezón, lo hizo con una presión leve.
Ella gimió.
—¿Demasiado?
—No. Otra vez.
Darius obedeció; alternó la boca y los dedos hasta que Isabel volvió a retorcerse debajo de él. Después atendió el otro pecho con la misma paciencia. Ella lo acariciaba por todas partes: hombros, espalda, brazos. No parecía saber dónde necesitaba tocarlo primero.
Darius abandonó su piel solo para terminar de quitarse la ropa. Abrió el equipaje y encontró los preservativos que había guardado en un bolsillo lateral. Isabel lo observó regresar.
—Me alegra saber que hiciste espacio para eso entre las mantas y pañales.
Darius sonrió, abrió el envoltorio, se protegió y se colocó entre sus piernas. Ella extendió los brazos.
—Ven a mí, Dare, fóllame.
Darius se apoyó sobre los antebrazos. Besó su boca, una mejilla, el borde de la mandíbula.
Isabel abrió las piernas y lo recibió entre ellas.
Él sostuvo su mirada mientras guiaba el cuerpo.
Entró poco a poco, cuidadoso. Todavía recordaba el cachondeo de la enfermera de la sala de partos: con la episiotomía cosida, va a ser como empezar de nuevo cuando toque.
Le había parecido de una rudeza imperdonable, pero ahora …
La estrechez y el calor le cortaron la respiración.
Isabel cerró los ojos. Darius se detuvo antes de hundirse por completo.
—Mírame.
Ella obedeció.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No tienes que…
Isabel le sujetó las nalgas y lo empujó hacia ella y Darius entró hasta el fondo.
Los dos gimieron. Darius permaneció quieto, mir a ndo su cara buscando el mínimo gesto de incomodidad.
La necesidad de moverse le tensaba cada músculo, pero toleraría cada calambre que fuera necesario.
Primero, segundo y tercero estaba Isabel.
Isabel balanceó las caderas debajo de él.
—Muévete, amor —susurró.
Darius retrocedió y volvió a penetrarla.
Despacio al principio. Isabel lo rodeó con los brazos, sus pechos una caricia sobre su piel, el aliento calentándole la mandíbula.
Él encontró un ritmo que le permitía observar cada reacción.
Cuando ella levantaba las caderas, entraba más hondo.
Cuando se aferraba a él, contenía la fuerza.
—Deja de cuidarme tanto —dijo Isabel, y le dio una palmada juguetona en su hombro, sus ojos fijos en él—. Te quiero real, no a esta versión que pregunta cada vez que respiro
Darius se incorporó sobre las manos.
—Si te hago daño…
—Te lo diré. Confía en mí.
Él sostuvo sus ojos, retiró el cuerpo y entró con un empuje más fuerte.
—Otra vez —exigió ella.
Lo hizo. El sonido que salió de su garganta no tuvo dolor.
Darius perdió el resto de la cautela. Aumentó el ritmo.
La cama comenzó a sacudirse. Isabel se abrió para él y recibió cada embestida.
Le clavó los talones en la parte posterior de los muslos, sus uñas dejaron líneas ardientes sobre su espalda.
Darius la besó para contener sus gemidos, pero ella volvió la cara y dijo su nombre.
Lo dijo otra vez cuando él le sujetó una pierna y la elevó. La nueva posición le permitió penetrarla más hondo. Isabel arqueó el cuerpo. Darius sintió que volvía a tensarse alrededor de él y su mente se agrietó, las señales del placer recorriéndolo, tiñendo sus pensamientos, dejándolos atrás.
Deslizó una mano entre ambos y encontró el centro de su placer.
—Darius.
—Quiero que te corras otra vez, conmigo.
La acarició al ritmo de sus movimientos.
Isabel intentó mantener los ojos abiertos, pero no lo consiguió.
El orgasmo la atravesó, la partió, la rehízo.
Su cuerpo se cerró sobre el de él y las piernas le temblaron alrededor de las caderas.
Darius resistió dos embestidas más antes de correrse, gruñendo, nombrándola, dejándose ir.
Eran uno, otra vez, en divina armonía de pieles, fluidos, placer, latidos. Durante varios segundos no existió nada fuera de aquella cama. Luego Darius recordó que pesaba y se apartó hacia un costado, pero Isabel no soltó su cuello. Lo obligó a quedar cerca, con medio cuerpo sobre el suyo.
—Peso demasiado.
—Me gusta tu cuerpo sobre el mío, Dare.
Él besó la humedad de su sien e Isabel trazó líneas distraídas sobre su espalda. Darius escuchó su respiración recuperar el ritmo. Podía sentir el latido en la base de su garganta.
—¿Estás bien? —preguntó.
Ella soltó una risa baja.
—Estoy mejor que bien.
Darius levantó la cabeza para comprobarlo. Isabel tenía el cabello desordenado sobre la almohada y las mejillas encendidas. No parecía cansada, tampoco dolorida. Lo miraba con una satisfacción que alimentó otra vez el deseo.
Él pasó una mano por la curva de su abdomen.
—Te amo.
Los ojos de Isabel se suavizaron.
—También te amo.
Darius se inclinó y besó la piel que acababa de acariciar.
Después se levantó para ocuparse del preservativo y regresó con una toalla tibia.
Isabel lo dejó limpiarla, aunque su expresión le recordó que no necesitaba tantos cuidados.
Cuando terminó, ella tiró de él hacia la cama. Darius la cubrió con la sábana.
—Tengo calor.
—La habitación está fresca.
Isabel apartó la tela hasta la cintura. Darius decidió no volver a cubrirla. Miró el monitor sobre la cómoda.
—Ni se te ocurra —dijo Isabel.
—Solo estaba mirando.
—Bianca llamará si pasa algo.
Isabel se acomodó sobre su pecho y el sueño llegó de pronto.
Lo interrumpió el teléfono que vibró en la mesa, un buen rato más tarde.
Dare se tiró del lecho y lo alcanzó, su rostro en pánico.
Luego, suspiró de alivio y se relajó. Bianca había enviado una fotografía.
La niña dormía en la cuna, con los brazos levantados a ambos lados de la cabeza. El mensaje debajo era breve.
Todo bien. Duerman.
Darius amplió la imagen y la trajo al lecho.
—Nuestra Ella es hermosa.
—Como su madre.
Isabel tomó el teléfono, lo dejó boca abajo y volvió a apoyarse sobre su pecho. Darius entrelazó una pierna con las suyas.
En el pasillo se cerró una puerta. Después se escucharon unas risas apagadas que se alejaron hacia otra habitación. Isabel sonrió contra su piel.
—Apuesto a que esto mismo está pasando en medio piso.
—No quiero saberlo.
—Mañana todos aparecerán con ojeras en el desayuno.